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HERRAMIENTAS

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ARTÍCULOS AFINES



Ernesto Salas - JP Montoneros
Walsh reflejó una corriente importante del pensamiento montonero de base
Por Gabriel Martin
Publicado digitalmente: 24 de marzo de 2006
De la lucha en el sur del Gran Buenos Aires a estar rodeado de libros. Así Ernesto Salas trabaja en una librería céntrica mientras se dedica a investigar hitos históricos de la lucha nacional y revolucionaria, como en sus trabajos “La toma del frigorífico Lisandro De la Torre” y “Uturuncos”, además de despuntar el vicio de escribir el pasado crítico de los años ’70. Entra gente a consultarle, otra lo saluda al pasar, hasta que escapa a un café para contar brevemente su historia de militante.

¿Cómo se produjo tu incorporación a Montoneros?

Era muy pendejo, venía de la facultad y ahí no me convencían los grupos que había. Y entonces, por intermedio de un contacto de los grupos cristianos, me vinculé con la JP, a los 19 años. Empecé a militar en el ’75; la primera mitad de ese año fue como acomodar aquello que había sido una Unidad Básica “abierta” a una UB “cerrada”, y cómo se rearticulaba toda la militancia de cara a los frentes de masas. Teníamos armada una red de gente que colaboraba o era adherente a la política de la agrupación (que estaba en un barrio de la localidad de Avellaneda). El responsable era Raúl Mortola, uno de los yernos de Héctor Oesterheld (su mujer era Estela, a quien conocíamos por su nombre de guerra Marcela). En la segunda mitad de ese año, se comenzó a plantear una serie de tareas que ya diferenciaban dentro de la JP entre milicianos o soldados. Se desarrollaron dos campañas milicianas: una fue el 22 de agosto, muy conocida, un atentado realizado contra el buque de la armada “Santísima Trinidad”, y eso implicó abandonar algunas de las tareas políticas desarrolladas en los barrios, por cuanto había que armar pequeños o grandes operativos milicianos. Uno de ellos consistió en cortar la avenida Mitre (que en esa época era doble mano), a la altura de la plaza Alsina, para realizar una actividad de propaganda. Todo eso implicaba una preparación: una coordinación con la estructura combatiente de Montoneros, porque en realidad lo que nosotros hacíamos era desviar la atención de la represión sobre los verdaderos objetivos. Nosotros participamos rompiendo las vidrieras de algunos bancos, por ejemplo. Después realizamos algunos operativos contra los edificios en construcción del Ministerio de Bienestar Social, quemamos una casilla de guardia y una caja de electricidad. Todo eso implicaba una preparación compleja, porque había que conseguir autos, había que conseguir algunos “fierros”, había que armar las bombas incendiarias, había que preparar los operativos. Con lo cual, en la segunda mitad del año, prácticamente trabajamos muy poco a nivel político en el barrio. Y hacia fines del ’75 ese proceso de militarización, nosotros lo visualizamos en el traslado de algunos compañeros a otras instancias organizativas. Así, a un compañero mío que era técnico electrónico lo trasladaron a una célula especializada en logística. Otro compañero que había planteado la posibilidad de fabricar en su taller naval silenciadores (de los que ya había preparado algunos modelos), fue ubicado en el área de logística en electrónica, y a mí me trasladaron a logística en carpintería, actividad en la que tenía cierta habilidad (mi tarea consistía en fabricar mesas en las que había “embutes”). Para ese entonces, ya casi había dejado de militar en el barrio, como consecuencia de la actividad a la que debía abocarme. Y después tenía que llevar esas mesas a otras zonas, que yo no conocía; eso era a través de una compañera que era una UBC (combatiente), que se estaba ocupando del tema de la logística, que fue quien nos organizó en estas actividades. Existía la intención de que los militantes que tuvieran alguna aptitud para actividades de propaganda, de logística, de agitación, de electrónica, o de lo que fuera, sacarlos de los frentes para que se dedicaran a esas tareas. Lo cual respondía, claramente, a la concepción de la orga de que el enfrentamiento iba a ser predominantemente militar. A principios del ’76, la organización tomó la decisión de patrullar con pelotones los barrios y eliminar policías, considerándose este accionar como una respuesta al accionar de la Triple A. Montoneros, en un número de “Evita montonera”, planteó que los pelotones montoneros podían rastrillar los barrios, y eliminar físicamente a todo policía que se encontrara y sacarle el armamento. Se dio una contradicción muy grande con la gente de los barrios.

Llegados a este punto, ¿cómo se daba la relación entre los frentes de masas y las instancias dedicadas al accionar militar?

Nosotros participábamos como apoyo de los frentes obreros, de las agrupaciones de la JTP. Entonces, o poníamos un cartel en una fábrica en la que se daba un conflicto, o colocábamos una “ganchera”. La idea era que cuando los compañeros no podían realizar esas tareas, nosotros íbamos y las hacíamos. Hicimos algunas pintadas en Lanús, preparamos un pasacalle por un conflicto en una fábrica, y en la Lever -ubicada entre la isla Maciel y Avellaneda, una fábrica de jabones muy grande- por la noche colocábamos las “gancheras”. Ese era nuestro apoyo a los conflictos gremiales.

Habías señalado las contradicciones que surgieron con la gente de los barrios, frente al accionar militar de Montoneros. ¿Cómo se desarrollaron esas diferencias?

En ese momento, la militancia plantea una disidencia. Hay sectores que dicen “pero esto es una guerra de aparatos”. Se dio un hecho que disparó la discusión: un pelotón montonero atacó una comisaría con una energa, y en ese ataque murió un cana que no era jodido. Y lo que la gente del barrio planteaba era que los hijos de puta habían quedado vivos y este cana había muerto. Esa reflexión nos hizo considerar, a varios integrantes de la agrupación barrial, que lo que estaba pasando era un enfrentamiento de aparatos, con lo que no estábamos de acuerdo. Hay que tener en cuenta el contexto: nosotros veníamos desde el ’75 experimentando esa sensación, descripta en muchos libros, de tomar como algo natural la caída de los compañeros. Tu propia caída iba a ser tomada como algo natural. La secuencia era: “cayó tal compañero, qué cagada, bueno, sigamos”. Era una sensación como de aplastamiento. Nosotros no queríamos dejar de militar, queríamos hacer efectiva nuestra militancia. Pasar a la estructura militar significaba para nosotros reforzar la idea de enfrentar aparato contra aparato, lo que en gran parte de los frentes de masas se visualizaba de esa forma. Fue peor cuando, como producto de la represión de la Triple A, combinada con la militarización de la orga, una buena parte de los compañeros se fue del barrio, y la policía y el ejército, poco después, empezaron a rastrillar el barrio a partir de las caídas, en busca de los contactos, de los adherentes, de las “casas seguras”, y entonces se dio que no estaban los militantes de la JP, pero sí estaba la gente que había tenido contacto con la JP, que no se podía ir del barrio. Cuando los empezaron a hacer mierda, la gente empezó a putearnos. La idea de no abandonar los frentes y acompañar el reflujo que se daba en el pueblo nos hubiese permitido mimetizarnos en el movimiento popular, a la vez que nos hubiese posibilitado seguir haciendo política en el contexto de la resistencia, tal como lo planteaba Walsh.

En un momento en el que la represión se acrecentaba, ¿cómo se lograba la inserción en el territorio?

En el barrio en el cual estaba militando, estábamos en tres clubes, que reunían a la mayor cantidad de gente y la mayor cantidad de actividades sociales desarrolladas en el barrio. Una vez que nos encontramos fuera de la orga, decidimos ayudar a poner en pie la sociedad de fomento. Hasta ese momento, no había habido una idea concreta sobre lo barrial; habíamos ganado la dirección de un club y a partir de allí organizamos peñas, fiestas solidarias (por ejemplo, para recaudar fondos para que los vecinos pudieran acceder al agua corriente en cada una de sus casas); a pesar de la clandestinidad en la nos movíamos, se logró una convocatoria muy importante.

Todo ese proceso que va desde la militarización creciente de Montoneros, producido a partir del ’74, hasta el golpe militar del ’76, ¿cómo lo vivieron ustedes a nivel militancia?

En la segunda mitad del ’75, se dio una situación un tanto ambigua, por cuanto nosotros como militantes éramos multifuncionales: éramos al mismo tiempo militantes de la JP y militantes del Partido Auténtico. La gente veía que siempre éramos los mismos, por la noche realizábamos pintadas de Montoneros y durante el día del Partido Auténtico. Lo cual era un tanto extraño. Para cuando se produjo el golpe, la orga planteó que la lucha iba a ser fundamentalmente militar, que por la represión que ya se venía dando, las luchas y los conflictos de masas iban a retroceder. Y en ese momento se empezó a preparar a toda la estructura para que fuera el embrión del futuro ejército montonero. En ese contexto, hay que tener presente el nivel de caídas de compañeros, y que la capacidad de regeneración estaba dada por el desarrollo de los frentes de masas. La orga a todo aquel compañero que evidenciara aptitud efectiva para ser miliciano, lo pasaba a la condición de “aspirante”. Esto, independientemente de que ese aspirante tuviera una concepción política dada a partir de su pertenencia a determinada agrupación, y después del ’76 ya no se tenía esa concepción, por cuanto ya prácticamente no había agrupaciones en los barrios. Las que aún existían, tenían una relación con la milicia o con la estructura militar.

Sobreviví a la colimba haciéndome el pelotudo

Para ese momento, ¿cómo se desarrollaban las discusiones políticas?

Se discutían los materiales publicados por la orgánica. Se discutía el “Evita montonera”, y todos los volantes con los que se trabajaba en los barrios, en el ámbito con cada responsable; cuando se empezó a plantear la disidencia, con los mismos materiales con los que se venía discutiendo. Después, me tocó hacer la colimba...

Es decir que para el golpe, vos estabas haciendo la colimba. ¿Mantuviste algún contacto con los compañeros que estaban en los barrios, o todo se fue al carajo y quedaste absolutamente desenganchado?

Hice la colimba en la Base Aeronaval de Punta Indio (cercana a la bahía de Samborombón) donde en los seis primeros meses, me parece que por estar sospechado por mi militancia, no hice guardias. Allí entablé un contacto muy estrecho con el hijo de Conte, quien poco después sería desaparecido al entrar o al salir de la base (las versiones difieren en ese punto). La colimba la hice durante catorce meses, y mis compañeros me recomendaron que mantuviera un lazo no muy orgánico con la organización. Lo que sí se planteaba para aquella época era que todo militante que estuviera haciendo la colimba, tenía información para aportar. Por lo tanto, me dieron unos formularios para que completara, les hice un plano de la base, realicé un informe sobre los puestos de guardia (cada cuánto se renovaban, cuántos puestos había, los puntos más débiles de la seguridad). Todo esto se dio en el primer año del golpe que fue cuando se produjo el mayor desastre: una gran cantidad de frentes de masas que cayeron, una gran cantidad de militantes que quedaron en pelotas, tratando de buscar una forma de volver a contactarse. Había un frente de colimbas y yo estaba esperando un contacto de ese frente. Por suerte no pude vincularme con ese contacto, porque al poco tiempo cayó, y en la tortura cantó todo sobre ese frente de colimbas, produciendo muchas caídas. Sobreviví a la colimba haciéndome el pelotudo.

Al terminar el servicio militar, ¿qué fue lo que hiciste? ¿Volviste al barrio a militar?

Al volver al barrio, retomé el contacto con la agrupación que, para después del golpe, entró en disidencia con la orga. De la agrupación, mi responsable, que era una de las hijas de Héctor Oesterheld, y un par de cumpas más, quedaron ligados a la estructura. Todos los demás, nos separamos y seguimos militando como Juventud Peronista sin estar encuadrados en Montoneros, por un tiempo. A pesar de la represión, mi responsable siguió operando en el barrio militarmente. Los vecinos no diferenciaban entre quienes seguían actuando dentro de la orga y quienes no. Para ellos éramos todos lo mismo. Hacia fines del ’77, cuando los compañeros que seguían encuadrados caen, la represión llega al barrio. En uno de los operativos represivos, cayó la hija de Oesterheld con su hijito que en ese entonces tenía tres años. Hubo testimonios de vecinos que señalaron haberlo visto en uno de los Falcon que participaron del operativo. Entre el mes de abril del ’76 y octubre del ’77, Montoneros planteó que el enfrentamiento se daba a nivel militar. En octubre del ’77, en un documento se replantea volver a tomar contacto con las masas, lo cual era imposible porque ya hacia fines del ’75 se habían abandonado los frentes y volver a ellos era muy difícil. En la organización, obstinadamente, se cerró en el tema de la unificación del mando, en no otorgar ningún tipo de autonomía táctica a las zonas, en eliminar todo tipo de disidencia (como la que surgió en la Columna Norte, en La Plata, por ejemplo); aquello de otorgar autonomía táctica, se hubiese podido dar perfectamente y seguir haciendo política, descentralizando los fondos, descentralizando operativamente las zonas. No hubiese sido necesario controlarlas políticamente, sabiéndose que se partía de una misma concepción política. El desastre que se produjo se debió a la obstinación de Montoneros por preservar su presencia en todos los territorios. En ese contexto, la propuesta de Rodolfo Walsh de reubicar los cuadros, de descentralizar todo el aparato de Montoneros, lo cual hubiese dificultado la represión, era lo más lógico.

En varios textos, como, por ejemplo, La Voluntad de Anguita-Caparrós, se señala que el golpe fue tomado con “alivio” por la militancia, pensándose que se iban a agudizar las contradicciones, que el enemigo iba a quedar claramente referenciado para el campo popular.

El argumento de que “cuanto peor, mejor”, vino a partir del tremendo desgaste que sufrimos por el accionar de la Triple A. También hay que tener en cuenta que nos resultaba muy difícil explicar el carácter antipopular y antiperonista del gobierno de Isabel. Entonces, hubo con el golpe una sensación muy extendida de que todo se iba a clarificar. Se pensaba que a partir del momento en que no estuvieran Isabel y el peronismo de derecha en el gobierno, y sí los milicos, y nosotros encarnando la resistencia, todo iba a ser más claro. Pero encarar una resistencia militar, que supuestamente llevaría automáticamente a una aceptación política a nivel de masas, resultó ser un argumento falso. Pero tenía su lógica eso de que “cuanto peor, mejor”. Siempre y cuando llamáramos a todos los peronistas a la resistencia. Pero la organización convocaba a todos los peronistas a la constitución del movimiento montonero, por considerar ya agotado al peronismo. La idea del agotamiento del peronismo provenía del “Rodrigazo”, que fue un momento en el que el sector más dinámico de la clase trabajadora enfrentó a un gobierno peronista, y esta situación llevó a considerar que ese sector estaba dispuesto a abandonar el peronismo. Walsh, planteaba que el pueblo se replegaba al peronismo en el momento del golpe. Aquí lo que hay que tener presente es el concepto de repliegue, que implica abandonar posiciones de mucha exposición para pasar a ocupar otras de menor exposición. Era absurdo pensar que pudo haberse conformado, en aquel contexto, el movimiento montonero, como sucesor del peronismo. Walsh sostenía que debía plantearse la resistencia, ya que esa experiencia histórica estaba ahí. Y fue así. Hay que observar lo que pasó con las comisiones internas de fábricas; cuando los trabajadores descubrieron que ante cualquier conflicto gremial sostenido durante la dictadura, quienes las integraban eran asesinados o desaparecidos, entonces surge el trabajo a desgano, el sabotaje a la producción, elementos que se habían dado durante la Resistencia Peronista.

La cuestión de la resistencia a la última dictadura no siempre aparece en los análisis de lo que pasó en aquellos terribles años, en toda su dimensión. Como si se quisiera hacer creer que no se la enfrentó, y por lo tanto, que toda la sociedad civil fue cómplice de los milicos.

Hubo una fuerte resistencia. Hay que aclarar qué es lo que se entiende por resistencia. Cuando no pasa nada, cuando no hay conflictos, cuando no hay huelgas, cuando no hay tomas de fábricas, el simple hecho de hablar mal de un patrón en un bar, pasa a ser un acto de resistencia. En muchos casos hubo sabotajes, como cuando los obreros de la Renault sabotearon la pintura de los coches. Arruinar la producción fue una forma concreta de resistencia. Tal vez no tuvieran demasiada repercusión, pero existieron estos hechos, y en una cantidad considerable.

Se podría haber intentado un repliegue a gran escala de los militantes

¿Cómo se desarrolló la militancia durante aquellos años infaustos?

Con los compañeros con los que nos habíamos alejados de Montoneros, por las diferencias que ya expliqué, elegimos otras formas de enfrentar a la dictadura, no tan expuestas como las que planteaba Montoneros (de enfrentamiento a nivel militar). Esas otras formas no tenían el nivel de compromiso como el de estar con los fierros en la mano. Nosotros estábamos convencidos de lo que hacíamos, y que podíamos perder la vida en la militancia, porque también de esa manera podías perder, pero no la queríamos perder en un enfrentamiento al que visualizábamos como absurdo, y que llevaba a la derrota. No lo pudimos plantear de la forma en que lo hizo Walsh; creo que Walsh reflejó una corriente importante del pensamiento montonero de base. Pero quiero resaltar que salías de Montoneros, pero nunca dejabas de serlo, era como una marca que llevabas en el orillo. Poco tiempo después me proletaricé por unos meses. Primero en una fábrica textil y después en una fábrica de muebles, en la que estuve trabajando durante un año. Fue un momento de gran aprendizaje personal, me levantaba a las 4 de la mañana para entrar a trabajar a las 6; laburaba hasta las 4 de la tarde, me iba a mi casa, me bañaba y me iba al barrio donde militaba hasta las 11 de la noche. Hasta que la represión cayó muy directamente en el barrio y, entonces, de conjunto, decidimos volver a refluir. Pero antes de este reflujo, en el barrio, logramos algunas cosas que no habíamos alcanzado como JP. Formamos una sociedad de fomento; a partir de una convocatoria que realizamos en la plaza central del barrio, con un megáfono, hicimos una reunión de setenta vecinos en el club -en el año ’77- por el tema de la luz eléctrica, instalamos (¡en el ’77!) un pasacalle por una reivindicación de tipo social, hasta que la represión se nos vino encima y decidimos que estábamos exponiendo demasiado a los vecinos del barrio, y medio como que desarmamos lo que estábamos haciendo. En el ’78, ingreso a la Facultad de Filosofía, luego de aprobar el examen de ingreso, que por ese entonces estaba en la avenida Independencia, y en el ’79 ya teníamos una agrupación que nucleaba a jóvenes militantes que venían “rajados” de otros lados.

En la facultad, una vez que conforman esta agrupación, Montoneros se contactó con ustedes, ustedes tuvieron noticias de lo que estaba haciendo la orga?

No. La única información que tuvimos fue a través de una compañera que viajó a Méjico, y allí consiguió unos “Cuadernos del Peronismo Auténtico”, en los que se publicaron los documentos de Walsh. Para ese entonces, entramos en contacto con unos compañeros de Sociales, que eran bastante más grande que nosotros, que provenían de la Tacuara revolucionaria, y que habían estado en la facultad como nacionalistas, peronistas, revolucionarios. Estos contactos derivaron en un proceso de discusión, en le que la lectura de los documentos de Walsh sirvió para enriquecer la discusión. Todo esto se daba en un contexto en el que, para que se tenga una idea, para ingresar a la facultad tenías que presentar el documento de identidad y la libreta universitaria, y todos sabíamos que estaba lleno de policías. Para el año ’80, reuníamos a unos 20-25 compañeros; era una agrupación interesante. Para el ’82, para el 30 de marzo, es decir para la movilización de los trabajadores, y para la marcha de la Multipartidaria (realizada el 16 de diciembre de ese año), nosotros movilizamos, encuadrados, a unos 150 compañeros. El grupo de Patricia Bullrich, en el que estaban los restos del “galimbertismo”, que tenía un centro cultural en San Telmo, en el que estaban compañeros como Eduardo Suárez, Claudia Bello, Guillermo Olivieri, Marcos Lohlé, entre otros, para la marcha del 16 de diciembre, no movilizó más gente que la habíamos movilizado nosotros. En cambio, el Peronismo Revolucionario, sí movilizó bastante.

Cuál fue el motivo por el que no se integraron a ese nuevo espacio propiciado por quienes formaron parte de la experiencia montonera?

Nosotros no quisimos saber nada de sumarnos al PR, porque consideramos que el PR quería apropiarse de todas las construcciones, con lo que no estábamos de acuerdo. Y mucho menos con la línea política de la “reconciliación” sostenida en el año ’83. La organización casi ya no existía. En lo que respecta a la autocrítica, ésta desconoció que se podría haber intentado un repliegue a gran escala de los militantes, a partir de los fondos con los que contaba la orga. Siempre se hizo hincapié en el pase a la clandestinidad, en haber considerado anticipadamente al peronismo agotado, pero aquello no se reconoce. La crítica siempre debe ser un arma de los revolucionarios. Pero se cayó en un proceso de militarización absurdo, en el que la crítica no tenía espacio. La orga cayó en aquello de creer que la realidad se construye con la teoría, y no con el análisis de la realidad. La realidad es lo que es, aún cuando haya elementos que no te convengan. En ese caso, tenés que estudiar aquello que no te conviene, porque eso es lo que tenés que cambiar.

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