Página Principal
Página Principal Mapa del Sitio Resumen del Sitio Contactanos Suscribite a nuestro boletín informativo Página Principal
Buscar en el Sitio:  
www.rodolfowalsh.org > Ideas > Libros









HERRAMIENTAS

 Versión para imprimir de: (Montoneros)

 Generar una versión PDF de: (Montoneros)

Ediciones Nuevos Tiempos
Montoneros
La resistencia después del final
Por Marisa Sadi
Publicado digitalmente: 26 de octubre de 2004

Montoneros. La resistencia después del final es un viaje hacia atrás para seguir adelante por un camino circular, ese espacio exclusivo donde también tienen cabida los que ya no están pero que, sin embargo, se expresan a través de las voces de sus compañeros que no los olvidan. Y en él se convocan todos para contar la Otra Historia, la de ellos, la de los vencidos que, dignos, siguen de pie tratando de llegar a despejar, al menos, el gran enigma que eternamente sobrevuela al desaparecido, ese enigma creado por los borrones de la historia oficial de la amnesia. Los sobrevivientes no olvidan a sus desaparecidos, no los abandonan, porque a pesar del genocidio y del horror vivido no reniegan de su historia, sino que la asumen y la cuentan para que siga adelante, viva, en la memoria colectiva.

Omar Basabe

Fragmentos

“...Otro asunto que en algún momento había logrado desvelarme -acaso sea esta manía de registrar “anécdotas históricas”, al decir de Mario Eduardo- fue el berretín por llegar a conocer más precisiones sobre lo ocurrido en aquella famosa cita envenenada de la cual consiguió escapar Manuel. La que se narra al principio de este escrito y corría de boca en boca entre la militancia; ese relato épico impregnado de admiración y orgullo, que levantaba la moral y arrimaba alegría, acercándonos a la leyenda del guerrillero aún desconocido, Manuel, el Combatiente.
Aquella hazaña que cuando lo encontramos comentaría al pasar ante dos perejiles puro ojos, puro oídos, limitándose a resaltar la reacción de la gente cuando trepó ensangrentado al colectivo salvador que lo alejó de la patota y de la muerte. La obstinación por echar luz al episodio se acrecentó en el transcurso de “otras” búsquedas, al saltar el nombre de un Manuel fugado en una cita. Otras búsquedas entre comillas porque en definitiva los caminos de los ausentes y los sobrevivientes, eternos patinadores de una pista circular, se han cruzado infinidad de veces a lo largo de este viaje. Y todas las historias, irremediablemente, siguen siendo la misma.
La señal surgió al investigar una posible conexión de Pablo con los Grupos Especiales de Combate, en virtud de su relación con Ignacio Ojea Quintana. Como hemos visto, el GEC que éste integraba, fue aniquilado en febrero de 1977.
La viuda de “Martín”, uno de sus componentes, me refirió lo que pudo averiguar cuando reconstruía las circunstancias de la caída de su marido. El relato completaba informaciones que yo había obtenido de otra fuente y que con algunas inexactitudes y ciertos datos por demás ilustrativos, daba cuenta del “relevamiento de Acassuso”. Allí, en la intersección de Perú y Avenida Libertador, “la esquina de la pava”, (así llamada por la enorme pava de cobre que decoraba el jardín de “Bubalí”,una coqueta casa de té que hoy ya no existe) fueron secuestrados por el GT de la ESMA dos integrantes de ese GEC: Martín, desaparecido desde entonces, y un militante que vivió para contarla y es quien aportara los datos a su compañera. Entre otras varias cosas, el ex prisionero le contó a la esposa que hubo un tercer candidato al chupe, “Manuel”, que se salvó porque la persona que debía “marcarlo” les aseguró a los secuestradores que ése no era el hombre.

¿Sería nuestro Manuel?, ¿era el “relevamiento de Acassuso” la famosa cita envenenada?,¿había enredado el boca a boca algunos detalles de aquella salvada memorable?, ¿o acaso el prisionero, al negarlo, consiguió confundir unos instantes a los secuestradores, otorgándole el tiempo suficiente para lograr distancia y rajar a pata, tal cual contaban por aquellos días?, ¿conducían a Manuel, una vez más, los pasos perdidos de Pablo16 o era éste otro camino hacia ninguna parte?
Algo se daba de patadas, sin embargo, con el relato original: “Manuel doblando una esquina y encontrándose de pronto con dos viejitos sentados en la vereda de un almacén de barrio...”

Como antigua vecina de Acassuso, quien suscribe conoce al dedillo la famosa “esquina de la Pava” y aledaños: difícilmente alguien podría encontrar allí un almacén “de barrio” con gente tomando mate en la vereda, ni siquiera la destreza de un montonero desesperado por conservar la vida y a punto de ser eliminado. Estamos hablando de una zona de mansiones, el lugar más residencial y caro del distrito más rico de la Provincia de Buenos Aires.
De todas formas, este Sherlock Holmes improvisado había aprendido con los trajines de la pesquisa que ninguna pista puede considerarse desechable. Había un solo tipo al cual podíamos recurrir para dilucidar el tema. Y era, ciertamente, un cien por cien confiable. Por muchas cosas... La última esperanza, podría decirse exagerando un poco, siempre y cuando los mecanismos de compartimentación hubieran fallado en algún punto, abriendo ese dato que no debía tener, dejando colar inapropiadamente por alguna endija la información cerrada de los clandestinos. Después de todo era un “cercano”, casi diría un inmediato, responsable del último GEC que le sobreviviera al grupo en cuestión y protagonista de la historia hasta después del final.
Preguntado por el relevamiento en Acassuso, aseguró desconocer el lugar exacto, ya que al ser chofer operativo, su participación en general se concretaba “en el trayecto hacia”, por ejemplo la entrega de armas o material, pero antes del destino. Sin embargo su memoria registraba un operativo por esas fechas. Las entregas fueron en Norte Capital y bien pudo ser la ruta hacia Acassuso, pero no sabía más.
Sí pudo confirmar la caída de una parte importante del GEC en un relevamiento “de capos”. En cuanto al “Manuel” fugado de la cita, nada pudo aportar.
Así las cosas, esa salvada célebre pasó a dormir el sueño de los justos hasta nuevo aviso. Meses después encontraría en una fuente de primera mano los ansiados detalles y todas las confirmaciones. Lejos estaba de saber que había aún más por encontrar y que, tal cual sucede en estos casos, la anécdota no terminaba en la anécdota y el episodio encerraba información valiosa y bien concreta para el ensamble de la JUP en dictadura, posicionando a nuestro Jefe en el lugar exacto y confirmando hipótesis, pero eso afloraría mucho más adelante. Porque por esos días de las búsquedas, mientras se sucedían una tras otra las revelaciones, lo relativo a Manuel seguía en punto muerto...”
Páginas 287-288 del capítulo “1978” (“Manuel - La búsqueda”)

“... Releo una y otra vez este escrito, reviso los que siguen, voy y vuelvo. Me inquieta una cuestión: en nada se asemeja a “Guillermo”, ni hablar a“Pablo”, o a “Manuel”. Ya me lo dijo mi marido, “saltás mucho. Hay que pensar en el que lee, lograr un equilibrio, cierta unidad, armonizar mínimamente los fragmentos.” No puedo hacerlo, me falta genio; no logro una correspondencia ni en el vocabulario. Será que “Ana” se inscribe en 1978 por respetar cronologías, pero no fue para mí una de las compañeras del final porque le perdí el rastro en el 76, cuando para nosotros no era la noche todavía. Será que no la viví directamente, que la conocí poco, que me documenté “de afuera” en cierta forma. Será que a Pablo, a Guillermo y a Manuel los escribí en carne viva. Será por eso...
De todos modos, a pesar del irremediable impedimento para otorgarle su verdadera dimensión, es una historia surcada de ingredientes tan terribles, trágicos y hermosos como cualquiera de las otras. Merecería un buen remate. Después de todo catorce páginas son catorce páginas. Pido disculpas: se los debo.
Solamente me cabe registrar cómo completamos otro de los trayectos que nos permiten volver más carnales las siluetas esfumadas de los protagonistas de estas historias. Y la forma en que pude recuperar a Ana del cono de sombras donde permaneció para mí durante estos veinticinco años. Acaso no sea poco.
Al fin y al cabo, había que estar ahí el 20 de diciembre, buscando al Wado como lo hacíamos, sin saberlo el hijo de una compañera perdida hace un cuarto de siglo, mientras abajo, en esas calles transversales donde se dio la verdadera batalla el día de la insurrección, seguían matando y secuestrando pibes con gusto, con fervor, eufóricos. Había que verlos -réplicas de entonces- cuando bajaron esos cuatro de un coche particular, jóvenes, con jeans y zapatillas; cuando el que manejaba clavó los frenos justito en la puerta del edificio y con la misma rapidez y el mismo ímpetu de otras épocas se mandaron apuntando sus tremendas metralletas hacia la Casa donde nuestros compañeros les arrebataban las presas dando refugio a tanto perseguido. Había que ver desde arriba cómo apuntaban los fierros para tirar. Todo en un abrir y cerrar de ojos. Y agradecer la idea de Jorge -ese compañerito de la democracia que se asemeja como nadie a un cumpa de otros tiempos- de colgar en el balcón cualquier cartel de esos que llevamos a las marchas, de tela, improvisadamente “ para que sepan que ésta es la casa de las viejas...” Y bendecir el reflejo de Fabiana, la frase soltada justo a tiempo desde el primer piso: “¡Somos las Madres!” Verlos clavar los talones una fracción de segundos antes del desastre, mirar hacia arriba los cuatro al mismo tiempo registrando el cartel y midiendo consecuencias. Todo en menos de lo que canta un gallo. Y observarlos volver sobre los pasos, la patota... subirse al coche operativo y rajar, enseguidita, a velocidad suficiente como para, de paso, hacer mierda lo que se les ponga enfrente. Meses después recordaría uno de los chicos “Ese cartel nos salvó de que nos caguen a tiros”
Certificar que todavía están ahí, inconfundibles, con otras caras, las mismas pilchas, el mismo aire de pendejos, ágiles, casi deportivos, transportados al presente por una extraña máquina del tiempo; anotando, aguardando agazapados para activar otra maquinaria, la de picar carne, preferentemente joven, tal cual antaño.
Sensaciones fuertes, ésas, ya lo creo, mientras rastreábamos a un Hijo de desaparecidos desaparecido en democracia, ignorando que buscando a Wado buscábamos al “Pichu” en realidad, al hijo de Lu, de Ana, aquel gordito que se había quedado sin morfar. Y hubo que estar también, después de las revelaciones, en cualquier bar de Buenos Aires frente a frente con el pibe, en una cita acordada sin urgencias, postergada varias veces ya que hoy por hoy muy otros son los afanes y los tiempos.
Un buen remate ameritaría volver más cortas las distancias entre los dos protagonistas del encuentro, componer una escena más intensa o por lo menos cálida, a la altura de las circunstancias relatadas a lo largo del escrito, y acomodándose a pautas narrativas que por cierto desconozco. Nada de eso. Como dicen los pibes Todo bien, pero ahí...
Se equivocan si piensan en algún vestigio de aquella conexión indescifrable existente entre los guerrilleros, descripta en alguna parte de estas notas. Aunque hay matices, por supuesto, y excepciones, ese enganche no suele trasladarse con frecuencia al vínculo entre los sobrevivientes y los hijos de los caídos. Sí puede percibirse escasamente, en alguna medida, con los hijos de los que se salvaron, los compañeros vivos. Será que no hubo un corte, será la afortunada falta de ese hachazo brutal. Será que ellos son ellos, no los viejos.

Como sea, aquel nexo no parece formar parte de la herencia. O al menos no se nota. O se da
 sanamente y como debe ser- en otros términos. Y eso que una corre con ventajas ciertas, además, por ser “pariente de” o estar en el ambiente. Claro que a veces suelen darse relaciones fuertes y en general sí puede percibirse cierto aire, una corriente. No fue el caso.
Desprovisto en apariencias de componentes emocionales notorios y eludiendo sentimentalismos predecibles, Wado desgranó en esa mesa con naturalidad, sin tremendismos, las instancias más salientes de su historia.
Supe que tuvo una muy buena infancia, en Mercedes, con sus tías. Que le contaron, claro, pero hasta los diecinueve sus viejos estaban desaparecidos: “de los montoneros nada.” Que entonces se mandó, solito, a la casa de Floresta donde cayó su madre.
“Y toqué el timbre al lado. Y salió una chica de unos veintinueve años; le dije que estaba averiguando por un operativo así y así. Y la piba empezó a gritar llamando al resto de la familia y armando un gran revuelo: ¡Vengan, vengan, el Pichu, el Pichu, el hijo de Mirta, el hijo de Mirta! ¿Yo? No, no. Perdón, hay un error ¿Mirta?¿el Pichu? ¿Qué Pichu?
Era escucharlo y evocar. Las compañeras lidiando con los pibes, las panzas, los vaivenes de la militancia, clandestinas, la humanidad del militante, esa suerte de amor hacia lo humano de manera universal reflejada en todos los planos de la vida. La calidez, los más queribles del barrio, los mejores, la relación con los vecinos, ni cobertura ni disimulo: auténticos vínculos, afectos genuinos. Y éstos vecinos, veinte años después “¡El hijo de Mirta! ¡El Pichu, el Pichu!” Formidables, excepcionales, únicos. Se fueron... pero nos dejaron a todos, de un modo u otro, la marca en el orillo.
Wado me contó su ingreso a HIJOS. La decisión de ver a los sobrevivientes del Olimpo, testimonios cruciales acerca de su madre. Me tiró cuanto nombre de “ex - JUP” se le ocurrió al saber de este trabajo mío. Poco y nada pude aportarle yo de nuevo; el nombre “Ana”,29 por ejemplo; ése no lo tenía. Pero el resto era historia conocida.
Para mí, en cambio, esa charla sería un factor de peso en el desarrollo de estas búsquedas. Una contribución decisiva a la hora de cerrar historias.
Porque mientras se interrumpía con aire ejecutivo para atender los llamados de su celular, o con un ademán indicativo me hacía dar vuelta el pescuezo y observar en el televisor los flashes con los pormenores de un día agitado, enumerando al mismo tiempo, uno a uno, los compañeros de sus viejos que ha conocido, la mencionó. Por cierto no como a cualquiera de los otros: ella había sido un personaje protagónico en la historia de su madre y en la suya propia, que en definitiva son la misma. E iba a dejar después constancia de cómo realmente fue la cosa. Y se convertiría -más allá de precisas diferencias en ciertas consideraciones sobre lo pasado y de no acordarse de mi cara, tan siquiera- en uno de los testimonios claves para el ensamble del rompecabezas del 78, aquel año maldito.
En esa charla de café, como quien dice afuera llueve, el pibe de Ana había referido que se veía de tanto en tanto con otra compañera perdida del frente de Sicología.
Wado había despejado en el transcurso de ese encuentro desprovisto de emociones, otro de los enigmas arrastrados durante veinticinco años, al confirmar que “Pupi” estaba viva.
Páginas 209-210 del capítulo “1978” (Epílogo de “Ana”)


Título: Montoneros. La resistencia después del final
Autor: Marisa Sadi
Editorial: Ediciones Nuevos Tiempos
Páginas: 352
. Libros
. . Peronismo y Socialismo
. . Muertos de Amor
. . Un kilo de oro
. . Prólogo: Rodolfo Walsh
. . Joe Baxter: del nazismo a la extrema izquierda. La historia secreta de un guerrillero
. Ir a la sección: Libros

Investigaciones Rodolfo Walsh