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HERRAMIENTAS

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En la Resistencia está la Victoria
Por Gabriel Martin
Publicado digitalmente: 29 de marzo de 2006
Ni a irse ni a quedarse,
a resistir,
aunque es seguro
que habrá más penas y olvido
Juan Gelman, Mi Buenos Aires Querido

Ya pasaron 30 años, tres décadas del inicio del genocidio más brutal conocido por la historia argentina del siglo XX. Fue en aquel 24 de marzo de 1976 la sombras que acechaban al país se transformó en la noche menos soñada, la peor pesadilla jamás imaginada.

Una vez más, los militares encargados de velar por la patria “decidieron” que su función era velar en realidad por los argentinos, y dieron un Golpe que todos veían venir tras la muerte de Perón. Pero ni el militante más alucinado imaginó semejante barbarie.

Fue un Golpe de Estado diferente a los que se venían sucediendo desde 1955, cuando tras motivos políticos se derrocó a la democracia escondiendo los intereses económicos que movilizaron a aquellos militares patriotas que bombardearon a los compatriotas bajo las órdenes y supervisión de los aliados angloestadounidenses.

En esta ocasión, el Golpe fue por igual tanto político social como económico. El flujo de masas iniciado con el estallido del Cordobazo en 1969 y sus rebotes en el resto del país, puso a los trabajadores a la ofensiva contra la oligarquía y por resultante parió en 1973 las elecciones más democráticas de la historia, con la aplastante victoria de Héctor Cámpora.

Y la lucha continuó, comenzó a repartirse la torta nuevamente y la “burguesía nacional” se sentía amenazada en sus privilegios. A los ojos de la historia, tras la caída de Lanusse y el retorno democrático, no fue más que un recule para volver con todo, y por todo. Esa enseñanza es evidente en nuestra historia: cada Golpe de Estado, desde el ’55 en adelante, fue más violento, represivo y brutal. Pero ninguno llegó a un porcentaje mínimo del sadismo inaugurado en 1976.

Las organizaciones político militares, sintetizadas bajo el rótulo simplista de “guerrilla”, ya venían diezmadas por el hostigamiento del gobierno de Isabel Perón y López Rega, pero la resistencia continuaba, tanto de estas como de la clase obrera que salió a gritar basta al plan económico del FMI, estallido conocido como el “Rodrigazo”. La famosa “burguesía nacional” ya vio que no era suficiente una pseudodemocracia con un aparato paramilitar como la Triple A para la represión.

No es motivo ahora de analizar a aquellos luchadores por sus tendencias políticas. Es secundario pensar en hoy si se trataban de FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), FAL (Fuerzas Armadas de Liberación) o Montoneros.

Aquellos militantes legaron el ejemplo de hacer lo que decían y poner el cuerpo a las palabras. No fue una generación “tribunera” que arriba de un escenario proclamaban la revolución que nunca iban a hacer sino que habían decidido tomar a la historia de con sus manos para transformarla y que el hoy, que vivamos en una Argentina más justa, igualitaria y solidaria. Fue la generación que vio pasar el tren de la historia y tuvo la determinación de no quedarse abajo.

Tampoco es hora de analizar los errores y compensarlos como aciertos. Fue la generación más creativa en todos los aspectos, tanto político como cultural, y puso su sangre en pos de una Argentina que todavía no fue.

Por eso la Dictadura 1976-1983 vino por ellos, “los mejores de los nuestros” e inició la masacre que hoy debemos lamentar, de 30.000 argentinos que el sistema esconde como “militantes populares” para licuar la identidad y tendencia política de cada uno de ellos. Cada una tan válida como la otra. Y por supuesto que eran militantes populares, eso es una redundancia si poniendo blanco sobre negro, del otro lado de la calle están los gerenciadores de los intereses antipopulares y los silenciosos cómplices de estos.

La Dictadura fue sistemática, funciono como un reloj casi perfecto de triturar a la sociedad que peleaba por no ceder un solo derecho, y a punta de fusil los quitó todos. Como una orquesta, el 23 de marzo por la noche rodeó con tanques y efectivos las fábricas y lugares de trabajo de miles de argentinos a quienes comenzaron a hostigar y asesinar desde un primer momento, en simultáneo con el ataque a los militantes dispuestos a enfrentarlos. Otra vez sopa. Otra vez los milicos en la Casa Rosada, otra vez los milicos en el poder. ¿Los milicos en el poder? Ya es hora de empezar a poner un poco de luz sobre este punto. Desde el retorno de la “democracia” condicionada en 1983, hubo juicio a las Juntas, condenas -indultos traidores- y ahora una caja de pandora de gestos con bajadas de cuadros y entrega de centros clandestinos de detención, tortura y desaparición para preservar la memoria.

Y es bueno y sano, pero siempre y cuando veamos el cuadro entero. Punto 1: Hoy los derechos humanos están recortados a todo lo acontecido entre 1970-1983. Ni un día antes, ni uno después; Punto 2: hoy los derechos humanos son las violaciones, secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones ocasionadas por la Dictadura inaugurada por Videla, Agosti y Massera, y con esto se siguen escondiendo las cotidianas violaciones a los derechos humanos: el derecho al trabajo, a un salario digno, el derecho humano a comer, educarse, el derecho a la igualdad social. Todos derechos que figuran en la Constitución, aunque parecieran estar en páginas arrancadas de la misma.

El hambre al que eran sometidos los militantes secuestrados en la ESMA engrillados en un calabozo hacía doler tanto el estómago como el hambre que pasan miles de niños y adultos en todo el país. Hoy, cada día y a cada hora.

Los militares dicen haber ganado en el campo de guerra pero haber perdido en el terreno político. ¿Estaban en el poder entonces?

En realidad, ganaron en todo. Arrasaron y la vigencia, emprolijada con ciertos derechos civiles, como el pataleo -hasta cierto punto- es palpable.

El asunto es que nada más falso que hablar de “los milicos en el poder”, porque jamás estuvieron en el poder. Las Fuerzas Armadas no fueron más que un grupo de uniformados mercenarios que actuaron como sicarios de los intereses económicos de la famosa “burguesía nacional” que hoy se pretende recrear.

Irrumpieron una vez más en la escena política para imponer la política del poder económico de los grupos concentrados que habían planeado fracturar a la sociedad, hostigarla, replegarla y desmembrarla para garantizar sus privilegios. Y como el Diablo sabe por sabe por Diablo, pero mucho más sabe por viejo, y obviamente no iba a poner la cara sino que era más que suficiente poner un gerente, Primer Ministro, bajo el rótulo de “Ministro de Economía” con el que fue investido José Alfredo Martínez de Hoz para poner en marcha el plan de saqueo y expoliación, que para llevarlo adelante, necesitaba como nunca la brutal fuerza de los sicarios uniformados. Recién ahora lo nombraron en un acto y bienvenido sea. Ahora que lo investiguen.

Entonces, ¿estaban los milicos en el poder?

Hasta ahora, nadie bajo un cuadro de Martínez de Hoz, ni siquiera se lo llevó a juicio, y mucho menos se cuestionó a la “burguesía nacional” que se benefició con el plan económico del FMI, Kissinger-Rockefeller, ejecutado por Martínez de Hoz y garantizado por las armas de los cuarteles.

Esa “burguesía nacional” tiene las manos tan manchadas de sangre como los genocidas, los máximos responsables y los miembros de los Grupos de Tareas y patotas que recorrían el país a la caza de militantes que serían pasados por la tortura, antes de ser asesinados y desaparecidos en vuelos de la muerte sobre el Río de la Plata o lisa y llanamente dinamitados o incinerados.

Cabe reconocer que esa “burguesía nacional” que asaltó el poder (y lo retiene), aliada con las corporaciones transnacionales, tiene las manos tan manchadas de sangre como Videla, Astiz, Camps, Massera, Bussi y demás delincuentes.

Y esa burguesía oligárquica no es un ente sin nombre, como sí se focalizó sobre los militares a quienes se señala justamente con el dedo. Tienen nombre y apellido y los vemos todos los días: Pescarmona, Pérez Companc, Noble, Macri, Fortabat, Rocca, Roggio, Sociedad Rural, Unión Industrial Argentina, y siguen las firmas. Ahí están los únicos dos demonios existentes de ayer y de hoy.

Cabe reconocer que esa “burguesía” que hoy se pretender regenerar logró lo que todos aquellos militantes desaparecidos, sobrevivientes, detenidos, exiliados dentro y fuera del país no lograron hacer: la llamada “Patria Socialista”.

De modo cronométrico, antes que los supuestos detentores del poder deban entregar las llaves de la Casa Rosada, decidieron socializar sobre la espalda de cada uno de los argentinos la Deuda Externa estatizada por el entonces prometedor Domingo Felipe Cavallo. Toda la deuda contraída por esta burguesía con nombre y apellido fue entonces socializada entre los cañeros tucumanos y salteños, obreros del Gran Buenos Aires y Córdoba, peones rurales de la pampa, zafreros misioneros y los curtidos de hielo patagónico que deben velar por el desarrollo de las ovejas que esquilan los estancieros ingleses. En definitiva, sobre cada uno de los argentinos que hoy no encuentra trabajo para alimentar a sus hijos, hijos que crecen sin vislumbrar un futuro en una creciente espiral de violencia social que vemos día a día en todos los diarios y noticieros bajo el rótulo de “delincuencia”.

¿La Dictadura terminó en 1983? ¿Cuándo asumió Raúl Alfonsín de un plumazo terminaron las violaciones a los Derechos Humanos?

Es destacable el trabajo de organizaciones de Derechos Humanos que devuelven cierta dignidad a la vida cuando recuperan un hijo de desaparecidos en manos de expropiadores, o amigos de los mismos. Es llamativo que cuando se sospecha que una de las damas más ricas del país, que brindaba en el Colón con Videla en las fiestas de la “plata dulce”, dueña del multimedios más poderoso del país, inmediatamente se arroja un manto de niebla y todo queda en la nada. ¿No éramos todos iguales ante la Justicia?

Por esto luchaban aquellos militantes, los 30.000 desaparecidos, miles más de asesinados y sobrevivientes: para que todos seamos iguales en todo.

Se siguen escondiendo bajo su impronta de hombres y mujeres de negocios los verdaderos responsables del genocidio de la Dictadura, porque el Genocidio fue articulado al servicio de estos miembros de la “burguesía nacional”, la cual ni siquiera recibe la condena pública (no judicial) de los Alemann, Alsogaray o Martínez de Hoz, sino que por el contrario, siguen como ayer, mamando la sangre del Estado -es decir de todos los trabajadores y desocupados- para seguir multiplicando sus negocios al infinito.

Con el Golpe, estos se garantizaron el “Estado de derecho” que les permite seguir recibiendo concesiones para autopistas entre Córdoba y Rosario, como el Grupo Macri, oleoductos y gasoductos y demás emprendimientos de infraestructura que paga el Estado, hoy.

Esto no quiere decir que no se deba condenar a la banda de sicarios que se sentaron en los sillones gubernamentales, se enriquecieron con negociados y “botines de guerra” -como llamaban a los objetos e hijos apropiados a los desaparecidos-, ya que ellos cargan con la culpa del que aprieta el gatillo con la impunidad otorgada entonces. ¿Pero que hay con los que pusieron las balas en las recámaras de los fusiles? Estos, llamados “burguesía nacional”, son igual de culpables, con la salvedad que cuando en 1973 se sintieron acorralados, arguyeron un plan para operar, beneficiarse y garantizarse la impunidad vitalicia. Ya no les importa la suerte de los gerontes represores que se dieron cuenta tarde que actuaron no por la Patria sino apenas por la “Patria Financiera”. En definitiva, los Dinosaurios van a desaparecer. Las Dinastías son más complicadas de extinguir. Como decía Rodolfo Walsh, el poder busca borrarnos el pasado para que no tengamos historia y una y otra vez debamos empezar de cero.

Por eso la historia oficial nos dice que la Dictadura cayó por la patinada de Malvinas, que para variar costó vidas de jóvenes argentinos y no de los supuestos profesionales verdeoliva, y por eso debió reabrir la vida democrática. El sistema silencia toda la lucha y resistencia que el pueblo argentino y la clase obrera, en las peores condiciones de represión llevó adelante decenas de huelgas que intencionalmente se ocultan. Inclusive un paro nacional con casi dos millones de obreros que se oponían al plan de Martínez de Hoz.

Se sigue tildando de delirantes a todos los militantes que decidieron seguir con la lucha armada durante la dictadura, de alucinados a los que volvieron al país para seguir peleando contra la opresión. No eran más ni menos que mujeres y hombres que decidieron ponerle el pecho a las balas, pararse ante la historia y eligieron, si era necesario, “morir a vivir arrodillados”.

Contra todo esto, la mejor generación de argentinos dejó el curso normal de sus vidas para enfrentarse a estos poderes, con o sin uniforme, y forjar una Argentina soñada Ellos, militantes políticos que ante la violencia debieron empuñar un arma para resistir, son los silenciados, sus testimonios desfigurados o silenciados. Esa generación que por el accionar oligárquico-militar dejó un hueco en la historia Argentina es motivo de orgullo para seguir la lucha, para no bajar las banderas sino sostenerlas y reconstruirla aunque sea desde los jirones que quedaron, aunque sea en otras condiciones.

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Marcha multipartidaria del 30 de marzo de 1982 frente a la Casa Rosada, días antes de Malvinas

Por eso hace falta seguir resistiendo, aunque algunas voces “autorizadas” digan que ya no hay motivos para hacerlo.

Buscan licuar la historia de estos luchadores con el tiempo. Pero esos héroes colectivos seguirán vivos mientras cada uno de los trabajadores, dentro de sus condiciones, siga resistiendo, organizando, luchando.

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