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HERRAMIENTAS

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El intelectual denunciante en la Argentina de 1955 a 1977
Rodolfo Walsh y la producción periodística clandestina
Por Lic. Laura Inés Etcharren
Publicado digitalmente: 22 de septiembre de 2005
Y sin embargo les rogamos:
Consideren extraño lo que no lo es.
Tomen por inexplicable lo habitual.
Siéntanse perplejos ante lo cotidiano.
Traten de hallar un remedio contra el abuso.
Pero no olviden que la regla es el abuso.
Bertolt Brecht; La excepción y la regla

A lo largo de la historia, los contextos político-sociales han ido determinando las diversas formas de concebir y mostrar el arte.
La literatura al igual que la pintura, constituyen dos formas de expresión artística que se han visto confinadas a las etapas por las cuales atraviesa el artista, y al medio social en el cual se haya inserto. Tanto es así, que la sociología como disciplina y en especial, la sociología del arte, nos permite poner en correlación la obra y el medio en el que se produce. Es decir, conocer la relación que se establece entre el arte y la sociedad.
Pensar entonces, el arte, desde la sociología, implica considerar un campo de tensiones, en el cual se disputan valores materiales y simbólicos. De este modo, comprender globalmente la estructura del campo artístico y las obras que en él se realizan, es una tarea fundamental para el investigador. Por tales motivos, el campo intelectual permite considerar el campo artístico como un sistema de relaciones que incluye obras, instituciones mediadoras y agentes determinados por su posición de pertenencia dentro del campo, las cuales son irreductibles a sus propiedades intrínsecas.
Así, vemos como el arte y la cultura, se presentan como dos categorías sumamente relacionadas que, entablan vínculos con las demás esferas de la vida.
Como bien sabemos, el arte, es inseparable de la realidad social, económica, política y cultural de los diversos países. Observamos pues, como hoy día, el arte desempeña un rol fundamental; no solo en lo que respecta a la reconexión de la sociedad, sino también, en lo que hace a la reorganización del tejido social deshecho por la mercantilización de las relaciones y por la violencia.
En síntesis, el arte es producto de la imaginación creadora, pero a su vez es problematizadora de lo real, de los acontecimientos que ocurren en una sociedad. Se produce una combinación entre lo subjetivo y lo objetivo en el mundo de la literatura y la pintura; es por ello que podemos preguntarnos ¿Por qué el hombre realiza cultura? Y la respuesta la encontramos en la búsqueda que realiza el ser humano. Esto es, el hombre realiza la cultura porque en ella conquista un fin que considera valioso, por un lado, porque se transmitirá de generación en generación, y por otro lado, porque el valor, es el contenido de la cultura, es el algo que el hombre busca, anhela y pretende conquistar en su tarea.

El Rol Del Periodista en Momentos de Conflicto Social

Entre los años 1955 y 1977, períodos en que los militares tomaban en Argentina “el poder por asalto”, nos encontramos con la función del periodista como intelectual.
En este caso, la intención, es abordar el papel del periodista que entra en escena con un discurso contra hegemónico; periodistas que intentaban, desde el campo intelectual, producir una “verdad” que no reprodujera el orden social establecido.
A tal fin, el foco será puesto en el trabajo del periodista argentino Rodolfo Walsh, desde la literatura y el periodismo, en los años de las dictaduras militares (1955-1977, año de su asesinato).
A partir de ello, comprendemos que, en momentos no democráticos, el poder político como campo externo al campo intelectual, infiere en él imponiendo lo aceptable y lo no, lo que se puede y no se puede decir.
Fundamentalmente, el periodismo es esencial para la reproducción y la legitimación de la realidad social, realidad que viene dada desde la clase hegemónica, clase que detenta el poder político y económico, y que en años dictatoriales su poder ha sido sostenido gracias a tener el monopolio de la fuerza física y simbólica. El uso que ha hecho el poder del periodismo es funcional para crear una cultura hegemónica.
Las formas que adquirió el periodismo en esas épocas, han sido desde ya, diversas y la fuerza del periodista, depende del lugar que ocupe dentro del campo periodístico, pero también del contexto histórico en el que se plantee. ¿Por qué digo esto? Porque el lugar que ocupa el periodista dentro del campo está determinado por su capital específico, en relación a lo que está establecido como hegemónico, y esto último se define a partir de la coyuntura específica. Para poder ocupar otro lugar, es necesario que se plantean las luchas dentro y fuera de los campos; luchas que responden a una necesidad de redefinir lo que está en juego.

Algunas Cuestiones Históricas

Debemos tener en cuenta que los años que preceden al período a analizar coinciden con las dos Presidencias del Gral. J. D. Perón (1945-1955). Los avances en las luchas y expresión de las clases populares durante toda esta década, definieron de alguna manera uno de los objetivos de los gobiernos dictatoriales: Desperonizar el país. Esto resulta importante más que nada, para comprender alguna de las acciones llevadas a cabo por el poder, tal como los límites impuestos a la libertad de expresión. Los espacios que fue ganando la clase obrera perturban a los dictadores.
Si bien escapa a la problemática a estudiar, es dable hacer algunas aclaraciones al respecto.
En las épocas de hegemonía peronista sólo los sectores populares (y peronistas) y quienes apoyaban a la clase obrera tenían la posibilidad de expresarse. Tanto como los gobiernos dictatoriales, Perón contaba con un fuerte aparato de censura hacia los que se definían como antiperonistas. Pero lo paradójico de este caso, es que, quienes tenían ahora la palabra (la clase obrera) había sido, y sería, la clase relegada, la otra “verdad” desconocida. Por lo general, el discurso populista de la clase obrera tenía que ver con la parte de la historia de lo que siempre perdían, pero que esta vez podían hablar, sin tal vez, ser los vencedores. De esta manera, considero, que en lo referente al campo intelectual en general, la incorporación de estos sectores tuvo como consecuencia una incorporación de los intelectuales a la industria cultural y al aparato educativo, encontrando éstos su lugar cerca de los sectores populares, al menos ideológicamente hablando. Se abre la posibilidad de expresarse, pero también, de alguna manera, la posibilidad de opinar contra el poder anterior o a las formas distintas de poder de los que el peronismo “estratégicamente” intentaba alejarse.
Para analizar el período a estudiar, la periodización que realiza J. C. Marín en “Los hechos armados” [1] es reveladora. Él sostiene que comprender los años 1955 a 1973, si bien dictatoriales, todavía el Estado no tenía una fuerza ni una legitimación que hiciera posible un cambio radical en las formas de organización. Trasladando esta idea al campo cultural-intelectual, en particular al periodismo, esto ayuda a entender que esa falta de hegemonía de poder político mantiene “relativamente autónomo” el campo intelectual. Al intervalo constitucional (1973-1976), lo identifica como el de “una acumulación primaria de lo que en su reproducción ampliada constituiría posteriormente el último y más descomunal genocidio ocurrido en nuestro país” (J. C. Marín; 2003: 24); Quedando así definidos los años del Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983). Del ’55 al ’83 se fue aumentando gradualmente el recorte de la libertad de expresión, la intervención del campo militar en el campo intelectual y la represión como recurso final. El campo militar se superpone, más particularmente en 1976 sobre el político y desde allí sobre el resto de los campos.
Esto, de ninguna manera significa considerar que la Revolución Libertadora no haya reprimido, ni que se pase por alto la Noche de los Bastones Largos del ’68 de Onganía. El punto está en ver, como los cambios en el campo de la política infieren e intervienen en el campo intelectual de manera cada vez más sistemática. Es importarte pensar, entonces, el papel que ha cumplido en periodista en la reproducción del orden social desde la producción de su discurso.
En términos generales parto de la base de que la posición del periodista dentro del campo está definida por el capital hegemónico o contra hegemónico que maneje, y ese capital va a estar definido desde el Estado.
Rodolfo Walsh expresa que su “relación con la literatura se da en dos etapas: de sobrevalorización y mitificación hasta 1967, cuando ya tengo publicados dos libros de cuento y empezada una novela; y de desvalorización y paulatino rechazo a partir de 1968, cuando la tarea política se vuelve una alternativa. La línea de Operación masacre [2] era una excepción: no estaba ni concebida como literatura, ni fue recibida como tal, sino como periodismo, testimonio. Volví a eso con Rosendo [3], porque encajaba con mi nueva militancia política” (R.Waslh) [4].
Consideramos entonces que en esta primera etapa su valorización dentro del campo intelectual, desde la literatura, estaba determinada por la coincidencia entre las obras de Rodolfo Walsh con las expectativas del poder político y de los gustos de la burguesía.
Es imposible obviar, que en sus comienzos, era un defensor de la Revolución Libertadora, y miró con simpatía la llegada de los militares al poder. Esto da cuenta de cómo el campo intelectual ya estaba infectado por el poder político. El Estado, mediante la concentración del capital simbólico, logra imponer a los sujetos que se ubican en el espacio estatal, elementos para que se reconozca su legitimidad. La cultura legítima y hegemónica, tanto como el lenguaje, entre otros, se genera desde el Estado.
Sin embargo, el escenario social del año ’68 cambió la perspectiva de Walsh. El país empezaba a sacudirse por todas partes, y él (como tantos otros) no pudo quedarse afuera de los conflictos. Así, el periodismo pasa a ocupar otro lugar en la escena política, como arma para interpretar y mostrar el nuevo proceso. Es, cuando a partir de los sucesos de José León Suárez, con los fusilamientos de inocentes que tenían poco o nada que ver con el alzamiento escribe “Operación masacre”, relatando en ficción el caso.
Comienza la clandestinidad, el cambio de nombre y el ocultamiento. Esto es un fiel ejemplo de cómo, cuando se rompe con el discurso del poder que legitima y reproduce una forma específica de dominación, el recorte es evidente.
Pero Rodolfo Walsh no era un ser alejado, ni el único periodista destinado a la clandestinidad.
Jorge Ricardo Masetti, ya era para los años que comienza Walsh, un periodista denunciante. En el año 1968 comparten los logros de la Revolución Cubana y desde la isla misma, forman la agencia Prensa Latina, cuya función fue atacar la propaganda transnacional que iba en contra de la isla, al mismo tiempo que dar desde el periodismo, una visión diferente, centrada en el punto de vista de los piases latinoamericanos, la dependencia y el subdesarrollo. La experiencia vivida durante ese año, produce un giro en la narrativa de Rodolfo Walsh.
En una entrevista que realiza Pepe Ribas en el año 1999 a Bourdieu, el pensador francés expresaba que el papel del periodista es muy poderoso y que es posible un periodismo responsable, dedicado a investigar y a descubrir complots. Tal fue el papel que tomó Rodolfo Walsh a partir de entonces. De regreso al país se contacto con el dirigente gráfico de la CGT, Raimundo Ongaro, y comenzó a dar seminarios que, además de temas gremiales, abrieron la discusión en torno a temas relacionados con la oposición al régimen militar. Desde ya, el seminario fue censurado y obligado a la clandestinidad.
La elección de Rodolfo Walsh, como ejemplo de lucha y denuncia durante los períodos dictatoriales que se dieron hasta 1977 (año de su muerte) no es una cuestión aleatoria, puesto que este periodista representaba la imagen de un nuevo estilo, de un nuevo tipo de intelectual; el intelectual que experimenta paulatinamente una metamorfosis de su ideología convirtiéndose así, en una de las figuras más recordadas, citadas y estudiadas hasta nuestros días. Generador de grandes debates y polémicas sobre su modus operandi; sobre su ideología; con adeptos y opositores Rodolfo Walsh apareció y sigue apareciendo en la comunidad en general así como también en el campo periodístico como una de las figuras más respetadas; figura que tomo la realidad objetiva y estudió las representaciones sociales aportando algo más que su punto de vista, en tanto que convirtió los hechos sociales en relatos enmascarados de ficción desde la clandestinidad a la cual lo empujó el régimen.
La idea de que el periodismo era un arma esencial para atacar al poder y desarticular las relaciones de poder y la infiltración de la política militar a los campos culturales, estaba presenta.
Como militante en Montoneros, su papel como periodista fue cada vez más comprometido, realizando tareas de inteligencia, produciendo y analizando información para uso interno de la organización.
En 1975 formó la Agencia de Noticias Clandestinas (ANCLA) y Cadena Informativa. Como expresa Natalia Vinelli, “(...) Walsh, frente a cada coyuntura, se planteó métodos de lucha en el terreno comunicacional adecuados a la realidad que vivía el país (...) [5]” Su estrategia de juego era la participación popular y la información contra hegemónica. La necesidad de ocupar un lugar dentro del campo periodístico lo lleva, a él y a muchos otros periodistas que acompañaron su labor, a una lucha por ello.
El año 1976 abre un período de censura, autocensura y represión evidentes de los medios. El estado ya no tiene problema en establecer el terror como lógica social. Pero la necesidad de legitimarlo y reproducirlo, se hace también más necesaria. No en vano la prohibición de revistas, periódicos, programas, intelectuales, etc. No en vano los asesinatos. No en vano la clandestinidad. El “terror basado en el incomunicación” (R. Walsh) es una forma de regulación social.
Mediante la palabra de quienes no fueron censurados, como muchas editoriales y revistas se reproducía claramente, la necesidad de ir contra la “subversión”. La información contra hegemónica, una vez más, incomodaba a los militares. Pero esta vez, la pelea, ya no se da dentro del campo. Sabemos la cantidad de periodistas e intelectuales obligados al exilio, y la cantidad (99, según informa la CONADEP) de periodistas desaparecidos.
El campo intelectual queda totalmente desarticulado, porque la mayoría de los intelectuales, por el solo hecho de producir conocimiento e informar de diversas maneras, tuvieron que irse del país. Ya ni siquiera podía plantearse la lucha por el poder dentro del campo intelectual, porque solo quedaron los que acompañaban al poder y apoyaban la represión.
Rodolfo Walsh sólo pudo conocer un año de este tipo de vida, porque fue asesinado en 1977, luego de escribir Carta de un escritor a la Junta Militar. Con motivo al primer aniversario de la Junta escribe “La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.”
En realidad, lo que Rodolfo Walsh no pudo ver, es que, además de esto, su necesidad de expresarse clandestinamente respondía a esa lógica en la que el poder determinaba el campo intelectual. Al mismo tiempo que, ocupar un lugar dentro de ese campo dependía de la postura que tomara el intelectual. Quienes optaron por apoyar el régimen o por autocensurarse no cuestionaban eso, ya que lo veían como “natural”.
A partir de estas ideas surgen diferentes interrogantes: ¿Qué papel ha cumplido el Estado dentro del campo intelectual en épocas dictatoriales? ¿Fue, y sigue siendo, el discurso periodístico funcional para la reproducción legitimación de un orden establecido? ¿Es posible la regulación social desde los medios informativos? En lo que respecta a los años del proceso del 76, ¿Fue el recorte desmesurado de la libertad de expresión funcional al sistema político que imponían los tres poderes de las FFAA? ¿Es el campo periodístico autónomo? ¿Hay alguna posibilidad de que así sea?

Relevancia y estado de la cuestión

Si bien el trabajo de Rodolfo Walsh desde la literatura y el periodismo en los años de las dictaduras militares ha sido abordado anteriormente por distintos pensadores, creemos que aún hoy sigue necesitando una respuesta.
La mayoría de los trabajos publicados hasta la fecha son de tinte histórico o descriptivo no dándole lugar a las relaciones que se establecen entre poder, periodismo y sociedad.
Más allá de eso, trabajos como los de Natalia Vinelli [6], Ricardo Piglia [7], los aportes de Roxana Patiño [8], y demás artículos presentados en la revista cultural Punto de Vista (número de 1981 a 1987) son de gran importancia para nosotros, debido a que nos acercan al tema a investigar.
Una de las carencias más serias de los análisis existentes es la falta de importancia que se le da al periodista como personaje fundamental para la producción y reproducción social.
Por un lado encontramos la teoría sociológica de Pierre Bourdieu sobre campo, y por el otro lado, las descripciones de los autores antes mencionados. Lo que nosotros buscamos es poder fusionar ambas cuestiones para darle una mirada sociológica, donde se de importancia a la lucha de poder que significa la censura, para así poder construir un pensamiento más crítico y reflexivo sobre cuestiones que hoy día siguen sucediendo en otros países del mundo y aún en nuestro país aunque con otros matices.
Por lo tanto, la importancia de darle a este tipo de problemática una mirada sociológica reside en la necesidad de pensar las relaciones de poder y dominación que se suceden en el seno de la sociedad. Relaciones que en momentos de conflicto político- social ayudan a reproducir un sistema de ideas y cuando no, se recurre a la coacción física y verbal de aquellos que se pronuncian contra el orden social establecido.
Los Alcances de la Última Dictadura Militar a través de un Marco Conceptual
Campo: Este concepto nos da la posibilidad de observar la producción intelectual dentro una coyuntura específica, y en relación a otros fenómenos sociales. En la teoría de la práctica de Bourdieu, el campo remite a un espacio social formado en torno a hechos que condensan apuestas sociales.
Mediatizadas por el habitus, las prácticas culturales son así planteadas como objetivaciones, productos relacionales de las trayectorias de los agentes sociales para quienes son objetos en juego, y de la situación social e institucional presente. Las características del campo y de las propias prácticas que se dan en él varían en función de lo que está implicado, del estado relativo de las fuerzas sociales interesadas, de la naturaleza y magnitud relativa de los capitales eficientes (económico, social, cultural, simbólico), así como de la jerarquía y del grado de autonomía o, por el contrario, de dependencia, de otros campos, en contextos sociales y culturales históricamente definidos.
En cada campo hay un capital específico que se pone en juego, y de allí un poder específico del cual se busca obtener el control. Si bien cada campo es autónomo, esa autonomía es relativa. Bourdieu muestra la relación que se establece entre el campo del poder y el intelectual. En el caso que nos interesa, el hecho de que el poder político sea el que define lo que está en juego en el campo cultural-intelectual hace que mientras se reproduzca desde el periodismo esa lógica el intelectual mantiene su lugar, pero cuando la estrategia es poner en cuestionamiento la realidad social y política se pierde el lugar dentro del campo porque su capital especifico detenta contra la estabilidad del campo, en términos de poder. La idea de campo supone la lucha por acrecentar y acumular ese capital específico.
La legitimación del orden establecido está dada por el establecimiento de jerarquías y por la legitimación de esas distinciones dentro del campo. Este efecto es producido por la cultura dominante al disimular la función de división bajo la de comunicación. La cultura que une al comunicar es también la que separa al dar instrumentos de diferenciación a cada clase, la que legitima esas.
Habitus:El concepto de habitus nos permite pensar las representaciones subjetivas que los agentes se hacen de su posición en ese espacio relacional, el campo y que es necesario tener en cuenta para comprender de las acciones cotidianas, individuales y colectivas que se dan al interior del campo, y que tienden a transformar o a conservar la estructura del mismo.
El habitus remite al sistema de predisposiciones corporales y cognitivas de los agentes sociales adquiridos por medio del juego social, tanto pasado como presente. Actúa como un sentido de orientación que genera las prácticas culturales, verbales y no verbales. Es individual en la medida en que es un producto de la trayectoria personal del agente social. No obstante, probabilísticamente hablando, se asemeja al de las personas sujetas a las mismas condiciones y condicionamientos objetivos que caracterizan la comunidad o los grupos a los que sus portadores pertenecen, se adhieren, o en los que participan.
Tanto la adquisición y eventual consolidación del habitus como las prácticas (habilidades, formas de ser, ver, sentir, o hacer) con las que se objetiva dependen de la lógica del campo, de su naturaleza y de sus propiedades. El carácter duradero y transferible de dicho sistema de disposiciones permite dar cuenta tanto de la regularidad relativa como de las afinidades entre estilos de vida aparentemente heterogéneos, sin necesidad de postular la aplicación homogeneizadora de reglas o normas.
La nociones de Campo y Habitus estudiadas por Pierre Bourdieu conjugan en este caso formación y construcción de un nuevo discurso que acarrea una nueva forma de escritura, dando lugar a un nuevo género dentro de la literatura, como lo es el periodismo ficcional que a su vez implica la formulación de nuevos criterios que comienzan a formar parte del capital cultural de cada uno de los intelectuales denunciantes y en particular de Rodolfo Walsh (creador de dicho género), invitando a los diversos actores sociales a participar en la creación de nuevas prácticas culturales. Vemos pues que la formulación de un discurso contra hegemónico implicó inexorablemente la persecución política que derivó, no solo en el exilio sino también, en la clandestinidad y la muerte.
Tanto es así, que lo que se pone en juego, en momentos donde las sociedades atraviesan importantes períodos de crisis, es la construcción de la subjetividad del intelectual, puesto que sus formas de actuar, pensar y sentir se ven absolutamente condicionadas y las expresiones artísticas se presentan como un signo de la alienación del individuo dentro de la sociedad moderna. Es decir, la historia ha demostrado que en épocas de violencia el arte se presentó como la práctica melancólica que versa sobre la subjetividad humana y desconfía de la civilización que no puede crear nada positivo. Pero también la violencia, ha dado cuenta, a lo largo de toda la historia de la humanidad, que la subjetividad de los sujetos ha ido cambiando y ello se debe a que dicha subjetividad se encuentra íntimamente relacionada al contexto socio histórico en el cual se vive, mostrándonos a su vez a los sujetos como sujetos sujetados.
En síntesis, ambos conceptos nos permiten comprender de manera más acabada el entramado de las relaciones sociales durante los años de dictaduras. Tales categorías son fundamentales para desarrollar la reconstrucción de las posiciones que tomaron los diferentes intelectuales denunciantes al interior del campo cultural, y más precisamente, dentro del campo periodístico.

Consideraciones Finales

Tal como se ha ido desarrollando en este pequeño ensayo, el arte (en cualquiera de sus manifestaciones) tiene un impacto social. Tanto es así, que una vez más, reconocemos la importancia del arte en las distintas esferas de la vida, creando subjetividades. Porque el arte es un sistema que nos permite entrar en el mundo, conocer acerca de él y expresarnos.
Esa relación entre la historia y la subjetividad del artista es la que media la relación entre el artista y su público, entre la realidad social y la subjetividad de los individuos. El arte tiene, en definitiva, un papel social. Y la subjetividad del artista expresada en sus obras da vida a esto. De esta manera, la creación de aquel género literario, le sirvió a Rodolfo Walsh para denunciar y relatar, todos y cada uno de los hechos que iban sucediendo en la Argentina dictatorial.
Frente al recorte de la libertad de expresión y a la imperiosa necesidad, de aquellos que detenta el poder, de intervenir en las formas de actuar, pensar y sentir de los seres humanos, Rodolfo Walsh se presentó como figura reveladora del campo intelectual argentino, buscando constantemente, la forma de repudiar el genocidio y la desigualdad, reivindicando la literatura, como forma de expresión y catarsis.


NOTAS:

[1] Marín, Juan Carlos. “Los Hechos Armados” Argentina 1973-1976. Segunda Edición Corregida y Aumentada, La Rosa Blindada/ P.I.C.A.SO, Argentina, 2003

[2] Operación Masacre, escrita en 1957, trata sobre un hecho real ocurrido en los basurales de José León Suárez, el 9 de Junio de 1956. Los generales Tanco y Valle se habían sublevado al gobierno de facto que había destituido a Perón. Su levantamiento fue ilegítimamente reprimido, ocasionando varias muertes

[3] ¿Quién mató a Rosendo? escrita en 1967, forma parte la línea del género periodístico que había comenzado a fines de los años ‘50

[4] Vinelli, Natalia; “Una breve historia: Rodolfo Walsh y el periodismo comprometido”, en ANCLA. Una experiencia de comunicación clandestina orientada por Rodolfo Walsh. Extraído de http://www.nuncamas.org/investig/investig.htm

[5] Vinelli, Natalia; “Una breve historia: Rodolfo Walsh y el periodismo comprometido”, en ANCLA. Una experiencia de comunicación clandestina orientada por Rodolfo Walsh. Extraído de http://www.nuncamas.org/investig/investig.htm

[6] Op.Cit.

[7] Pigna, Felipe. Entrevista a Juan Gelman.

[8] Patiño, Roxana; La persistente mirada intelectual, articulo publicado en la revista Punto de vista.

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