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HERRAMIENTAS

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Sobre Patriotas y el mensaje de Jorge Rulli
¿Dónde estaba Clausewitz el 16 de septiembre de 1955?
[Bambú Press]
Por Luis Edgar Schmid
Publicado digitalmente: 20 de junio de 2006
“Cuanto menor sea el sacrificio que reclamemos de nuestro adversario,
es lógico que tanto menores serán sus esfuerzos para rehusárnoslo.
Cuanto más escasos sean éstos,
tanto menores serán también los nuestros.
Además, a menor cuantía del fin político,
tanto menor será el valor que le demos;
pronto nos acomodaremos a renunciar a él;
y por esta razón también serán menores nuestros esfuerzos”

Carl von Clausewitz

“La capacidad de supervivencia de una sociedad
depende de identificar correctamente al enemigo”

Carl Schmitt

“El revisionismo histórico fue la primer batalla cultural que los nacionales le ganamos a los liberales”
José María Rosa

Quizás esto haya empezado por el intento de escribir -desde afuera- la historia del peronismo, cosa a la que contestó Jorge Rulli. Quiero ir un poco más allá y con el debido respeto a Perón y a los peronistas caídos pregunto: ¿por qué no se luchó más el 16 de septiembre?

Una correcta conciencia e identidad nacional surgen de una correcta visión de la propia historia e identificación del enemigo histórico. Es decir, debe haber una fuerte “endotermia” política que haga imposible toda idea de “bajar los brazos” porque se es conciente que el “sacrificio” que el “enemigo histórico” nos reclama es mucho mayor del que él declama.

Esta idea de que el “sacrificio” político es mucho mayor, recién comienza a abrirse paso con el surgir de grupos como FORJA, por un lado, y el revisionismo histórico a partir de los años 30. Hasta entonces la mitología mitrista con todos sus dogmas reinaba in-cuestionada en el aparato de la ideología oficial y su cuestionamiento era sólo por intelectuales más o menos aislados.

El cadete Perón recibió en 1910 el primer cuestionamiento a la Argentina “agro-oligarca” de Mitre por parte del general Colmar von der Goltz. Pero esa generación militar, había sido educada en los dogmas mitristas y no vio hasta qué punto y luego de aplicar la represión a la Argentina criolla, el liberalismo había hecho una profunda construcción de sus aparatos de consenso para recibir la ola inmigratoria europea. Y este liberalismo todo-abarcativo comprendía instituciones culturales en lo familiar, escolar, religioso, partidista, sindical, periodístico y artístico.

Y por no comprender el aparato cultural, esa generación militar no entendió, a partir de una historia verdadera y no-mitrista, hasta qué punto se movían dentro de los prejuicios y limitaciones que el mitrismo había puesto en la clase media, sobre todo la de origen inmigrante. Conforme a Carl Schmitt, “no podía identificar correctamente al enemigo”, ni tampoco la naturaleza del conflicto.

Quizás el punto más significativo haya sido el nombre de los ferrocarriles rindiendo homenaje a la Argentina mitrista, como si el peronismo hubiese sido un perfeccionamiento de la misma pero agregando una estructura industrial a una superestructura cultural pre-existente, desechando con la socarronería de Perón las advertencias de los revisionistas históricos: “Bastante problemas tengo con los vivos para tener más problemas con los muertos”.

Se intentó, y en gran parte se logró mucho, el cambio estructural económico-industrial, pero en ningún momento se sospechó siquiera hasta qué punto debía ser acompañado por el cambio super-estructural, por la búsqueda de una identidad nacional que rompiera con el mitrismo.

Cuando llegó el 16 de septiembre eran muchas las falencias de la “propia tropa”, incluido Perón, para no comprender cuál era el “sacrificio” que pedían los mitristas y hasta qué punto estaban dispuestos a derramar sangre para ello. Al creer que el “sacrificio” era pequeño, no resistieron como se debía.

Y así se volvió a la Argentina hecha a ad imago Britania, sin control sobre su comercio exterior (Lord Castlereagh), ni de la emisión de moneda (Lord Rothschild), des-industrializada (Canning) y endeudada (Baring), y para ello no estaba dispuesta a “ahorrar sangre de gauchos” (Sarmiento).

Quizás el mejor indicio de hacia dónde debían orientarse los esfuerzos lo dieron los mismos “libertadores” cuando hablaron, de entrada nomás y a partir del derrocamiento, de “La Línea Mayo-Caseros” y la “Segunda Tiranía”. Y la base peronista junto con el nacionalismo católico, usado y desechado este último como en 1930.

La historia de 1955 a 1973 es de la acción -desde el “caño” de la resistencia al “cordobazo”- combinada con una guerra cultural- cumpliendo todos los requisitos de Gramsci. Y el “ariete cultural” contra la Argentina mitrista será el revisionismo histórico. Es éste quien nos permitió comprender en toda su profundidad el enfrentamiento y “sacrificio” (en el sentido de Clausewitz) que nos venían imponiendo desde que San Martín enfrentó a Rivadavia, que hizo que cada trabajador que salía a la calle en un paro activo se sintiese un sucesor de los gauchos federales.

Y lo que se había perdido en 1955 se recuperó cuando la lucha adquirió también el carácter de guerra cultural entre las dos Argentinas.

Esto lo advierte el inglés Richard Gillespie [1] cuando describe cómo el peronismo de base y combativo adquiere el nacionalismo y revisionismo histórico que venía vía Tacuara, le pierde el miedo a la palabra “socialismo” gracias a la Izquierda Nacional, y por los Sacerdotes del Tercer Mundo enfrenta a la iglesia mitrista asentada desde la época de monseñor Aneiros y en el propio campo de un catolicismo defensor de pobres. Ya no se trata de quemar iglesias como en 1955 sino de discutir desde adentro, con los propios obispos liberales, y con el Evangelio y el Documento de Medellín en la mano. Nada preocupa más al imperio que cuando en un mismo cuerpo doctrinario se fusionan el nacionalismo revolucionario, el socialismo y la religión.

¿Y ahora qué?

Esa guerra cultural no se ha perdido. Sus verdades no han perdido vigencia. Lo que sí ha sucedido es que muchos han preferido “negociar la sangre derramada”. Como en el pasado, cuando el liberalismo portuario no podía derrotar a Artigas, compraba al Pancho Ramírez para que lo haga, y cuando no podía derrotar a Rosas, compraba a Urquiza.

Más que nunca debemos -si queremos identificar al enemigo como aconseja Carl Schmitt, si queremos el enfrentamiento tipo Clausewitz- defender y levantar una visión totalmente contraria a la Argentina liberal.

No se puede ganar la guerra militar sin primero ganar la guerra política y no se puede ganar esta sin primero ganar la guerra cultural.

Bismark ganó las batallas de 1865-70 luego de la guerra política que llevó a las masas de Alemania a comprender su nacionalismo. Pero éste se inició con la profunda revolución y guerra cultural que venía desde hacía 60 años, cuando los Herder, Fichte, Hegel en filosofía, los Grimm en literatura, los Wagner en música, los Listz en economía, los Clausewitz, Scharnhorts y Gneissenau en sus conceptos de la guerra y la política, los Lasalle al diferenciar poder real de poder formal, y tantos otros, les dieron a los alemanes su profunda identidad cultural y que los diferenciaban de aquellos a quienes enfrentaron.

Como enseñó el fallecido Norberto Ceresole, es hora de construir nuestra “endotermia”.

Luis Edgar Schmid
Coautor, junto con el vicecomodoro (R) Horacio Ricciardelli,
de Los Protocolos de la Corona Británica,
editorial Struhart, Buenos Aires, julio de 2004.

NOTAS:

[1] “Montoneros: soldados de Perón” capítulo dos.



© (2006) Luis Edgar Schmid
Todos los derechos reservados.
Para reproducir citar la fuente.
Gentileza Bambú Press.
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