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HERRAMIENTAS

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Marisa Sadi - JUP Montoneros
“Los costos en muertes estuvieron relacionados con los objetivos que teníamos”
Por Gabriel Martin
Publicado digitalmente: 23 de marzo de 2006
Demasiado joven, pero no de vida, es lo que impacta de Marisa Sadi. Nació el 11 de septiembre de 1957, durante otra dictadura, “la Fusiladora” de Aramburu y Rojas. De todas las mujeres sentadas en un quijotesco bar porteño, cualquiera podía haber sido montonera; la que menos lo aparentaba era ella. Más joven de lo que ya es. Cualquier desprevenido sólo puede ver una mina sentada en la ventana de un café. En realidad, no es más ni menos que una mujer, bonita, sentada en un café, con la salvedad que carga con una historia demasiado distinta y particular a la que un desprevenido podría esperar escuchar si la invitase a tomar algo. ¿Quién pensaría que estuvo en la ESMA con su compañero? Tiene el rostro demasiado fresco y se larga a hablar con una soltura que asombra, y que no afloja. Cuando se mete en el tema, en su historia, su vida, su ingreso a la militancia pocos días antes del Golpe de 1976 cuando empezaron a llover balas y cuerpos sobre el Río de la Plata. Se prende un rubio. Sorprende un poco porque evade los Jockey y mucho más los negros y amargos Particulares o Parisiennes “que fumaban los duros”, los puchos militantes. Ahora a cada pitada se mete en su historia, revuelve para contarla, traga el humo y la cara no es tan joven. Los ojos, definitivamente no. Vieron más de lo que esperaba ver, traga el humo y se opacan, lo exhala y envejecen.

“Había que meterse en el lugar más comprometido posible”

Mi familia estaba compuesta por otros dos hermanos, mi viejo era un contador, tipo de izquierda muy antiperonista, bohemio e intelectual que me introdujo en la problemática social, fue un poco un envión. Mi vieja era una mujer de lo más atea y hereje, pero como me veía muy “machona” se le ocurrió que lo mejor meterme en un colegio de monjas que cursé en San Isidro, la primaria y la secundaria, que empecé en 1973. Ya había bastantes problemas con la Iglesia porque había una caza de brujas, San Isidro era un baluarte muy fuerte de Montoneros por la Columna Norte, aunque nosotros no teníamos militancia en esa época. Para esa época empecé ir a la villa de La Cava, me relacionaba, tomé contacto con los curas tercermundistas, y en un momento conocí a Aníbal Coerezza, un cura que había sido “monto” y tenía una parroquia en La Lucila y entablé contacto con los caseros de la casita de la parroquia que eran dos cuadros militantes del ERP. Estuve a punto de encuadrarme con ellos cuanto tuve 18 años, en 1975.

Más allá que las diferencias eran políticas, ambas organizaciones tenían una meta común de una revolución socialista de tipo nacional, pero la cuestión del peronismo dividía las aguas ¿Por qué, habiendo sido militante montonera estuviste a punto de meterte en el PRT-ERP?

Porque había que meterse en el lugar más comprometido posible. Pero se me acabó el contacto con ellos porque los chuparon, los detuvieron pero “por derecha”, es decir, legalmente si se lo puede decir así. Al poco tiempo entré al curso de ingreso de la facultad de psicología y me encuadré en la Juventud Universitaria Peronista (JUP) para febrero de 1976. En el curso de ingresó conocí a mi actual marido, que se encuadró luego en la JUP pero con una historia totalmente distinta porque yo vivía en Acasusso, era de clase media y él venía de una familia muy humilde, ya tenía una militancia muy fuerte con el Peronismo de Base (PB), con mucha participación en el Movimiento de Inquilinos Peronista. Mi marido siempre tuvo sus resquemores para incorporarse a Montoneros, por diferencias políticas. Igual con nuestras diferencias entre ambos de origen, que pesaban, nos encuadramos. Yo no tenía ninguna duda de que quería militar, tenía necesidad. Podría haberme incorporado a la JUP o al ERP, no a otra agrupación porque tenía la suficiente lucidez para distinguir los niveles de compromiso. Era una época en la que todos te querían captar también.

¿Cómo era la agrupación de la que formabas parte en la Facultad de Psicología?

Era una agrupación de unos 25 compañeros, medianita o más bien chiquita en comparación a las otras facultades, porque en el resto había más desarrollo.

Para esto ya estamos hablando de 1976 y empezaste a cursar con pleno Golpe de Estado. ¿Qué clima tenían en ese ámbito de militancia cuando la represión se desató ferozmente en el país?

A nosotros en todo el ’76 no nos tocaron en la facultad de Psicología, a diferencia de Derecho o Arquitectura donde fue mucho más fuerte. En ese año militamos con todas las limitaciones imaginables, pero enteros. Todavía no estábamos aislados, manteníamos relaciones con otros militantes a los que les conocíamos la cara y se mantenía el contacto con los estudiantes, nos guardaban, nos respetaban, estudiaban con nosotros, nos ofrecían la casa, nos pedían por favor que no vayamos más a la facultad porque nos iban a hacer mierda. En el ’76 la agrupación se fue de vacaciones por completo, de modo orgánico, no descolgado. Para entonces Psicología estaba separada de Filosofía y Letras, tuvimos tres pases de las mujeres que eran los cuadros más altos que fueron a otras estructuras de las organizaciones. El único cuadro del Partido Montonero que teníamos era Lucila Rébora, era la única integrante de la agrupación que pertenecía al Partido, hubo un par de quiebres y nada más, seguimos funcionando. En ese mismo año empezamos a plantear serias divergencias con las políticas que se estaban instrumentando. La JUP hasta ese momento, por lo menos, siempre fue adicta a la ortodoxia, entonces por las diferencias había despromociones de la “orga”. Pero nada más.

Tu primavera infantil coincidió con la “Primavera Camporista”, ¿cómo lo viviste?

Lo viví tangencialmente pero sí, lo viví en las movilizaciones, tenía amigos de la JP y tenía cierto acercamiento, pero nunca me involucré directamente, era muy chica y participé muy poco. Mi viejo era zurdo pero la tenía clara y votó al FREJULI (Frente Justicialista de Liberación), y esas cosas me iban formando. Por los quilombos que había con la curia de San Isidro, antes del Golpe fueron a levantar mi casa. No militaba todavía pero algunas madres decían que nosotras éramos subversivas, y la mujer de un diputado peronista, que se llamaba Giornet, que había sido presidente de ELMA, fue la que me mandó a levantar. Me guardaron en la casa de un pariente, pero ya estaba en contacto con la “M” (Montoneros), y eso terminó de introducirme, fue el preludio de la clandestinidad.

¿Qué era lo que te ponía en que la situación de poder haberte encuadrado tanto en el ERP como en Montoneros?

Te lo resumo, es llamativo y políticamente incorrecto a diferencia de lo que dice Miriam Lewin que contó que las mujeres nos encuadrábamos “para seguir a los machitos”, impresentable. Hay una canción de Pablo Milanés que dice “La vida no vale nada, si no es para merecer, para que otros puedan tener lo que uno disfruta y ama”. Esto, más allá del peronismo, es el motivo por lo que uno se encuadraba. Es decir, si uno tenía una ideología anterior definida, te encuadrabas en el peronismo. Pero no era mi caso, el peronismo lo fui aprendiendo y entendiéndolo sobre la marcha. Lo mío no fue “la vida por Perón”. Era más que nada las ganas de participar, siempre tuve cierta inclinación hacia los Montoneros, yo no era peronista, pero me acuerdo muy bien que cuando entré a la facultad la gente del la Juventud Socialista del PST o PC, me indignaba la síntesis de lo que era el peronismo, Montoneros y hasta lo que era Santucho. El 24 de marzo del ’76, todos estos desaparecieron y todos los jetones se fueron. Quedaron compañeros pero los referentes se la tomaron, tenían otra concepción de participar en la lucha, si eso era “participar”.

Te llamaban las movilizaciones que hacía la JP...

¡Y a quién no lo podía llamar! Era impresionante, hoy no se puede explicar.

“Golpe y picana...¿nada más?”

Ya estando en el secundario ya sabías que estaba en desarrollo la lucha armada. Militantes de una generación mayor que vos que fueron haciendo un proceso de práctica y teorización hasta que llegaron a la conclusión de la opción del enfrentamiento armado. Vos te subiste al tren cuando ya estaba en marcha...

¡Cuando ya estaba llegando a la recta final! Todo lo que había pasado, Ezeiza, el 1º de Mayo en la Plaza se ve hoy más claro. En aquel momento no era así salvo casos contados. Cuadros como Flaskamp, que era un cuadro de puta madre la veían. Yo la cuestión de la lucha armada la tenía totalmente clara, sabía que estaba pasando. Es mentira que no se sabía. Recuerdo que muchos cuadros no hacían este análisis de peligro. Algunos compañeros nuestros ponían la jeta en las asambleas se mostraban de un modo que llamaba la atención ¡y estábamos con el Golpe encima! Salvo gente contada, la más lúcida, tuvo conciencia de lo que se venía. Todos creíamos en ese momento, en los primeros meses, o al menos en mi ámbito de militancia, que podíamos todavía seguir. Duró poco. Yo sabía lo que estaba pasando, todos los enfrentamientos, pero la cosa era participar y me subí al avión aún con las alas agujereadas. Pero había toda una lógica del sacrificio, que a los ojos de hoy no es entendible si no se lo pone en el marco, de que éramos hasta ascetas en algún sentido, sabíamos que la posibilidad de morir existía. Ese incidente de cuando me fueron a buscar a mi casa, antes de encuadrarme, me hizo tomar real conciencia del período, yo tenía mucho miedo y volví recién cuatro meses después con el mismo temor de que volvieran. No me creía inmortal, estaba recagada en las patas y sentí miedo muchas veces.

¿Y cómo manejabas las caídas de los compañeros por la represión?

Lo que es cierto que como mecanismo de defensa, fue que en aquel tiempo no pude corporizar o racionalizar del todo, es qué pasaba con los compañeros que caían. Yo sabía lo que les pasaba, pero hasta con los más queridos era “desapareció”, sabía pero no me podía figurar o entender de lo que estaban viviendo hasta que morían y los desaparecían. Era una abstracción, y eso creo que respondía a una estrategia de seguir y supervivencia y nada más. Pero sabíamos lo que estaba pasando. La primera vez que supimos de una compañera liberada, de Psicología, que se la habían chupado para la época del Mundial de 1978 en El Olimpo, un compañero se animó y fue a la casa de madre a verla, lo que era una locura, y Mori le dijo: “Golpe y picana”, y nosotros no podíamos creerlo, pensábamos “¿nada más?”. Nunca lo pude poner este asunto en su justo lugar en ese momento. Mis compañeros desaparecían y nos los iba a ver nunca más. El que caía estaba muerto, y esa fue una desviación de todas las organizaciones armadas, el que caía estaba muerto, así lo larguen o sobrevivían. Era la concepción de que “ya está”, porque había caído y quedaba la duda.

Entonces 1976 lo pudieron atravesar bastante liviano al menos en el frente de la Facultad de Psicología, pero ¿cómo era con el resto los frentes universitarios de la JUP?

El ’76 lo pasamos relativamente tranquilos, pero enterándonos de los desastres que pasaron en otros lugares. Todavía teníamos bastantes redes de conexión. Nunca supe quien fue el responsable máximo de la facultad, teníamos al presidente del Centro de Estudiantes, supe mucho después que la dirección regional de la JUP siguió hasta octubre de 1976 funcionando más o menos, que eran tres tipos haciendo lo posible en medio de todo ese quilombo, hasta que cae el Negro Puch y ahí se disuelve la dirección regional. Hubo dos frentes de la Regional 1 (Ciudad de Buenos Aires) que golpearon en el ’76. De esa conducción uno vive y los otros dos, Juan Carlos Fassano y Enrique de Pedro, llegaron con esa estructurita hasta principios de 1977.

“El 24 de marzo la sociedad se retrajo”

Para entonces Montoneros reorganiza su estructura removiendo cuadros, mayoritariamente a la estructura militar...

No solamente a la estructura militar, sí fundamentalmente y en especial los cuadros, pero muchos pasaron a las fábricas. A nivel especialmente de cuadros responsables, pero no únicamente a la parte militar. Pero ya desde el pase a la clandestinidad de Montoneros como organizaciones de superficie el trabajo político era mucho menor. El trabajo político se acotó mucho, había mucho laburo con los estudiantes, pero con el golpe se acotó mucho. El 24 de marzo de 1976 hubo un corte abruto, la sociedad se retrajo, días y días donde todo cambió. No hubo un proceso como en otras dictaduras. El laburo pasó a ser propaganda, operaciones militares en la Facultad no había en nuestro frente, apenas poníamos pastillas de gamexán en las escaleras. La propaganda que se hacía adentro era una volanteada, muy cuidadosa en la que se ponía toda la carne al asador, poniendo diez militantes para contener al que volanteaba, y ahí te jugabas la vida, porque cuando lo iban a buscar tenías que armar una escaramuza y te la jugabas como si fuera una “opereta” militar.

¿Bajo que denominación hacían propaganda?

Nosotros éramos Mon-to-ne-ros, que no jodan, Montoneros, la JUP era Montoneros, la JP era Montoneros, igual que la JTP. Los volantes decían JUP-Montoneros, siempre, y siempre con el VM (Victoria Montonera). Usábamos consignas que adopté que me parecían las más trabajables para ese momento que eran “Luche y se van” y “Sin Justicia no habrá Paz”, que se la tomamos a Evita. Por ejemplo, una pintada que se hizo en un paredón al frente de la Facultad requirió una preparación de mucho tiempo, y en época de Dictadura, te jugabas la vida, lo mismo que los compañeros del Ejército Montonero que se la jugaban poniendo un caño, porque no había distinción para la represión en ese momento. Los represores no la hacían.

“Los milicos fueron el instrumento del empresariado”

Distinciones hicieron, porque la noche anterior al Golpe los militares rodearon las fábricas para atacar inicialmente a los trabajadores...

Seguro, eso está claro. ¿Por qué la JUP sobrevivió un año “tranquila”? ¿Por qué sí? No, porque lo que primero hicieron fue atacar a las comisiones internas de las fábricas, porque acá lo que tenían que desbaratar era al movimiento obrero descomunal, colosal, que se estaba planteando la congestión y toma de las fábricas. ¿Alguien piensa que a la Columna Norte le dieron de entrada por los tiros de Galimberti? El 24 de marzo ponían los camiones de culata en las fábricas, decargaban más de 80 navales. La gente de fábrica te cuenta ahora que ya para la noche del 24 de marzo tenían toda la inteligencia hecha, porque acá, el peligro máximo para la oligarquía residía en el movimiento obrero, donde Montoneros tenía un desarrollo descomunal. Si le preguntás a cualquier vecino que tenga más de cincuenta años del cordón industrial y te hablan con respeto del desarrollo de la JTP (Juventud de Trabajadores Peronistas). Golpearon ahí, los milicos fueron el instrumento del empresariado, en primer término fue el gran empresariado nacional y después los monopolios extranjeros. Ellos hicieron mierda todo lo que fue fábrica, y después fueron por el resto y ahí caímos nosotros. Ahí todo cambió.

“Lloramos la muerte de Santucho, tuvimos tangible la derrota”

¿Qué golpes dados por la Dictadura te impactaron más en ese momento? No lo que sabemos ahora sino en la percepción de entonces...

Recuerdo la muerte de Santucho, los montoneros llorábamos la muerte de Santucho. Llegué a la casa de mi marido y llorábamos. Mi responsable también, lo lloré con mis compañeros en un bar de la facultad. Allí tuvimos tangible la derrota. Santucho para nosotros no era cualquiera, era “el Comandante Santucho”. Ahí pensamos “nos están haciendo mierda”. Más allá de todos sus errores y desviaciones, fue “nos están haciendo mierda a todos”, porque para nosotros eran los compañeros de los “perros” (setentismo referido a los militantes del PRT-ERP), más allá de las serias diferencias que teníamos con ellos. Todo ese contexto nos iba condicionando a pesar de que nosotros estábamos enteritos nosotros. Para el ’77 nos bajó la orden de compartimentarnos más, de no conocer la cara de los compañeros, nos mandaron las pastillas de cianuro por interpósita persona, sin tener charla alguna...

¿Qué sentiste cuando tuviste la pastilla de cianuro en la mano?

Era una pastilla grande, con plástico transparente en el medio donde se veía el cianuro, y alrededor eran de plástico rojo, al menos la nuestra. Lo único que nos dijeron fue por parte de la responsable de mi marido, fue que “Tenés que morder fuerte el plástico porque sino no se rompe y no baja el cianuro”. Yo no tenía muy claro el tema de la pastilla, no sabía si me la iba a tomar o no. Otros compañeros, como los de Derecho, me decían “yo no me los tomo ni en pedo”. Hoy pienso en la pastilla y...para mi es una factura a pasar, pero reconozco que para otros fue una salida.

Para muchos era no correr el riesgo de no caer, ser torturado y delatar...

Ojo, yo las pastillas siempre las guardé también. Cuando me vinieron a buscar a fines del ’79 hacía un año que no militaba y ¡me encontraron las dos pastillas!

¿Y qué te pasó por la cabeza? Porque más allá de la opción de tomarla o no era la opción de elegir cuando morir y no que lo decida el enemigo.

La pastilla la agarré, la guardé, igual que mi marido; pero ninguno de los dos le dimos demasiada pelota. Pensándolo a la distancia, la pastilla estaba ahí, tenía una entidad, no una gran entidad porque no era lo mismo que tener un fierro.

¿Cómo fue tu primer contacto con un arma? ¿Tuviste alguna preparación? ¿Te la dieron tiempo más tarde de encuadrarte?

Fue de inmediato. Enseguida nos asignaron un fierro a cada uno y nos dieron un par de armas más, que era algo común para descentralizar y resguardar fierros. Mi marido había hecho dos años de colimba en la época que te daban instrucción militar férrea, entonces sabía manejar cualquier cosa. Yo nunca tuve instrucción militar, sólo teórica. Y de práctica sin tiro, lo que es peor que nada, porque si te vas a enfrentar a un Grupo de Tareas te queman seguro, pinza o lo que fuese, te hacían mierda y no ibas a poder responder; y esta era una realidad de muchos militantes de base. Había compañeros que por una predisposición personal se arrimaron más a los fierros y se la rebuscaban para hacer una práctica, aún sin pertenecer al aparato militar. Los cuadros todos estaban entrenados, pero el resto de los militantes no. En Derecho nunca tuvieron asignado fierros, ni se los asignaron. Tener un arma era previsible, yo sabía que me había metido en una organización armada. Lo que sí siempre critiqué y no me dieron bola fue que no me enseñaron a usar el fierro, porque aunque no participara de operaciones militares, no sabía utilizarlo. Y podía ser necesario en una contención, o si te venían a buscar y querías responder ¿qué carajo hago?

“En tres días se fue todo al carajo”

¿Cuándo se pone más crítica la situación de tu frente de JUP?

Para 1977 se empieza a complicar todo. Ya nos empezaron a buscar, teníamos que guardar a compañeros que no tenían a dónde ir, las caídas empiezan a ser más cercanas. Ya en julio del ’76 tuvimos la primer baja, que en realidad no lo fue así pero lo supimos después, que trató de que fueron a buscar al presidente del Centro de Estudiantes a la casa de la abuela, armaron una ratonera y cuando la abuela quiso avisarle lo mataron (NR: el asesinado en esa ocasión fue Ernesto Rivera). Esa era en teoría la primer baja que sufríamos con la Dictadura. En realidad, el presidente del Centro de Estudiantes, “El Ueso” Norberto Biosca Agüero, y creíamos que él había caído. Él había ganado con un laburo muy fuerte de la JUP en las elecciones clandestinas en 1975, y se ganó por afano. Hubo mucho laburo de superficie. La JUP fue una agrupación de superficie poderosa, como todas las de Montoneros. Yo fui testigo, porque fui a la última movilización que hizo la JUP antes del Golpe, y viví todo el itinerario hasta el último remanente que quedó en diciembre del ’78. Hasta el último militante.

¿Eran cada vez menos y cómo lo sobrellevaban?

A medida que éramos menos, cuando más mierda nos iban haciendo y cuantos más compañeros caían y menos quedábamos, la relación, el afecto y los lazos que construye la guerra, como decía Galimberti, eran muy fuertes. Yo fui viviendo como se fue cayendo día por día toda la estructura a pedazos. Cuantos cayeron por no tener un mango, yirar por la calle sin un peso para un telo (NR: Hotel Alojamiento, donde comúnmente se pasaba la noche en “seguridad”). Ahí radican mis críticas a la Conducción Nacional.

Crítica en cuanto a la asistencia que se le brindaba...

Ninguna asistencia. No sólo a nosotros, a Columna Norte llegaron a no darle siquiera un juego de documentos para tipos requemados. Fue una política leída irresponsablemente y llevó al desastre. Por eso me causa mucha gracia leer que Bonasso decía de la Contraofensiva “ya cayeron el 75 por ciento de los compañeros, entonces ya no hago boletines de prensa sino boletines necrológicos porque cayeron 20 personas”. Y antes ¿quién hizo los miles y miles de necrológicos de antes? Porque al lado de eso, en muertos, fue un hecho menor porque en cualquier día del ’76 caían setenta personas por día en la ESMA y eran todos montoneros, porque estaba dedicada fundamentalmente a liquidar a Montoneros. No era Campo de Mayo que apuntó al ERP, aunque allí también fue a parar la Columna Norte de Montoneros.

“Nos quedábamos en el país por el peso de los muertos”

Retomando el momento de ataque de la Dictadura a la JUP, pasó el ’76 y allí empezó la hecatombe...

En el ’77 cambia todo el panorama. No sabíamos con lujo de detalles qué era lo que pasaba en otros lugares, en otras facultades, pero sabíamos que el desastre era absoluto, y nos golpean en mayo de ese año, y en tres días se fue todo al carajo. Golpearon conjuntamente en Psicología y Filosofía y Letras que estábamos a diez cuadras, y mis compañeras de psicología eran responsables de los chicos de Filo. Entonces por cadena de cantadas...comprensible. Cayeron tres compañeros, el 6 y 7 de mayo, el otro no se sabe donde. Se dice que a uno de los compañeros lo dejaron llamar para tirar una cita. Llamó al pie partidario y llamó al pie que tenía privado con la compañera, y en un mensaje que hoy se entiende pero entonces fue confuso, dio las señas de un militante de otro militante que teóricamente estaba marcando en la Facultad, entonces se dio la orden de levantar a todo el mundo de la Facultad de Psicología, sólo quedamos tres, mi marido, yo y otra chica que este tipo no nos conocía de cara, al resto se lo sacó y pasaron a otra estructura.

Literalmente quedaron tres gatos locos.

Efectivamente (risas). Entonces a niveles de conducción iban tomando responsabilidades pibes que no tenían manejo de nada y nos tocó uno muy jodido, muy verticalista, y nos peleábamos mucho con las divergencias, y quedamos absolutamente aislados. Teníamos relación con tres compañeros por fuera, una era Isabel Cerrut. Pero ya no sabíamos nada de lo que estaba pasando, no teníamos enganche, salvo el responsable que era de afuera porque venía de la UTN. En un momento se apareció un compañero, al que conocíamos sólo por nombre y que fue un hombre que intentó recomponer los frentes. Era un cuadro muy militarizado pero muy político también, y con él teníamos cierta vía de escape, era nuestro enganche.

¿Esa fue la peor época?

Terrible. Todavía estábamos legales pero no había un mango ni para comer. Una época terrible. Para ese momento ya no había militancia, era supervivencia y lo que hacíamos afuera era propaganda de la Orga, nada que ver ya con el frente universitario, salvo algo aislado en al UTN. Había un cuadro, que era una leyenda para entonces, “Manuel” Fernando Diego Menéndez, que se había escapado de una cita, un tipo muy respetado. Fue el único al que asumí como jefe al que consideraba como tal. Estaba haciendo todo el trabajo de rejuntar a la militancia perdida, haciéndola a la “montonera”, rejuntar ejército que era lo único que se podía hacer acá, no había enganche con la gente del exterior; todo estaba muy partido y era difícil tener contacto con los otros frentes, estábamos demasiado golpeados.

No obstante la Organización seguía manteniendo un grado de operatividad por lo que enlaces había.

Había enganches porque había una metodología interesante implementada por algunos cuadros para preservarse, que era compartimentar las relaciones con otros compañeros, entonces nadie se enteraba, pero la red estaba. Así éramos varios y nadie sabía en lo que estaba el otro, lo cual era sano. Por medio de estos tres compañeros nos llegaban noticias tétricas de lo que estaba pasando en todos lados. Pero uno seguía igual, en ningún momento nos planteamos irnos del país. Había que seguir. Aunque parezca silvestre, aunque para mí no lo es, nos quedábamos en el país por el peso de los muertos, el compromiso con los caídos. A esa altura ya sabíamos que, al menos en esa etapa, habíamos perdido. Alguno tenía la idea de preservar algo para más adelante, seguir haciendo trabajito artesanal, pero habíamos perdido. Pero había un compromiso de sangre con los que quedaron en el camino. Esas ausencias pesaban y eran un motivo muy fuerte para seguir.

“Sabía que éramos pocos, pero no tanto”

Para 1978 ya el trabajo universitario finaliza por completo y no quedan rastros...

Ahí estábamos laburando como se podía, afuera, básicamente haciendo prensa y propaganda, la JUP ya no existía. Algo que es sugestivo, es que muchas de las tácticas y estrategias que planteaba Rodolfo Walsh en sus documentos últimos, especialmente en el “Aporte a una Hipótesis de Resistencia”...nosotros no conocíamos los documentos de Walsh. Apenas recibimos algo por una compañera de Mar del Plata al que le llegó uno y se armó un despelote terrible. No se si los cuadros que estaban acá los recibían.

Vos hablás del documento en que plantea volver a lo que fue la Resistencia Peronista y replegar a la organización Montoneros hacia las masas...

Claro, lo que él dice “Cien cuadros dispersos en el territorio con el único lazo orgánico de la unidad de Doctrina”, el tipo lo que propone el la descentralización total, compartimentar, propaganda artesanal y continua, ninguna acción militar que no esté estrechamente relacionada a los intereses del pueblo. Nuestros jefes de la etapa final, los que estaban en el país en contacto con la militancia, hicieron esto aunque no se si lo sabían, como Fernando Menéndez, Enrique de Pedro..., creo que la circunstancia o porque sabían, los llevó a implementar este tipo de funcionamiento. Pero ya era tarde. Esas directivas de Walsh, que la Conducción cajoneó, servían para preservar a la gente. A muchos de la Columna Sur no tenían diferencias con la Conducción en el exilio, porque decían que actuaban con un sentido de autonomía tal que no tenían por qué tener disidencias. Dentro de ese quilombo de cosas llega el Mundial de 1978, y ahí nosotros estábamos relacionados con dos cuadros, muy superiores a mí y a mi marido, que habían entendido que el funcionamiento era este otro, pero eran cuadros políticos-militares, Alejo Mallea, Fernando Menéndez, Manuel...y en un momento los perdemos y no sabíamos qué carajo había pasado. Meses y meses durante el ’78. Pasó el tiempo, y llegando a octubre de 1978, mi beba ya había nacido, hubo un mensaje de esta estructura del pie telefónico, y pedían un enganche y nadie quería ir porque lo más probable es que hubiesen caído, no se sabía que había pasado, Manuel pedía una cita con mi marido y no se entendía por qué. Nadie quería ir. Y mi marido fue, y lo que Manuel estaba pidiendo permiso para entrar a mi casa porque lo vio a mi marido poner la llave en la puerta cuando pasaba por el colectivo. Y de esta forma, nuestra pequeña estructura remanente de la JUP vuelve a engancharse con estos compañeros.

¿Cómo era la cuestión de mantener a la Conducción fuera del país y otra por debajo en el territorio?

Bueno, acá hay otra cosa para discutir. Siempre se cargan todas las tintas contra la Conducción Nacional de Montoneros, pero acá la orden que se consensuó y se bajó, fue que lo que se debía ir del país junto a una parte de logística. Pero muchísimos, demasiados, todo cuadro de medio para arriba se fueron al carajo, partieron al exilio; y si te faltan cuadros de conducción en todos los niveles es un quilombo y no podés funcionar. Por eso a raíz de este reencuentro con estos compañeros, vuelven relacionarse orgánicamente. Habían decidido desengancharse para preservarse y por serias disidencias con la Orga. Y siguieron operando solos, como muchos militantes montoneros, marcando presencia montonera con algunas operaciones mínimas pero desenganchados del aparato, laburando de modo artesanal, con el sentido de autonomía, trabajando de a cinco o siete, y seguimos así hasta ver que pasa.

¿Y qué pasó?

Pasó lo mismo que vieron cuando planificaron cuando planificaron la Contraofensiva afuera del país y volvieron a entrar al país, se vislumbraba ciertas fracturas en la Dictadura, cierta apertura, había huelgas y se le hacía frente desde los sindicatos a la Dictadura; y ellos también consideraron que era el momento para volver a engancharse orgánicamente, y duran menos de dos meses. Fue un compañero a Italia a buscar plata, y nunca llegó. En ese ínterin, se produce el aniquilamiento de la última estructura montonera del territorio de Capital, de la zona sur, que increíblemente eran más de sesenta compañeros. Pero tenían pocas medidas de seguridad, en menos de un mes los arrasaron, y por esas caídas terminan cayendo lo que quedaban de las JUP, rejunte de distintos frentes, y caen estos combatientes Manuel y Pablo. Le sobrevivimos por pocos días a la última estructura montonera organizada en el territorio. No quedaba nada.

“Salir del país era abandonar el terreno”

¿Eran concientes en una dimensión real de lo golpeados que estaban?

No sabíamos en ese momento que éramos de los últimos. Sabía que éramos pocos, pero no tanto. Los compañeros estaban, tenían que estar en alguna parte. Estábamos tan en desbandada que hacíamos cualquier cosa. Por ejemplo, para el Mundial del ’78 ya éramos muy poquitos, unos cinco de la facultad, los de la UTN y algún otro. Ahí recuerdo que lo único que recibimos fue una circular que nos decía que fabriquemos un mimeógrafo casero, “Cada compañero un mimeógrafo en su casa” y que con eso hagamos volantes para volantear en el Mundial. Entonces hicimos el “Gauchito Montonero” para contraponerlos al “Argentinito” de Videla, con consignas como “Cada espectador del Mundial un testigo de la Argentina real”, “Este partido lo gana el pueblo”...Yo estaba embarazada con un bombo enorme, y con mi marido agarrábamos los volantes, nos calzábamos los fierros, parábamos los colectivos y arriba volantéabamos. Cuando mucho después nos volvimos a enganchar con Manuel le contamos, y se agarraba la cabeza, nos gritaba “Están en pedo, en el colectivo puede haber un cana, una mina, que desenfunda en medio segundo y les mete un balazo en la frente”, ¡y nosotros lo hacíamos! Hoy se que la mayoría de la gente que quedó suelta, operó para el Mundial ’78, con propaganda e hizo lo que pudo. Columna Sur estuvo a punto de concretar una entrevista con la selección de Holanda. Una compañera, Pupi, que estuvo para el Mundial, como parte de la estructura de prensa de Capital Federal, con el marido y otro pibe, eran tres nada más. No contamos acá a los pelotones que ingresaban del exterior, que operaban pero apenas nos enterábamos, por los diarios, como el “pepazo” a la ESMA...

Que fue en 1978, que están testimonios de sobrevivientes que lo recibieron como un acto de resistencia de los compañeros, cuando entraban los pelotones de TEA (Tropas Estratégicas de Agitación) y las TEI (Tropas Estratégicas de Infantería)...

¡Espectacular! Porque además no tuvieron bajas...además sirvió para la moral de los de afuera, fue muy fuerte, muy limpito. Pero nos enterábamos por los diarios nada más. Ese año fue el atentado a Lambrusquini, pero no vino de afuera sino por un grupito del Ejército Montonero que había quedado acá y fue lastimoso porque murió una piba de 15 años. A ese grupo entre octubre y diciembre los mataron a todos, los pulverizaron.

¿En ese contexto evaluaron la posibilidad de un reagrupamiento menos? ¿No se les planteó la idea de salir del país?

Cuando nos enganchamos con Manuel había como un renacer de la cosa, teníamos mucha confianza en él y a fines de noviembre del ’78 nos contó que habían mandado a un compañero a Italia a buscar dinero, y que se esperaría por una semana, y si no llegaba, nos íbamos todos, me acuerdo que explicó “Porque quedarnos para que nos maten...”, y a mi me llamó la atención el planteo de salir del país, pero lo dijo con tanta naturalidad. Lo hizo tan natural y lógico, pero igual me llamaba la atención porque era abandonar el terreno de operaciones. A la semana lo mataron esperando la guita. A partir de la muerte de él y Pablo, ya todo el grupito de la JUP había caído...nos salvamos cinco. No quedó nadie más. Todo el grupo íntegro de la JUP fue a la ESMA, la mayoría vive; la JP Sur de Capital también fue a la ESMA.

En ese estado de desmembramiento, quedando apenas un puñadito de militantes, tanto en lo represivo como en la vida cotidiana ¿cómo sobrevivieron?

A partir de ahí nos quedamos caminando en la calle. Siempre digo que para mí fue más traumática esa levantada de las casas y estar caminando literalmente, viviendo cuatro meses en la calle, que mí caída por la ESMA. Ibamos con la nena, tenía cuatro meses, estábamos desenganchados después de lo que pasó. Porque Manuel conocía la casa, y como había caído, hacíamos controles diarios y nos avisan que lo habían chupado, entonces agarramos un bolsito con lo justo, con ropa, los fierros, pero un bolsito chiquito porque no podías llamar la atención. Entonces estábamos con el bolsito y lo que llevábamos puesto. Teníamos un compañero que vivía en una pensión, pero no nos podía guardar y así y todo nos ayudó muchísimo. Y en los hoteles esos bien baratos, de cuarta, no aceptaban chicos, entonces algunas noches, la mujer del compañero se llevaba a la nena, ibamos a un telo, nos dábamos una ducha y dormíamos y otra vez a la calle, otra ducha y de vuelta a la calle con la beba. No sabíamos lo que estaba pasando, así pasmos todo el verano del ’78-’79. Conseguimos una cita con la mujer de Manuel, y era terrorífico y no sabíamos si ir o no ir, pero estábamos en un estado de desprotección que pensábamos “es la mujer del jefe, algo puede aportar”. ¡Fue una cita!...fuimos, y ella fue con otra compañera en un taxi, temblando y agarradas de la mano, se bajó y lo primero que dijo fue: “Los pibes perdieron al segundo padre”. Trajo las pocas noticias que había, que habían caído todo, quedó uno solo pero no se sabía su suerte y que quería salir, pero ahí nos dijo que se iba a ir pero nos iba a dejar a buen recaudo, conseguirnos algo de dinero a través de su familia política y dejarnos más o menos cubiertos. Hicimos una última cita, teníamos chance de sacarla vía Paraguay por vía de mi marido, pero decidió salir por las suya. No nos dio la guita que nos había prometido y nos tira una cita desdoblada, es decir, me dio un papelito a mí y otro a mi marido y por seguridad no se juntaban los papeles hasta el día de la cita por seguridad. Cuando llegamos era en la puerta de una comisaría enorme en Once que parecía el Comando Central de la calle Moreno, y mi marido dijo, “peguemos la vuelta, rajemos de acá”. Y otra vez a la calle, montaraces por la Capital Federal... Y quedamos otra vez caminando y caminando, era tétrico, ni teníamos para comer. Además de semejante penuria, ir caminando por la calle sin tener donde guardarse y estar todo el día afuera por los mismos lugares que transitaban los represores que iban patrullando para levantar a cualquier militante o “sospechoso”... Y...siempre caminando a contramano, eso sí. Nuestro problema fue que éramos unos “perejiles”, pero teníamos una relación orgánica con Manuel y era uno de los tipos más buscado por la Marina en ese entonces en Capital Federal, se había cagado a tiros con el Grupo de Tareas de la ESMA, y la ESMA tenía los móviles en la calle con chupados “lancheando” (NR: lanchear remite a los móviles autos, “lanchas” y a los detenidos los hacían colaborar bajo amenaza de represalias contra la familia para que señalen a otros militantes por la calle. También, muchos habían decidido colaborar pasándose de bando y entregando a sus propios compañeros, sin ser amenazados). Y nosotros no nos podíamos alejar del Once y el Centro porque ahí se comía barato y se conseguía algún hotel de diez mangos. Era vivir en un estado de locura total.

¿Y no consiguieron otro contacto?

Este compañero que te decía consiguió un enganche, pero después nos enteramos que era un compañero que estaba chupado en la ESMA. Fuimos a una cita, nadie sabía quien era, sabíamos que le decían “Ramón” Miguel Angel Calabozo. Fui a la cita con este compañero, nos prometió guita, y nos pidió un informe detallado por escrito de todo lo sucedido, de integrantes, logística, de todo. Ahí nos dio un número de un pié telefónico para entregar el informe, después nos íbamos a encontrar y nos proveería de recursos. El compañero, Gustavo, que estaba conmigo no dijo nada, se guardó, tiró el número telefónico del pie a la mierda y no quiso saber nada. En la cita había un grupo de tareas alrededor que no vimos, y nos enteramos cuando nos chuparon.

“Nos hicieron mierda porque de otro modo no nos paraban”

¿Por qué no los chuparon hasta entonces?

Porque estaban esperando que le hagamos el informe por escrito. Entonces cuando nos chuparon lo que querían saber los tipos era por qué no hicimos el informe y tenían miedo que este chupado nos avisara. No lo podían entender. Los dejaron esperando a que tomen contacto con el pié... Nunca sucedió, no nos siguieron los del Grupo de Tarea y zafamos. Y como Gustavo se rayó lo del informe lo mandó a la mierda. Ese contacto chupado, ya no era demasiado “compañero” que digamos, era muy autoritario y había mucha bronca con la Orga además.

Se había pasado al otro bando.

Y sí. Después me contaron algunos que estaban trasladados en una isla del Tigre que tenía la ESMA cuando vino la Comisión de la OEA por los Derechos Humanos, y él ahí se pavoneaba diciendo que tenía cinco tipos en la calle y que la Marina no los tocaba. Lo que quedó después fue nada. Fue estar totalmente aislado. Nos pudimos con el tiempo ubicar, primero alquilamos un departamento con plata de la vieja de mi marido, conseguimos laburo cada uno por su lado.

¿La caída de ustedes se produjo por una marcada, un descuido...?

Mi marido se compró un taxi con un amigo, y no tuvo mejor idea que ponerlo a su nombre. Porque en algún punto te aflojás, pensás que no te buscan, que ya no militás, pasaron varios meses, ya no militas, además eras un perejil entonces ni pensás que te van a estar buscando. Pudo haber puesto el taxi a nombre del amigo y no pasaba nada, pero bueno... Al año del desenganche, un día andaba en taxi y fue a comer a la casa de la madre. Un tipo que había sido compañero, un chupado que se pasó de bando con armas y bagaje, que fueron pocos pero los hubo, un traidor completo, estaba de franco y lo vio desde un colectivo. Estaba de franco el hijo de puta, solo, no estaba acompañado por marinos. Estaba paseando. Mi marido no lo vio, se bajó del colectivo y llamó a la ESMA para que lo fueran a buscar a mi marido, la patota fue, se dividió y unos lo chuparon a él y otros me vinieron a buscar a mi con este tipo a mi casa. A mi me dejaron todo el día, me siguieron, me dejaron que salga para ver si tenía algún enganche. A mi marido ya lo tenían desde el mediodía. A la noche volví a mi casa, cuando me acosté a dormir ahí entraron los del Grupo de Tareas y me chuparon con mi hija Virginia. Caímos en octubre de 1979 en la ESMA, y la sacamos muy barata. No estaban matando gente como antes. Ellos querían saber por qué no hicimos le informe y querían datos pero sabían de nuestro desenganche, lo corroboraron. Éramos perejiles y cuando caímos la política era soltar, salvo la excepción de la familia Villaflor. Nosotros entramos cuando estaba adentro el torturador Luis D’Imperio, y se va justo cuando lo liberan a mi marido y llega Estrada a la ESMA, y este reconoció que los Villaflor “se fueron para arriba” (desaparecidos) por una cuestión burocrática porque tenía que escalar posiciones matando gente. A mi me largaron en seguida, pero a Manolo, mi marido, lo tuvieron cuatro meses y salió en un estado deplorable, a fines de 1979.

¿Qué datos les querían sacar? Más allá de nombres y direcciones...

En realidad, nada. Ya tenían armada la historia, querían agarrar a Magui, una militante de de alto grado en la organización, que la querían agarrar, y con mi marido separadamente, sin hablar entre nosotros y sin ponernos de acuerdo, dijimos que estaba afuera del país. No había mucha más gente por enganchar con ese método. Cuando me interrogaron yo estaba seguro que los que me habían entregado estaban detrás de mí pero no los pude ver. Por otro lado estaba el tema del informe no presentado. A mi marido lo torturaron con saña, porque estaban seguros que el chupado que nos tiró la cita nos había avisado. Él salió muy mal, muy destruido físicamente. Estuvo en “Capucha” de la ESMA y él tuvo contacto con otros detenidos desaparecidos en ese momento. Ahí de a poco podían hablar o comunicarse, pero muy poco. No quedaba nadie de los de antes porque los habían masacrado a todos. La información que armabas era por parte de los torturadores mismos, supimos muchas cosas que después fuimos corroborando por lo que te preguntaban. Luego de liberados nos hicieron un control, llamaban por teléfono, y luego nos dejaron. Siguió una época de muchos años de silencio, de miedo, de derrota total...todos muertos. Con los años pudimos sacar la cabeza, hablar de estas cosas, me acerqué a los organismos de Derechos Humanos, y cuando fue el Juicio a las Juntas teníamos un cagazo bárbaro, recién hace un par años nos metimos en la Causa ESMA.

“Las disculpas la tienen que pedir el enemigo, no nosotros”

¿Qué otro miedo te quedó en el tiempo?

No se por qué, pero quedé con la idea de que después del desastre nunca más iba a poder tener contacto con esa parte de esa historia nuestra, que nunca iba a encontrar a nadie de los compañeros montoneros que habían sobrevivido, todo era nebulosa...hasta que hace decidí investigar y empecé a encontrar gente. Y reconstruí, aglutiné historias, establecí nexos. Y nos seguimos viendo e ineludiblemente hablamos de aquello, reconstruimos, curar a los que están más maltrechos. Y seguiremos en la medida que se pueda

¿Cuál es tu conclusión de toda esta historia?

Reivindico absolutamente el proyecto que teníamos. Creo que aquello fue un camino, que no fue algo que surgió por generación espontánea. Creo que nos exterminaron y nos hicieron mierda porque de otro modo no nos paraban. Creo, y no me canso de decirlo nunca, que más allá de todos los errores y desviaciones, los mayores costos que tuvimos, estuvieron directamente relacionado con la altura de los objetivos que teníamos en aquel momento. Nuestros mayores costos en muertes y persecución, estuvieron directamente relacionados con los objetivos que teníamos. Objetivos de proyecto popular, con una altura de dimensiones hoy impensable, las muertes en cantidad se relaciona con esto. Y aunque soy muy crítica con la Conducción, estoy podrida de que cada vez que un setentista habla tenga que hacer un mea culpa, pedir perdón y decir que nos equivocamos, asumirlo públicamente...No nos equivocamos en todo. Estoy podrida de eso de pedir disculpas. Las disculpas la tienen que pedir el enemigo, no nosotros.

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