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Acuerdos...
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HERRAMIENTAS

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...y diferencias políticas.
...y diferencias políticas.

Respuesta de Alberto Franzoia (IN) a Gabriel Martin
Acuerdos y diferencias políticas
Por Alberto J. Franzoia
Publicado digitalmente: 29 de junio de 2006

Tengo varias coincidencias y también discrepancias con el compañero Gabriel Martín que deseo explicitar. Ante todo debo ser muy claro: su discurso sobre la imperiosa necesidad de ser críticos para realizar la revolución nacional, es una postura que también he defendido en este foro [1] contra ciertas negaciones de un examen riguroso del pasado manifestadas en las filas de la corriente política que integro. Este es un acuerdo esencial porque está relacionado con qué tipo de política pretendemos hacer. Al igual que el compañero yo quiero hacer política revolucionaria, y para eso sólo cabe ser crítico y tener buena memoria.
Ocultar el pasado sólo puede garantizar tanto la reiteración de errores tácticos como derrotas estratégicas. También acuerdo con el cuestionamiento de las versiones maniqueas de la historia, que pretenden poner las cosas en un blanco o negro inaceptable. Dichas simplificaciones sólo sirven para empobrecer la política y restar fuerzas a la acción revolucionaria, resultando claramente funcionales a los sectores más conservadores. La falta de crítica en el seno del movimiento popular favorece el control ejercido por una minoría poco dispuesta a un crecimiento que puede afectar sus propios privilegios.
Esta cuestión está a su vez fuertemente vinculada con el culto a la personalidad, que precisamente es promovida por quienes menos interesados están en los cambios estructurales. Un liderazgo muchas veces es necesario para afianzar, e inclusive en ocasiones generar, un vínculo rápido y directo entre el pueblo y una conducción revolucionaria, esencialmente cuando el desarrollo ideológico y político del movimiento es insuficiente. Pero si simultáneamente no se genera en forma progresiva una capacitación creciente de los cuadros y no se estimulan los recambios democráticos, se favorecen las condiciones más propicias para que a la sombra del líder crezca una variada fauna de burócratas, que serán los primeros en defeccionar o huir cuando el proceso de transformaciones se enfrente con situaciones límites.

El líder por otra parte no es infalible, se equivoca como cualquier humano, y si no hay cuadros capacitados y representativos del pueblo, las posibilidades de rever el error se acotan dramáticamente. Sin embargo, una adecuada organización, siendo necesaria no es suficiente. La visión de mundo alternativa a la de las clases dominantes, debe estar en el centro de la acción política. Sin un desarrollo profundo de la misma, que supere las simplificaciones dogmáticas y de corto alcance, y sin una difusión consecuente, el tiempo termina venciendo a la organización, como lo han demostrado numerosos ejemplos históricos. Se impone por lo tanto trabajar las respuestas para interrogantes como:

  • ¿Qué tipo de sociedad queremos?
  • ¿Cuál es el sujeto social que conduce su construcción?
  • ¿Cuáles sus aliados tácticos y cuáles los estratégicos?
  • ¿Cuál es el enemigo?
  • ¿Con qué aliados cuenta?
  • ¿En qué consiste exactamente acabar con él?
  • ¿Qué ideas y qué prácticas son coherentes con una sociedad alternativa?
Las respuestas sólo pueden ser el producto de un proceso cultural colectivo a través de un vínculo dialéctico entre el pueblo y su conducción.

Desde mi perspectiva, un proyecto político popular que no se proponga en algún momento del proceso transformador nacionalizar la propiedad oligopólica en sus diversas manifestaciones (tierra, comercio, banca, industria), gestando formas de propiedad participativas (autogestión, cogestión), es incompleto y más allá de triunfos coyunturales, está destinado a una derrota estructural.
Debo decir que este tipo de discusión suele estar ausente o reducida a un esquematismo esterilizante. En ese punto considero que la reflexión de Gabriel Martín se queda corta. Además, cuando el compañero realiza la crítica a Perón no comparto ciertos contenidos, aunque de todas formas considero necesario defender como principio la necesaria crítica popular a los líderes, ya que en su defecto no hay posibilidad de corregir un rumbo posiblemente equivocado. Aún así, los responsables de una crítica siempre deben considerar las formas, espacios y tiempos más oportunos para materializarla, ya que siempre existe la posibilidad de generar involuntariamente consecuencias que no se corresponden con los fines colectivos perseguidos.

Digo que no comparto ciertos contenidos de sus críticas porque le atribuye a Perón una desmedida responsabilidad en todos los males de la época. La política de derechos humanos evidentemente fue muy débil, pero no recuerdo que en aquellos tiempos fuera un tema central en las agendas políticas de ningún gobierno popular (lo cual no es un mérito pero sí un dato a tener en cuenta). Es imposible evaluar la realidad de los ’70 desde la óptica dominante en la actualidad. Por aquellos años, inclusive, se ponía en duda la legitimidad de un régimen democrático ya que sólo importaba la liberación nacional. Seguramente esta cuestión sirvió para validar acciones que no favorecieron el desarrollo de una verdadera democracia popular, que es la única que puede garantizar la profundización de un proceso revolucionario.
Con respecto a la presencia de López Rega en el gobierno de Perón fue un grueso error, pero no exageremos el peso que este mediocre personaje tuvo en vida del General. El problema más importante surgió después, ya que con la muerte de Perón y la sucesión de Isabel, el brujo adquirió una dimensión ahora sí muy significativa. Por otra parte, considerar que Perón nos legó a su esposa que es una simplificación de un proceso mucho más complejo, en el que la candidatura de Isabel estimo que poco tuvo que ver con los deseos de Perón. Concretamente, y en relación con las ciertas acciones políticas de Perón en 1974, no se puede obviar la trama compleja que rodeaba a un líder ya anciano que había pasado 18 años de su vida fuera del país. Esto no significa que en otras condiciones fuera infalible ni mucho menos, pero sirve para calibrar mejor una crítica. Además, me parece que para los pocos meses que gobernó se le atribuyen responsabilidades desmedidas, para bien o para mal.

Con respecto a la oportunidad de la crítica formulada en los 70 hay que considerar dos cuestiones:
1.el contexto general en el que se realiza (situación nacional e internacional) y
2.obviamente el contexto particular (relaciones de fuerza al interior del movimiento).

Una evaluación incorrecta puede significar no sólo la derrota al interior del movimiento, sino, y lo que es más grave, un debilitamiento y derrota del movimiento ante el enemigo principal (producto de la alianza entre el enemigo interno y el externo). Algunas de las críticas a Perón fueron correctas (como la presencia de agentes imperialistas en el gobierno) pero la forma y oportunidad en que se formularon sólo sirvió para inclinar la balanza hacia los sectores más conservadores del movimiento, favoreciendo luego la derrota ante la oligarquía, es decir, la clase directamente aliada del imperialismo. Una crítica expresada como agresión a Perón y su esposa, por ejemplo, en el acto realizado en Plaza de Mayo para el día de los trabajadores, no podía concluir de otra manera que con una reacción violenta por parte del líder que dejó muy mal parados a los sectores revolucionarios de cara al conjunto del pueblo. Muy pocos peronista recuerdan aquella nefasta jornada con una mirada favorable a quienes terminaron abandonando la plaza. No se trata por lo tanto sólo de tener la razón sino de expresarla racionalmente, es decir, evaluando las consecuencias de nuestras acciones.
En esta cuestión (que incluye la lucha armada durante el gobierno peronista), considero que a la reflexión de Gabriel Martín le está faltando la necesaria autocrítica que en estas últimas semanas hemos tratado de promover en el Foro entre distintos integrantes del campo nacional y popular, no para destruir, sino exactamente para lo contrario: para construir un futuro superador de los errores del pasado. En realidad siempre cometeremos errores pero ¡por favor, qué no sean los mismos!

En cuanto a nuestro presente, en momentos en que el peronismo intenta levantar cabeza después de una larga noche que se inició el primero de junio de 1974, sería muy poco aconsejable promover nuevamente el alineamiento verticalista en torno a un líder, por lo que, más allá de las diferencias señaladas, coincido nuevamente con Gabriel.
En primer lugar no creo que Kirchner tenga esa dimensión, pero aunque la adquiriese, no es bueno fomentar permanentemente este tipo de conducción, ya que no favorece el desarrollo de la conciencia popular en sus manifestaciones más elevadas ni de una verdadera democracia popular.
No es buena cosa que la presencia del líder sea indispensable, ya que esto supone una debilidad política de sus seguidores que los convierte en fácil presa del enemigo cuando el líder falta o defecciona. Debe quedar claro entonces que el sujeto de la revolución sólo puede ser un pueblo plenamente consciente de su misión y con dirigentes que surjan de un ejercicio democrático del poder. Esto no significa negar los méritos de aquellos procesos políticos conducidos por líderes populares, pero entre un análisis útil para el futuro y una apología favorecedora de nuevas derrotas debe mediar una diferencia bien clara.

Para finalizar diré que no quiero meterme demasiado en las internas actuales del peronismo (eso lo dejo para los peronistas), pero es evidente que más allá del movimientismo, si no logra desplazar de lugares estratégico a personajes demasiado vinculados con los años de claudicación ante la oligarquía y el imperialismo, la historia no podrá ser modificada realmente a favor de los oprimidos. A la lista de funcionarios que tras curiosos procesos de alquimia han devenido de liberales en "revolucionarios" enunciada por Gabril Martín, deseo incorporarle un personaje que he denunciado en numerosas oportunidades en este Foro [2] y que mantiene estrechos vínculos con el Movimiento Evita: el Intendente de La Plata Julio Alak (junto con los hombres que pertenecen a su corriente).
Este es un típico exponente de los que viven de la política sin otro interés que permanecer en el poder como sea (con lo que resultan muy funcionales a un política vaciada de contenido revolucionario). Son los que carecen de convicciones, los burócratas de los que nada bueno se puede esperar en situaciones políticas difíciles.
¿Se acuerdan del señor Casildo Herrera, Secretario General de la CGT?
Fue el primero en "borrarse" cuando se vino el golpe de 1976. ¿Y cuál fue el comportamiento de "los gordos" durante el período menemista? Absolutamente lamentable.
Pues bien, Alak, luego de haber apoyado la candidatura del innombrable en 2003, no tuvo ningún inconveniente para encolumnarse al otro día con Kirchner. Este tipo de personajes son los que le temen a la memoria y a la crítica, ya que sus archivos resultan impresentables.
Está en los propios revolucionarios lavar a la luz del día los trapos sucios, para desplazar de los puestos de responsabilidad política a estos dirigentes nada confiables y desplegar una alternativa realmente nacional y popular con los hombres más capacitados y consecuentes. Por lo tanto acuerdo en algo más con Gabriel Martín: el pueblo, como sujeto colectivo, debe ser el verdadero protagonista de la historia .


NOTAS:

[1] N de E: El autor se refiere a la lista de discusión política de Patria y Pueblo [IN]: Reconquista Popular, donde fue publicado originalmente esta respuesta.

[2] Idem anterior.



© Alberto J. Franzoia
Todos los derechos reservados
Para reproducir citar la fuente.
Publicado originalmente en Reconquista Popular

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. . Al enemigo ni justicia
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