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HERRAMIENTAS

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Pequeños pasos, grandes marchas
 
Franck Michel   
De la caminata a la revolución
Caminar está de moda. Mientras la ruta invita a competir, quienes circulan a pie prefieren los caminos de tierra secundarios, vectores de solidaridad. La caminata también puede ser política. Se marcha para manifestar. Caminar implica más seguir el paso de los otros que imponer su propio ritmo. Caminar libremente es redescubrirse a sí mismo.
Publicado digitalmente: 4 de septiembre de 2004

La marcha a pie remite a la primera migración. El antropólogo Leroi-Gourhan decía que antes de unir la acción a la palabra, el hombre “comienza por los pies”. La caminata nos recuerda nuestra condición de bípedos y lo que ella nos permitió lograr: nuestras civilizaciones... Se trata de una actividad vinculada con el placer. Toda caminata acaba rápidamente si quien la practica no siente placer, aun en el sufrimiento. Para el caminante, el esfuerzo es a menudo más una bendición que un dolor, ¡a pesar de que para algunos el caminante tenga algo de mártir voluntario!
La búsqueda de un placer inaccesible y de una armonía improbable es fundamental. Es ella la que motiva al peregrino. Simple y compleja a la vez, la marcha a pie es testimonio del comienzo de la vida, de esa aventura humana que se inicia cerca del primer año. El bebé que quiere caminar aún tambalea. Pues caminar implica una manera de caminar, un pretexto para seducir. Desde los primeros pasos en el hogar hasta las expediciones al Himalaya, hay un gran paso que los sucesivos umbrales de la vida permiten dar.
Resistencia solitaria no desprovista de nostalgia, la caminata es siempre un paso dado en dirección del otro; un encuentro que requiere un esfuerzo; una terapia a la vez psicológica y física. El caminante debería ser remunerado por el sistema de seguridad social. El Estado debería analizar esa idea, que posiblemente le permitiría ahorrar dinero... Desde las ensoñaciones de Rousseau a las suelas de Rimbaud, pasando por Stevenson, Thoreau, Lacarrière, Bouvier, Lanzmann y tantos otros, muchas páginas nos incitan a calzarnos los zapatos, tanto por placer como para mantener nuestra salud. Desafiando la velocidad y el ruido, la caminata incita a la modestia, a la curiosidad, al silencio y a la meditación, a la vez que nos mueve a la introspección, a la intimidad, a callarnos para escuchar mejor.
La marcha a pie puede también ser un preludio al aprendizaje de la libertad, e imponerse como el primer paso de un acto de resistencia... pues caminar es además un llamado a la unidad en medio de la multitud. La marcha alude al movimiento, es decir, a la acción. Cuando toda la sociedad se mueve, y no ya el individuo solo, se genera el movimiento social: la marcha como actitud política.
El hombre que camina es un ser de pie. El escultor suizo Alberto Giacometti, célebre por sus personajes filiformes, consideraba que el hombre de pie es ante todo un hombre que camina, con dignidad y sensibilidad. El caminante es el manifestante por excelencia, el que protesta contra la injusticia, el que se alza en contra o lucha por, en fin, el que progresa y avanza, paso a paso, y el que se niega a mantenerse en silencio y oculto. De grandes o pequeñas marchas la historia guarda las huellas: desfiles políticos y peregrinaciones religiosas que formaron ese vasto movimiento.

Un viaje con rostro humano

La revolución es uno de esos caminos. Así, para el anarquista ruso Kropotkin, “la revolución social es una ruta que hay que recorrer; parar en medio del camino es como volver para atrás. Ella sólo se detendrá cuando haya completado su carrera y alcanzado el objetivo deseado: un individuo libre en una humanidad libre” [1]. Ha transcurrido más de un siglo, y todo conduce a pensar que, o bien el camino es demasiado largo, o nos hemos equivocado de ruta. Cuando el hastío nos invade, la marcha se impone. El que camina está necesariamente de pie, ni resignado, ni abatido, ni de rodillas, y eso alimenta el furor del caminante.
Marchar para manifestar es también cortar las rutas, instalar barricadas u ocupar la vía pública. Las huelgas de camioneros lo demuestran: cuando se corta la circulación, el corazón de la economía mercantil se sofoca. Sin transporte, se detiene el tráfico de bienes y de personas, y con las rutas bloqueadas el ciudadano ya no puede consumir como desea. De esa forma, es la base del sistema la que amenaza con hundirse, y con ella, muchas ilusiones de la sociedad de la felicidad mercante, que no debe confundirse con la felicidad marchante.
¿Pero cómo comparar la marcha con el mercado, el que marcha con el que comercia? Hay cosas que ya no existen: los vendedores domiciliarios desaparecieron o son rechazados, pero en algunas raras ocasiones se ve a comerciantes nerviosos que también marchan para manifestar, o contramanifestar...
La madre de las marchas de protesta tiene una fecha: el 1 de mayo. Es la fecha mítica de la marcha social, la que permite al pueblo avanzar y hacer retroceder al patronato. En ese caso, la marcha permite hacerse oír. El ritual se instaura, la multitud enfurecida vira al rojo, levantando banderas y pancartas, gritando consignas, cantando himnos revolucionarios. El primero de todos los 1 de mayo fue el de 1890 en Chicago, que transformó una simple huelga de protesta en marcha organizada y colectiva. El camino quedó abierto: la marcha se imponía cada vez que el mundo andaba mal, convirtiéndose así en acto militante. Y en una preocupación más para los gobiernos. Marchar es rebelarse, y eso altera el orden público: nomadismo rebelde opuesto al orden sedentario.
Pero si la marcha evoca las manifestaciones, el militantismo, la protesta o la reivindicación, también da lugar a los desfiles militares, que afirman el poder. La marcha de Anibal sobre Roma, de Julio César sobre la Galia, de las tropas napoleónicas (y luego de las hitlerianas) sobre Rusia, son algunos de los muchos ejemplos de las marchas guerreras, movidas ante todo por un ansia de conquista. Si bien la Marcha sobre Roma de Mussolini en 1923 no es la Larga Marcha de Mao en 1934-1935, ambas prefiguran la marcha hacia el poder supremo.
Se marcha para poder alcanzar algún día el poder y la gloria. En un año, del otoño de 1934 al de 1935, Mao Zedong concretó un magistral golpe político, pero el costo humano de esa epopeya fue terrible. Cien mil hombres recorrieron entre 8.000 y 12.000 kilómetros, entre Juichin en el sur, y Wuchichen en el norte de China, luchando permanentemente a lo largo de la ruta contra las tropas enemigas, más numerosas y mejor armadas. La perseverancia y la motivación hicieron fracasar la ley del más fuerte, en una proeza inmensa como el país donde se produjo. La historia recordará el camino recorrido, tanto por los hombres como por China, y minimizará el sufrimiento.
Hay que evocar también las célebres marchas pacíficas: la de la sal, realizada por Gandhi en 1930, y la de la paz, que llevó a cabo Martin Luther King en 1963. Ambas son formidables testimonios de la fuerza de la no-violencia. La primera tuvo lugar en India a lo largo de 400 kilómetros, entre el 12 de marzo y el 6 de abril de 1930. Todo comienza con un puñado de sal en la mano de Gandhi, que protesta contra el monopolio impuesto por Inglaterra a los colonizados. La marcha de carácter económico se vuelve política, acentuando, precipitando la historia de la India contemporánea.
Martin Luther King organizó varias marchas. Al principio en Alabama, para obtener el fin de la segregación racial en los autobuses, y luego en otros Estados del Sur, contra todo tipo de apartheid (principalmente escolar), hasta llegar a la inmensa manifestación de Washington del 28 de agosto de 1963, y al inolvidable discurso: “I have a dream”. Es interesante señalar que el líder negro prodigaba a los manifestantes “consignas de no violencia, que iban hasta recomendar no obstruir la calzada, limitándose a las aceras y las banquinas” [2]. Eran marchas lentas, silenciosas, pacíficas, destinadas a hacer avanzar la legislación. La discriminación retrocedió muy lentamente, y ese método no-violento no impidió que Martin Luther King fuera asesinado. En Francia, desde la Marcha de los “beurs” [3] hasta la Marcha de las Mujeres, la lucha contra todo tipo de discriminación incluye el acto de caminar, muchas veces con probados resultados al final del camino. Entre la marcha marcial, la jubilación forzada y la marcha de liberación, hay muchas maneras de marchar... Por otra parte, hay motivos para preocuparse cuando una calle se transforma en ruta o en bulevar, pues ello significa más controles y menos libertades. Las anchas avenidas permiten ver lejos y facilitan la circulación... de vehículos de fuerzas antimotines o de tanques de guerra. Viene a la memoria la imagen del tanque detenido por un hombre en la plaza Tiananmen de Pekín. Pero por un tanque detenido, cuántas personas aplastadas, pisoteadas, asesinadas...
También hay marchas vinculadas con el exilio. Hace más de un milenio que los gitanos -o sus ancestros- salieron del noreste de India escapando de la esclavitud: una “larga marcha” que aún permanece oculta. Las marchas forzadas toman diversos aspectos. Algunas son más sombrías que otras: la de los esclavos de antaño o la de los niños-esclavos de hoy en día, en ambos casos africanos y negros, que encolumnados y encadenados avanzan en medio de la selva africana bajo la mirada de los traficantes de ebano.
Otras marchas forzadas tuvieron por escenario Siberia o Asia central, como las muy bien descritas por Ferdynand Ossendowski y Slavomir Rawicz en sus emocionantes relatos [4]. El primero se halla en Siberia, en 1920, cuando es denunciado a los bolcheviques que acaban de llegar al poder. Pero logra escapar del pelotón de fusilamiento y se interna en el bosque logrando llegar, a pie, a India y a Mongolia.
El segundo va desde el Círculo Polar hasta el Himalaya durante la Segunda Guerra Mundial. Una singular caminata, luego de evadirse en abril de 1941 de un gulag del norte de Siberia: el autor sobrevive luego de seis mil kilómetros recorridos en quince meses, incluido el cruce del desierto de Gobi. Su perseverancia provoca la admiración del lector: “Nunca toqué fondo, ese punto último donde se impone la capitulación. Una parte ínfima de mi mente se aferraba a la idea de que renunciar significaba aceptar la muerte”. Resistir es fundamental en la actitud que impulsa al caminante decidido en el camino de la esperanza.
Por último está la marcha final, que es del orden de la indispensable utopía, que in fine invita a un mundo mejor, como lo sugería en Los condenados de la tierra Frantz Fanon, muerto en 1961 a los 36 años, y que intentó abrir nuevos horizontes de esperanza: “Queremos caminar todo el tiempo, de día como de noche, junto a los hombres, a todos los hombres (...) Por Europa, por nosotros mismos y por la humanidad, camaradas, hay que tratar de renovarse, de desarrollar un pensamiento nuevo, intentar crear un hombre nuevo” [5]. Las últimas palabras de su libro fueron también las últimas palabras de Fanon, ese médico-militante extraordinario, que no cejó en su intento por extirpar el miedo del otro.
Caminar es inseparable de la vida: ¿acaso no decimos que algo “camina” para significar que funciona? Caminar es negarse a detenerse (a menudo “en tan buen camino”), negarse a apagarse, a morir. Símbolo de la vida, la marcha niega la muerte. Por otra parte, ¿los fantasmas que recorren los cementerios o nuestros sueños no son acaso muertos que caminan, muertos-vivos? El debate sigue abierto. La marcha es sin dudas una forma de vagabundeo activo, colmado de experiencias y cuyos senderos aguardan ser explorados. Frente al turismo masivo, la caminata constituye un viaje verdaderamente humano.


NOTAS:

[1] Jean Préposiet, Histoire de l’anarchisme, Tallandier, París, 2002.

[2] Citado por André Rauch (ed.) en La marche, la vie, Autrement, París, N° 171, mayo de 1997.

[3] Término de uso común en francés para designar a los ciudadanos de origen árabe.

[4] Ferdynand Ossendowski, Bêtes, hommes et dieux à travers la Mongolie interdite, 1920-1921 y Slawomir Rawicz, A marche forcée, à pied du Cercle polaire à l’Himalaya, 1941-1942, Phébus, París, respectivamente 1995 y 2002.

[5] François Maspero, Les abeilles et la guêpe, Seuil, París, 2002.


Publicado originalmente en la sección digital de Le Monde Diplomatique.
23 de agosto de 2004
Franck Michel
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