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HERRAMIENTAS

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Condena macabra
Por José Luis Zamora
Publicado digitalmente: 30 de noviembre de 2006

(IRW-Bariloche/Río Negro)¿Hasta cuándo vamos a seguir sosteniendo, como sociedad toda, que no sabemos quién o quiénes han secuestrado, haciéndolo “desaparecer” en nuestras propias narices, a Jorge Julio López?

Si seguimos, a esta altura del hecho, en ese camino de argumentación, estamos “cocinados” como una sociedad seria que se precie de serlo, que, además, parecía por sobre todas las cosas haber aprendido de las terribles experiencias pasadas en la nefasta noche de la dictadura militar o terrorismo de Estado, y que no se había olvidado del prometido “nunca más”. Un prioritario estandarte de libertad democrática que lleva por estas horas, nada menos, que veintitrés difíciles años. Un “nunca más” sin olvido ni perdón, por la Memoria, por la Verdad y por la Justicia.

Se me podrá argumentar que no es nada este tiempo transcurrido, que es un soplo en la vida institucional de un país, y quien sabe qué peroratas más, pero, a esos les respondo que son suficientes para darse cuenta que por lo pronto nada ha cambiado, que el “aparato” genocida no ha sido desarticulado. Nada más lejos de ello. Pruebas al canto.

Pueden reunirse cuando y como se les venga en ganas, reivindicando la “guerra sucia”. Saben que por ello el precio a pagar no es nada comparado con seguir sosteniendo “la ideología”. Apenas, si se quiere y se piensa bien, poco es, los ya consabidos (y esperados) algunos días de arresto domiciliario y luego sobre lo actuado, el más que pronto olvido de la maratónica sociedad argentina, ávida en el ejercicio de engullir cada día la noticia que viene, la próxima, pero la más sensacionalista. Mas, en donde “ellos” quieren, “la marca” ya quedó. Los nuevos “cuadros” castrenses saben muy bien de qué se trató y de qué se trata para el futuro... el mensaje dejado en esas dos oportunidades.

Porque, hablando de “mensajes”, ¿Qué más clara demostración de impunidad y relativo poder del que se animó a demostrar uno de los genocidas más grandes del Ejército Argentino, Bignone, cuando por carta, llamó a los jóvenes “a terminar el trabajo que ellos no habían podido o sabido concluir”?

¿Qué de la “organización” impulsada por Pando y sus chicas (alguna de la noche vip) que amparándose en la consigna del respeto a “Dios, Patria y Familia” propiciaba principalmente el olvido a perpetuidad con un borrón y cuenta nueva?

¿Qué de la tranquilidad que goza el “cuervo” Astiz en sus oficinas personales en el cuarto piso del Hospital Militar, en donde atiende a gente de “la patota”, siendo esto público, notorio y lo que es más grave, comprobable, por si, además, todo esfuerzo por ser, ya no parecer, resultara poco?

¿Qué de la tranquilidad con que se reúnen los procesados y condenados, entre ellos Etchecolatz y su chofer personal, (y otros más de 50 represores) en la cárcel en la que se encuentra cumpliendo su condena? ¿Quién puede suponer que “no deliberan" y hasta planean estrategias a futuro?

¿Qué de las amenazas con las que constantemente se intimidan a los próximos testigos de los juicios a los responsables de violaciones de lesa humanidad?

Y dado que son múltiples estos hechos, no estaría tan seguro que se trata de “una minoría”, dado que es muy amplio el radio de acción en el que operan (todo el país) y la logística requiere, sin lugar a dudas, de muchos hombres como así también de una importante capacidad económica que esta mafia en su conjunto posee y lo pone al “servicio” de la intimidación y de viejos y nuevos intereses mesiánicos, claros enemigos de la democracia.

No es que se quiera insistir, con algunos ejemplos de impunidad, en que el “cáncer” se encuentra enquistado solamente en las Fuerzas Armadas. No, también en las policías provinciales o sea en todo el país, acaso, ¿apareció el cadáver de Miguel Brú? ; pensemos ahora en la Federal, que no es justamente la excepción, ni la mejor policía del mundo como nos quisieron hacer creer miles de veces. Porque, ¿Y los cientos de casos de gatillo fácil y de torturas denunciadas y comprobadas a lo largo de todos estos años de democracia? ¿De qué estaríamos hablando sino del accionar con espíritu de cuerpo de toda una fuerza de seguridad que actúa en beneficio, primero, propio, y luego para la “corona” de turno y la “mafia castrense”?

Le llega, asimismo, el turno a los diferentes Servicios Penitenciarios, que a lo largo y a lo ancho del territorio nacional se han cansado de “quemar” presos, para en definitiva, descomprimir la población carcelaria y borrar evidencias de abusos u otros delitos como el abandono de personas enfermas y otras tan graves como dudosos “suicidios” nunca comprobados como tal.

¿Es o no seguir con la misma “escuela” del terrorismo de Estado de aquellos años?

En el Servicio de Inteligencia del Estado, más conocido por S.I.D.E, las guerras internas siguen a la orden del día, como en los mejores tiempos. Quien logra tener acceso a la “información” tiene el poder. Y poder, en este caso, significa apriete. Y apriete, más poder. A ello, debemos sumarle los “antiguos cuadros” de espías que no han sido desarticulados (ni se piensa en ello). En definitiva, actúan dos posiciones: “los padres” que sostienen (y sostendrán hasta las últimas consecuencias) el aparato represivo que les da de comer y “los blandos”, que estancados en un cuello de botella, responden a parte del poder político, sin mayores consecuencias ni peligro para los primeros.

Por ende, ¿Podemos seguir afirmando que ignoramos qué pudo haber pasado con López o, mejor y más claro todavía, de qué “sector” represivo y mafioso es cautivo?

Ya lo dijo la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, línea fundadora, quien como todos sabemos, sufrió un atentado con armas de fuego contra su domicilio el 20 de diciembre de 2002: “El no encontrar un cuerpo, es una especie de condena macabra para la sociedad también”. Sepamos escucharla, porque aquella vez, esta misma sociedad no lo hizo, y el precio fue demasiado caro. Demasiado... para que esto siga siendo y, hallamos bajado cobardemente el estandarte del “nunca más”, como sometiéndonos una condena macabra para toda una sociedad que no atina a reaccionar por miedo o indiferencia. Sería imperdonable.

José Luis Zamora
Periodista
San Carlos de Bariloche, 30 de noviembre de 2006.


© (2006) José Luis Zamora
Todos los derechos reservados.
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