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HERRAMIENTAS

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Opinión
Argentina y el Partido Demócrata Norteamericano
Por Julio Fernández Baraibar
Publicado digitalmente: 1ro de noviembre de 2004

La política exterior norteamericana ha seguido dos patrones que se manifestaron explícitamente en el momento en que, como narra Gore Vidal en su saga sobre la historia norteamericana, la República se convierte en Imperio.

Alrededor de las dos últimas décadas del siglo XIX el pujante capitalismo consolidado con la sangrienta Guerra Civil de 1860 comienza a dar manifestaciones evidentes de su impulso imperialista. Simultáneamente, la política exterior norteamericana se hace cargo de este cambio y es entonces cuando la vieja doctrina de Monroe se transforma en la base ideológica de esta transformación, convirtiéndose en la sustentación de su intervencionismo imperialista.

Hasta entonces la política exterior norteamericana para con sus vecinos hispanohablantes había estado regida básicamente por dos impulsos: primero, establecer una preeminencia sobre el continente, preeminencia que no necesariamente contenía un aspecto imperialista en el sentido en que en el siglo XX se conoció este fenómeno; segundo, por extender su territorio sobre el vecino México, como resultado del mantenimiento del sistema esclavista, caracterizado por un uso extensivo,y no intensivo,de la tierra. De no haber podido conquistar esos nuevos territorios hubieránse visto obligados a abolir la esclavitud mucho antes que en la década del 60. Esto es lo que explica todas esas intervenciones militares de los años 40, del siglo XIX, en el México gobernado por Santa Ana. Carlos Pereyra, en su clásico libro “El Mito de Monroe” sostiene: “Los EE.UU. (en 1860) no querían ser en el continente sino la primera y la más respetada de las naciones, de ningún modo un árbitro de los pueblos iberoamericanos. (...) aún no se manifestaba el carácter imperialista de las influencias preponderantes que se iban a encargar treinta años después de convertir a los Estados Unidos en el regulador de América, o por lo menos, de una gran parte del continente, y en una potencia naval agresiva practicante asidua del principio de intervención”.

A propósito del contenido de su libro, el maestro mexicano escribía en 1914: ”No hay una doctrina de Monroe. Yo conozco tres, por lo menos, y tal vez hay otras más que ignoro. (...) La primera doctrina de Monroe es la que escribió el secretario de Estado John Quincy Adams, y que, incorporada por Monroe en su mensaje presidencial del 2 de diciembre de 1823, quedó inmediatamente sepultada en el olvido más completo, si no en sus términos, sí en su significación original, y que, bajo este aspecto, sólo es conocida como antigüedad laboriosamente restaurada por algunos investigadores para un pequeño grupo de curiosos”.

“La segunda doctrina de Monroe es la que, como una transformación legendaria y popular, ha pasado del texto de Monroe a una especie de dogma difuso y de glorificación de los Estados Unidos, para tomar cuerpo finalmente en el informe rendido al presidente Grant por el secretario de Estado Fish, con fecha 14 de julio de 1870; en el informe del secretario de Estado Bayard, de fecha 20 de enero de 1887, y en las instrucciones del secretario de Estado Olney al embajador en Londres, Bayard, del 20 de junio de 1895”.

“La tercera doctrina de Monroe es la que, tomando como fundamento las afirmaciones de estos hombres públicos y sus temerarias falsificaciones del documento original de Monroe, quiere presentar la política exterior de los Estados Unidos como una derivación ideal del monroísmo primitivo. Esta última forma del monroísmo, que a diferencia de la anterior, ya no es una falsificación, sino una superfetación, tiene por autores a los representantes del movimiento imperialista: Mac Kinley, Theodore Roosevelt y Lodge; al representante de la diplomacia del dólar: Taft; al representante de la misión tutelar, imperialista, financiera y bíblica: Wilson”.

Ya en este texto del maestro mexicano encontramos de manera preliminar e incipiente estos dos patrones de la política exterior norteamericana que mencionamos al principio.

El partido Republicano, el partido vencedor de Guerra Civil (al que alguien llamara “el partido burgués más revolucionario de la historia”), es en la década del 80 el partido imperial, el partido de los grandes plutócratas, de los nuevos magnates cuya exuberancia, modales groseros y desparpajo asombra a la vieja Europa. Washington ya no es más la insalubre aldea regada por las pantanosas aguas del Potomac, sino la nueva capital del Nuevo Mundo, cuyas fábricas inundan los mercados con sorprendentes ingeniosidades. Algunos descendientes de quienes acompañaron a Jorge Washington en la fundación del nuevo país, como los Adams, acompañan, con su refinada prosa y su formación académica, a los rudos y despóticos burgueses que confunden el Destino Manifiesto con el aumento de sus exportaciones. Y la política exterior de ese partido va a estar, a partir de entonces, dictada por el más puro, declarado y explícito interés de clase. Y su mecanismo será la intervención armada. Cuba, Filipinas, Nicaragua, Guatemala, Honduras, Santo Domingo serán los campos de Agramante donde, impulsados por la bazofia sensacionalista del Ciudadano William Randolph Hearst y su cadena de diarios de gran consumo popular, Mac Kinley, Roosevelt, Taft y sus ministros de Estado convertirán a los EE.UU en una potencia imperialista. A partir de entonces el Glorious and Old Party -el partido Republicano- será sinónimo de agresión e intervención militar allí donde el interés norteamericano -es decir, el de sus plutócratas- esté en peligro.

Frente a esto se alzaba el viejo partido demócrata del Sur, el partido de los latifundistas blancos propietarios de esclavos y de los pequeños farmers también blancos. Los primeros habían sido socialmente expropiados de sus pertenencias humanas, los esclavos negros, y sólo les quedaba una romántica aura de esplendores perdidos, de caballeros derrotados, de palaciegas casonas neoclásicas arrasadas por una embriagada soldadesca. Los segundos veían con pavor surgir la figura ominosa del banquero que amenazaba con la liquidación de la hipoteca, las grandes empresas exportadoras, el poder omnímodo de los “bulls” de Wall Street, el surgimiento de una sociedad urbana gigantesca y deshumanizada, cuya única guía es el lucro y que está sepultando los viejos valores puritanos del Mayflower y de la generación de los pioneros, con su Remington y su Biblia.

Después de intentar vanamente alcanzar la presidencia con la candidatura de William Jennings Bryan, un notable, atormentado y plebeyo predicador laico, amado hasta la fascinación por sus seguidores, los pequeños campesinos blancos del Sur y del Oeste, y despreciado olímpicamente por el satisfecho directorio del partido republicano, el partido Demócrata vuelve al poder después de cincuenta años de la mano de un seco, puritano y rígido profesor universitario de la costa Este, en el estado de New Jersey, a donde llegó a gobernador, Woodrow Wilson. Y con él llega a Washington la doctrina, en materia internacional, que alguien ha llamado del imperialismo moral. Citando nuevamente a Carlos Pereyra: “Lo característico de la vida pública de mister Wilson es que entró a ella por la puerta de la predicación moral. Todos sus temas como candidato a la gobernación de New Jersey y a la presidencia de los EE.UU. son temas morales. Todos sus discursos se resumen así: ’Acabemos con la corrupción política; volvamos al gobierno popular, que no existe sino de nombre’”.

En lugar del interés brutal y concreto de los plutócratas, la política exterior norteamericana será guiada por la defensa de los valores de la democracia basada en la existencia de partidos políticos, elecciones periódicas y división de poderes, siendo la prensa norteamericana, su presidente y su ministro del Departamento de Estado los órganos de interpretación y aplicación de estos cánones. Nuevamente Pereyra explica: “La soberanía de las tiranizadas naciones del continente residiría en la opinión pública, y la opinión pública se definiría en la Casa Blanca”.

Estas dos políticas internacionales que desde entonces se han hecho permanentes y asociadas a cada uno de los dos partidos norteamericanos han tenido su manifestación en nuestro país y en América Latina. Y el resultado de ello ha sido que las políticas más perjudiciales a nuestros intereses no han provenido del partido Republicano sino del Demócrata, empezando por el tratado Bryan - Chamorro (este Bryan es el mismo que mencionamos más arriba, pero ahora convertido en jefe del Departamento de Estado de Wilson) de 1916, contra el que se levantó unos años después el general César Augusto Sandino.

La política norteamericana más agresiva contra esta parte del mundo, especialmente contra Argentina, Bolivia y Paraguay, ha sido llevada adelante por gobiernos demócratas o por una cancillería yanqui influida por ideas o funcionarios vinculados al partido demócrata.

En el caso concreto de nuestro país, los períodos de mayor hostilidad norteamericana hacia la Argentina ha correspondido a administraciones demócratas. Veamos. En la medida en que la Argentina estaba bajo la órbita del Reino Unido, determinada por la complementariedad de ambas economías, generó de manera permanente una relación ríspida y de no subordinación a la política continental norteamericana, siendo Roque Sáenz Peña el más duro crítico a Monroe y su llevada y traída doctrina.

A partir de la actuación del canciller argentino Saavedra Lamas en la Conferencia de Buenos Aires de 1936, que contó con la presencia de Franklin Delano Roosevelt y su Secretario de Estado Cordell Hull, nuestro país impidió -basado como he dicho en su condición de semicolonia próspera del Reino Unido- impidió el intento norteamericano de sumar a la totalidad del continente a su política de aislacionismo frente a los problemas europeos. Saavedra Lamas -que ya se había ganado los odios de, ni más ni menos que, el mismísimo Spruille Braden, con motivo de la guerra Chaco Paraguaya- un conservador de la vieja escuela, descendiente del presidente de nuestra primera Junta, entendía con claridad que la firma del pacto Roca-Runciman impedía que nuestro país se vinculase a una estrategia basada en el concepto “dar la espalda a Europa”. A partir de allí y en numerosas oportunidades y por distintas razones Argentina se convertiría en la oveja descarriada del continente que EE.UU. pretendía manejar como un rebaño. Como escribía, en 1946, Sir Reginald Leeper, embajador británico en Argentina: “La causa fundamental de la disputa entre la Argentina y los Estados Unidos es que los últimos aspiran al predominio económico y político en el continente americano, y que la vanidad y sensación de poderío creciente de la Argentina no le permiten aceptar ningún status subordinado”. O como se puede leer en una minuta de Richard Allen, funcionario del Foreign Office: “La dificultad fundamental, como lo señala sir David Kelly, es que el gobierno de los Estados Unidos es hostil no tanto hacia el coronel Perón, como a la Argentina misma, cualquiera sea su gobierno, porque gracias a sus rentables vínculos con Gran Bretaña, puede darse el lujo de perseguir una política comparativamente independiente frente a la dominante influencia de los Estados Unidos en el hemisferio occidental”.

Todo esto determinó la más completa hostilidad de la administración demócrata de Roosevelt y de sus Secretarios de Estado Cordell Hull y Sumner Welles, sobre todo a partir de la declaración de guerra y la muerte del presidente Ortiz. En realidad, durante la presidencia conservadora fraudulenta de Ortiz y de su Canciller José María Cantilo, la Argentina había propuesta al neutralista gobierno de Roosevelt el abandono de la neutralidad y la adopción de una posición de “no beligerancia”, que fue rotundamente rechazada por los demócratas que, entonces, consideraban el desarrollo de la política en Europa como si fueran de otra galaxia, continuando la línea del aislacionismo. La asunción de Castillo y el bombardeo de Pearl Harbour empeoraría rápidamente las cosas, pues a partir de ese momento comenzó a funcionar de manera sistemática el “imperialismo moral” del que hablamos más arriba y las caracterizaciones de antidemocráticos y hasta fascistas de los gobiernos argentinos. Cordell Hull, el Secretario del Tesoro Henry Morgenthau Jr. y el vicepresidente Henry Wallace se convirtieron en los implacables fiscales de la democracia argentina y en los autores y responsables de una inaudita cantidad de actividades desestabilizantes. El escritor norteamericano Randall Bennett Woods ha afirmado que: “el establishment de asuntos exteriores norteamericano usó, entre 1942 y 1944, prácticamente todas las técnicas conocidas en la comunidad internacional excepto el asalto militar para desestabilizar a tres gobiernos argentinos y forzar a la nación a aceptar incondicionalmente el liderazgo norteamericano en asuntos extrahemisféricos”.

Braden fue un embajador demócrata y secretario asistente de Estado para Asuntos Latinoamericanos de un gobierno demócrata, enfrentado a la conducción del ejército de su país que pretendía un aflojamiento del cerco a la Argentina para poder vender armas al gobierno de Perón y evitar que se las comprase a los europeos, facilitando por esa vía el rearme europeo independiente de los EE.UU.

Esta actitud se continuó, siempre en administraciones demócratas o con influencias demócratas en el Departamento de Estado hasta mucho más allá de la finalización de la guerra, como escribe el argentino Carlos Escudé, desde la perspectiva conservadora y proinglesa que lo caracteriza.

El mismo autor cita a otro norteamericano, Arthur Link, quien afirma en su libro sobre la era del presidente Wilson -quien estuvo a punto de ser reelecto por tercera vez- que los Estados Unidos han sido administrados por “evangelistas de la democracia que se embarcaron en la tarea de enseñarle a otros pueblos cómo elegir buenos líderes y gobernarse a sí mismos”.

Estos evangelistas han sido y son, pese a la buena prensa que tienen en los círculos progresistas argentinos y latinoamericanos, los demócratas. Y el problema de esta actitud demócrata es su relativa irracionalidad, frente a la racionalidad de la política exterior republicana, más allá de sus errores y extravíos. Iraq fue invadido argumentando que la existencia de armas de destrucción masiva ponía en peligro la seguridad de los EE.UU., y no con el pretexto de la violación a los derechos humanos de los kurdos o a la naturaleza no democrática de su sistema de gobierno. En última instancia sabemos que Iraq fue invadida para echar mano a sus enormes recursos petroleros, en momentos en que al pretender salir de la órbita del dólar y realizar su comercio exterior en otra u otras monedas, ponía en peligro la hegemonía del dólar que los EE.UU. recibieron como resultado adicional de su victoria en la Segunda Guerra Mundial, desplazando el papel que hasta ese momento había jugado la libra esterlina. No fueron los republicanos quienes intentaron invadir la isla de Cuba y aplastar la revolución, sino el presidente demócrata que heredó el lugar paradigmático dejado por Roosevelt, John Fitzgerald Kennedy.

Fue el demócrata gobierno de Hill Clinton quien bombardeó la Yugoslavia de Milosevic con el argumento típicamente wilsoniano de genocidio sobre los kosovares.

Un gobierno demócrata no vacilará en enviar tropas a Venezuela con el justificativo de su violación a los principios de la democracia, o de los derechos humanos o de cualquier otra monserga de similar naturaleza moralista. Un gobierno demócrata no tendría dudas en defender con los marines la declaración de autonomía de una etnia indígena en Bolivia o en Ecuador, cualquiera sean los puntos de vista que sobre la propiedad privada, la naturaleza del imperialismo o la virginidad de María tenga la dirigencia aborigen.

Poco importa para los argentinos y los hombres y mujeres del continente las decisiones presupuestarias que tome el señor Kerry con respecto a los subsidios a la pobreza, al desempleo o sobre la cuestión de la salud. Es un problema de ellos qué hacer con el dinero que nos extraen y nuestra posición de principio debe ser no mezclarnos ni siquiera morlamente en esta decisión. Es cómo si ante la situación de un ladrón que irrumpe en nuestra casa y se lleva nuestros ahorros nos preocupáramos para discutir con él que va a hacer con esos fondos, si los dedicará a la educación de los hijos, los gastará en minas, o se comprará un nuevo revolver. Además de robados, nos convertiríamos en zonzos.

Que gane Bush no es para la Argentina un gran motivo de preocupación. De él sabemos cómo es su política exterior, sus límites y su racionalidad, cosas estas que sospechamos son peores, en su posible sucesor demócrata.


© Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar@yahoo.com.ar
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