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Anatomía del “Ratón de la Rotonda”
Bernardo Neustadt, el oficialista crónico
[Bambú Press]
Por Roberto Bardini
Publicado digitalmente: 13 de agosto de 2006
Dio sus primeros pasos periodísticos como aprendiz de reportero, redactor de una revista de fútbol y cronista parlamentario.
Desde muy joven aprendió a halagar al poder y a cambiar de bando de un día para otro sin ruborizarse.
Adulador profesional de cuanto gobierno civil o régimen militar se instaló en la Casa Rosada, el origen de su zigzagueante trayectoria quizá se remonte a la llamada “revolución libertadora” de septiembre de 1955.
Roberto Bardini

La historia arranca de antes. El 17 de octubre de 1945, día que marca la irrupción del peronismo en Argentina, un aprendiz de reportero deambula por las calles de Avellaneda y Barracas tomando notas para el diario El Mundo. Es un ex alumno de los colegios católicos San Vicente de Paul y del Sagrado de Corazón, de La Plata, huérfano de madre desde los 13 años y sin muchos vínculos afectivos con su padre.

El joven ha nacido en Iasi, provincia de Moldavia, en Rumania, pero a los diez meses sus padres viajaron a Argentina. Iasi es una ciudad industrial ubicada a poco más de 400 kilómetros de Bucarest, la capital rumana, y a unos 500 de Transilvania, la región donde se dice que por las noches merodeaba el conde Drácula.

El Mundo es el primer tabloide de Argentina. Lo fundó el inglés Harry Wesley Smith en los años 30, tomando como modelo al Daily News. Está ubicado en el segundo piso de Río de Janeiro 300 y edita 450 mil ejemplares. El aprendiz de reportero tiene 20 años y escribe sobre fútbol. Es la primera vez que cubre un acontecimiento político.

Después, el aspirante a periodista trabaja en la revista Racing, con oficinas en el tercer piso de Hipólito Yrigoyen 788. En esa época, ya era un lugar viejo y mal iluminado, en el que era preferible caminar por una destartalada escalera antes que desplazarse por el asmático ascensor. El dueño de la publicación es Ramón Cereijo, ministro peronista de Hacienda.

“En aquella pequeña e improvisada redacción, aprendió a titular, a vérselas con treinta páginas por fin de semana, a escribir desde la amargura de la derrota, a utilizar varios seudónimos para dar la impresión de que escribían varios periodistas, a narrar telegráficamente, a crear consignas ingeniosas, a comentar e interpretar lo que veía”, relata Jorge Fernández Díaz en Bernardo Neustadt - El hombre que se inventó a sí mismo, una biografía publicada en 1993. Exactamente una década después de aquella jornada del 17 de octubre, Neustadt iniciará una nueva etapa en su vida.

Vencedores y vencidos

El 16 de septiembre de 1955, el general retirado Eduardo Lonardi encabeza en Córdoba un levantamiento militar contra el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. El movimiento golpista se extiende a Buenos Aires y a otras ciudades. Tres días después, Perón ofrece su renuncia y se refugia en la embajada de Paraguay. De ahí, pasa a una cañonera de ese país anclada en Puerto Nuevo. El 23, Lonardi asume como presidente provisional de la autodenominada “revolución libertadora” con el lema “Ni vencedores ni vencidos”, y designa al contralmirante Isaac Francisco Rojas como vicepresidente.

El 13 de noviembre un golpe palaciego desplaza a Lonardi y coloca en su lugar al general Pedro Eugenio Aramburu. “Ni vencedores ni vencidos”, el lema conciliador, nunca se pondrá en vigencia. La “libertadora” se dedica a desmontar todo lo que recuerde al gobierno derrocado. El Partido Peronista es disuelto. El ejército interviene la CGT y designa como responsable a un capitán de navío de doble apellido, Alberto Patrón Laplacette. Miles de dirigentes obreros son destituidos.

“Comandos civiles”, entre los que se encuentran conservadores, radicales y comunistas, asaltan sindicatos. Funcionarios, dirigentes políticos, empleados públicos, gremialistas, militantes y simples simpatizantes son perseguidos y encarcelados; crecen las denuncias sobre torturas.

El 5 de marzo de 1956, el decreto 4161 prohíbe en todo el país “la utilización de la fotografía, retrato o escultura de los funcionarios peronistas o de sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones peronismo, peronista, justicialismo, justicialista, tercera posición”. La prohibición se extiende a la marcha Los Muchachos Peronistas. El nuevo régimen castiga con cárcel el hecho de nombrar a Perón y a Evita.

Durante años, el periodismo escrito y radial se referirá al general derrocado como “el dictador depuesto” y “el tirano prófugo”. Se destruyen monumentos y se queman libros escolares. La Ciudad Infantil Evita es arrasada y se clausura la Fundación de Ayuda Social Eva Perón. El militar que asume como interventor elabora un informe en el que menciona el “derroche peronista” que significaba darles de comer carne y pescado todos los días a los chicos y, además, bañarlos y ponerles agua de colonia. El interventor contrata una cuadrilla para romper a martillazos toda la vajilla con el sello de la institución.

Se crean 50 comisiones investigadoras. Se acusa a Perón de 121 delitos, se le inicia un juicio por “traición a la patria” y se le prohíbe el uso del grado militar y el uniforme. En las fuerzas armadas, comienza una depuración que continuará durante varios años.

El cadáver de Evita, que reposaba en el segundo piso de la CGT, es vejado por un grupo de militares, escondido después en diversos lugares y, finalmente, sacado furtivamente fuera del país. El motivo: evitar que su sepultura se convierta en un lugar de peregrinación peronista. Los profanadores mantendrán el cuerpo oculto en Europa durante 16 años. En esos largos años, ella también fue una desaparecida, una tumba sin nombre, una NN.

La dictadura de Aramburu y Rojas prohíbe la circulación de medios impresos simpatizantes de “la segunda tiranía”. Lo único que se logra es que prolifere una gran cantidad de panfletos clandestinos y que las paredes de la ciudad amanezcan con enormes pintadas de alquitrán negro. En voz baja, mientras tanto, la “revolución libertadora” pasa a ser denominada “la liberta... dura”.

“El cantor de las cosas nuestras”

Presionado por los “libertadores” y para conservar el pellejo, el contralmirante Alberto Tessaire, ex vicepresidente de Perón, se presta al montaje de una farsa en la que actúa como gran acusador del líder derrocado. De él se comentaba que sabía “navegar entre dos aguas” y por esa razón fue apodado “el hombre anfibio”.

En 1955, Tessaire hace agua y se hunde. El 4 de octubre, el nacionalista Juan Carlos Goyeneche, secretario de Difusión del nuevo régimen, convoca a periodistas a la exhibición de una película de 12 minutos en la que el ex vicepresidente lee “espontáneamente” un documento acusador de siete páginas, destinado a desprestigiar al “tirano prófugo”. La puesta en escena recuerda los procesos amañados de José Stalin en la Unión Soviética o la inquietante novela 1984, del escritor británico George Orwell. Después, el cortometraje con su “confesión” se exhibe en todos los cines antes de la proyección de las películas.

Cuando la prensa divulga las declaraciones de Tessaire, la revista De Frente, dirigida por John William Cooke, publica un comentario titulado: “El asco ya tiene nombre y apellido”. Los peronistas le endilgan al locuaz marino el apodo de “Antonio Tormo”, un músico popular conocido como “el cantor de las cosas nuestras”. En el lenguaje carcelario, “cantar” equivale a confesar.

“El Ratón de la Rotonda

Mientras fue vicepresidente, Tessaire tuvo bajo sus órdenes a un periodista de confianza: Bernardo Neustadt. En un documento del 19 de noviembre de 1952, bajo el clásico sello justicialista consta que “el ciudadano Neustadt Bernardo, matrícula individual Nº 4.232.285, clase 1925, es afiliado al Partido Peronista”. El contralmirante lo utilizaba para tareas más o menos delicadas, como por ejemplo solicitar contribuciones económicas a algunos empresarios o entregar dinero de manera no oficial a la Alianza Libertadora Nacionalista dirigida por Guillermo Patricio Kelly.

De las canchas de fútbol Neustadt pasó al Congreso, donde fue cronista parlamentario de la revista PBT, en la que publicaba diálogos ficticios bajo el seudónimo de El Ratón de la Rotonda. Después, fue secretario privado del almirante Tessaire y, a partir de mayo de 1953, agregó la tarea de jefe de prensa del Consejo Superior Peronista.

En octubre del año siguiente, Neustadt pasó a la secretaría de Asuntos Políticos, donde fue ascendido a Director General de Relaciones con las Organizaciones del Pueblo. Desde ese puesto una vez por mes entregaba discretamente a Kelly un sobre con billetes; la contribución figuraba en los registros contables como “trabajos de recopilación periodística”.

En enero de 1954, cuando el contralmirante Tessaire fue designado candidato a vicepresidente, el ubicuo Neustadt halagó a su patrón con el siguiente comentario en PBT: “Es lo que la gente de la calle quería. Un auténtico peronista. El dueño de la ‘sobriedad política’... El contralmirante Tessaire surge, por gravitación de su prestigio, para ser elevado a un rango excepcional”. Pero la predicción del Ratón de la Rotonda y la ley de gravedad fallaron: nunca más se supo nada del ex vicepresidente devenido en cantante a capella.

Medio siglo más tarde, Neustadt tendrá un sitio web ,a href="www.bernardoneustadt.org" target="_blank">www.bernardoneustadt.org. Allí, recordará sus 60 años de periodismo y contará la historia de otra manera:

“El 7 de octubre de 1954 por decreto del Poder Ejecutivo se me designó Secretario General y Director General de Relaciones con las Organizaciones del Pueblo. Apenas empecé a ejercer el cargo tuve que lidiar con funcionarios que se negaban a aceptar un independiente trabajando dentro del gobierno. A los dos meses empezaron a plantearme que no podía seguir trabajando sin mi carnet de afiliación. Me negué a alinearme al justicialismo: me echaron y la secretaria se disolvió. Antes de irme me di el gusto de presentar un esquema completo sobre el funcionamiento de las Organizaciones del Pueblo y la nómina de tres millones de personas que a pesar de estar inscriptas se quedaron con las ganas. Cuando me fui de la Casa Rosada juré que nunca más la volvería a pisar en calidad de funcionario”.

Fogata en Diagonal Norte

La carrera política del periodista nacido en Rumania, que se acercaba a los 30 años de edad, fue interrumpida abruptamente por el golpe militar de septiembre de 1955. El abogado Carlos Alejandro Infante, fundador de Radio Rivadavia y propietario del diario El Mundo a partir de 1964, publicó en 1987 una extensa carta de lectores que reprodujo Jorge Fernández Díaz, autor de la biografía de Bernardo Neustadt:

“Yo lo conocía del año 50 o 52 cuando era secretario del almirante Tessaire y solía visitar a empresarios para recabar fondos para el Partido Peronista, deslizando lo conveniente que tal cosa era. (...) Entrevisté al almirante Tessaire... y desmintió que él hubiera autorizado tales gestiones”. Infante tenía sus oficinas en las esquinas de Diagonal Norte y Moreno, casualmente frente al local donde Neustadt atendía la jefatura de prensa del Consejo Superior Peronista.

“Cuando la derrota de Perón era inevitable, el señor Neustadt comenzó a retirar, en camiones, biblioratos sacados de sus oficinas, cuyo contenido ignoro, pero que debían ser importantes por la preocupación que le generaban”, comenta Infante. “Como el trámite era lento, comenzaron a arrojar los documentos desde el quinto, sexto y séptimo piso a la vereda, donde procedían a quemarlos”. A Neustadt lo encerraron dos días en la comisaría de la Cámara de Senadores y luego lo trasladaron a la Penitenciaría Nacional.

Risa y lástima

Luego del golpe de septiembre de 1955, el decreto 017119 del gobierno de Santa Fe exoneró a Neustadt de un puesto en la Dirección General de Prensa y Difusión. Según el interventor de la “revolución libertadora”, el nombrado cobraba un sueldo en la administración provincial pero “no prestaba servicios en forma normal”. Décadas más tarde, se inventaría una palabra para los que no trabajan pero pasan por caja una vez por mes: “ñoqui”.

Neustadt cambió rápidamente de bando y se pasó a los vencedores. En El hombre que se inventó a sí mismo, Carlos Infante relata que en uno de los tribunales montados a toda prisa por la “revolución libertadora” volvió a ver al ex asalariado de Tessaire. Asegura que lo encontró llorando ante un empleado de tercera categoría de la mesa de entradas y que “la cómica y ridícula situación le provocó risa y lástima”.

- No le llore a este chico, que es un pinche -cuenta Infante que le dijo a Neustadt- . Llórele al secretario o a alguno de los jueces de la Junta.

- Es cierto -respondió el otro y dejó de lagrimear. El ex jefe de prensa peronista solicitó audiencia con uno de los magistrados y a los pocos minutos entró al despacho. “El dirá cómo y por qué medios arregló la situación”, dice Infante.

Un hombre de mirada huidiza

Es posible que en ese momento Bernardo Neustadt inaugurara el zigzagueante estilo político y periodístico que lo caracterizará durante el resto de su vida. Una de sus primeras tareas al servicio de la “revolución libertadora” es armar los voluminosos expedientes para las comisiones investigadoras del gobierno derrocado y clasificar las extensas declaraciones de los detenidos, después de interrogatorios que duraban horas.

Muchos de los vencidos se sorprenden al ver al antiguo protegido del almirante Alberto Tessaire trabajando diligentemente para los nuevos jefes. Un puntilloso dentista de San Andrés de Giles, Héctor José Cámpora, ex presidente de la Cámara de Diputados y ex colaborador incondicional de Eva Perón, soporta interminables preguntas antes de que los inquisidores lo envíen a una prisión del desolado extremo sur del país.

Cámpora le comentará años después al periodista Miguel Bonasso que se había sorprendido al ver al afanoso Neustadt entre los vencedores. El ex Ratón de la Rotonda, dijo, tenía la mirada huidiza. El súbitamente antiperonista Neustadt tiene mucho trabajo clasificando expedientes y acumulando pruebas amañadas contra sus antiguos patrones. Y se esmera para agradar a su nuevo jefe: Próspero Germán Fernández Albariños, un profesor de escuela secundaria que se hace llamar “capitán Gandi” (así, sin h).

Este capitán civil de historieta es el brazo derecho de uno de verdad, el capitán de navío Aldo Luis Molinari, subjefe de la Policía Federal. Muchos años más tarde, mientras Carlos Saúl Menem gobierna Argentina y el ya añejo Ratón de la Rotonda es uno de sus más entusiastas apologistas, el empresario Alejandro Romay, ex director de Canal 9, declara al semanario Noticias: “Neustadt ha sido la voz oficial de todos los gobiernos durante los primeros tres años. ¿Usted recuerda alguna vez que no haya sido oficialista durante los primeros tres años de todos los gobiernos?”.

Roberto Bardini
Este artículo fue publicado el 15 de septiembre de 2003


© (2003) Roberto Bardini
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Gentileza Bambú Press.

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