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HERRAMIENTAS

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Sofri Gianni   
El problema de la revolución socialista en los países atrasados
Publicado digitalmente: 1ro de octubre de 2005
Artículo publicado en Elmar Altvater [et. al.] História do marxismo VIII. O marxismo na epoca da Terceira Internacional: o novo capitalismo, o imperialismo, o terceiro mondo. Rio de Janeiro. Paz e Terra. 1987.

1- El debate sobre el “modo de producción asiático”, de Marx y la Tercera Internacional

Marx se ocupó de Asia de acuerdo con dos órdenes de problemas que terminaban muchas veces por cruzarse en sus escritos . El primero se refería a la periodización de la historia universal, a la existencia en el pasado de las sociedades humanas de fases caracterizadas por el predominio de distintos modos de producción en cada época. El segundo orden de problemas, por el contrario, nacía de la ocurrencia, en los países atrasados, de eventos de gran importancia (las guerras del opio, la mutiny india, etc.) que no podían dejar de atraer el interés de un observador atento como Marx. En ambos casos, es preciso decir que permaneció siempre como central en Marx el interés por el capitalismo. Las fases de la historia pre-burguesa fueron estudiadas por él sobre todo como la “prehistoria” del capital; y los eventos s asiáticos fueron examinados y evaluados, esencialmente, en relación con las consecuencias que podría tener en el desenvolvimiento del capitalismo y en las posibilidades de su superación revolucionaria en Occidente. También a causa de esto, Marx no consiguió definir una teoría completa, en las fases pre-burguesas y en las sociedades asiáticas. Las “fuentes” principales de Marx variaron en el tiempo: Hegel, en un primer momento (pero la influencia hegeliana prosiguió por mucho tiempo); economistas, periodistas y viajantes en los años 50; etnólogos, en los últimos años. Tendencialmente, se puede decir que Marx veía en los grandes países asiáticos sociedades atrasadas, más estacionarias que las europeas, más próximas que estas a formas antiguas y primitivas de organización social. Una sola vez habló de “modo de producción asiático”, inserto en un conjunto de modos de producción (“asiático, antiguo, feudal y burgués-moderno”). Fue más frecuente que utilizase términos más tradicionales, como “despotismo oriental”, o más genéricos, como “formas de producción común asiáticas”, “modos de producción de la vieja Asia”, “sociedades asiáticas”, etc. En ningún caso habló de formas esclavistas o feudales en la historia de los países asiáticos. En general, Marx manifestó una extrema cautela al delinear la sucesión de las fases pre-burguesas, y jamás indicó una sucesión obligatoria de modos de producción en la historia de todos los pueblos. Su investigación sobre estos problemas quedó siempre abierta e in progress, y la interpretación de los textos que dedicó a Asia (en gran parte apuntes incompletos y que permanecieron inéditos durante su vida) es, en muchos casos, nada fácil. Basta pensar que, durante mucho tiempo, Marx empleó el término “asiático” unas veces con una connotación geográfica, otras como un sinónimo, en la práctica, de “comunismo primitivo”. Marx fue, como diríamos hoy, esencialmente “eurocéntrico” (dada la época, de hecho, sería asombroso que fuese lo contrario): por ejemplo, atribuyó predominantemente el encuentro con el Occidente y con el capitalismo -y no al desenvolvimiento de potencialidades autóctonas- los gérmenes de progreso y de transformación de las sociedades asiáticas. Sin embargo, habló también con respeto de algunos valores positivos contenidos en las culturas de Asia, y con mucha admiración de sus capacidades de resistencia y de lucha contra las invasiones occidentales. En muchos casos, Marx observó que, si las leyes de la economía y del progreso material estaban del lado de Occidente, la moral y la civilización estarían sobretodo del lado de los chinos. En los años de la Segunda Internacional, esa compleja problemática marxiana (que, además, era conocida sólo parcialmente en la época) fue olvidada o vulgarizada. La expansión colonial estaba en su ápice, y se orientaba en aquel momento sobretodo hacia África, trayendo la rebelión de los pueblos que recién emergían de tres siglos de tráfico de esclavos, y que ciertamente no tenían una tradición cultural comparable a la de India o China. Es un hecho que los escritos de los socialistas y las intervenciones en los congresos de la Internacional están llenos de expresiones como “pueblos hostiles e incapaces de ser civilizados”, “salvajes”, “civilización superior” (obviamente la europea), “pueblos en un período de infancia”, etc. El debate en que más se empeñó la Segunda Internacional se refería al siguiente problema: en qué medida los socialistas debían dejarse envolver por la política colonial, considerada por todos, de cualquier modo, como una necesidad histórica. Algunos (Bernstein, Van Kol, David, Labriola, Treves y otros) defendían la oportunidad de una “política colonial socialista”, o sea, de una participación activa de los socialistas en los emprendimientos coloniales, como máximo esforzándose por aliviar las penas de los “indígenas”. Otros, capitaneados por Kautsky, preferían lavarse las manos como Pilatos:

“No, ese trabajo es muy sucio para que el proletariado pueda tornarse su cómplice. Llevar a cabo esa empresa vergonzosa es una de las tareas históricas de la burguesía, y el proletariado debe considerarse feliz por no tener que ensuciarse así sus manos”.

Por otro lado, continuaba Kautsky, no había motivos de preocupación, ya que la burguesía ciertamente no dejaría de cumplir con su tarea histórica. Rosa Luxemburgo escribió, sobre los males del imperialismo en las colonias, páginas de vibrante condena, pero jamás pensó que los atrasados pueblos extraeuropeos pudiesen se capaces de una iniciativa autónoma a favor de su propia liberación: solamente la victoria de los trabajadores europeos podría un día permitir también la emancipación de los “pueblos primitivos”. Solamente Lenin, atento como era a las primeras señales de un despertar de Asia, era conciente de la importancia de la cuestión nacional, se contrapuso de un modo bastante decisivo a esa línea. Además, Lenin operaba en un país, Rusia, que era él mismo, por lo menos en parte, atrasado y “asiático”. Ya Marx se había ocupado, en los últimos años de su vida, de este problema; y sus observaciones al respecto fueron retomadas sobretodo por Plejanov, defensor de una interpretación “asiática” de la historia rusa. Lenin polemizó con Plejanov, especialmente porque rechazaba las implicaciones inmovilistas que las ideas de éste último tenían en el plano político: si Rusia aún era una sociedad “asiática”, solamente una revolución burguesa, y no socialista, podía estar en el orden del día. Lenin, al contrario, afirmaba que la revolución burguesa ya había sido iniciada hacia algún tiempo, y que, en la segunda mitad del siglo XIX, Rusia tomaba decididamente el camino del desarrollo capitalista. Sin embargo, Lenin no negó jamás la persistencia de elementos asiáticos en Rusia. “¡Cuánto de la vieja China hay en la vida rusa!”, exclamó, por ejemplo, en 1912. Pero esos elementos no eran suficientes para disuadir a Lenin de su proyecto de revolución. Al contrario: la revolución podría y debería destruir también el asiatismo y el atraso. Sin embargo, después de 1917 y un poco antes de su muerte, Lenin volvió más de una vez al problema, no sin algunas manifestaciones de desilusión: “Rusia pasó a través de tres revoluciones, pero los Oblomov permanecen vivos...”. En suma, en la época de la Segunda Internacional, la discusión sobre Asia asumió tonos inmediatamente políticos, más que teóricos. Fue acentuada la identificación entre “oriental, asiático” con lo “inmóvil, estancado, atrasado”. Solamente el ala leninista reconoció una capacidad de iniciativa nacional y revolucionaria a los pueblos de Oriente. En general, los defensores de un carácter diverso y “excepcional” de Oriente (incluida Rusia) se situarán en la derecha del alineamiento socialista internacional. Los desarrollos teóricos fueron bastante escasos, y dirigidos principalmente en el sentido de esclarecer la naturaleza de la historia y la sociedad rusas (Trotsky, Plejanov). En cuento a la sucesión de los modos de producción, el esquema comunismo primitivo-sociedad esclavista-feudalismo-capitalismo ya estaba indudablemente difundido, pero estaba lejos de ser un dogma. De un específico “modo de producción asiático”, situado en el mismo plano que los modos que acabamos de citar, se hablaba poco o nada. El propio Plejanov debió usar (como, de hecho, el mismo Marx) conceptos más genéricos, como “sistema social” u “orden social” asiático, o como el clásico “despotismo oriental” o asiático.

2- Trotsky y la historia rusa

En los años que precedieron a la revolución, Trotsky escribió sobre el pasado ruso (bajo la influencia de Parvus-Gelfand y del historiador liberal Miliukov) en términos no muy diferentes a los de Plejanov, pero extrayendo de su análisis conclusiones políticas bastante distintas. También a Trotsky, en 1906 , la nación rusa se le aparecía como mitad asiática, mitad europea, siendo fundada en una sociedad primitiva y atrasada. No un impulso interno, sino la presión militar externa , determinará durante siglos el desenvolvimiento de esta sociedad. Para poder luchar contra los invasores tártaros, polacos, lituanos, suecos, etc., el Estado ruso exigirá al pueblo enormes esfuerzos, y eso impedirá la formación de una clase propietaria y atrasará el desarrollo de las fuerzas productivas. Al mismo tiempo, sin embargo, las exigencias administrativas habían llevado al Estado a consolidar un grupo privilegiado, de una burocracia. El Estado era verdaderamente el gran motor de la sociedad rusa, a tal punto que el capitalismo aparece en Rusia, como su creación. El resultado de todo eso fue la debilidad de la vida urbana y de las clases medias. La preponderancia estatal, el predominio del capital extranjero, el escaso grado de desarrollo de la burguesía, eran elementos que convergieron e imposibilitaron una afirmación del liberalismo en Rusia. Si a esto se le agrega el hecho de que el rápido desarrollo del capitalismo dará vida, en pocos años, a un proletariado no muy numeroso, pero concentrado como en pocos países, se tiene como resultado un destino particular de la clase obrera rusa: conducir una revolución desde la fase burguesa hacia la socialista, aun antes de que estalle en Occidente la chispa de la revolución socialista. La experiencia de 1905 convencerá a Trotsky de que, “en un país económicamente atrasado el proletariado se puede encontrar en el poder incluso antes que en un país capitalista avanzado”. Trotsky retomó algunas de esas ideas en un artículo escrito seis años más tarde. La necesidad de defender las vastas planicies de Rusia produjo el nacimiento de un Estado-Leviatán, que condenó al pueblo ruso a la barbarie y al atraso, impidiéndole el desarrollo económico y cultural que, al contrario, fue típico de Occidente: “Por miles de años vivimos en una humilde cabaña de madera, tapando los agujeros con musgo: ¿cómo podríamos soñar con los arcos y las volutas góticas?”. Para Trotsky el fenómeno típico de la historia rusa era lo que él llamaba el “substituísmo”:

“En un primer momento, los líderes de los decembristas, surgidos en 1825, representaban las ideas de una clase media aún por nacer. Después, los narodniki buscaron hablar en nombre de una clase campesina sorda y muda. Y, finalmente, los intelectuales asumieron la tarea de portavoces de los débiles, consiguiendo despertar solamente a la clase obrera industrial. Para todos ellos, el espíritu de clase era más importante que la clase misma”.

Pero ese fenómeno desaparecerá definitivamente con la revolución 1905-1906. En el curso de aquellos eventos, la masa de los trabajadores se puso en movimiento y comenzó a actuar en su propio nombre. En realidad, como fue observado , Trotsky pasaba a proponer un “substituísmo” de nuevo tipo, en el cual el joven proletariado ruso tomaría en sus hombros la tarea de llevar hasta el final aquella revolución democrática que la débil burguesía rusa era incapaz de realizar. Pero era un “substituísmo” destinado a desaparecer muy rápidamente, con el pasaje sin interrupción de la fase burguesa a la fase socialista de la revolución socialista. Trotsky retomó y profundizó más de una vez, después de la revolución, sus ideas sobre el pasado “asiático” de Rusia. En julio de 1922, publicó en Pravda, en dos partes, una respuesta al historiador Pokrovski, el cual criticara las concepciones históricas expuestas por Trotsky en su obra sobre la revolución de 1905, y en particular señalara como “una leyenda la idea de la originalidad del proceso histórico ruso” . Polemizando con Pokrovski (por él definido más tarde como un “inagotable constructor de esquemas teóricos graciosamente pintados de marxismo”), Trotsky atacó violentamente la teoría de las etapas de desarrollo necesarias y obligatorias:

“Desde el punto de vista de un cierto pseudo marxismo que se limita a banales constataciones históricas, a analogías puramente formales, que no quiere ver en las épocas históricas más que una sucesión lógica de rígidas categorías sociales (feudalismo, capitalismo, socialismo, autocracia, república burguesa, dictadura del proletariado); desde tal punto de vista, la consigna de la conquista del poder por la clase obrera en Rusia, tenía que aparecer como un monstruoso abandono del marxismo.” Bajo muchos aspectos, la interpretación de la historia rusa que el reafirmó en aquella ocasión recuerda las observaciones de Marx y Engels sobre las características de la sociedad asiática. Rusia, un país inmenso, con poca densidad de población, dispersa en burgos y aldeas aisladas, se caracterizaba por un profundo atraso económico. El artesanado no estaba separado de la agricultura y se limitaba, en la práctica, al trabajo campesino a domicilio:

“Estamos más cerca de la India que de Europa, del mismo modo que nuestras ciudades medievales eran más parecidas a las ciudades de Asia que a las de Europa, del mismo modo que nuestra autocracia, situada entre el absolutismo de las monarquías europeas y el despotismo asiático, se aproximaba, en muchos aspectos, al segundo”.

En el curso de su historia, Rusia no conocerá las corporaciones de artesanos, la ciencia medieval, la escolástica, el desarrollo urbano ni la Reforma. El artesanado no conseguirá dar vida a un capitalismo ruso; y, cuando el capital europeo, primero comercial, después financiero e industrial, fue esparcido por el Imperio, de eso derivó

“una industria capitalista enteramente moderna en un ambiente de economía primitiva: una fábrica belga o americana, y alrededor de ella, cabañas, aldeas construidas con madera, cubiertas de paja, devoradas cada año por incendios y muchos otros siniestros (...) Los elementos más antiguos, al lado de las últimas innovaciones europeas: en eso resulta la fusión del capital europeo con la economía rusa”.

Pero también las condiciones particulares del proletariado ruso reflejaban el atraso general del país. El no atravesará las cofradías y corporaciones medievales, pero,

“Tan pronto fue apartado de su arado primitivo, fue lanzado a los hornos (...) Eso se tradujo en la ausencia de tradiciones conservadoras, de castas en el seno del proletariado y en la frescura del espíritu revolucionario; de eso resulta, junto con otras causas, Octubre y el primer gobierno obrero de la historia. Pero de eso deriva también el analfabetismo, una mentalidad atrasada, la ausencia de hábitos organizativos, la incapacidad de trabajar sistemáticamente, la ausencia de una formación cultural y técnica. Percibimos, a cada paso, las consecuencias de esas condiciones de inferioridad en nuestra economía y en nuestra edificación cultural”.

Por otra parte, la derrota del imperio zarista en el conflicto mundial, debida a la extraordinaria inferioridad del nivel productivo que formaba su base, constituía la última y decisiva prueba del atraso general, que era resultado precisamente de aquella particularidad del desenvolvimiento histórico de Rusia, que Pokrovski se obstinaba en no reconocer. Trotsky volvió a esos temas en 1929-1930 cuando; ya exiliado en la isla de Prinkipo, se dedicó a escribir la Historia de la Revolución Rusa. El primer capítulo de esa obra (“Particularidades del desarrollo de Rusia”), contiene tal vez la elaboración más completa y definitiva de sus ideas sobre la historia de la Rusia prerrevolucionaria. También aquí partía de la siguiente constatación:

“La característica esencial y más constante de la historia de Rusia es la lentitud de la evolución del país, con el atraso económico, la estructura social primitiva, el bajo nivel cultural que deriva de esa lentitud. La población de la enorme y ruda planicie, abierta a los vientos del Este y a las migraciones asiáticas, estaba condenada por la propia naturaleza a un estancamiento prolongado”.

País inmenso, en una posición intermedia entre el Oriente y el Occidente, Rusia siempre tuvo que defenderse de la presión política, cultural, militar de uno u otro, sufriendo sus influencias opuestas y evolucionando según una ley que “puede ser definida como de desarrollo desigual y combinado, que pretende indicar la aproximación de las diversas fases, la combinación de diversos estadios y la mezcla de formas arcaicas con formas más modernas”.

“Bajo la presión de la Europa más rica, el Estado ruso absorbía una parte de riqueza nacional relativamente más considerable de lo que ocurría en Occidente; y de ese modo, no sólo condenaba a las masas a una doble miseria, sino que socavaba también las bases de las clases poseedoras. Con todo, teniendo la necesidad del apoyo de estas últimas, el Estado estimulaba y regulaba la formación de ellas. Como resultado, las clases privilegiadas, burocratizadas, no podían desenvolverse plenamente y, por lo tanto, el Estado se aproximaba cada vez más a los despotismos de Asia”.

Sobre el problema del nacimiento de la autocracia, aunque no dejase de notar el papel ejercido por el yugo tártaro en el nacimiento del Estado, Trotsky subrayaba sobre todo que se trataba de un proceso relativamente reciente:

“La autocracia bizantina, de la cual los zares moscovitas se habían apropiado al inicio del siglo XVI, subordinó a los señores feudales con la ayuda de los nobles de corte, y subordinó a los nobles poniendo bajo su sujeción al campesinado. Se transformó, por lo tanto, en una monarquía absoluta, la monarquía de los emperadores de Petersburgo. El atraso del proceso en su conjunto es corroborado por el hecho de que el derecho de servidumbre, nacido al final del siglo XVI, y definido en el siglo XVII, continuó su pleno desarrollo hasta el siglo XVIII, y solo fue abolido jurídicamente en 1861”.

La indigencia, característica de toda la historia rusa, encontrará “su expresión más deprimente en la ausencia de ciudades medievales típicas, centros de artesanos y mercaderes”. El artesanado no conseguirá separase de la agricultura, y las ciudades, tal como las asiáticas, se conservarán como “centros comerciales, administrativos, militares, residencia de los nobles propietarios, y, por consiguiente, como centros de consumo y no de producción”.

La europeización del país, iniciada bajo Pedro I, fue acelerada en le siglo XIX, pero fue movida más por una imitación de occidente que por un desarrollo interno regular. Trotsky retomaba aquí su teoría de “substituísmo”:

“El hecho de que una clase se encargue de encontrar una solución para problemas de otra clase, es una de las combinaciones características de los países atrasados”.

También la historia del desarrollo industrial de Rusia se le revelaba a Trotsky como una nueva prueba de la “ley de desarrollo desigual y combinado”. Saltando muchas etapas, la industrialización se iniciaría con una extraordinaria rapidez, dando lugar a fenómenos de concentración desconocidos hasta por los países más desarrollados de Europa y por EEUU. Además de eso, las más importantes empresas industriales, bancarias y de transporte estaban en manos del capital extranjero. Ese desarrollo convulso e irregular había repercutido en el desarrollo paralelo del proletariado.

“Se debe observar que el proletariado ruso no se formó poco a poco, en el curso de los siglos, arrastrando tras de sí un fardo pesado, como en Inglaterra. Lo hizo por saltos, con bruscos cambios de condiciones, de relaciones y con violentas rupturas con relación a lo que existía antes. Precisamente por eso -sobre todo en las condiciones de opresión concentrada que son propias del zarismo-, los obreros rusos se volvieron más permeables a las más audaces conclusiones del pensamiento revolucionario, del mismo modo que la industria rusa era capaz de entender la última palabra en materia de organización capitalista”.

Entre las restringidas esferas dirigentes del capitalismo y las masas populares no había intermediarios. La debilidad y la incapacidad política de la burguesía nacían de “la naturaleza de sus relaciones con el proletariado y con los campesinos”:

“La burguesía no podía acaudillar a los obreros, que se oponían hostilmente a ella en la vida cotidiana y que muy pronto habían aprendido a dar un significado a sus aspiraciones. Por otro lado, era igualmente incapaz de acaudillar al campesinado, ya que estaba presa en una red de intereses comunes con los propietarios rurales y temía un temblor de la propiedad, cualquiera fuese el modo en que se manifestase. Por lo tanto, si la Revolución Rusa tardaba en explotar, no se trataba solamente de una cuestión cronológica: la causa residía también el la estructura social del país.”

La guerra ruso-japonesa y 1905 habían provocado el primer temblor del zarismo, pero la revolución había demostrado también la incapacidad de la burguesía para ponerse al frente de un movimiento democrático: “En esas condiciones, solamente el joven proletariado podía ofrecer al campesinado un programa, una bandera, una dirección.”

En 1931, cuando la teoría del modo de producción asiático fue oficialmente condenada, la Historia de la Revolución Rusa, no había sido aún publicada. Pero las posiciones de su autor ya eran conocidas, y es probable que aún estuviesen vivos los ecos, tanto entre los partidarios como entre los adversarios de Stalin, las antiguas preocupaciones de Plejanov, Lenin y el propio Trotsky con relación al pasado “asiático” de Rusia. En el congreso de Estocolmo, en 1906, Lenin le había respondido a Plejanov, que pedía garantías contra una posible “restauración asiática”, con las siguientes palabras:

“La única garantía consiste en la revolución socialista en el Occidente (...) Fuera de esa condición, con cualquier otra solución del problema (...) la restauración no sólo es posible, sino inevitable.”

Pero la revolución socialista en Occidente no ocurrirá. Aquel “maldito pasado de esclavitud, de asiatismo, de ultraje al ser humano” pesaba aún sobre el presente de una revolución socialista inmadura. Se puede comprender bastante bien la aversión de Stalin y sus hombres a cualquier interpretación de la historia rusa, que como Trotsky, subrayase su carácter asiático. En los años ‘20, como veremos, también los defensores de la teoría del modo de producción asiático, teniendo en la memoria las polémicas aún no removidas, evitarán rigurosamente introducir entre los temas en discusión la historia de Rusia.

3- La cuestion china

Entre la revolución de Octubre y el año 1927, la literatura y el periodismo político soviéticos sobre China fueron caracterizados por una sustancial ambigüedad. Por un lado, estaba la Internacional Comunista (el “Comintern”), cuya línea política para los países atrasados se fundaba esencialmente en la alianza del débil proletariado industrial de las ciudades con la llamada “burguesía nacional”. Esa línea no podía encontrar mejor soporte “historiográfico” que la extensión a China del proceso histórico “clásico” que, en Occidente, llevara a la burguesía urbana, expresión del capitalismo naciente y portadora de exigencias democráticas, a oponerse a los vínculos feudales. La correlación de fuerzas se delineaba así con mucha claridad: por un lado, la burguesía nacional y el proletariado, aliados en la búsqueda de la etapa democrático-burguesa de la revolución; por el otro lado, el imperialismo extranjero y los restos del feudalismo, todavía en gran medida presentes en la sociedad china. Esa fue precisamente la base ideológica sobre la cual los enviados del Comintern construirían su política en China, basada -a partir de 1922-23- en la alianza con el Kuomitang de Sun Yat Sen y después de sus sucesores. Por el contrario, una posición similar no era conciliable con el presupuesto de que la sociedad china fuese caracterizada más por la persistencia de formas “asiáticas” que por restos de feudalismo. La sociedad “asiática” (en la acepción marxista) tenía, en efecto, entre sus características distintivas, la ausencia -o por lo menos, la escasa importancia- de una gran clase de grandes propietarios rurales feudales; el poder de una burocracia que basaba sus fuentes de sustento en el cobro de impuestos sobre la tierra; la debilidad de la vida urbana. Aceptar estas tesis implicaba necesariamente la convicción de que la burguesía urbana china, muy diferente en eso de sus modelos occidentales, no podía tener una existencia autónoma, sino que estaba en realidad ligada, por un lado, al imperialismo (la burguesía compradora), y, por el otro lado, a la clase dirigente burocrática (los artesanos y mercaderes encargados de producir y suministrar los bienes necesarios a las clases dirigentes). En el plano político, el resultado de ese análisis diferente de la sociedad china sólo podía ser uno: El rechazo a la idea de que la burguesía nacional, apoyada o no por el proletariado, fuese capaz de emprender una revolución democrático-burguesa que era contraria a sus intereses (rechazando, por lo tanto, la idea de una alianza entre la burguesía nacional y el proletariado -en términos políticos, el Koumitang y el PC chino-); y la correspondiente afirmación de que solamente una alianza entre el naciente proletariado y las masas campesinas oprimidas sería la base necesaria para una revolución destinada a transformar radicalmente las relaciones sociales. Sin embargo, fueron necesarios varios años para que esas dos líneas (y una tercera que fue la de Trotsky y, durante un cierto período, la de Radek) se presentasen y se contrapusiesen como sistemas ideológico-políticos orgánicos, coherentes y opuestos entre sí. Y sobre todo, fueron necesarios varios años para que una línea predominase de un modo tan completo como para que aboliese a las demás. Por un lado, así, estaba el Comintern con su política de alianzas. Por el otro, había una notable libertad de discusión, tanto en lo que se refería a las “fases” del desenvolvimiento histórico, como en lo que se decía con respecto a la naturaleza de la sociedad china. La expresión “modo de producción asiático”, en aquellos años, no era empleada; y, sobre las sociedades asiáticas, más que a Marx se citaba a Weber (el cual, en verdad, se inspiraba bastante en Marx en este tema). Entre 1920 y 1922, escritores rusos como V. Kriajin, Ja. Janson y Ju.Smurgis presentaban las características de fondo de la historia y de la estructura social de China como teniendo predominantemente relaciones patriarcales y formas de comunismo primitivo en las aldeas; donde la propiedad privada de la tierra era prácticamente desconocida y, en particular, había una ausencia de la gran propiedad de tipo feudal; una burocracia cuyo poder y cuya propia existencia se basaba en la irrigación a gran escala. De hecho, los mismos autores subrayaban el estancamiento como una característica de la historia de China y consideraban que solamente podían llegar de afuera del país los impulsos necesarios pata una transformación en un sentido capitalista . Quien introdujo en la discusión los textos de Marx sobre Asia, así como la propia expresión “modo de producción asiático”, fue Riazanov. En junio de 1925, publicó en Pravda el artículo de Marx, de 1853, “La revolución en China y en Europa”; más tarde, en el mismo año, publicó en la revista teórica del Comintern, con el título de “Karl Marx sobre China e India”, una colección de artículos que Marx escribiera en los años 50 para el New York Daily Tribune. Al presentar el primer artículo en el boletín del Comintern, Riazanov subrayaba la estabilidad del “modo de producción asiático”, que solamente el capitalismo importado del extranjero comenzaba a desagregar. Su conclusión era que “el proletariado (...) se prepara para si por el frente de los pobres y explotados de la ciudad y el campo” . En el mismo año, el economista húngaro Evgueni Varga publicó el artículo “La situación económica de China”, que tuvo vasta resonancia . Varga consideraba anteriormente que la sociedad china precapitalista había sido feudal; ahora, por el contrario, se alineaba abiertamente contra esa opinión, reconociendo su propia deuda tanto con Weber como con los escritos de Marx recientemente editados por Riazanov. El problema que él se proponía explicar en ese artículo, era explicar por qué jamás había emergido en China un capitalismo autóctono. Varga afirmaba que, al contrario de Europa, el Estado en China “surgió de la necesidad de regular los recursos hídricos, de protegerse de las inundaciones y de asegurar la irrigación de los campos”. En otras palabras, el Estado no emergió de la lucha entre las clases, sino del ejercicio de una función: la ejecución de trabajos públicos en gran escala. De ese modo, fue precisamente esa clase dirigente funcional, unida a la persistencia de la “tiranía del clan” en el nivel de las aldeas, lo que obstaculizó la emergencia de un capitalismo autóctono. Varga afirmaba también que la dirección de la lucha de liberación en China le cabía al proletariado, y que la tarea principal de éste era la elaboración de una clara política agraria. Varga retomaba expresamente, como se puede ver, algunas de las opiniones de Marx sobre la estructura social de los países asiáticos. Sin embargo, quien utilizó primero la expresión “modo de producción asiático” en un análisis de China contemporánea fue -dos años después- otro estudioso, también húngaro como Varga y Madyar (de quien hablaremos más tarde): John Pepper, pseudónimo de Jozsef Pogány . En 1926, A. Kantorovitch, que entonces estaba realizando investigaciones en China, publicó en Novi Votok el artículo “El sistema de las relaciones sociales en la época precapitalista de China”, en el cual retomaba y reafirmaba las ideas de Varga acerca de la ausencia de feudalismo en China. La revista publicó en seguida otros artículos del mismo tenor. También en 1926, otro autor se integró en el debate, destinado a recorrer como protagonista toda la historia de la controversia sobre el modo de producción asiático: Karl August Wittfogel. Comunista alemán, ligado en cierta época a Korsch y a Luckács, Wittfogel sostenía, en una obra de 1922, una concepción unilineal del desarrollo histórico de la humanidad . En seguida, fuertemente influenciado por Max Weber, escribió un libro -El despertar de China- que fue traducido en la Unión Soviética y elogiado por Pravda. Wittfogel afirmaba en esa obra que la época del feudalismo en China ya se había cerrado en la mitad del siglo III a.C., cuando una sociedad burocrática asumiría el lugar del feudalismo “clásico” de los Zhou. Entonces habían llegado al poder funcionarios encargados del control del agua y del cobro de los impuestos sobre la tierra: un estrato social suficientemente fuerte como impedir la reaparición de una clase de señores feudales. Paralelamente al ascenso de la burocracia, la organización clánica al nivel de la aldea emergió para una nueva vida. A partir de entonces, el límite principal del poder de la burocracia de los mandarines fueron las rebeliones campesinas, siempre dispuestas a estallar cuando los impuestos eran excesivos, y sirviendo, así, como reguladoras del sistema. Los adversarios de la interpretación “asiática” de China no tardaron en hacerse oír. En 1926-27, aparecieron escritos de M. Volin y de G. Jakobson, en los cuales se afirmaba que la propiedad privada existía en China, que la naturaleza de la revolución china era antifeudal o, más precisamente, una revuelta contra los “restos del feudalismo”. Entre el otoño y el invierno de 1926, esa posición fue reafirmada en varias ocasiones oficiales; y Stalin se volvió su explícito defensor en el VII Plenario ampliado del Comité Ejecutivo del Comintern. El contraataque de los opositores del “modo de producción asiático”, por consiguiente, había comenzado, aunque no se tratase del choque final. En 1926, un personaje dotado de responsabilidades de políticas de alto nivel como Radek, en su calidad de rector de la Universidad Sun Yat-sen, podía aún dirigir una invitación a Wittfogel para que fuese a Moscú, así como reseñar positivamente su libro El despertar de China, aunque con seudónimo. Radek no era un defensor del “modo de producción asiático”, pero sí un adversario de la interpretación “feudal” de la China contemporánea, a partir de posiciones próximas a Trotsky, sobre las cuales luego hablaremos. En 1927, polemizó en un artículo con Volin y Jakobson, afirmando que el feudalismo predominaba en China solamente antes del advenimiento de la era moderna, y que la lucha de hoy no podía ser dirigida contra los restos feudales, sino contra el “capital comercial”. De cualquier modo, el red rationem se aproximaba; y lo que contribuyó notablemente a acelerar u marcha fue la dramática evolución de la situación china en 1927-28. La curiosa separación entre la política del Comintern y las discusiones más o menos académicas sobre las “fases” del desenvolvimiento histórico y sobre la naturaleza de las sociedades asiáticas, que marcará la primera mitad de los años 20, fue así desapareciendo. En el momento en que las divergencias sobre la “cuestión china” se tornaban más ásperas, ninguna discusión académica era posible: hablar significaba tomar partido. Como se sabe, 1927 asistió a la crisis completa y definitiva del gobierno de coalición de Wuhan entre la izquierda del Koumitang y el PC Chino, y la trágica derrota de la revolución china. Sometido a las críticas cada vez más ásperas de Trotsky, Stalin decidió superarlo por la izquierda; inaugurando en la práctica una nueva estrategia, pero sin admitir ninguna revisión teórica. La burguesía china -afirmaba- había traicionado, pero eso no significaba que la línea del Comintern fuese errada: errada era sólo su aplicación, a causa del “oportunismo de derecha” de Chen Duxiu, secretario del Partido desde su fundación, y de otros dirigentes chinos. La burguesía china fracasaba en su tarea, pero el proletariado, con la ayuda del campesinado, estaba a punto de recoger la herencia de ella: una nueva ola revolucionaria se aproximaba. El 7 de agosto fue convocada una conferencia de emergencia del PCC (Partido Comunista Chino): Chen Duxiu fue acusado y destituido; Qu Qiubai fue nominado, en lugar de él, como secretario del Partido, asesorado por dos emisarios del Comintern, Heinz Neumann y Besso Lominadze, considerados entonces como dos fidelísimos de Stalin. Los meses que siguieron fueron caracterizados por una serie de iniciativas insurreccionales, todas ellas concluidas en sangrientos fracasos: la revuelta de la cosecha de otoño en Hunan, la insurrección de Nanchang, la Comuna de Cantón. Fue, para el PCC, un decisivo viraje a la izquierda, que alcanzó su punto más alto en el Pleno de noviembre del Comité Central del Partido. La resolución política del Pleno proclamaba una absoluta desconfianza en las capacidades de la burguesía nacional y la posibilidad de transformar al Koumitang en un instrumento revolucionario, e indicaba el camino del futuro como una victoriosa revolución de los trabajadores y los campesinos, y una reforma agraria radical. Llegaba a afirmar que la revolución china era “del tipo que Marx llamara ‘revolución permanente’”:

“La revolución china tiene un carácter permanente, ya que la burguesía china es incapaz de realizar una revolución democrática capaz de derrumbar al gobierno de los militaristas feudales; la revolución china, en su evolución, no puede detenerse en la fase democrática (conforme a la llamada “teoría de las dos revoluciones”); la revolución china, que tuvo su inicio como la solución de los problemas democráticos, comienza inevitablemente a enfrentar problemas socialistas” . Ese período, sin embargo, fue de breve duración, Qu Qiubai, aunque fuese solo parcialmente responsable por el fracaso de las insurrecciones, fue luego acusado de “putchismo mal organizado y mal dirigido” y de “aventurerismo ciego”, y destituido del cargo de secretario. La nueva línea, cuya ejecución era confiada a Xiang Zhongfa y a Li Lisan, señalaba una frenada, y se resumía en la fórmula de “preparación para la insurrección”. Ella fue sancionada por el VI Congreso del PCC, que se realizó en Moscú entre junio y julio de 1928, bajo el control directo del Comintern (que estaba por realizar su VI Congreso) . Fue en ese período que la discusión sobre el modo de producción asiático penetró directamente en el Partido chino y se vinculó a las divergencias sobre las tareas de los comunistas en China. En noviembre de 1927, el ya mencionado Pleno del Comité Central del PCC insertó, en un esbozo de programa sobre la cuestión agraria (se supone que por sugestión de Lominadze), la afirmación de que el modo de producción asiático dominó en la historia de China por muchos siglos . Lominadze reafirmó sus opiniones en el XV Congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética), en diciembre de 1927. En China, afirmó, jamás surgió una burguesía nativa, precisamente porque no existieron las condiciones de su surgimiento: antes que nada, una sociedad feudal en cuyo seno pudiese desarrollarse una burguesía. La sociedad china tradicional no era feudal, sino que se caracterizaba por un aparato burocrático de Estado que se basaba en grandes trabajos hidráulicos. La burguesía en China era sólo un producto del imperialismo occidental y, por eso, incapaz de dirigir una transformación democrática de la sociedad. Su expresión política, el Koumitang, revelaba ahora su verdadera naturaleza, transformándose en una banda de militaristas. El camino a seguir era apoyar la lucha revolucionaria de los obreros y campesinos. Aunque China fuese atrasada, los obreros y campesinos estaban maduros para la revolución, siendo sus condiciones de vida más graves y dolorosas que las de sus compañeros europeos. Y la revolución china estaba, ahora, presta a pasar de la fase “democrático-burguesa” a la “socialista”. Lomindaze habló bajo la impresión de la noticia, que recién llegaba, de la insurrección de Cantón, y describió ese episodio como el inicio de una nueva onda de la revolución china (como se sabe, ella terminó, al contrario, en una trágica masacre). Las ideas de Lominadze sufrieron diferentes ataques desde la tribuna del Congreso, sobre todo de parte de Mif y de Bujarin, que lo acusaron de subestimar gravemente la fuerza real de la burguesía china. Pavel Mif, especialista de Stalin para los problemas orientales, y nuevo rector de la Universidad Sun Yat-sen, atacó la teoría del modo de producción asiático, afirmando que, con esa expresión, “Marx entendía una de las variedades de feudalismo”. La polémica entre Mif y Lominadze proseguiría en los órganos de prensa del Partido en los meses siguientes . En el XV Congreso de del PCUS, también Stalin se distanció de Lominadze. Fue precisamente él quien, en agosto de 1927, confió a Lominadze y a Neumann la tarea de organizar y dirigir el viraje insurreccional en China; pero tal vez no agradase a Stalin el hecho de que los dos pretendiesen dar al viraje una fundamentación teórica. Y, especialmente, en el final de 1927, tras el fracaso de varias tentativas insurreccionales, comenzaba a predominar una mayor prudencia. Esas primeras evidencias de una corrección parcial se concentraron en el IX Pleno del Ejecutivo del la Internacional, en febrero de 1928. En él, la posición de Lominadze fue acusada del modo más explícito, en cuanto eran criticados el “aventurerismo” y el “putchismo” que habían caracterizado la política del PCC en los últimos meses, al mismo tiempo que se invitaba al partido chino a realizar un trabajo de consolidación de las propias fuerzas, en la expectativa de una nueva onda revolucionaria. Para quien fuese capaz de entender, se dirigía contra Lominadze un trecho del párrafo inicial de la resolución del IX Pleno sobre la cuestión china:

“Es errado atribuir a la actual fase de la revolución china el carácter de una revolución ya convertida en revolución socialista. Igualmente errado es atribuirle un carácter de revolución “permanente”, según la actitud asumida por el representante del CEIC (Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista). La aceptación de una tendencia que vea en la fase actual una superación de la fase democrático-burguesa de la revolución, juzgándola al mismo tiempo como revolución “permanente”, es un error análogo al cometido por Trotsky en 1905”.

En junio, E. Varga también volvió a escribir sobre China, publicando una serie de artículos en el boletín del Comintern . El partía de la constatación de que

“China se encuentra en un período de conmoción revolucionaria del orden social pre-capitalista, basada en la reproducción simple (‘forma de producción asiática’, de Marx), que contiene muchos elementos feudales, en un período de transición de una etapa de capitalismo semicolonial, no llevada a cabo, hacia una dictadura de los obreros y campesinos. Si la burguesía -proseguía Varga- consiguiese solucionar la cuestión agraria sobre bases burguesas, el proletariado chino no alcanzaría su meta de atraer hacia sí a la gran masa de los campesinos. Pero, sin la ayuda de la clase campesina -o asimismo, teniendo que luchar contra los campesinos-, no es posible para el joven proletariado industrial, numéricamente débil, subvertir la dominación de la burguesía (china y extranjera) y de los militaristas. Es por eso que la cuestión agraria constituye el problema central de la situación china”.

Varga denunciaba como errada y nociva la aplicación de la categoría de “feudalismo” a China; errada, a causa de las numerosas diferencias en relación al feudalismo europeo, como por ejemplo, la existencia en China de claras relaciones de integración entre beneficiarios de la renta agraria, por un lado, y comerciantes y usureros, por el otro; nociva, porque hablar de feudalismo inducía a errores oportunistas, dejando creer que sería necesaria una “etapa” burguesa y que sería necesario, por lo tanto, limitar -por lo menos temporariamente- los objetivos de la lucha revolucionaria. Al contrario,

“una revolución agraria dirigida por la burguesía, una revolución del “tercer estado”, una revolución común, de la burguesía y de la clase campesina, contra la dominación agraria feudal, es imposible en China. Es imposible porque no hay una dominación agraria verdaderamente feudal, porque todos los estratos de la burguesía son también beneficiarios de la renta agraria y no pueden hacer la revolución contra sí mismos. La revolución agraria burguesa democrática debe ser concluida en China por medio de una lucha contra la burguesía”.

En el mes siguiente, el VI Congreso del PCC adoptó la corrección de la línea expresada por el IX Pleno del Comintern, basado en el slogan de “conquista de las masas”, o sea, de un trabajo paciente de consolidación y reorganización, especialmente en las áreas rurales, en la espera de una nueva onda revolucionaria. El VI Congreso condenó también como errónea la aplicación a la actual situación china de la teoría del modo de producción asiático:

“Es errado considerar al actual sistema económico-social chino y al sistema económico de las zonas rurales como característicos de un período de transición del modo de producción asiático al capitalismo. Las características principales del modo de producción asiático son: 1) la ausencia de un sistema de producción privada de la tierra; 2) grandes obras públicas (sobretodo, diques y vías de comunicación fluviales); 3) la exigencia de un fuerte sistema comunitario (basado en la combinación entre la industria y la agricultura a nivel familiar). Esas condiciones, y especialmente la primera, no corresponden al actual sistema chino.”

Sin embargo, la resolución señalaba las diferencias existentes entre el feudalismo chino y europeo: en China, “la economía agrícola del tipo del propietario feudal europeo era casi inexistente”; y, en el campo, predominaban los pequeños campesinos. El sistema dominante en China era definido como “burocrático-feudal”. Poco después de la finalización del Congreso del PCC, se inició el del Comintern. Pero, para ese momento, Lominadze, Neumann y Qu Qiubai ya se habían adaptado a la nueva orientación, y no reabrieron la discusión. Lominadze, de hecho, admitió que se había equivocado anteriormente:

“(...) Defendí un punto de vista que divergía fuertemente con las decisiones adoptadas después por el Buró Político del Comité Central de nuestro Partido y por el Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Después de que esas decisiones fueran adoptadas por nuestro Partido y por la IC, me sometí completamente a ellas”.

Qu Qiubai se limitó a insistir en la importancia de la revolución agraria, y polemizó largamente con Trotsky, tal vez con la intención de alejar de sí una eventual acusación de “trotskysmo” (una acusación que, en el curso del Congreso, surgió de ambos lados con mucha facilidad). Solamente Neumann retomó la idea de que la revolución china no debía ser considerada más como democrático-burguesa porque alcanzaría una “fase de transición a la revolución socialista”. También él, sin embargo, renunció a extraer de ese juicio conclusiones políticas explícitas. Todo eso no evitó que los tres recibiesen, también en esa oportunidad, su porción de acusaciones más o menos duras, por ejemplo por parte de Pepper. En una reconstrucción de los hechos de ese período, Wittfogel afirma que en el 6º Congreso del Comintern, Newmann, Lominarze y Qu Qiubai defendieron una versión diluida de la teoría de la sociedad asiática. En realidad, es difícil captar en las intervenciones de ellos algo más que algunas referencias bastante vagas. Por ejemplo: en la más importante de sus intervenciones, Qu Qiubai -que hablaba bajo el seudónimo de Strakov- afirmó que el feudalismo existía en China, pero que era diferente del occidental; y agregó: “no podemos contentarnos en calificar esos métodos de explotación como métodos asiáticos”. Paradójicamente, la referencia más explícita al modo de producción asiático se encontraba en un pasaje en el cual Qu Qiubai acusa a Pepper de ser un defensor del concepto: “(Pepper) también se propone inscribir en el programa de la Internacional Comunista que, en China y en Oriente, no existen más que vestigios del modo de producción asiático (...), que no existe feudalismo”. Es difícil interpretar esa actitud. Es probable que confluyesen, para determinarla, muchos elementos: un sincero (por lo menos en parte) reexamen autocrítico, una forma de nicodemismo y una comprensible prudencia en un momento en que la lucha en el interior del partido soviético se hacía particularmente dura. De hecho, no podemos evitar la impresión de una notable superficialidad en su anterior adhesión en la teoría de la sociedad asiática: una adhesión que tal vez hubiese sido motivada más por razones política contingentes que por una convicción profunda. De cualquier modo, Newmann y Lominarze fueron apartados de sus responsabilidades chinas, mientras que el 6º Congreso del PCC destituirá a Qu Qiubai de la secretaría del Partido. Ya entonces, los tres fueron considerados responsables por los graves errores de aventurerismo cometidos en China entre el verano de 1927 y el invierno posterior. Aunque hubiese sido el propio Stalin quien determinó el viraje insurreccionalista de 1927. De hecho, líneas aventureras, orientadas además hacia la preparación de nuevas insurrecciones urbanas, volverían a manifestarse, con pequeñas diferencias, en los años siguientes. Sin embargo, el hecho de que el problema del modo de producción asiático continuaba abierto es demostrado por un curioso episodio, ocurrido al margen de la realización del 6º Congreso del Comintern. En mayo de 1928 fue publicado un esbozo de programa que se refería “a los países coloniales y semicoloniales

“(...) en los cuales predominan, tanto en la economía del país como en su construcción política, relaciones feudales-medievales”.

Esta formulación suscitó las vivas protestas de L. V. Madyar, un húngaro que tuviera cargos diplomáticos en China en 1926/7 y que era considerado uno de los más prestigiosos asiatistas del Comintern. En la formulación definitiva del programa, se habló de países “en los cuales predominan relaciones feudales-medievales o relaciones de modo de producción asiático”. También en 1928 fue publicado un libro de Madyar, La economía agraria en China (el más importante de los numerosos escritos dedicados por ese autor a la historia y a la situación político-social chinas). El libro estaba compuesto de dos partes. La primera, de carácter teórico, se refería al modo de producción asiático general, con abundantes citas de Marx y Engels. Madyar no dejaba de reconocer su propia deuda con Plejanov, al cual, sin embargo, reprochaba haber buscado aplicar la teoría del modo de producción asiático también a Rusia. En la segunda parte, Mayard utilizaba los muchos materiales, recogidos en el curso de su permanencia en China, para trazar un cuadro de las relaciones de propiedad en la agricultura china. Su tesis de fondo era que el modo de producción asiático resistirá en China hasta el inicio del siglo XX, o sea, hasta el momento en que llegaron de Europa concepciones de propiedad privada (antes desconocidas en China) de origen feudal y capitalista. Aún hoy, afirmaba Mayard, las sobrevivencias del modo de producción asiático eran muy importantes en la sociedad china. El libro de Mayard fue reseñado favorablemente en algunos de los principales órganos de prensa soviéticos. El propio Varga, en Pravda del 6 de enero de 1929, había anticipado un juicio después compartido por muchos de que el libro era más riguroso y convincente en su parte teórica de lo que lo era en su análisis de la sociedad china contemporánea. Mayard participaba, de hecho, de una característica típica del debate de aquellos años, más rico en formulaciones teóricas (con frecuencia contrapuestas de modo abstracto) que de contribuciones concretas al conocimiento de aspectos singulares de la historia y de la estructura social de los países asiáticos. De cualquier modo, las ideas de Mayard fueron seguidas y utilizadas por otros: por ejemplo, por los historiadores M.D. Kokin, G.K. Papayan, A.I. Lomakin, los cuales defendían -como hiciera Plejanov en sus Cuestiones fundamentales del marxismo- una concepción “bilineal” de la historia de la humanidad (esto es, con una línea asiática separada y distinta de la línea occidental clásica), contra la concepción “unilineal” que comenzaba a afirmarse en la época; y también fueron utilizadas por S.A. Dalin, quien -en una obra sobre los taipings- retomó la idea de las rebeliones campesinas como elemento regulador del sistema asiático. Pero las opiniones de esos estudiosos y políticos, sobre todo de los más conocidos, como Varga, Mayard, parecerían cada vez más embarazosas al grupo dirigente stalinista del partido soviético. Ellas podían servir como base para hipótesis notablemente distintas de las que habían inspirado por años (y continuaban, con escasas variaciones tácticas, haciéndolo) a la política china del Comintern. Por otro lado, presentaban evidentes puntos de contacto con las posiciones de Trotsky. El ya había criticado, en 1924, en una reunión del Politburó, la adhesión del PCC al Kuomintang, pero sin insistir demasiado en la crítica. No se ocupó mucho de la cuestión china hasta 1926, cuando protestó varias veces contra la admisión del Kuomintang en el Comintern, defendiendo la necesidad de que la política de los partidos comunistas y la diplomacia de la URSS se moviesen en planos distintos. En 1927, formuló reservas en relación a la participación de los comunistas en el gobierno de Wuhan junto con la izquierda del Kuomintang, y llegó hasta el punto de pedir la salida de los comunistas del gobierno. Cuando la crisis del gobierno de Wuhan se consumó, atacó con gran dureza la política de Stalin y Bujarin, y la aplicación de la “teoría de las etapas” a China. Según Trotsky,

“la propiedad agraria grande y mediana (como existe en China) está ligada del modo más estrecho al capital urbano, incluido el capital extranjero. No existe en China una casta de señores feudales opuesta a la burguesía. El tipo de explotador más difundido, más común y más odiado en el campo es el kulak usurario. Agente del capitalismo financiero urbano. Por consiguiente, la revolución agraria tiene un carácter tanto antifeudal como antiburgués. No existirá en China, o prácticamente no existirá, una fase comparable a la primera fase de nuestra revolución, durante la cual el kulak marchaba al lado de los campesinos medios y pobres, frecuentemente al frente de ellos, contra el propietario agrario. La revolución agraria en ese país significa y significará, de ahora en adelante, una insurrección no sólo contra los señores relativamente poco numerosos y contra la burocracia, sino también contra el kulak y contra el usuario”.

Trotsky combatía también la idea de las “sobrevivencias feudales” y llegaba hasta a afirmar que ya entonces había un predominio de las relaciones capitalistas en la economía china y, por consiguiente, la necesidad de una hegemonía proletaria en la lucha revolucionaria:

“De hecho, no habría esperanzas si las sobrevivencias feudales fuesen realmente predominantes en la economía china, como afirman los dirigentes del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. Pero, felizmente, las sobrevivencias no pueden ser, en general, predominantes. Tampoco en ese punto el proyecto de programa remedia los errores cometidos, sino, por el contrario, los acentúa con una escapatoria nebulosa. El proyecto habla de ‘predominancia de relaciones feudales-medievales, tanto en la economía del país como en la superestructura política (...)’. Esto es radicalmente falso. Pero, ¿qué significa ‘predominancia’? ¿Se trata del número de personas involucradas o del papel predominante en la economía del país? Un desarrollo interno extremadamente rápido de la industria basada en el capitalismo comercial y bancario y de su conquista del país, la completa dependencia al mercado en las más importantes regiones campesinas; el papel enorme y siempre creciente del comercio exterior; la subordinación casi total de las zonas rurales chinas a las ciudades: todo esto comprueba la importancia incondicional, el predominio directo de las relaciones capitalistas en China. De hecho, las relaciones sociales de servidumbre y semi-servidumbre asumen notable importancia. Provienen aún, en parte, de la época feudal; en parte, constituyen formaciones nuevas, resurrecciones del pasado debidas al atraso de las fuerzas productivas, la superpoblación agraria, la acción del capitalismo financiero y usurario, etc. Pero el elemento predominante no son las relaciones ‘feudales’ (o, más exactamente, de servidumbre y, en general, precapitalistas), sino las relaciones capitalistas. De hecho, es sólo este papel predominante de las relaciones capitalistas el que permite considerar seriamente la perspectiva de la hegemonía del proletariado en la revolución nacional”.

Y más aún:

“(...) En China, la clase de los grandes propietarios territoriales está ligada a los capitalistas de modo más estrecho de lo que lo estaba en la Rusia zarista, mientras que la cuestión de la liberación nacional ocupa un lugar excepcional. En consecuencia, los campesinos chinos no son, en ningún caso, capaces de desenvolver una lucha política revolucionaria independiente en proporción mayor de lo que lo habían sido los campesinos rusos (...). Todo eso confirma que, para China, que ya vivió la experiencia de 1925-1927, la fórmula de dictadura democrática es una trampa más peligrosa de lo que había sido para nosotros después de la Revolución de Febrero” .

El análisis de Trotsky (compartido en parte, por lo menos hasta 1927, por Radek) se encontraba, por lo tanto, con el de Varga o el de Madyar, al subrayar los estrechos vínculos existentes entre la burguesía urbana y los propietarios rurales, aunque a su propensión a sobreestimar el grado de desenvolvimiento de las relaciones capitalistas lo induciese a ver en los propietarios rurales simples agentes del capitalismo urbano. El historiador S. M. Dubrovski (que asimilaba el modo de producción asiático al feudalismo) fue uno de los primeros en señalar esa confluencia objetiva entre los trotskystas y los defensores del modo de producción asiático:

“Una comprensión incorrecta del desarrollo de los pueblos orientales y, en particular, de China, llevó a los trotskystas, que aceptaron la idea de un específico modo de producción ‘asiático’, a una serie de errores, tanto en su programa como en su táctica”.

De cualquier modo, la última fase de la ofensiva staliniana se iniciará. El 18 de enero de 1929, Pravda publicó una conferencia, “Sobre el Estado”, que Lenin pronunciara casi diez años antes, en la Universidad Sverdlov. Se trata del único caso en el cual Lenin cederá a la tentación “unilineal”, hablando de una “ley general” de desarrollo que iría desde la primitiva sociedad patriarcal, pasando por la sociedad esclavista, hasta la servidumbre de la gleba y el feudalismo. En verdad, aun en esa ocasión, Lenin sentirá la necesidad de limitar la “ley general” a “la enorme mayoría de los países” (o sea, admitía excepciones). Y, en dos ocasiones, distanciadas veinte años, va a citar, con implícita aprobación, el pasaje del “Prefacio” de la Contribución a la crítica de la economía política, en el cual Marx habla de los modos de producción “asiático, antiguo, feudal y burgués moderno” como “épocas que marcan el progreso de la formación económica de la sociedad”. Otros escritos, en particular sus apuntes sobre la correspondencia entre Marx y Engels, muestran que él conocía la problemática marxista de la sociedad asiática, y contrastan claramente con su supuesto “unilinealismo”. Pero tales escritos (así como los Grundrisse de Marx, que sólo serían publicados en 1939-40) eran entonces en buena parte desconocidos, razón por la cual la publicación de la conferencia “Sobre el Estado” surtió su efecto: que era poner a los defensores del modo de producción asiático frente a la grave acusación de haberse apartado de Lenin. El período que va de 1929 a 1931 asistió al florecimiento de publicaciones y debates sobre esos temas. Los defensores del modo de producción asiático dieron sus últimas señales de vida. Madyar publicó ensayos sobre la economía china, con una introducción de Varga. El propio Madyar escribió una introducción para un libro en el cual Kokin y Papaian examinaban el sistema de los “campos-pozos” en China antigua y la estructura económico-social de la época Zhou. Y aun de Madyar era la introducción a un libro de A. I. Shtusser sobre las ideas de Marx y Engels al respecto de India. Un marxista inglés que trabajaba en Moscú en el Instituto de Marxismo Leninismo, R. Fox, estudió particularmente las fuentes del pensamiento de Marx y Engels sobre el modo de producción asiático. Por otro lado, S. M. Dubrovski negó la existencia del modo de producción asiático; M. Godes afirmó que India y China habían conocido un proceso de acumulación primitiva, ocurrido paralelamente a la desagregación de las viejas relaciones feudales y sin que sobre él hubiese influido directamente el contacto con el capitalismo europeo. Finalmente, E. Iolk resumió, en un violento artículo publicado en 1931, en la revista Bajo la bandera del marxismo, todos los argumentos empleados contra los defensores del modo de producción asiático. Discusiones dobre estos temas ocurrieron, un poco, por todas partes, de Moscú a Leningrado, desde Tífilis hasta Karkhov, y todos se ocuparon de la cuestión: desde la sección sociológica de la Sociedad de Historiadores Marxistas, hasta los especialistas marxistas en agricultura de toda Rusia y los historiadores de Leningrado. Casi todas las grandes instituciones político-culturales fueron envueltas por el problema. Madyar, Berin, Kokin y Papaian defendieron sus propias ideas, alternando firmeza y concesiones. Duvrovski, Godes e Iolk representaban con más dureza que otros el papel de promotores públicos, usando los argumentos más disparatados. Se partía de la polémica contra el “materialismo geográfico” (que, obviamente, no ahorraba Plejanov), para llegar a reafirmar la acusación de conexiones, implícitas o explícitas, con el trotskysmo. En el medio, existía la consideración de que el modo de producción asiático, geográficamente determinado, carecía de la “universalidad” típica de los modos de producción; de que los elementos que eran utilizados para definirlo, como la función del Estado, eran superestructurales y no tenían suficientemente en cuenta la cuestión de las clases; de que las investigaciones empíricas concretas, ahora más avanzadas que el la época de Marx, no confirmaban la existencia de un modo de producción asiático específico. Algunos, como A. A. Bolotnikov y M. P. Jakov, en Bakú y en Tífilis, llegaron asimismo (y se trataba de una gran audacia) a reconocer que el propio Marx se había equivocado: éste había ciertamente formulado el concepto de modo de producción asiático, pero las investigaciones posteriores lo habían desmentido. En Tífilis, en mayo de 1930, el problema fue discutido por un grupo de estudiosos del departamento transcaucasiano de la Sociedad de Historiadores Marxistas. La comunicación de apertura fue pronunciada por un defensor de la teoría del modo de producción asiático, Berin, el cual fue después atacado de un modo bastante rudo por los otros participantes de la discusión, sobre todo por Bolotnikov, Sef y Tchvibak. En general, los adversarios de la teoría aseguraban que el modo de producción asiático debía ser considerado, como máximo, como una variante oriental del feudalismo; y acusaron a Berin de confiar demasiado dogmáticamente en la letra del pensamiento de Marx. En realidad, tampoco ellos supieron responder, a no ser con otras citas. Marx, Engels, Lenin y los documentos del Comintern les dieron a unos y otros las armas necesarias para una larga batalla basada en citas, en cuanto la inventividad y los datos históricos concretos representaban papeles de segundo plano. Las ejemplificaciones históricas se referían sobretodo a Azerbaiján, Turquía y Persia (lo cual era comprensible, dado el lugar de las discusiones). Los aspectos económicos del problema se mantuvieron en un segundo plano, salvo en el caso de los ataques, que vinieron un poco de todos lados, contra el “mecanicismo” de Bujarin y de las recíprocas acusaciones de colusión con el pensamiento burgués. Berin, aunque sustentase la teoría del modo de producción asiático, no extendió esta categoría al oriente contemporáneo, para el cual aceptó una caracterización feudal. Pero la explicación que el intentó dar de los orígenes del feudalismo en Oriente (Berin ligó ese fenómeno a la llegada del capitalismo a partir de Occidente) no consiguió ser convincente, y abrió el flanco a las críticas de los adversarios, muy atentos a la captación de sus incoherencias y contradicciones. De cualquier modo, lo que ocurrió en Tífilis fue una discusión entre estudiosos, que -a pesar de la dureza de alguna de las polémicas- se procesó (por lo menos a juzgar por las actas taquigráficas) en una atmósfera relativamente serena. Mucho más dura, y más relevante por la importancia de sus participantes, fue la discusión ocurrida en febrero de 1931, en Leningrado, por iniciativa de la Asociación de Orientalistas Marxistas. La discusión fue abierta por dos comunicaciones, la primera de las cuales, de M. Godes, era un requisitorio contra la teoría del modo de producción asiático. En cuanto a la segunda, de M. Kokin, era una defensa. Después de una serie de intervenciones, Kokin, y finalmente Godes, presentaron las conclusiones. Aunque se tratase de una discusión entre estudiosos, el significado predominantemente político del problema fue claramente subrayado por Godes desde las primeras intervenciones. Los principales adversarios eran explícitamente relacionados con Trotsky y especialmente aquellos que, como Radek y Lominadze, eran acusados de haber compartido de algún modo, en 1926/28, las posiciones por asumidas por Trotsky a propósito de la cuestión china. Más que la condena del modo de producción asiático se puede decir que el objetivo básico de los principales acusadores era la defensa de la interpretación “feudal” de china y, por consiguiente, como reflejo, de la anterior política del Comintern para China. Godes criticó la idea de que la burocracia pudiese ser considerada de algún modo como una clase; y combatió la teoría (cuyo verdadero autor era identificado en Bogdanov) que hacía remontar el origen del Estado a la formación de una clase dirigente burocrática de organizadores de la producción. Atacó duramente el “materialismo geográfico” de Plejanov y se liberó con elegancia de la famosa frase de Marx sobre los modos de producción (contenida en el prefacio A Contribución a la crítica de la economía política), afirmando que, después de ella, la lectura de Morgan abrió los ojos de Marx y le hizo cambiar de opinión sobre las sociedades primitivas. Unos de sus principales blancos polémicos fue Madyar: Godes lo acusó de haber citado a Marx de modo acritico, sin profundizarlo. Godes afirmó, también, que la idea de un carácter excepcional de Asia, implícita en la teoría del modo de producción asiático, se prestaba a ser explotada en forma anticomunista, tanto por algunos nacionalistas asiáticos como por los capitalistas europeos. Las leyes del desenvolvimiento histórico, reafirmó Godes, no sufrían “excepciones”: “El oriente, aunque siguiendo un camino singular, pasó, sin embargo, a través de las mismas fases que Europa. Si muchos de nuestros compañeros no fueron capaces de reconocer la existencia de feudalismo en China hasta hoy, eso es el resultado o de la neblina trotskysta que oscurece su visión, o de una simple incapacidad para comprender la naturaleza esencial del feudalismo”. E. Iolk, citando expresamente los escritos de Varga sobre China, admitió una distinción entre los Trotskystas y los defensores del modo de producción asiático, pero aseguró que las consecuencias políticas de ambas actitudes eran objetivamente iguales. Esta aproximación con los trotskystas fue rechazada por Kokin como un simple artificio demagógico: Trotsky y Radek, afirmó Kokin, se oponían a caracterizar a la China contemporánea como feudal, mientras que los defensores del modo de producción asiático aceptaban la interpretación feudal de la China contemporánea, limitando el modo de producción asiático a la historia antigua de China. Nadie, en el curso de la discusión, citó los escritos en los cuales Marx hablara de Rusia como una sociedad “asiática”. En su conclusión, Godes reafirmó que la teoría debía ser rechazada no sólo porque “era objetivamente falsa” y de escasa utilidad, sino también perjudicial para los objetivos de la revolución mundial: “Una teoría que no sirve a la revolución, que es estéril cuando la aplicamos al presente, debe ser dejada de lado”. Esa tesis, aunque hubiese emergido de posiciones distintas parece resumir en sí los resultados de toda la discusión. A pesar de esto, parece que los dirigentes del Partido Comunista de Unión Sovietica (a los cuales el problema debía interesar bastante) no escondieron su insatisfacción con la discusión de Leningrado, acusándola de haber sido inconcluyente y de n haber indicado con suficiente claridad las conexiones entre la teoría del modo de producción asiático y lo errores de la oposición trotskysta . De cualquier modo, las discusiones de 1930-31 señalaron una etapa fundamental en la marcha victoriosa de la tendencia “unilinealista”, que podía ahora valerse (y lo hizo más de una vez) del apoyo póstumo de Lenin, gracias a la difusión de su conferencia “sobre el Estado”. La idea de que pudiese haber diferencias de fondo, en la historia y en la estructura social, entre Oriente y Occidente fue rechazada con decisión cada vez mayor. En 1931, S. Oldenburg -secretario de la Academia de Ciencias- escribió: “Para nosotros existe una división de los pueblos y los países en un Oriente y un Occidente, opuestos uno a otro, y que deben ser estudiados de modo distinto. En nuestra URSS el Oriente tiene los mismos derechos que Occidente, y nosotros lo estudiamos con la misma metodología marxista usada para el Occidente. Hubo y hay lucha de clases, tanto en el este como en el oeste. La historia de Oriente conoce las misma formaciones que Occidente. Esos son los principios fundamentales de dirigen nuestro estudio de Oriente”.

Ni siquiera la publicación, en 1939-40, de los Grundrisse de Marx, pudo frenar esa marcha triunfal del unilinealismo: la parte sobre “Las formaciones económicas precapitalistas” fue ignorada o convertida en objeto de interpretaciones capciosas. Cuando, en 1938, salió a la luz el Breve curso de historia del PC(b) de la URSS,, aprobado por el Comité Central del Partido, en el capítulo “Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico”, redactado por Stalin, se puede leer la más clara y rígida enunciación de la teoría unilinealista del desarrollo histórico:

“La historia conoce cinco tipos fundamentales de relaciones de producción: la comunidad primitiva, el esclavismo, el régimen feudal, el régimen capitalista y el régimen socialista”.

El modo de producción asiático fue generalmente asimilado, durante algunos años, al feudalismo, hasta que, entre 1938 y 1940, empezó a predominar la tesis, defendida especialmente por Kovaliev y Struve, de una variante de la sociedad esclavista, caracterizada por sobrevivencias de la sociedad patriarcal. Sin embargo, la afirmación de esta tesis en la historiografía soviética jamás eliminó por completo una cierta posibilidad de discusión y de puntos de vista diferentes. Por ejemplo, aunque ambos compartiesen el mismo juicio de fondo sobre las sociedades orientales antiguas, como “esclavistas”, Struve y Tiumenev llegaron a conclusiones opuestas, el primero acentuando la semejanza y continuidad, el segundo las diferencias y rupturas entre aquellas sociedades y las posteriores sociedades esclavistas greco-romanas. De cualquier modo, estos últimos estertores de la controversia sobre el modo de producción asiático permanecieron, como mucho, confinados en al ámbito de la historiografía de la Antigüedad clásica y próximo-oriental. Naturalmente, del modo de producción asiático en la historia rusa no se hablo más. En el mismo momento en que la URSS se transformaba en un “modelo”, se reforzaba la exigencia de atribuir un carácter ejemplar también a la historia de Rusia y, por lo tanto, de buscar en ella las fases clásicas, esclavista y feudal: Lo cual ocurrió efectivamente. En cuanto a los estudios soviéticos de orientalística, ellos ya habían conocido una crisis profunda entre 1928 y 1930, y los mayores institutos habían sido reorganizados después de una dura polémica contra los incompetentes, los académicos, los burgueses. En cuanto a los defensores de una interpretación “asiática” de China, algunos pasaron a ocuparse de otros problemas, otros emigraron, otros -como Madyar y Riazanov- desaparecieron en la época de las grandes purgas, alcanzados por la eliminación general de los opositores .

4- Apéndice Chino

En los años 20 y 30, la teoría del modo de producción asiático tuvo en China menos defensores y fue menos discutida que en la Unión Soviética. Es probable que el uso de un término como “asiático”, en un sentido claramente peyorativo, provocase, ya entonces, no pocas perplejidades entre los intelectuales marxistas chinos. Además de eso, el PCC, era aún bastante débil y, por eso mismo, tendencialmente tributario de los documentos oficiales del Comintern y de las palabras de sus enviados. Los dirigentes del Comintern, cuyas informaciones sobre la situación China eran frecuentemente vagas o incompletas, eran comprensiblemente llevados a aplicar a China la terminología y los criterios de la interpretación y juicio que les eran más familiares. La opinión predominante era que la sociedad china era una sociedad en la cual restos de feudalismo se mezclaban con embriones de capitalismo. Naturalmente, los comunistas chinos tenían una posibilidad muy distinta de análisis directo. Sin embargo, aunque ellos mismos no permanecían prisioneros de una teoría importada aprendida en un gabinete, se encontraban de cualquier modo con el problema de conciliar los datos que disponían con las orientaciones políticas y la terminología del Comintern. Era inimaginable que militantes de un partido joven y aún débil, se pudiesen empeñar en tentativas de revisión de la historia. No es casual que el único momento (y se trató precisamente de un momento) en que, entre 1927 y 1928, la teoría del modo de producción asiático se insinuó en los documentos oficiales del PCC corresponda a la presencia en China, en la condiciones de consejeros del partido designados por la Internacional, de Neumann y Lominadze. De hecho, detalles singulares de la teoría de la sociedad asiática, podían también prestarse o aproximarse objetivamente a análisis de aquel grupo de comunistas chinos. Pero de ahí a adoptar la teoría en su conjunto, era un paso demasiado largo. El problema, también aquí, era el de una conciliación no siempre fácil, con las ideas y la línea dominantes en el Comintern. En algunos casos, la necesidad de conciliar dio lugar a actitudes ambivalentes, al uso de un lenguaje alusivo y cauteloso; en los casos más graves, se llegó a defender ideas y líneas políticas de las que no eran, de ningún modo, partidarios íntimamente. Basta pensar, en el caso de Chen Duxiu, uno de los más prestigiosos intelectuales chinos, secretario del partido desde su fundación, y fiel ejecutor de las directrices del Comintern, aunque frecuentemente en desacuerdo con ellas (Chen fue apartado de su cargo en 1927, bajo la acusación de “oportunismo de derecha”, se volvió después trotskysta y murió en 1942 en una prisión del Kuomintang); o el de Qu Quibai, principal acusador de Chen Duxiu, y su sucesor, auque hubiese participado, como él, en posiciones de responsabilidad y la misma línea política. Sobre la ligazón entre las interpretaciones de la sociedad China y las diversas líneas políticas en el interior del PCC entre 1921 y 1928, no se puede decir que la historiografía haya llegado a resultados satisfactorios. La documentación es aún precaria. La probable adhesión de Qu Quibai a la teoría del modo de producción asiático es, en el actual estado de los documentos disponibles, poco más que una hipótesis. Si fuese verdadera, ella confirmaría que, en el caso de la cuestión china, la teoría marxiana de la sociedad asiática sirvió para sustentar, o por lo menos acompañó, posiciones políticas que se situaban a la izquierda de la línea oficial del Comintern: con relación al debate de la primera década del siglo entre Plejanov y Lenin, los papeles podrían ser considerados -en cierto sentido- como invertidos. Un aspecto bastante interesante (y no aclarado por completo) del problema es aquel representado por la actitud de Mao-tse tung. Wittfogel afirmó que Mao aceptó la interpretación feudal, lo cual, desde un cierto punto de vista, es evidente. Para citar solamente un párrafo, el más conocido de las atinentes a nuestro tema, podemos leer -en un “libro-texto” escrito por Mao y otros, en 1939, para la formación de cuadros del Partido- las siguientes palabras:

“En el curso de su desarrollo, la nación China (nos referimos especialmente a los Han) vivió, como muchas otras naciones del mundo, algunas decenas de miles de años, en el régimen de la comunidad primitiva sin clases. Desde el colapso de la comunidad primitiva y del pasaje hacia una sociedad dividida en clases, primero esclavista, después feudal, hasta nuestros días, pasaron cerca de cuatro mil años”.

Añádase que los adjetivos “feudal” y “semifeudal”, para caracterizar aspectos singulares de la sociedad china contemporánea, están continuamente presentes en los escritos de Mao. Sin embargo, la cuestión no se cierra aquí. Antes que nada, vale para Mao lo que ya se dijera a propósito de la actitud de los comunistas chinos. Mao había, por lo menos, dos buenas razones para no usar las expresiones “modo de producción asiático”. La primera, era la obvia desconfianza, por parte de quien reivindicaba la rica herencia historia y las gloriosas tradiciones revolucionarios del pueblo de los Han, del adjetivo “asiático” en un sentido que era, por lo menos originariamente, despreciativo. La segunda, era la escasa importancia que, a sus ojos, debía asumir una cuestión de pura terminología, sobre todo si ella presentaba el riesgo de transformarse en un ulterior (e inútil) tema de conflicto con Moscú. Pero de ahí a afirmar que Mao interpretaba la realidad china en términos inexactos o poco correctos, el paso es visiblemente muy grande. Balázs observó muy correctamente que la palabra “feudal” está privada de un significado preciso. Tiene simplemente el sentido de “reaccionario” y designa a todo lo que se refiere a la propiedad de la tierra: algo similar al francés ‘hobereau’ o al alemán ‘junker’, o también, si no me equivoco, al inglés ‘squirearchy’. Hipótesis por hipótesis, sería de indagarse en qué medida el análisis de la sociedad china emprendida por Mao, y la estrategia revolucionaria por él elaborada, estaban o no en consonancia con el modo de producción asiático: de paso se puede observar también que las simpatias de Mao siempre se dirigían hacia Qu Quibai, más que hacía otro dirigente del PCC del período anterior a 1934. Algunos elementos fundamentales de la estrategia maoísta, de hecho, se podrían encuadrar objetivamente, con mayor facilidad en una visión “asiática” de la sociedad china que en los tradicionales elementos de juicio del Comintern. Uno de ellos es la atribución fundamental en la lucha revolucionaria a los campesinos, o sea, aquella que -en términos de modo de producción asiático- forma la masa de los dominados y oprimidos. Otro elemento es la política de alianzas con algunos estratos de la burguesía, en un sentido muy diferente de la anterior alianza entre el Kuomitang y el PCC. Como vimos, el Comintern consideraba que una clase capitalista burguesa estaba efectuando en China una revolución antifeudal; en una cierta fase de la revolución, atemorizada por la creciente fuerza del proletariado, esa clase burguesa había traicionado y se había aliado, en términos antiproletarios, a los restos del feudalismo. Según los defensores del modo de producción asiático, como Varga, la burguesía china -predominantemente mercantil y usuraria- era constitucionalmente incapaz de emprender una revolución democrática, a causa de sus estrechas ligaciones con el imperialismo, por un lado, y con la clase dirigente burocrática rural, por otro. El análisis de la burguesía realizado por Mao era más compleja. El compartía fundamentalmente del pesimismo de ese segundo análisis en lo que se refería a los grandes propietarios rurales, a los burócratas, a los capitalistas ligados al apoyo financiero y político de las potencias extranjeras: La eventualidad de una participación de estos grupos en la lucha revolucionaria no podía siquiera tenida en cuenta. Pero, sin embargo, quedaban otros estratos de la burguesía, de cuya ayuda el proletariado y los campesinos necesitaban, a los cuales era preciso dirigirse sin tener una actitud preconceptualmente negativa. Esos estratos eran por ejemplo, artesanos tradicionales y pequeños empresarios arruinados por la competencia disgregadora del capitalismo extranjero y, sobretodo, intelectuales proletarizados por las transformaciones sociales en curso, mortificados por la declinación histórica de China a partir de la invasión imperialista y dispuestos, por lo tanto, a contribuir en una gran revolución nacional antiimperialista. No se trataba, por consiguiente, de una lucha contra el “feudalismo” (por más amplio que pudiese ser el uso de ese término), sino contra la dominación extranjera, el atraso económico y cultural, los grandes propietarios rurales, los usureros, los burócratas, contra el capitalismo en la peculiar forma que asumiera en China. Para describir esa forma peculiar de capitalismo chino, Mao acuñó, en 1947, una locución artificial (“capitalismo feudal-comprador, burocrático-monopolista de Estado”) que Balázs comentó así:

“De hecho, se trataba de un slogan. Sin embargo, es también una descripción más o menos adecuada, si nos esforzamos un poco para comprender como ella traduce la realidad. La primera parte de la locución se dirige con desprecio a la burguesía industrial y comercial china de los treatry port, en estrechas relaciones con la potencias extranjeras y los grandes propietarios rurales. Así, tenemos ‘feudal-comprador’. Por otro lado, ‘capitalismo monopolista de Estado’ quiere decir simplemente que, en aquel tiempo, en la China del Kuomitang, las famosas familias de Jiang Jieshi (Chang Kai-shek), T.V.Soong y H. H. Kong monopolizaban la vida económica de todo el país. Mao llamaba ‘burocrática’ a esa burguesía”.

En realidad, Mao mostró también aquí su “heterodoxia”, que no consistía en tomar partido por una de las dos “teorías” (una China feudal, o asiática, o ya completamente burguesa) entonces en lucha en el interior del Comintern, sino en su capacidad de analizar la sociedad china de un modo totalmente no escolástico. Desde su célebre “análisis de las clases”, de 1926, jamás interesó a Mao clasificar la realidad y cubrirla con etiquetas teóricas. Su problema principal era eminentemente práctico: descubrir “quienes son nuestros enemigos y cuáles son nuestros amigos”, investigando no sólo la “condición económica” de las diversas clases y estratos sociales sino también “la respectiva actitud de ellos ante la revolución”. Además de eso, él consideraba que ambas cosas estaban sujetas a modificación. El análisis de las clases no debía semejarse a una fotografía, sino captar una realidad en movimiento; y además, referirse siempre a una situación concreta. En 1935, ante las tareas planteadas por la invasión japonesa, Mao iniciaba su análisis con una frase simple: “Veamos como responden a esta pregunta [¿resistir o capitular?] las diferentes clases chinas”. En el mismo escrito, se puede leer que “la burguesía nacional no tiene un carácter feudal tan marcado como la clase de los propietarios agrarios” . Afirmaciones de este tipo, capaces de chocar desde el punto de vista de una terminología marxista ortodoxa, atraviesan todos los escritos de Mao. Es cierto que él consideraba más productivo analizar minuciosamente la realidad china y la posibilidad de movimiento en la contienda que discutir sobre la existencia o no de un modo de producción. Sobre el “marxismo de Mao”, mucho se discutió y se discutirá por mucho tiempo. Indudablemente, él privilegió la práctica de una revolución en un país especifico en comparación con la teoría; exceptuando aquel núcleo esencial de su teoría: la universalidad de la contradicción. De esto resultó un Mao fuertemente heterodoxo en la práctica y, por el contrario, dependiente de Stalin en muchos puntos de la teoría. Es curioso que las páginas más “ortodoxas” (y stalinistas) del marxismo de Mao estén contenidas casi siempre en “textos didácticos”, destinados a la formación de los militantes y publicados en forma de documentos oficiales del Partido: Textos en los cuales Mao, más que analizar una realidad en movimiento, enuncia definiciones. Los “inéditos” de los años posteriores a 1960 (o sea, posteriores a la ruptura con la URSS), reseñas de conversaciones mantenidas cara a cara con los cuadros altos y medio altos del partido, testimonian, por el contrario, una increíble libertad e inventividad también en problemas filosóficos. Es posible que en esa ambigüedad (entre el lenguaje “ortodoxo” de algunos textos para las escuelas de cuadros y el lenguaje absolutamente libre de otros) se encuentre una de las raíces de las posteriores divergencias en el interior del grupo dirigente chino. Volviendo a nuestro tema, la concesión a Stalin en lo que se refiere a la teoría de las etapas fue adoptada muy rápidamente por los historiadores del partido. Ya en 1929, en sus Estudios sobre la antigua sociedad China, Guo Moruo describió a la antigua China como una sociedad esclavista, que habría enseguida evolucionado hacia el feudalismo. Otros, más tarde, afirmaron que el modo de producción asiático de Marx no era más que una variante que la sociedad esclavista, en la cual estaban presentes sobrevivencias del comunismo primitivo. También en China, como en Europa, se volvió a discutir hace algunos años sobre estos temas, pero con una persistente y fuerte resistencia de los historiadores chinos a aceptar la teoría del modo de producción asiático, o asimismo volver a poner en discusión la interpretación canónica de la historia china. Una vez más, las implicaciones políticas preocupan. En un reciente debate internacional, la propaganda soviética vio una oportunidad para atacar a China: país atrasado, estacionario, incapaz de desarrollarse; incapaz, sobretodo, de construir el socialismo.

5- El cierre del debate sobre el “modo de producción asiático”

No se puede decir, en el estado actual de los estudios y de la disponibilidad de las fuentes, que los sucesos de que nos ocupamos ya estén suficientemente aclarados. Sin embargo, se puede afirmar razonablemente que los motivos principales del eclipse y de la condena de la teoría del modo de producción asiático fueron, por orden de importancia, los que a continuación enumeraremos. En primer lugar, la cuestión china. Aunque no sea totalmente claro cómo y en qué medida la discusión sobre el modo de producción asiático se articulaba con diversas posiciones políticas en el interior del Comintern y del PC Chino, es cierto que la aplicación de la teoría a China se prestaba mal a proporcionar una base adecuada para la línea política dominante en el Comintern, pudiendo, por el contrario, dar argumentos útiles a sus opositores. Es probable que esos vínculos fuesen hábilmente exagerados por los "ortodoxos"; pero es un hecho que Trotskystas y defensores del modo de producción asiático, aunque diesen interpretaciones por lo menos parcialmente divergentes sobre la situación china de ese entonces, confluían en el rechazo de una aplicación sic et simpliciter (así y simplemente) de la categoría de "feudalismo" a la China contemporánea. Es importante, además, subrayar como la polémica de los seguidores de Stalin contra la teoría del modo de producción asiático se había tornado cada vez más dura y violenta después de 1927, o sea, después que la tragedia china de aquél año devolvió ánimo a los críticos de la dirección política del Comintern. Además, se debe considerar el hecho de que algunos elementos de la teoría del modo de producción asiático, tanto en sí cuanto en su aplicación específica al pasado de Rusia, se prestaban bastante bien a ser utilizados por la oposición en su polémica contra las formas que el poder soviético iba asumiendo gradualmente después de la muerte de Lenin. La idea de un nuevo Estado-Leviatán y de una nueva casta de burócratas era, como se sabe, el núcleo central de las críticas que los diferentes grupos de oposición, y particularmente los Trotskystas, dirigían contra Stalin y el aparato del partido. Naturalmente esas críticas nacían de un examen de la involución cotidiana del Partido y del Estado soviéticos, más que de una reevaluación de las ideas que Marx y Engels habían expuesto sobre Asia. Sin embargo, también esas ideas tenían su peso, del mismo modo que (e incluso más) la consideración del "legado asiático" de Rusia. De cualquier modo, es más que probable que cuando Madyar, por ejemplo, hablaba de "siervos de las comunidades que se tornaron clase dominante" muchos de sus lectores pensaran en las tesis Trotskystas sobre la reconstitución, en la Unión Soviética, de un grupo privilegiado que fundaba en métodos dictatoriales y burocráticos su nuevo poder en el primer "Estado socialista". Y más: en el clima de incipiente dogmatismo de aquellos años, la discusión sobre el modo de producción asiático y sobre las "fases" de desenvolvimiento histórico se situaba en una más vasta lucha entre las tendencias "ortodoxas", defensoras de la "partidización" de la historiografía y, más ampliamente, de toda la cultura, y una serie de estudiosos acusados de ser todavía influenciados por las ideas "burguesas", como Petruchevski y Tarle. En esa polémica, que asistió al gradual predominio de historiadores del partido guiados por Pokrovski, el modo de producción asiático fue apenas uno de los muchos problemas teóricos sacrificados en el altar de la tesis esquemática y simplificadora de una sucesión universal de cuatro modos de producción. Ligada a la lucha por la ortodoxia y por la partidización de la cultura, fue también la polémica contra la idea (cuya paternidad era atribuida a Bogdanov) del nacimiento del Estado no a partir del nacimiento de la propiedad privada y de la lucha de clases, sino de la necesidad de organizar la producción y la transformación de los organizadores originarios en clase explotadora. Una idea ya presente en Marx, la cual, como vimos, fuera recogida y desarrollada por los defensores del modo de producción asiático, y que evidentemente se prestaba a ser transformada en una crítica de la involución en curso en el Estado soviético. Finalmente, es posible que en algunos (volviendo a la política del Comintern en Asia) estuviese presente la preocupación en combatir la idea, potencialmente reaccionaria, de una "excepcionalidad" de Asia en relación con el desarrollo histórico normal de la humanidad. El riesgo de una aplicación errónea a los países asiáticos de criterios de interpretación elaborados en base a la experiencia histórica de Occidente se tornaba así, más o menos conscientemente, en el precio a pagar por el rechazo de las opiniones de los que, en nombre de la "excepcionalidad asiática", negaban la posibilidad de desarrollos revolucionarios y socialistas en Oriente. Seguramente, es fuerte la sospecha de que ese tipo de argumentación sirviese en verdad para ocultar otros problemas e intereses políticos. Pero es oportuno recordar que, con pocas excepciones, los estudiosos y los políticos marxistas chinos (y de modo más general, asiáticos) rechazaron entonces, y frecuentemente rechazan todavía hoy, la idea de una "excepcionalidad" asiática, sobretodo a causa de algunas de sus implicancias, como el estancamiento y la incapacidad de desarrollo autónomo. Súmese a eso que también hoy muchos estudiosos occidentales, marxistas y no marxistas, aunque atentos a las peculiaridades de los países de Asia, niegan la idea de una "excepcionalidad" absoluta de la historia de los mismos, y, sobretodo, la de una supuesta estabilidad milenaria de sus instituciones . No podemos entrar aquí en el mérito de la cuestión, que de cualquier modo, continúa abierta. Lo que importa subrayar es que, a comienzos de los años 30, la condena de la teoría del modo de producción asiático, con la correspondiente afirmación de la teoría de las "fases" obligatorias en la historia de todo pueblo, contribuyó para aquél empobrecimiento del marxismo (tanto occidental cuanto oriental) que tuvo lugar en muchos ámbitos. Serían necesarios cerca de treinta años para que el debate fuese reabierto, en una situación histórica profundamente alterada y, una vez más, con fuertes implicancias políticas. Pero esa es otra historia.


Me ocupé más brevemente de los temas que forman el objeto de este ensayo en el capítulo II, pp 103 y sig. , de Il modo de produzione asiatico. Storia de una controversia marxista [Turim, 2ª ed., 1973], que utilicé aquí sobretodo para la parte sobre Trotsky (en el resto la presente redacción es más desarrollada). Remito también a ese libro para una introducción general al problema y para la bibliografía correspondiente, pero con la advertencia de que en los últimos tiempos surgieron estudios más amplios y más actualizados. Recordaré, en primer lugar, los importantes trabajos de L. Krader, The Asiatic Mode of Production. Assen, 1975, y la edición de los Ethnological Notebooks de Marx (Aseen, 1974) [una breve síntesis de las opiniones de ese autor está en “Evolución, revolución y Estado: Marx y el pensamiento etnológico”, en esta Historia del Marxismo. En lo que se refiere al tema aquí tratado, la más importante contribución reciente es la de M. Saber, Marxism and the question of the Asiatic mode of production, Gravenhage, 1977, que utilizaré en varios puntos. Una importante (y actualizada) bibliografía sobre todos los aspectos del problema, desde Marx a los debates más recientes, se encuentra en G.L. Ulmen, The sciencie of society ‘s Gravenhage, 1978, que es una monumental biografía de K. A. Wittfogel. En aquel año, Trotsky escribió en la prisión Itogi i perspektivy (Resultados y perspectivas), publicado en el volumen Nasha revoliutchia (Nuestra Revolución). Reelaborando los ensayos recogidos en aquel volumen, Trotsky publicó tres años después 1905. C.F. también E. H. Carr, La revolución rusa (1917-1921); I. Deutscher, El profeta armado; P. Vidal Naquet, “Introducción” a K. A. Wittfogel, El despotismo oriental; L. Maitan, “introducción” a Trotsky, Historia de la revolución rusa; B. Knei-Paz, “Trotsky: revolución permanente y revolución del atraso” (en esta Historia do Marxismo, vol V). Citado por Carr, La rivoluzione bolscevica, cit., p- 60 En 1912 en Kievskaia Misl; I. deutscher (Il profeta armado, cit., pp. 258) Cf. Vidal- Naquet, “Introducción”, cit., p.27 Trotsky, Storia della rivoluzione russa, cit, p.398. En ese volumen (pp. 495-505) es reproducida la respuesta a Prokovski. Sobre Prokovski, cf. Rewriting Russian history: Soviet interpretations of Russia’s past, ed por C. E. Black, New York, 1967, pp 9 y sig; cf. también Vidal-Naquet, “Introducción”, cit, pp 32-5. Las citas fueron extraídas de Trotsky, Historia de la Revolución Rusa. V. I. Lenin. Opere scelte, Roma, 1965, p. 351. Cf. Ulmen, The sciencie of society, cit, pp. 136 y 551. D. Riazanov, “Karl Marx et la Chine”, in La Correspondance Internationale, 8 de julho de 1925, Nº68, pp. 554-564 (ese escrito era una presentación del artículo de Marx, “La revolución en China y Europa”) E. Vargam “La situation économique en China”, in La Correspondance Internationale, 16 de dezembro de 1925, Nº122, pp. 1035-7. El artículo de Pogány, “El imperialismo euroamericano y la revolución en China” apareció en Pravda del 1º de Mayo de 1927, Cf. Sawer, Marxism, cit., p.84. Tanto Pogány como Varga y Madyar habían desempeñado tareas de gran importancia en la República húngara de los Consejos, en 1919. K.A.Wittfogel, Von Urkommunismus bis zur Proletarischen Revolution, vol 1: Urkocommunismus und Feudalismus. Berlín. 1922. International Press Correspondence, 1928, Nº5, pp. 121-3. Trotsky atacó muy duramente la resolución política del Pleno de noviembre (que fue también atacado como “Trotskysmo” por el IX Pleno del Comité Ejecutivo del Comintern), denunciándola como una combinación de oportunismo y aventurerismo, y afirmando que, tanto para Lominadze como para Bujarin, revolución permanente quería decir solamente ascenso ininterrumpido del movimiento revolucionario (cf. L. Trotsky, I problemi della revoluzione cinese. Turín, 1970). En lo que se refiere al modo de producción asiático, no es posible encontrar en la resolución más que algunas vagas menciones al viejo despotismo chino, las tradicionales torturas asiáticas, etc. De la vastísima bibliografía sobre la historia del PCC en ese período, y sobre sus relaciones con el Comintern, cito solamente las obras de las que más me serví: R. Schwartz, Chinese Communism and the rise of Mao, Cambridge (Mass.), 1951 (nova ed., 1964); C. Brandt, R. Schwartz y J. K. Fairbank, Storia documentaria del comunismo cinese, Milán, 1963; S. Swarup, A study of the Chinese Communist Movement (1927-1934), Oxford, 1966; R.C. Thornton, The Comintern and the Chinese Comunnists (1928-1931), Seattle-Londres, 1969; Carr, La rivoluzione bolscevica, cit., pp 1257-311; id, Il socialismo in un solo paese, tomo II: La política estera (1924-1926), Turim, 1969; R.C North, Moscow and the Chinese Comunnists, Stanford, 1953; H. R. Isaacs, La tragedia della rivoluzione cinese (1925-1927), Milán, 1967; P. Broué, La question chinoise dans l’Internationale communiste, paris, 1965; R. Schlesinger, “Il Comintern e la questione coloniale”, in Annali della Fondazione G.G. Feltrinelli, IX, 1967, pp. 50-135; H. Carrere d’Encausse y S. Scharam, Il marximo y Asia, desde 1853 hasta hoy, Roma, 1967. Más amplias indicaciones bibliográficas en J. Chesneaux y J. Lust,Introduction aux étues d’histoire contemporaine de Chine, Paris-s’Gravenhage, 1964, y en el apéndice al ensayo de A. Natoli, en Storia dell’Asia, ed. Por E. Colloti-Pischel, Florencia, 1980, pp. 121-3. Cf. Sawer, Marxis,,cit., pp. 84-5; K. A. Wittfogel, “The marxist view of China”, in The China Quaterly, 1962, Nº12, pp. 163 y ss. Sawer, Marxism, pp 84-95. Thornton, The Comintern and Chinesse Comunists, pp 4 y sig; A. Agosti, La Terza Internazionale, Storia documentaria. E. Varga, “Les problemes fondamentaux de la revolution chinoise”, in La correspóndanse Internationale, 16 de junio, 30 de junio, 4 de julio, y 7de julio de 1928. Disimulo, fingir creer en lo que no se cree. N. del T. L. Trotsky, La Tercera Internacional después de Lenin. Buenos Aires. Editorial El Yunque. Véase también Stalin, el gran organizador de derrotas, de la misma editorial. W.Z. Laqueur, The Soviet Union and de middle east, Nueva York, 1959, P.92. En una reciente Historie de l’antiquite, dirigida por V. Djakov y S. Kovaliev (Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, sin fecha), se lee que la cuestión de las relaciones sociales en Occidente fue debatida en torno a 1930 pero “con un espíritu un poco escolástico, excesivamente detallista” (P. 88). Sobre las discusiones entre los historiadores soviéticos en el período situado entre las dos Guerras mundiales, cf. Shteppa, Russian historians, cit. (El autor de esta obra, verdadera mina de informaciones, era un historiador ruso de la antigüedad y de la edad media que emigró a Estados Unidos en 1943, donde murió en 1958. Con el seudónimo de Godin, es conocido como coautor de un libro sobre los procesos de la época staliniana). Sobre los institutos y los estudiosos que se ocupaban de Oriente, y sobre sus vicisitudes, numerosas informaciones pueden ser encontradas, además de las obras citadas en la nota anterior, en Laqueur, The Soviet Union and the middle east, cit.,pp. 11 y ss. Madyar trabajo en el Secretariado Oriental del Comintern hasta 1934, cuando fue expurgado (desapareció en 1940), ya a partir de 1931 se había tenido que resignar a hablar, en sus nuevos escritos de “feudalismo asiático”. Sobre el fin de Riazanov, cf.V. Serge, Memorie di un rivoluzionario, Florencia, 1956, pp.365-6; L. Shapiro, Storia del Partito Comunista Sovietico, Milán, 1962, p.487. De los protagonistas de la historia aquí narrada, también Pepper, Neumann y Lominadze desaparecieron trágicamente. Balázs, “The birth of capitalism in China”, cit, p.198 (en Chinese Civilization, cit,p.36). Mao “Sobre la táctica contra el imperialismo japonés”. Por ejemplo, la síntesis justamente elogiada de J.Gernet Il mondo cinese. Dalle prime civiltá alla Repubblica popolare, Turim, 1978, incluso no ocupándose expresamente del problema, representa una refutación implícita de las interpretaciones "estáticas" o "cíclicas" de la historia china.
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