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HERRAMIENTAS

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Triste, solitario y final

UCR
Había una vez
Por Gabriel Martin
Publicado digitalmente: 30 de agosto de 2006

Hace mucho tiempo en una tierra no lejana, había una vez un partido político que se jactaba de ser la opción de poder al peronismo.

Erase una vez un partido centenario, fundado por Leandro N. Alem, que llegó al poder por vez primera con Hipólito Yrigoyen, quien fuera el único presidente radical que gobernara para el pueblo entre 1916-1922. Luego, comenzaría el derrotero que afectaría no sólo al radicalismo sino a la democracia argentina.

En 1928 el pueblo vuelve a elegir al “Peludo” Don Hipólito, porque justamente gracias a él, la “chusma” popular ingresó a la escena política. Argentina quería ser Argentina y tanto desde la política y la cultura se pensaba un país independiente, con ideas forjadas por Jauretche, Scalabrini, Homero Manzi y otros patriotas. La oligarquía vacuna los derrocó en 1930, iniciando el período en que el partido de Alem, nunca más terminaría un mandato.

A partir de entonces, el ridículo. La UCR gobernó el país cuatro veces más. Dejando de lado las bases de Alem e Yrigoyen, en 1945 se encolumnó junto a la embajada de los Estados Unidos en una cruzada contra el naciente peronismo, en defensa de la oligarquía, transformándose en un partido conservador y con una minoritaria línea popular, que en ese entonces se pasó a las filas peronistas, especialmente aquellos intelectuales de FORJA, mentores de las tres banderas de la Independencia Económica, Soberanía Política y Justicia Social.

Tras la Revolución Libertadora que derrocara violentamente a Perón, la UCR permaneció inmutable. Oscar Alende, que entonces era de la UCR, formó parte de la Junta Consultiva de Pedro Eugenio Aramburu, en un pseudo aristocrático poder legislativo que legitimaba al poder dictatorial. En el aura de la fusiladota, la UCR aportó además a Miguel Angel Zabala Ortiz, secretario de Raúl Alfonsín en su presidencia, y único civil que participó de los bombardeos a la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, quien se arrogara haber sido el que arrojó la última bomba en la huída hacia el Uruguay.

Además, la UCR legitimaba a la naciente dictadura pro estadounidense, con otros dos dirgentes que asesoraban al gobierno: Juan Gauna y Oscar López Serrot.

Roque Carranza, emblema del radicalismo, volvía a salir a la luz, luego de cometer tres atentados terroristas el 15 de abril de 1953, haciendo detonar dos bombas mientras Perón daba un discurso, una de ellas en la estación Plaza de Mayo de la línea A de subterráneos, dejando como saldo seis muertos, 19 mutilados y otros 93 heridos que simplemente viajaban. Todo el espíritu democrático y progresista de la UCR.

El ingeniero Carranza, fue detenido el 11 de mayo, pero con Lonardi, lo único que tuvo de Libertadora fue darle la amnistía a este criminal en junio de 1955. Luego, cuando aquella dictadura hace una “apertura democrática”, el desarrollista Frondizi gana las elecciones. El peronismo estaba proscripto por decreto, pero la democrática UCR no le interesó: fue a unas elecciones en las que ganaría seguro, aunque con cuatro millones de votos. La constante debilidad de Frondizi, tutelado por los militares, lo hicieron dimitir en 1962, cuando asume provisionalmente José María Guido y se convoca nuevamente a unas elecciones, con el partido mayoritario proscripto, cosa que a la democrática UCR de cara a sus intenciones de hegemonismo, no cuestionó, y Arturo Illía, de la facción UCRP (Unión Cívica Radical del Pueblo), comandada por el ultraconservador y derechista Ricardo Balbín, llegó a la presidencia en las elecciones del 7 de julio de 1963 con apenas el 25.15 por ciento de los votos.

Illía duraría tres años nada más. Ni a él ni a Frondizi les importó que el pueblo no pudiera expresarse con la participación de todos los partidos. No obstante, todos los años observamos las odas que Clarín publica sobre estos dos grandes hombres probos y “honestos”.

Luego, la UCR debería esperar a 1983 para volver al poder, de la mano de Raúl Alfonsín, quien al igual que Néstor Kirchner, intentó fundar el “tercer movimiento histórico” de la mano de la Coordinadora encabezada por el Coti Nosiglia, Marcelo y Adolfo Stubrin, Leopoldo Moreau y Federico Storani, entre otros. Tenía toda la “caja” para la práctica de la cooptación de dirigentes y compra de voluntades, pero en aquel entonces, la infante Elisa Carrió no se oponía ni se escandalizaba por la corrupción de la Aduana de Del Conte y la virtual entrega de Ezeiza a un tal Alfredo Yabrán.

Pese al masivo apoyo popular que tuvo Alfonsín, el gen timorato del radicalismo lo hizo retroceder en la única bandera que pretende levantar. Efectivamente, durante ese gobierno se le inició el juicio a las Juntas por terrorismo de Estado y los jefes fueron laxamente condenados, pero bastaron dos taconazos de las botas militares para que presionara al Poder Legislativo para que rápidamente promulgara las leyes de Obediencia Debida y Punto Final (a los juicios), acompañada por otra presión sobre el Poder Judicial para que no cuestionara esas leyes de impunidad, acompañadas por el “Felices Pascuas” y “La casa está en orden”. Y se fue, además, en un caos económico conspirado por las corporaciones. Pero lo que no conspiró el empresariado fue que Alfonsín duplicara la deuda externa, que no sólo no hizo investigar por la fraudulenta toma de deudas de la Dictadura 1976-1983, sino que la legitimó por completo.

Para variar, Alfonsín no terminó su mandato. El peronismo jugó fuerte en esto, pero no le quita responsabilidad a la inoperatividad de Alfonsín y compañía. Antes de entregarle el poder antes de tiempo a Belcebú Menem, el ekeko diabólico riojano, pactó por la “gobernabilidad” los indultos que efectivamente refrendaría Menem. La UCR ya estaba herida de muerte y comenzó su tormentoso camino hacia la extinción, tal como los dinosaurios sucumbieron a la glaciación. Alfonsín demostró que no basta solamente con la Democracia para comer, educar y curar.

El ala izquierda progresista del gobierno alfonsinista, encabezada por Rodolfo Terragno, impulsaba las privatizaciones que el peronismo acusaba de traición, para luego votarlas juntos en la década del ’90. Alfonsín, no obstante, se erigió como figura de la gobernabilidad y comenzó la UCR a perder carácter de partido político. Fue en nombre de esa gobernabilidad que la UCR, de la mano de la ingeniería de Alfonsín, entregó la reelección y la Corte Suprema, a cambio de ampliar el Senado. Para los flojos de memoria, las provincias elegían dos senadores para el ganador de los comicios, y la UCR, que todavía tenía presencia nacional, lograba colar un senador y así tener presencia en el Congreso y mantener una cuota de “caja” que permitiera reproducir su política. Para enfrentar a Menem la UCR lanzó a Eduardo Angeloz, quien luego sería conocido en Córdoba por el apodo de “aloe vera”, ya que la Justicia le encontraba cada día nuevas propiedades. Ingresando al terreno de la especulación, Angeloz proponía lo mismo que Menem, de hecho los une un pasado común: ambos “son” abogados, pero nadie los vio pisar la Universidad de Córdoba...salvo entre ellos.

Desde entones, la UCR comenzó a dejar de gobernar para intentar subsitir. En 1995, cuando el voto cuota-convertibilidad le dio la reelección a la Rata Riojana, el Frepaso se impuso como segunda fuerza política y el centenario partido retrocedió al tercer casillero, Horacio Masaccessi (radical menemista) fue el candidato del probo radicalismo que terminó condenado a prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por el robo de dinero del Banco Central. Parecía que ya en la Cruz, le llegaba la hora de la lanza debajo de las costillas.

Pero no terminó ahí. Alfonsín, Terragno y Storani comenzaron a tejer puentes con el extinto Frepaso y coordinar una alianza con Chacho Alvarez y Graciela Fernández Meijide, para una “nueva política”. De allí salió el engendro de la Alianza, catapultando al gris Fernando De la Rúa, un ultraconservador balbinista, a la presidencia de la Nación en 1999.

El supuesto dialoguismo del gobierno delarruista manejado desde las agencias de marketing, no dejó de lado el avasallamiento de las instituciones: la Corte Suprema menemista se mantuvo intacta beneficiando en cada juicio a las privatizadas que seguían controladamente el descontrol del saqueo, Machinea y Domingo Cavallo hicieron crecer la Deuda Externa en casi 100.000 millones de dólares, los niveles de desocupación, pobreza e indigencia se dispararon aún más que ante el impensable record menemista, y a pedido de las grandes corporaciones y el Fondo Monetario Internacional, modificó leyes para las que se valió de los sobornos a Senadores con dinero del Poder Judicial, gran parte de este salido de la SIDE dirigida por el correligionario y amigo personal de De la Rúa, Fernando de Santibañes.

En noviembre de 2001 comenzó la eclosión de la desmembrada Alianza y De la Rúa se lanzó al vacío cuando defendió contra viento y a Domingo Cavallo. El peronismo no ayudó, es cierto. Pero es incuestionable que De la Rúa cayó por inútil.

Alfonsín gestualizó una defensa, pero se aprestó para la siguiente movida. Una vez que Adolfo Rodríguez Sáa estuvo en la presidencia, se emblocó en el Frente Bonaerense, compuesto por el dueto Duhalde-Alfonsín, y con Eduardo Camaño el ex mandatario radical tegió el golpe interno que llevaría a Duhalde a la presidencia en nombre de la “gobernabilidad”.

Este hecho fracturó al radicalismo. La derecha se fue con Ricardo López Murphy, y los fervorosos creyentes se subieron al arca de la salvación siguiendo a la Gran Maestre Elisa Carrió. En el 2003, el radicalismo presentó a Leopoldo Moreau como candidato a presidente ante un también fracturado Partido Justicialista. El radicalismo terminó a la cola con un insignificante 2 por ciento. A partir de entonces, lo que era “de hecho” se convirtió “de derecho”: la UCR se transformó en una Organización No Gubernamental.

A las dos escisiones que sufriera durante el delarruismo, ahora Alfonsín, ya un Cid Campeador político, pero que no gana ninguna batalla, decidió armar un emprendimiento de fábrica de vicepresidentes: se baraja que el vicepresidente de Kirchner sea radical, y que el vice de Lavagna también sea radical.

De este modo, la ONG-UCR se encamina a una nueva ruptura tras las otras rupturas: por un lado están los llamados “Radicales K”, que se encolumnaron en el kirchnerismo y el Frente para la Victoria para mantener sus feudos y seguir recibiendo el ducto de dinero del Poder Ejecutivo; como minoría étnica figuran los “Radicales Puros”, encabezados por Margarita Stolbizer y el capocómico Nito Artaza que quieren sostener el escudo a como de lugar; y luego comandados por Alfonsín y Federico Storani están los “Radicales L”, que acordaron con Duhalde el lanzamiento de Lavagna a la presidencia y apretaron el fin de semana pasado al resto del partido con expulsar a todos aquellos que no acaten la orden orgánica de apoyar la candidatura del peronista y ex ministro de Duhalde y Kirchner, Roberto Lavagna, que un día antes del Congreso de Rosario, iniciado el pasado viernes, se mostrara en el temático restaurante “El General”, dedicado a Perón, cantando la marcha peronista y rodeado del duhaldismo residual, con Camaño y el empresario Francisco De Narváez. Es decir, Lavagna les mojó la oreja, y con tal de figurar en las encuestas con una intención de voto de al menos el 7 por ciento, Alfonsín y el radicalismo oficial (Radicales L), disfrutan de la humedad de sus tímpanos, pretendiendo que llueve, sin hacerse cargo que la crisis de representatividad de los partidos políticos, les está haciendo pagar la factura de la “gobernabilidad” honesta que pregonan, y que jamás practicaron.

Gabriel Martin
Periodista,
Buenos Aires, 28 de agosto de 2006.


© (2006) Gabriel Martin
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