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HERRAMIENTAS

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Gente de izquierda, que votará con la derecha
Por Hugo Cores
Publicado digitalmente: 20 de agosto de 2004

En las últimas semanas, sobre todo en ciertos debates en televisión, algunos dirigentes políticos que no acompañan las candidaturas progresistas han dicho que se sienten de izquierda. Ha habido incluso reconocimientos al valor del marxismo y condenas al neoliberalismo y a los regímenes autoritarios como los que encadenaron al país en los años 60 y 70.
Ahora bien, algunos de estos dirigentes sostienen, a la vez, que van a votar a partidos que sustentan, en forma mayoritaria, posiciones definidamente de derecha, que defienden las políticas de privatizaciones, que sus ministros y legisladores se ponen invariablemente del lado del capital en los conflictos con el trabajo y que han contribuido a desmantelar no sólo la industria y demás fuentes de trabajo sino las funciones sociales del Estado, como la vivienda, la salud y la educación, restándoles recursos o obstaculizando su desempeño por la entronización de la politiquería en los puestos de mando.
Izquierdistas, pues, que el 31 de octubre servirán a la derecha, que se sumarán a los defensores del "que todo siga como está" y harán lo posible con su voto (y el de sus partidarios) para impedir que las cosas cambien.
Sería necio no reconocer que hay un elemento de interés en este reconocimiento de la izquierda y del marxismo por parte de dirigentes (como Hebert Gatto o Juan Andrés Ramírez) que no militan en las fuerzas políticas progresistas. Alcanza con comparar esas declaraciones, matizadas e inteligentes, con la política del garrote antiizquierdista, que prolifera en las mayorías de los partidos que hoy se oponen al cambio.
Conociendo las actuaciones públicas de los que se han expresado en este sentido, no tengo razones para dudar de la buena fe con que proclaman su izquierdismo o su respeto por el marxismo. Sólo que creo que esas convicciones no son compatibles con sus declaradas opciones electorales, contrarias al cambio.
Siendo minoritarios en sus partidos, estos dirigentes sumarán su caudal electoral para la consagración de un gobierno donde, sumadas, serán hegemónicas una vez más las fracciones del coloradismo de Batlle y Sanguinetti y el herrerismo de Lacalle y de De Posadas.
Nuestros singulares "amigos" funcionarán como una suerte de "rastrillo de izquierda" o progresista en beneficio de los intereses del opulento poder económico, mediático y burocrático de las fuerzas de derecha, las que se oponen con fervor a perder sus privilegios.
En otra época, cuando la vida democrática en el país recién comenzaba y las fuerzas de izquierda eran pequeñas y estaban divididas, muchos hombres de pensamiento social avanzado, blancos y colorados, permanecieron en sus partidos en un esfuerzo por "cambiarlos desde adentro".
Hay que admitir que algún fundamento tenían. Los partidos tradicionales reunían más del 90% de los sufragios. Los anarquistas y anarcosindicalistas (que llegaron a organizar una central obrera, la FORU, con 7.000 afiliados en 1905), por sus propias concepciones teóricas, se mantenían alejados de la actividad política: sólo confiaban en las movilizaciones obreras, las huelgas y la acción directa.
Los partidos marxistas, muy divididos después de 1921, eran electoralmente débiles y apenas alcanzaban a representaciones parlamentarias brillantes pero mínimas, casi siempre unipersonales.
Se puede entender entonces que hombres como Julio César Grauert, Domingo Arena, Carlos Balzán y tantísimos otros, con las fuerzas sociales que ellos representaban, optaran por permanecer dentro del Partido Colorado donde se hacía sentir fuertemente la personalidad progresista y justiciera de José Batlle. O que alguien como Lorenzo Carnelli, nacionalista, abogado de sindicatos y de anarquistas presos, permaneciera en el Partido Blanco. O que Carlos Quijano fundara años después su Agrupación Demócrata Social procurando, sin éxito, ganar influencia en algunas corrientes nacionalistas de pensamiento avanzado.
Se proponían una "estrategia de la incidencia": estar allí donde se tomaban las decisiones para mejorarlas en un sentido de justicia para los más desamparados.
Y hubo una obra consistente en ese terreno. Mejoras en la legislación social, reconocimiento de derechos al trabajador, laicismo y progresismo en el pensamiento civil y educativo.
Estoy hablando de los primeros decenios del siglo XX. Demás está decir que es posible que en aquella época yo me hubiera sentido más cerca de las "Sociedades obreras de resistencia" que de Batlle. O más cerca de Frugoni o de los que, después, fundaron el Partido Comunista. Lo cual no quiere decir que Arena, Grauert y Carnelli no merezcan ser recordados como luchadores incansables por la justicia social.
Como suele ocurrir con las ideas, la influencia de estas corrientes progresistas dentro de los partidos tradicionales no se disipó de un día para otro.
Prueba de ello es la presencia de Enrique Erro en el nacionalismo, la de Alba Roballo, Enrique Rodríguez Fabregat y Zelmar Michelini, con un pensamiento notoriamente obrerista, de izquierda, en el Batllismo.
Todavía en la década del 60, un hombre de la conducción del Batllismo oficial, Luis Hierro Gambardella escribe un formidable alegato a favor de las ideas obreristas y de izquierda de Julio César Grauert.
Pero Pacheco terminó con cualquier "estrategia de la incidencia" progresista dentro del Partido Colorado. Del mismo modo, Nardone y Echegoyen primero, y Lacalle después, cancelaron toda instancia de progresismo dentro del Partido Nacional, incluyendo la que significó el wilsonismo del 71 y su posterior lucha contra la dictadura.
De hecho, la cancelación de toda opción progresista en los partidos tradicionales (entre 1968 y 1971) fue una de las razones, aunque no la única, de la fundación del Frente Amplio.
Desde entonces ya no quedan opciones populares dentro de los partidos tradicionales. Las escisiones de 1989 de la izquierda hacia el sanguinettismo, ¿dónde quedaron?
En el Frente Amplio y en su entorno, se agrupan todos los caminos progresistas de la historia uruguaya.
Esa es la polarización realmente existente en el Uruguay de hoy. Así lo vive la mayoría de nuestro pueblo. Y también, con espanto, la derecha. De ahí su potencia, su medular radicalidad.
Los desamparados y los que tienen sed de justicia no aguantan cinco años más de predominio plutocrático.
Los que pasan hambre no pueden seguir financiando el lujo de los que se enriquecen cada día con la especulación, la usura y las faltas de control sobre las actividades financieras.
Finalmente, me permito sugerirles a nuestros-amigos- izquierdistas-que-votarán- a-la-derecha que hagan una prueba, bien propia de un sistema democrático: levanten sus tribunas en los barrios y expliquen a la gente por qué acumularán votos junto con los enemigos jurados del cambio. Ustedes saben argumentar muy bien. Levanten una tribuna. No en los barrios exclusivos con vigilancia privada, fruto del privilegio y la impunidad. En un barrio cualquiera, en Montevideo o Maldonado, en Las Piedras o en Toledo, allí, donde habitan los que viven de su salario, o de su jubilación. O los que no tienen trabajo. Lleguen con sus argumentos, no desde la pantalla de un televisor sino viendo y oyendo al demos.
Quizá en las miradas del pueblo trabajador encuentren los argumentos que les faltan para cortar amarras con el Uruguay del privilegio, obcecado, egoísta.

PD. Estando esta página ya escrita y editada, leo una carta publicada ayer domingo, donde Alfonso Lessa responde a algunas de mis críticas a su libro "La revolución imposible".
No dejaré pasar una semana sin responder a sus argumentos. El tema y el autor justifican la premura. Creo que las generosas páginas de LA REPUBLICA me darán la oportunidad.


Publicado en La República el 16 de Agosto de 2004
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