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Alberto J. Franzoia   
La teoría de los doxósofos
Por Alberto J. Franzoia
(¿Quién es Alberto J. Franzoia?)
Publicado digitalmente: 22 de octubre de 2004

El ya desaparecido cientista social Pierre Bourdieu llamaba doxósofos a aquellos que filosofan a partir de la apariencia de las cosas, es decir que no logran captar las leyes de su funcionamiento interno. Karel Kosik, por otra parte, se refiere al mundo de la pseudoconcreción, aquello que parece concreto pero no lo es. Si bien partiendo de esta primera instancia, que es como en principio se nos presenta la realidad, un verdadero investigador pasa luego a la reproducción del mundo concreto (analizando, interpretando, confrontando), no todos recorren dicho camino. En la era del capitalismo globalizado, proliferan los intelectuales que se instalan en el escenario de las apariencias, de las pseudoconcreciones, con lo que cristalizan como auténticos doxósofos. A partir de las apariencias enfocadas desde una filosofía abstracta, construyen conjeturas, que por la fuerza de los intereses de clase que expresan, adquieren el status de teorías “respetables” y a veces “científicas”. Desmitificar estas producciones, despojarlas de su halo de conocimiento incuestionable que se correspondería con la supuesta “naturaleza de las cosas”, es un ejercicio muy recomendable para comenzar a producir un conocimiento alternativo, propio de naciones, clases y grupos sociales sojuzgados por los globalizadores de la aldea.

Si bien los doxófos abundan, tomaremos algunos ejemplos significativos, por su trascendencia internacional, para demostrar el carácter poco riguroso de las producciones teóricas que han logrado instalar en el mercado editorial y en los ámbitos donde se discuten ideas. Todos los casos que vamos a abordar abonan la noción de finitud. La posmodernidad nos conduciría al fin de la ciencia, del imperialismo e inclusive de la historia. John Horgan plantea la primera tesis, y Negri junto con Hardt la segunda; pero en la vanguardia de esta teoría de la finitud aparece un oscuro filósofo, Francis Fukuyama, quien a la finalización de la Guerra Fría fue catapultado a la fama con el “fin de la historia”.

Fukuyama

En la era menemista, y de la mano de Mariano Grondona, adquirió peso en el mundo de la opinión publicada argentina la teoría de Fukuyama. Este ex integrante del Departamento de Estado de EE.UU., nos sorprendía con un ensayo cuyo título (“El fin de la historia y el último hombre”) se asemeja más a una novela de ciencia-ficción que a un trabajo propio de las disciplinas sociales. Aplicando un método deductivo, partiendo de hipótesis muy generales hasta deducir otras más concretas que luego pretende confrontar con la realidad, gesta esta teoría de la finitud posmoderna. Su núcleo conceptual resultaba para cualquier analista mas o menos agudo insólito: la historia, entendida como conflicto, ha llegado a su fin. La poshistoria se manifiesta como una etapa desconocida por la humanidad, en la que imperan los cálculos económicos y la tecnología, sustituyendo a la crítica creativa, el arte y la filosofía. El gran desarrollo generado por el capitalismo en su etapa neoliberal, cierra el ciclo de las desigualdades y de los conflictos que le son inherentes. Un conjunto de normas y valores propios de occidente adquieren vigencia universal, mientras las ideologías con sus visiones contrapuestas fenecen indefectiblemente. Pero las argumentaciones, débiles por cierto, que el teórico desarrolla a lo largo de su trabajo, culminan en un clima de profunda congoja:
“El fin de la historia será un tiempo muy triste. En la era poshistórica no existirá ni arte, ni filosofía; nos limitaremos a cuidar los museos de la historia de la humanidad Personalmente siento, y me doy cuenta que otros a mí alrededor también, una fortísima nostalgia de aquellos tiempos en que existía la historia...” [1].

El planteo de Fukuyama venía a desmentir a Marx, ya que aparentemente el desarrollo ininterrumpido de las fuerzas productivas acaecido en la sociedad capitalista, habría generado las condiciones objetivas para que, sin modificar las relaciones de producción, el conflicto social se extinga, no sólo en el seno de cada nación sino también entre naciones. Es decir, qué necesidad habría de construir el socialismo si las contradicciones quedaron en el pasado. Sin embargo, en esta nueva realidad, el hombre no sería artista, ni crítico, ni filósofo sino un ser aburrido, abúlico, convertido en un productor y consumidor plenamente satisfecho. Pero desafiando los pronósticos del filósofo, poco tiempo después se produjo la Guerra del Golfo, entonces la tesis comenzó a naufragar, ya que el conflicto reaparecía en la política internacional. En esas circunstancias Fukuyama recurre a una maniobra propia de toda teoría que se vale de un método deductivo para su construcción, a saber: la teoría no se modifica en lo sustancial sino que se salva introduciendo una hipótesis ad-hoc. ¿Cuál fue esa hipótesis? Pues bien, parece ser que sólo habían finalizado los conflictos entre pueblos civilizados, pero persistirán por un tiempo aquellos que se dan con los bárbaros del mundo subdesarrollado. En aquella ocasión, por lo tanto, la guerra sería entendida como una acción necesaria emprendida por el máximo dirigente político de la civilización (Bush padre) contra la barbarie del régimen antidemocrático de Husseim que había invadido Kuwait. El resto de la teoría se mantenía inalterable.

En el amanecer del siglo XXI, una vez más la historia hará denodados esfuerzos por no fenecer, y ante una nueva situación conflictiva, generada otra vez por el régimen de Saddam, a esa altura convertido en la máxima amenaza para la “paz mundial” por la supuesta producción de armas de destrucción masiva, comienzan a surgir diferencias en el mundo civilizado. Ahora el clima de armonía occidental también sufre fisuras, y Fukuyama entra en crisis, ya que su teoría es expuesta a una nueva refutación. En estas circunstancias publica en 2002 un artículo titulado “Estados Unidos contra todos”. Allí nos presenta un escenario cada vez más complicado, ya que occidente tampoco resulta ser tan armonioso como parecía. Mientras Europa sostiene una postura basada en el multilateralismo, EE.UU. cada vez más se corre hacia otra de tipo unilateral. Entre las decisiones unilaterales más cuestionadas se encuentran: “el retiro de la administración Bush del protocolo de Kioto sobre el calentamiento global, el no haber ratificado el Pacto de Río sobre biodiversidad,... y más recientemente su oposición la Corte Criminal Internacional” [2]. Pero la expresión más clara de unilateralismo según Fukuyama, es la decisión de Bush (hijo)de remover al régimen político de Irak. Cuando escribe este artículo aún no había estallado la “guerra”, pero aún así lo asaltan las dudas filosóficas:
“Se suponía que el fin de la historia debía ser sobre la victoria de los valores institucionales occidentales, no sólo americanos, haciendo de la democracia liberal y la economía de mercado las únicas opciones viables. Pero se ha abierto un enorme golfo en las percepciones americanas y europeas sobre el mundo, y el sentimiento de los valores compartidos se fragmenta crecientemente” [3].

Si bien es cierto que las diferencias entre EE.UU y Europa no son de sustancia, y que algunas naciones Europeas finalmente apoyaron a la administración Bush en su aventura bélica, en política siempre ha resultado esencial trabajar a partir de las grietas del bloque adversario. Fukuyama, como intelectual de la burguesía imperialista, expresa las preocupaciones que le generan, por lo menos a una fracción de ésta, dichas grietas.

En el muy buen trabajo de Gabriel KolKo aparecido en Reconquista Popular, observamos el planteo de uno de los intelectuales orgánicos más lúcidos del imperialismo norteamericano, que aboga por la recuperación de una política multilateral:
“Brzezinski rechaza la retórica contraproducente de la administración Bush que aliena a antiguos y futuros aliados potenciales. Pero considera que el poder de EE.UU. es central para la estabilidad en todas partes del mundo y su visión global no es menos ambiciosa que la de la administración Bush. Está a favor de que EE.UU. mantenga ‘una ventaja tecnológica absoluta sobre todos sus potenciales rivales’ y llama a que se transforme ‘el poder prevaleciente de EE.UU. en una hegemonía selectiva - en la que el liderazgo se ejerza más a través de la convicción compartida con aliados duraderos que por la dominación impetuosa’. Precisamente porque es mucho más vendible a aliados pasados o potenciales, esta visión demócrata es mucho más peligrosa que la de la inepta, excéntrica, mezcolanza que dirige ahora la política exterior estadounidense” [4].
Tal como sostiene Kolko:
“La fuerza de Estados Unidos se ha basado, en gran parte, en su capacidad de convencer a otras naciones de que la imposición del papel global de EE.UU. beneficiaba sus intereses vitales. Con la pérdida de esa capacidad habrá un cambio fundamental en el sistema internacional, un cambio cuyas implicaciones y consecuencias podrían ser en última instancia tan trascendentales como la disolución del bloque soviético” [5].

Horgan

El periodista científico John Horgan en su libro “El fin de la ciencia” sigue los pasos de Fukuyama acerca de la noción de finitud asociada a la posmodernidad. La tesis sostenida es que las revoluciones científicas han terminado, ya que las grandes teorías para explicar la naturaleza han sido producidas. Éstas pueden ser perfeccionadas y aplicadas al desarrollo de nuevas tecnologías, pero ya no habría cabida para planteos esencialmente innovadores. Un cambio estructural (revolucionario) como el que representó en su tiempo la Teoría de la Relatividad de Einstein, hoy sería impensable. Para interpretar correctamente la tesis de Horgan debemos recordar que existe una epistemología que plantea divisiones estrictas entre los distintos contextos científicos: producción, validación y aplicación. Desde esta visión fragmentada, él infiere un agotamiento del proceso de producción de conocimientos validados, por lo que sólo queda en pie la posibilidad de generar cambios en la aplicación de éstos, de allí que el énfasis innovador lo deposite en el plano tecnológico.

En realidad su tesis puede ser objetada desde varios ángulos. Dudar acerca de la posibilidad de que se construyan nuevas teorías para explicar y transformar la naturaleza, significa negar la historia de la ciencia. Muchos filósofos y científicos creyeron en otros tiempos, que el cuerpo teórico de sus respectivas ciencias y disciplinas había alcanzado tal desarrollo, que en lo fundamental no podría ser modificado, pero llegaron Copérnico, Galileo, Darwin y Einstein. Por otro lado, este planteo lleva implícito otro déficit no menor que el mencionado: creer que la naturaleza está al margen de los grandes cambios, concibiéndola como un mundo casi estático. Desde una visión distinta, Ilya Prigogine acuñó el concepto “sistema dinámico inestable” para referirse a las transformaciones que se dan en la naturaleza. Este concepto más conocido como “efecto mariposa”, da cuenta de cómo el aleteo de una mariposa en Asia puede producir una tempestad en América, es decir, el cambio es inherente a la vida misma, generalmente impensado pero siempre probable, ya que todo está relacionado con todo. Mucho tiempo antes, desde una concepción científica alternativa, Engels desarrolló su dialéctica de la naturaleza para explicar el cambio natural a partir de la unidad de la contradicción. Por lo tanto, si la naturaleza está expuesta al cambio permanente, no hay razón para dudar acerca de producir y modificar teorías para dar cuenta de nuevas realidades.

Otra duda que surge en relación con el trabajo de Horgan es ¿dónde ubica a la ciencia social? Seguramente, continuando con una concepción clásica y al mismo tiempo desactualizada, le adjudica un status sensiblemente inferior al de la ciencia natural. Esto no es raro ya que inclusive algunas epistemologías alternativas, como la de Kuhn, rechazan el carácter científico de los estudios sociales. El argumento preferido está vinculado con la noción de “falta de objetividad”, mientras que el epistemólogo mencionado recurre al concepto “paradigmas” para adherir, en este aspecto, al planteo de la ciencia tradicional, ya que la coexistencia de planteos rivales en un mismo período histórico, le restaría rigor a sus explicaciones de la realidad. Es decir, si dos o más teorías compiten en un mismo período para tratar de explicar la realidad social, esto indicaría la falta de rigurosidad de todas ellas, porque según Kuhn, sólo hay ciencia cuando una comunidad de expertos acuerda en los aspectos esenciales del objeto abordado (pero el tema da para un análisis exhaustivo que no tenemos intención de realizar en este momento). Lo relevante en relación con el planteo de Horgan, es que a poco de ser formulado se generan sustanciales avances ligados al conocimiento del genoma humano. Los mismos si bien afectan directamente al campo de la tecnología genética, no resultan para nada irrelevantes en cuanto a la producción de cambios significativos en el cuerpo teórico de la ciencia. Nuevamente el mundo de las apariencias recibe una cachetada.

Hardt y Negri

A diferencia de los teóricos anteriores Michael Hardt y Antonio Negri no pertenecían al universo de la intelectualidad posmoderna. Negri no era un pensador bien acogido por la clase dominante y sus aparatos ideológicos, prueba de ello es que sufrió silencio, cárcel, exilio y nuevamente cárcel. Se embargo, en el año 2000 publica junto a Hardt “Imperio” y su biografía experimenta un cambio sustancial. Comienza a recibir el elogio de sus perseguidores y de la intelectualidad adversaria, la opinión publicada descubre de pronto tanto su talento como el de Hardt, así lo atestiguan tanto el New York Times como entre nosotros nada menos que La Nación. ¿Qué fue lo que ocurrió? Basta con examinar los principales argumentos desarrollados para justificar la nueva presencia de un imperio, para comprender el nacimiento de tan abrupto idilio.

En primer lugar el título del libro analizado no es antojadizo ni anecdótico, ya que simboliza un claro cambio de orientación en los estudios de estos pensadores, afirmando una tendencia que también hemos constatado en nuestra América Latina. “Imperio” no es otra cosa que el concepto utilizado para dar cuenta del fin del imperialismo. La concepción leninista, si bien debe ser actualizada, y hay estudios propios del materialismo histórico que van en esa dirección, establece algunas de las características esenciales del fenómeno.
Independientemente del tiempo transcurrido desde que “El imperialismo fase superior del capitalismo” fue producido en 1916, hay una cuestión central ha considerar, el imperialismo es producto de la expansión fundamentalmente económica de los países centrales que buscan maximizar sus ganancias aprovechando las ventajas que se obtienen en las economías periféricas. Esto genera dos realidades bien distintas dentro de un mismo sistema capitalista, a saber: la presencia de países opresores y países oprimidos.

¿Por qué Imperio no es lo mismo que imperialismo? Porque, como nos informan Hardt y Negri, el imperio es una nueva estructura mundial en la que los estados nacionales tienden a desaparecer, absorbidas por un poder omnipresente que carece de un territorio específico. A la hora de analizar la relación que a lo largo de la historia han tenido el estado y el capital nos dicen:
“Hoy ha madurado plenamente una tercera fase de esta relación, en la cual las grandes compañías transnacionales han superado efectivamente la jurisdicción y la autoridad de los estados-nación... ¡el estado ha sido derrotado y las grandes empresas hoy gobiernan la Tierra!” [6].

Recordemos que en un debate que sostuve en este mismo foro, mi “contrincante”, supuestamente instalado en una postura contraria al neoliberalismo, avaló esta desafortunada hipótesis al consensuar la noción “imperio sin raíces”. Además, confundiendo inclusive el contenido de la tesis que plantean los autores, hacía alusión a un “imperialismo desterritorializado”, concepto totalmente erróneo. Si no hay estados nacionales, tampoco pueden existir comportamientos imperialistas, porque para que ello sea posible es necesaria la presencia de un poder situado (económico, luego político) y otros que carezcan de poder. Esta hipótesis es negada por toda la evidencia disponible. Los autores, aunque provienen de la izquierda, evitan un estudio materialista de la historia, motivo por el cual no hay demasiados indicios del modus operandi de los conglomerados transnacionales en el campo industrial, que si bien se expanden en el ámbito mundial, tienen a sus cerebros y propietarios instalados en los países dominantes. El comportamiento de los políticos de dichos países, presionando por ejemplo a gobiernos de América Latina para que estos conglomerados obtengan todo tipo de prerrogativas en nuestro territorio, sería inexplicable si carecieran de raíces. Por otra parte, el capital financiero también sigue la lógica del capital productivo, las decisiones fundamentales se adoptan en dichos naciones, y hacia allí se remiten los principales beneficios de la especulación. Basta con analizar la historia de organismos como el FMI o el Banco Mundial para comprobar qué intereses financieros defienden y cuál la función ideológica y política que cumplen, como queda demostrado en las negociaciones de la deuda externa seguidas con Argentina. ¿Cómo se constituyen las asimetrías observables? ¿Porqué el desarrollo se concentra en unos pocos países en los que tienen sus sedes más del 95% de las empresas transnacionales? ¿Cómo es posible que la casa matriz de los principales bancos, ubicada generalmente en el “primer mundo, no responda por los depósitos de los ahorristas del tercer mundo? ¿Porqué EE.UU. y Europa protegen sus mercados nacionales cada vez que la competencia exterior puede afectar los intereses de sus respectivas burguesías, mientras en el mundo periférico exigen libertad de comercio? Hardt y Negri, nunca logran explicar el comportamiento desigual del capital en este supuesto imperio sin raíces, y quizás por eso se evaden permanentemente hacia el plano no material.

Como no existe ya el imperialismo tampoco tiene sentido plantear la dependencia, ni las luchas por la liberación nacional, ni las defensas de las identidades culturales. “Imperio” es un trabajo en el que los principales análisis se instalan en la superestructura del sistema, pero con un predominio del aspecto jurídico. Aparentemente estamos en presencia de una construcción legal válida para el conjunto del imperio, cuya expresión más conspicua estaría dada por las Naciones Unidas, en cuyo seno se producen nuevas normas para garantizar la resolución de conflictos:
“...éste es el verdadero punto de partida de nuestro estudio de imperio: una nueva noción del derecho o, más bien, una nueva inscripción de la autoridad y un nuevo diseño de la producción de normas e instrumentos legales de coerción que garantizan los contratos y resuelven los conflictos” [7].
“...deberíamos reconocer que la noción de derecho, definida por la Carta de las Naciones Unidas, también apunta hacia una nueva fuente positiva de producción jurídica, efectiva en una escala global...” [8].

Ahora bien, cómo es posible que si los estados nacionales se extinguen y el derecho internacional rige las relaciones entre regiones y ciudadanos del imperio, un país como EE.UU. no haya adherido al protocolo de Kioto, ni ratificado el Pacto de Río o se haya opuesto a la Corte Criminal Internacional. Cómo explicar el uso de la violencia para desplazar a Husseim, sin recurrir a consensos básicos con la Unión Europea, o la imposibilidad citar a declarar (ni hablemos de juzgar) a un personaje como Kissinger, seriamente comprometido con golpes militares y terrorismo de estado en Latinoamérica. Claro está, Hardt y Negri no están exentos de las contradicciones que caracterizan a los doxósofos, como queda reflejado en una entrevista concedida por el italiano y publicada en el suplemento de Página 12:
“Pensamos que no hay un lugar de centralización del imperio, que es preciso hablar de un no lugar.” Y a continuación lo insólito: “No decimos que Washington no sea importante: Washington posee la bomba. New York posee el dólar. Los Angeles posee el lenguaje y la forma de la comunicación” [9].

Lo más sorprendente del trabajo analizado es que sus autores se reivindican como comunistas, por lo que, confirmando el carácter confuso y ambivalente del análisis, abogan por un futuro mejor, de libertad para todos los ciudadanos del imperio. Pero el nuevo sujeto social de la transformación es la “multitud”; concepto abstracto si los hay, que anula mágicamente en su seno las diferencias de clase. Como no definen el concepto, no sabemos quiénes integran la multitud, ni cómo habrá de construirse ese mundo global de hombres libres, que deben “reapropiarse” las máquinas, el lenguaje, la comunicación, la biopolítica y la conciencia. Los autores hacen una fuerte apuesta a la creatividad de la multitud y a los medios que ofrecería una versión idealizada de la constitución de EE.UU para que el objetivo sea alcanzado. A lo largo de un trabajo cuyo contenido no justifica la extensión del mismo, resulta evidente que esta “izquierda”, mimada por el imperialismo, ha abandonado tanto una concepción materialista de la historia, como un método dialéctico que le permita construir una teoría de la actualidad pertinente para interpretarla y transformarla.

Como se puede observar en este sucinto abordaje, los tres ejemplos presentados tienen, más allá de lógicas diferencias, ciertos elementos conceptuales y metodológicos que constituyen un común denominador. Las teorías han sido producidas desde un método hipotético deductivo, ya que no parten de los hechos concretos y mucho menos de la práctica, sino de hipótesis muy generales sobre el mundo, a partir de las cuales comienzan a deducir otras de menor nivel de abstracción. Sin embargo, a la hora de contrastar las hipótesis con la realidad los desfases resultan evidentes. El resultado es una teoría abstracta, con conceptos vacíos de contenido, habitualmente refutados por los hechos efectivamente registrables, es decir, una teoría que no logra superar el mundo de las apariencias. Fukuyama ha sido el primero en constatar los problemas que presenta la suya, pero lo atribuye a cambios en el normal desarrollo de la realidad, como si una mano negra estuviese interviniendo para que la historia no arribe a ese fin que nos había anunciado. Por otra, parte algunos progresistas en principio embelesados por los autores de “Imperio”, han comenzado a desempolvar sus archivados textos de la teoría de la dependencia ante una creciente conflictividad entre occidente y el tercer mundo que demuestra el carácter poco serio de la ingeniería teórica presentada (¡bienvenidos a casa!).

A diario podemos constatar que la clase dominante tiene intelectuales que expresan con rigor pragmático sus intereses de clase, como en el caso de Brzezinski; pero también se manifiesta a través de estos filósofos de la apariencia, tanto de derecha como de una izquierda descafeinada: los doxósofos. Ellos son, sin proponérselo, los bufones de la corte imperialista. Sus teorías sirven para entretener, sobretodo, a la intelligentzia, ese conjunto de individuos cautivados por los dictados de la última moda en materia de ideas, que rara vez usan la inteligencia para estudiar y resolver los problemas reales de las clases, grupos sociales y países explotados o marginados por el sistema capitalista.

Octubre de 2004

NOTAS:

[1] Fukuyama, Francis: El fin de la historia, Hyspamérica, 1995.

[2] Fukuyama, Francis: Estados Unidos contra el resto, Diario El Día de La Plata, 28 de agosto de 2002.

[3] Fukuyama, Francis: Estados Unidos contra el resto, Diario El Día de La Plata, 28 de agosto de 2002.

[4] Kolko, Gabriel: El Cuarto Reich, Foro Reconquista Popular, 21 de setiembre de 2004.

[5] Kolko, Gabriel: El Cuarto Reich, Foro Reconquista Popular, 21 de setiembre de 2004.

[6] Hard, Michael y Negri, Antonio: Imperio, Paidós, versión original 2000, traducción al castellano 2002.

[7] Hard, Michael y Negri, Antonio: Imperio, Paidós, versión original 2000, traducción al castellano 2002.

[8] Hard, Michael y Negri, Antonio: Imperio, Paidós, versión original 2000, traducción al castellano 2002.

[9] Negri, Antonio: Entrevista, Suplemento Literario de Página 12, 30 de marzo de 2002.


© Lic. Alberto J. Franzoia
ajfranzoia@yahoo.com.ar
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