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HERRAMIENTAS

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Sobre el hostigamiento norteamericano y británico contra Irán
Lógica fija, futuro abierto
Por Gabriel Fernández
Publicado digitalmente: 20 de abril de 2006
Recorriendo la cronología del debate internacional sobre las investigaciones nucleares iraníes uno puede toparse con la percepción de un clima previo que no depende de acuerdos, rumbos ni declaraciones.

Al menos desde el 2003 hasta estos días, la nación islámica indicó, frente a insistentes requerimientos estadounidenses con respaldo británico, que anhelaba desplegar ese camino con fines pacíficos dentro de las pautas establecidas.
Esos parámetros son los dispuestos por la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) organización que pese a ser empleada como ariete propagandístico para hostigar a Irán precisó poco más de un año atrás, que los programas persas no se han alejado de ese objetivo.
Si bien es difícil detectar claramente las intenciones de un gobierno -por caso, resulta complejo definir si las investigaciones bioquímicas estadounidenses están destinadas a curar enfermedades o a generarlas-no es imposible indagar acerca de la potencial aplicación de la tecnología considerando los lineamientos políticos de sus impulsores.
En este sentido, si se transitan los antecedentes, puede entreverse una férrea predisposición norteamericana a interpretar cada paso iraní como una escalada belicista, aún cuando los expertos internacionales afirmen que la prioridad de las investigaciones en cuestión ha sido la generación de electricidad para la modernización del país.

La voz del régimen que encabeza George W. Bush debería ser puesta entre paréntesis al menos del mismo modo en que se duda de las afirmaciones de Alí Kamenei (anterior mandatario iraní) y de Mahmud Ahmadineyad, actual presidente.
De hecho, buena parte del gobierno republicano ha admitido que jamás se pudieron hallar pruebas fehacientes de las presuntas armas nucleares en Irak. Admisión espesa, si se tiene en cuenta que ese país árabe ha sido desmontado y hundido en ríos de sangre por fuerzas de ocupación que portaban tal “razón” como bandera.
Es decir, entre las precisiones de la AIEA -donde los científicos norteamericanos tienen un rol preponderante- que ratifican los discursos iraníes sobre los fines pacíficos del desarrollo nuclear, y las denuncias norteñas que aseveran conocer dramáticos planes ofensivos de la revolución islámica, no es sencillo apostar a la veracidad de estas últimas.
Cuando a lo largo del 2004 y parte del 2005 Irán interrumpió sus labores para obtener uranio enriquecido, tras adherir al Protocolo Adicional del Tratado de No Proliferación Nuclear, los Estados Unidos y Gran Bretaña hicieron circular la versión sobre vínculos secretos entre aquél país y Pakistán para fabricar una bomba atómica.
Al poco tiempo, el premier británico Tony Blair aseguró que concurriría al Consejo de Seguridad de la Organización para las Naciones Unidas (ONU) con el objetivo de disuadir a la potencia persa, sin que existieran más pruebas que los rumores que su propio gobierno había insertado en los grandes medios.

Puertas adentro, los líderes iraníes comprendieron que de nada servía “hacerles caras lindas”. No había acuerdo ni protocolo que levantara una acusación prefigurada por los países centrales; no existía gesto que pudiera detener una lineal lógica interna de quienes parecen necesitar:

  1. un enemigo malévolo,
  2. una justificación para la fabricación de armamentos,
  3. el control de zonas petrolíferas,
  4. la hegemonía geoeconómica y militar de regiones conflictivas.
Es decir, para la lógica de quienes necesitan la guerra.

En junio del 2005, Mahmud Ahmadineyad ganó las presidenciales en Irán. Si bien su posición no resultaba novedosa para el mundo islámico, se observó una radicalización antiimperialista de las grandes masas, situación que se corroboraría posteriormente en Palestina.
Contrariamente a lo que supone una parte de la prensa occidental, el pueblo iraní piensa (hay una tradición ostensible en ese sentido, y una cultura ampliada a partir de la revolución de 1979) y es probable apuntar que esos resultados guardaron un vínculo sutil con el creciente hostigamiento de los superpoderes mundiales.
El nuevo mandatario señaló que Irán no tenía razones para dejar de lado sus programas hacia la obtención de uranio enriquecido, así como sus planes nucleares con fines pacíficos. Hizo alarde de soberanía y explicó a sus compatriotas que las razonables aproximaciones de su antecesor no implicaron una disminución de la presión externa.
Inteligentemente, Irán confió la explotación de su gas a China. Los chinos podrán extraer 10 millones de toneladas anuales de gas natural durante un período de 25 años. El valor de dicho contrato fue valuado en unos 700 mil millones de dólares.
Con la gestión de Ahmadineyad los persas se han hecho así de un aliado poderoso, mientras intensifican la relación con Rusia para la construcción de las centrales nucleares.

Entre fines del año pasado y comienzos del actual, el panorama se complicó. La escalada verbal -reiteramos, sin que se registraran comprobaciones técnicas- resultó desmesurada: el propio Bush, la siempre lista Condoleeza Rice, pero también el notable Henry Kissinger han dado por sentado que Irán posee planes bélicos y que es adecuada una intervención militar en la zona.
Kissinger habla de estas cosas cuando el conglomerado que controla el poder en los Estados Unidos así lo requiere. El ex secretario de Estado, en una entrevista con el Corriere della Sera, advirtió que no se opone a pensar en una acción militar, “Claro, no lo recomiendo, pero por otro lado es muy grave tolerar un mundo con múltiples centros de armamento nuclear ilimitado. No recomiendo la acción militar, pero tampoco recomiendo su exclusión”.
Al instante, Rusia hizo hablar a uno de sus voceros oficiosos. El ex jefe regional de la KGB Leonid Shebarshin dijo las cosas claras, como no lo podía realzar su propio gobierno: “ La guerra en Irak y la futura guerra contra Irán tienen como objetivo el control del petróleo por parte de los Estados Unidos ”.
Añadió que “La Agencia Internacional de Energía Atómica constató que no existe amenaza en los programas iraníes de energía nuclear. Otro asunto muy diferente es que todos los líderes iraníes, desde el Sha hasta los actuales, sueñen con lograr un arma nuclear; aunque sea para sentirse seguros”.
El hombre acompañó estas reflexiones con varios datos que mostraban una decadencia en la extracción de petróleo que derivaría, hacia el 2033, en una aguda crisis mundial. “Los Estados Unidos saben que ese momento llegará y quieren apoderarse de todo lo que queda”. No planteó hipótesis alguna sobre el comportamiento oficial ruso en el futuro, pero el diagnóstico resultó elocuente.
Lo curioso es que, más allá de las declaraciones de muchas personalidades israelíes, apenas quince días atrás el gobierno de esa nación, insospechable de simpatías hacia Teherán, afirmó no contar con evidencias acerca de una amenaza nuclear iraní. Siria ya había señalado lo mismo pero, se sabe, su voz no cuenta en el “concierto de las naciones”.
Las consideraciones de Israel no lograron, empero, amplia difusión. Quedaron tapadas por un fárrago de “afirmaciones contundentes” sobre la belicosidad iraní efectuado por varios personajes de la administración Bush. Es probable que el gobierno de la Tierra Prometida esté evaluando las consecuencias de una nueva ofensiva norteamericana en la zona, y que se niegue a convertirse en mártir de una causa potencialmente ajena.

El 30 marzo del año en curso los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania apremiaron a Irán para que cediera en sus pretensiones. Pero el problema del sentido del (no) diálogo siguió trabando cualquier perspectiva de acercamiento, pues Irán respondió ¿Cuáles pretensiones? ¡No vamos a renunciar a nuestras pretensiones pacíficas!
Sin plantear la inocencia de la cúpula iraní, es preciso indicar que el accionar de los países más poderosos es transparente: cuando Irán se encuadra dentro de los parámetros internacionales exigidos, dicen no creerle; cuando Irán se predispone a seguir adelante con sus investigaciones, dicen que las mismas son de carácter bélico.
Es por lo menos presumible que la decisión esté tomada y que no exista rumbo adoptado por los herederos de Komeini que satisfaga a las potencias en cuestión. Es seguro, además, que una escalada sobre Irán termine involucrando al planeta en una hecatombe de complejas derivaciones.

Las autoridades iraníes han observado atentamente el desarrollo de la campaña estadounidense sobre Irak. Sus amistades, Rusia y China, no se inmolarán en un conflicto global, pero probablemente sostendrán inversiones que brindarán aire a un pueblo decidido a resistir toda intromisión.
Nada será fácil para los seres humanos si los Estados Unidos y Gran Bretaña insisten en generar una guerra que puede diferenciarse, por su escala, de las conocidas hasta el presente. El dilema no es otro que el que atraviesa cualquier multinacional: si los gerentes no originan ganancias, sea como fuere, son relevados por los accionistas más importantes .
Bush y Blair, por identificar apenas a dos dirigentes importantes de ese bloque, tienen una misión que cumplir. Esa misión los trasciende y ni siquiera importa si desean llevarla a cabo. Están allí para eso, y sus “accionistas” han sacado cuentas claras. Mientras la agresión sea un negocio, habrá agresión.
Los pueblos, sin embargo, tienen sus intereses y algunas herramientas. Incluído el norteamericano, mucho menos proclive a respaldar sin conflictos a su presidente que los iraníes al suyo.
Parece ser que los superpoderes planetarios no están dispuestos a admitir la multipolaridad -la continentalización- desplegada por el transcurrir histórico. Nadie puede prever, a ciencia cierta, quien “ganará”. Pero cualquiera puede estimar, a vuelo de pájaro, los costos de la contienda.

El futuro está abierto.

Gabriel Fernández
Director Periodístico Revista Question Latinoamérica
Director La Señal Medios

© Gabriel Fernández
Todos Los Derechos Reservados
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