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Chávez sigue
En Venezuela ganó Latinoamérica
Por Gabriel Martin
Publicado digitalmente: 17 de agosto de 2004
La República Bolivariana de Venezuela amaneció el domingo 15 de agosto para un día histórico, ya no del país sino de América Latina: un gobierno popular y democrático, bajo el peso de la legislación de su propia Constitución, era sometida a un referéndum revocatorio sobre la continuidad del Presidente, o convocatoria a elecciones inmediatas.
Las fuerzas oligárquico-imperialistas vienen saboteando al gobierno de Hugo Chávez desde hace dos años, apelando a paros financiado por los grandes empresarios hasta el fallido golpe de Estado de 11 de abril de 2002, articulado por los cipayos locales y la embajada estadounidense. Aquel golpe duró poco: en menos de 48 horas Hugo Chávez retornaba al palacio de Miraflores para ejercer la presidencia.
Pese a que el oficialismo no tomó ninguna actitud revanchista, la cual hubiese estado justificada bajo el amparo del accionar constitucional, la derecha y la totalidad de los medios de comunicación exaltaban los ánimos del pueblo venezolano llevándolo a una polarización que sólo es comparable con el peronismo-antiperonismo que se instaló por décadas en Argentina. Chavismo-antichavismo. Este escenario recalentado por la derecha era el marco del referéndum revocatorio, encabezado por una oposición a un gobierno que cometió el crimen de mejorar las condiciones de vida de un pueblo que tenía a su 80 por ciento viviendo en la pobreza, y para colmo, enfrentarse al totalitarismo fascista de Washington y Bush II.
El juego de palabras no faltó. La oposición encarnada en la Coordinadora Democrática fue comparada por el propio Chávez, el viernes previo al cierre de campaña, con la Unión Democrática que en 1946 juntó en Argentina a conservadores oligarcas, al embajador estadounidense Spruille Braden y al Partido Comunista contra Perón. Chávez dijo sin pelos en la lengua que es un cuadro comparable y afirmó: “Cada día soy más peronista y evitista”.
Tras intentos fallidos en la junta de firmas para la convocatoria al referéndum, finalmente las organizaciones oligárquicas juntaron el número necesario para llevar adelante una consulta popular para deponer al “tirano y déspota” como llaman a Chávez. Y en un acto de democracia participativa inédito en Latinoamérica, el pueblo se volcó masivamente a votar, pese a no ser de carácter obligatorio. La abstención fue mínima y las mesas para emitir el voto popular debieron ampliar su horario por dos plazos de cuatro horas cada uno ante la masiva concurrencia. Pese al agobiante calor, largas filas de venezolanos esperaron pacientemente para pronunciarse por el SI (al referéndum revocatorio) o por el NO (es decir, la continuidad de Chávez en su período constitucional).
El 58,25% del pueblo venezolano respaldó al presidente Hugo Chávez con el voto, pese a los esfuerzos de la Coordinadora Democrática, que durante el escrutinio presintió la derrota y en un acto de ilegalidad llamó a la insurrección desde los medios, y que pese al aparato mediático desplegado, más el apoyo de Washington, no pudieron siquiera conseguir en la consulta la misma cantidad de votantes que firmas reunidas para convocar a la consulta. Este argumento utilizarían en la madrugada del 16 de agosto, cuando se conoció la contundente victoria del pueblo, los sectores de la derecha para denunciar un “fraude gigantezco”, y no admitir que un altísimo porcentaje de las firmas fueron recolectadas en grandes empresas donde la patronal obligó a los obreros a firmar las planillas. Pero paciente, el pueblo trabajador, se desquitó.
El operativo de la consulta fue inédito en el continente. Miles de computadoras rentadas en Italia, a fines de evitar que una persona vote más de una vez, detectaban la huella digital de cada votante y evitaba toda posibilidad de fraude, según la propia oposición. Este sistema enviaría los resultados exactos a las pocas horas de finalizada la consulta. Pero a 199 años de que Simón Bolívar jurara dedicar su vida a la libertad de América Latina, el pueblo comenzó a movilizarse lentamente y permaneció bajo el sol y la lluvia a la hora de poder votar, forzando a la Consejo Nacional Electoral a ampliar el horario de votación.
Y cuando el pueblo se volcó a las urnas, la derecha se asustó. Una vez conocidos los resultados se desgarraban al grito de “fraude”, la inquisidora Iglesia se plegó a los reaccionarios y por supuesto, la Casa Blanca desconoció en primera instancia la decisión soberana del pueblo, lo que no debería extrañar si se recuerda que Bush llegó a la presidencia mediante un brutal fraude en el estado de La Florida donde se impidió votar al electorado negro y el recuento de los votos lo llevó adelante la secretaria del gobernador, a la sazón su hermano y jefa de campaña del Partido Republicano en el distrito.
“Queremos votar”, gritaban los votantes, que pudieron ejercer su derecho en 18 horas, en una consulta con una cantidad inédita de veedores del mundo entero, con delegaciones de toda Sudamérica, y los llamados por la Coordinadora Democrática, el ex presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter y el presidente de la Organización de los Estados Americanos, César Gaviria. Al mediodía de Caracas, Carter afirmó de forma tajante que todos los mecanismos de control ejercidos por los veedores arrojaban los mismos resultados anunciados por la Consejo Electoral, mientras que Gaviria confirmó que “no existieron indicios de fraude”, y que un conteo manual de las boletas que imprimían las computadoras para verificar el voto electrónico, mostraban números exactos a los oficiales, y que inclusive, el conteo paralelo había dado momentáneamente una diferencia mayor a favor de Hugo Chávez.
La fragmentada derecha argumentaba que se habían dispuesto mayor número de máquinas para que voten los sectores populares, que las desplegadas en los barrios medios. Visión idiota si las hay, teniendo en cuenta que la mayoría de los venezolanos son pobres, y sus barrios los más poblados.
Tampoco debe pasarse por alto el rol jugado por la formal izquierda troska, que haciendo honor a su historia, estuvo donde era previsible encontrarla: junto a la derecha llamando a la destitución de Chávez.
Con las cartas sobre la mesa, la derecha súbitamente desconfió del sistema electrónico que había aprobado e impulsado. Pese a que el propio Carter, que puede ser cualquier cosa menos un chapista, dijo que “la oposición debe acatar el resultado de la votación”, Alberto Quiros Corradi, de la Coordinadora Democrática, afirmó que “la oposición mantendrá su postura de no reconocer los resultados del CNE” y anticipó que pedirá una “verificación más exhaustiva de las actas” de votación porque “no podemos haber perdido”. Otro de los voceros de la oligarquía, Jesús Torrealba, había dicho cuando promediaba la jornada electoral, que le estaban dando a Chávez, “una demostración de democracia”. En esas horas los antichavistas marchaban por Caracas con banderas que rezaban “Fuera el comunismo, fuera Chávez de Venezuela”, un civismo sin par. Eduardo Duhalde, veedor por el Mercosur en su carácter figurado de presidente del bloque, afirmó alarmado que en Venezuela “hay una oposición capaz de tomar el poder de cualquier manera”. La consulta popular debería haber llamado a los reaccionarios a cuarteles de invierno, pero siguen apostando al golpismo autoritario, ante un presidente que instituyó en la reforma constitucional la inédita legislación, en todo el continente y casi todo el mundo, de que el pueblo pueda destituir por las urnas al mismo presidente que eligió con el voto.
En la madrugada del 16 de agosto, Chávez dijo desde un balcón: “Ganó la Constitución Bolivariana”, y con 14 millones de votantes (récord electoral en Venezuela) “habló el pueblo venezolano” en lo que es “una victoria Latinoamericana”.
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