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HERRAMIENTAS

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Secretos
Por Lic. Laura Inés Etcharren
Publicado digitalmente: 16 de agosto de 2006
Cuando los individuos que componen esta sociedad se empeñan en guardar bajo llave que son consumistas indiscutidos de programas cholulos.

El ejemplo de Bailando por un sueño

Cuando los famosos mediáticos son los principales protagonistas de un programa, los mismos, son absolutamente comentados.
Y si hay escándalos, el comentario se incrementa aún más.
Porque los televidentes disfrutan de las banalidades y grotescos que la televisión ofrece. De ahí, que Bailando por un sueño -segmento del programa Show Match- tenga tanto rating y vaya de boca en boca.
No obstante, algunos individuos evitan poner en evidencia su condición de consumidores de programas de chimentos, ya que entienden que eso los ubica en una condición de inferioridad.
La realidad es, que la mayoría de las personas siempre están enteradas de lo que ha pasado en este tipo de programas.
Tanto es así, que todos saben el escándalo que se produjo en Bailando por un sueño entre el travesti Florencia de la V y la bailarina Laura Fidalgo.
Un programa que iba grabado pero que por un punto más de rating no se limitó a editar la parte de la pelea. De éste grotesco, se habló en todos lados.
Quienes no pudieron verlo en el programa mismo, lo vieron en los programas que levantaron la escena.
Otros dicen que lo saben porque se lo contó la vecina; se lo transmitió una amiga al pasar, o el compañero de oficina.
También alegan que lo escucharon mientras esperaban el colectivo, o que se lo dijo el conductor de un taxi que estaba escuchando un programa de radio.
Todos lo saben y muchos lo niegan. Eso es, una típica costumbre de la sociedad argentina.
La gente tiende a ocultar su sentimiento de pertenencia para con cierto programa por el temor al qué dirán.
Viven como sujetos sujetados a prejuicios sin sentido por la supuesta condena social, cuando lo cierto es, que nada tiene que ver el intelecto con este tipo de elecciones, puesto que las mismas, vienen dadas desde otro lugar del sujeto.
Son elecciones visuales y auditivas que escapan a cualquier tipo de lineamiento racional.
Y mirar, no quiere decir admirar.
A veces uno se queda frente al televisor perplejo de lo qué allí sucede y es por eso que no hace zapping. Pasar por un canal de televisión y escuchar como dos "vedettes" se pelean por quien le robó la tanga a la otra es una situación un tanto “bizarra.”
Puede vérselo como lamentable, pero de una tanga robada al igual que de un programa como Bailando, se hacen días y hasta semanas de programas.
Por lo cual, no enterarte, es prácticamente imposible.
Con mayor o menor profundidad, uno termina conociendo el A B C del conflicto.
Ocurre que el juego de la televisión tiene mucho que ver con el tema del enganche y el divulgue.
De cómo atrapar al televidente para que no cambie de canal y se quede frente al televisor viendo miles de situaciones disparatadas.
Es por eso, que la producción de Show Match no editó la pelea.
La misma, al competir con la ficción “Montecristo”, era un condimento más para ganar.
Y en la televisión todo suma, al tiempo que todo se diluye. En el caso de estos programas, nada es en serio y nada es serio.
Por ende, que sea un secreto su consumo, no tiene mucho sentido.
Volviendo entonces a Bailando, nos encontramos con que los sueños son reales. A esos sueños de gente común los acompaña un famoso que, en el caso de la segunda edición, son mucho más mediáticos que los de la primera.
Se monta una escenografía glamorosa. Una orquesta y un vestuario acorde al ritmo a bailar.
Y los famosos, en su mayoría más preocupados por lucir divinos que por el sueño, hacen sus monólogos. Además, claro está, de pelearse con el jurado y pasearse por todos los programas de la tarde, fundamentalmente, cuando han sido nominados o eliminados.
Con todo esto, Bailando por un sueño devino en Bailando por un escándalo.
Un segmento de egos.
Una hoguera de vanidades que desvirtúa el sueño pero que sin lugar a duda entretiene.
Y es tanto el show montado por los famosos, que a la hora de votar, la gente, ya no lo hace por el sueño sino por el famoso que le atrae.
Si bailan bien o mal, ya es un dato menor.
El señor Gino Renni es el ejemplo de la poca gracia y menor ritmo.
Así y todo, la gente, quiere que se quede.
Aunque también se dice que los votos están arreglados y que sólo se pelea por un puesto para llegar a la final, dado que la señora Moria Casan ya está decretada como una de las finalistas.
Eso dicen...
Ahora bien, por lo general, tienden a mirarse programas que están de moda.
Principalmente si los mismos carecen de rigurosa concentración. Y negamos que los consumimos porque somos una sociedad negadora.
Porque vivimos de las apariencias y no queremos reconocer que todos, hasta la persona más paqueterrima, tiene una doña Rosa o Porota en su interior.
Vivir las veinticuatro horas del día en el rol de intelectual que intenta analizar todas y cada una de las cosas pretendiendo encontrar un trasfondo de suma complejidad, encierra un grado de inseguridad que implica un desconocimiento absoluto acerca de cuál es el papel del intelectual en la sociedad.
Encontramos también a la gente que lo ve pero dice que no lo ve.
No por ser intelectual niega, sino por padecer la soberbia de estar más allá de todo.
Ocultan algo banal e inocente. Se sienten más cool, o tal vez, más excéntricos.
Así vivimos, así somos y si no modificamos ciertas malas costumbres, así moriremos.
Porque hoy negamos esto pero mañana y también ahora, negamos cosas peores.
Comprender que la superación del ser no parte de la negación, es un paso fundamental para la construcción de una sociedad sin simulacros.
Internalizar que la televisión es un juego. Negocio perverso y redituable, es avanzar en el camino de la certeza.
Que educación bien entendida parte del hogar con el complemento de instrucción en la escuela. Y que la televisión queda como lo que es: Un instrumento que forma parte de los elementos que componen el hogar que se enciende, tan fácilmente, como se apaga.
Hacerse cargo es uno de los primeros pasos.
El amarillismo existe y existirá porque hay gente que lo consume. De lo contrario, no existiría.
Las sociedades, aunque lo nieguen, son perversas y morbosas. Por ejemplo, no es creíble que nunca nadie se haya quedado mirando las imágenes sensacionalistas de Crónica TV ante algún crimen, secuestro, toma de rehenes o accidentes.
Por lo tanto, mirar esos programas debe dejar de ser un secreto para pasar a ser algo más, de las tantas cosas que se hacen en la cotidianeidad.

Laura Inés Etcharren


© Laura Inés Etcharren
Todos los derechos reservados.
Para reproducir citar la fuente.
Especial para Investigaciones Rodolfo Walsh
Ver otros artículos de la autora en http://lauraetcharren.blogspot.com/

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