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HERRAMIENTAS

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¿Voto a presidente o a gerente?

La hora de Robespierre
Por Gabriel Martin
Publicado digitalmente: 3 de diciembre de 2006
“Remember the golden rule,
who has the gold, makes the rules”

El sistema democrático caducó. Tal como conocemos la concepción del término político en la modernidad, de la democracia burguesa parida en la Revolución Francesa, hoy es un sistema tan caduco para los países periféricos como recibieron también la fecha de vencimiento el feudalismo, las coronas y la monarquía absolutista.

La democracia burguesa –capitalista, claro está- es sólo un lujo para los países centrales y sostenido en Latinoamérica con la misma consistencia en que se exporta la “democracia” a Irak hoy en día, desde la boca de los fusiles y tanques estadounidenses.

¿A quién sirve la democracia hoy en día? Hace décadas, la democracia era defendida en nuestro país hasta con la sangre en contra de las represiones dictatoriales, concebida sólo como un sistema de gobierno al servicio de los intereses populares.

A mayor grado de desarrollo democrático, mayor educación y toma de conciencia social en defensa de la misma, en un círculo de retroalimentación en beneficio de todos.

Pero hoy la realidad es diametralmente opuesta. Un continente sumido en la indigencia, la violencia social y la inundación de drogas baratas son el resultado del plan de brutalización del hombre impuesto por un pequeño círculo de personajes que detentan el poder.

Todavía, en el imaginario colectivo está el ideario del eterno retorno, de que una democracia popular que reparta la torta como corresponde, como cantaban los republicanos españoles, “que la tortilla se de vuelta, para que los pobres coman pan, y los ricos coman mierda”.

¿Es posible que esto acontezca? Jamás, dentro de los marcos conocidos. Chávez llegó democráticamente a la presidencia venezolana, pero subvierte el orden de la correlación de fuerzas entre el capital concentrado y el Estado de Venezuela.

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David Rockefeller en un descanso del pasado encuentro Bildelberg

Todos los años en algún lugar sin revelar del mundo se reúne el grupo más selecto de la crema mundial para planificar el reparto del mundo. Este grupo “informal” conocido como el Club Bildelberg, para darnos una idea del poderío económico y político que tienen, controlan a la propia CIA, imparten órdenes a la OTAN para que cree cuerpos especiales de reacción a desplegar en zonas de riesgo, como Irak, y manejan a los medios de información más importantes de cada país, inclusive a los supuestamente independientes Washington Post y New York Times. ¿Tenemos que pensar qué hacen en países como los nuestros?

También, anualmente vemos por televisión las noticias del encuentro del Foro de Davos, donde concurren a Suiza una crema no tan pura de los más poderosos del mundo. Impura porque allí están los nuevos ricos, que no se codean con Rothschild en el Bildelberg.

Y, para sintetizar, también está la reunión anual del G-8 donde se lleva adelante una cumbre entre los presidentes de las democracias más poderosas del mundo (Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Japón y Rusia).

Los movimientistas del “contrapoder”, seguidores de falsos profetas como Negri y Holloway, concurren de a miles para protestar a la hora en que los ocho muñecos se ponen en fila para la foto protocolar.

Lo que nadie quiere ver, nadie quiere informar, es que durante los cuatro meses previos al encuentro del G-8, los presidentes y gerentes de las máximas corporaciones de cada país se reúnen con los responsables gubernamentales de la economía estatal, y luego estos ministros de economía se juntan previamente al copetín presidencial. Para hacerlo bien simple: los presidentes de los países más ricos sólo hablan por boca de las corporaciones que les imparten las órdenes y los sostienen en el poder.

Como prueba basta un botón. Un ignoto gobernador de Arkansas fue convidado a un encuentro del Club Bildelberg y pasó a ser dos veces presidente de los Estados Unidos: Bill Clinton. Digamos que Arkansas tiene tanta influencia en el PBI estadounidense como La Rioja en Argentina. Entonces, ¿a quien respondía Clinton?

Ocurre lo mismo en la “máxima” democracia del “mundo libre”. Poco le importa a Bush y a su gabinete el endeudamiento público y la muerte de miles de estadounidenses mientras sigan fluyendo litros de petróleo iraquí y gas afgano. En definitiva, los marines allí muertos son fundamentalmente hispanos, negros, y blancos con educación básica. Los que ordenan allí son las grandes corporaciones, como ocurre en el mundo entero.

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"Guacho, subis el barril a 100 dolares"

Aquí vemos como Kirchner responde a los intereses de Repsol y demás petroleras entregándoles subsidios y demás incentivos. La realidad es que unas 500 personas controlan el 52 por ciento del producto bruto del mundo entero.

A la hora de negociar, ¿Quién tiene más poder? ¿Kirchner o Bill Gates? El monopolista informático dispone en su cajero automático de todo el producto bruto interno que genera la Argentina en un año. Solo tiene que pasar por ventanilla y pedir que le den cambio.

El húngaro-estadounidense, George Soros, que ahora apetece de la leche Sancor, hizo quebrar durante el gobierno de John Major, al Banco Central de Inglaterra, provocando una corrida que desplomó a la libra esterlina, hoy la moneda más fuerte del planeta por encima del euro. Ya desde los años sesenta, las corporaciones hacían sentir el rigor: la guerra de Vietnam fue prolongada sólo para rescatar a las ramas de producción armamentística de Bell (teléfonos, pero también helicópteros), General Motors (autos y…tanques), General Dynamics (de General Electric) que proveía de aviones caza al gobierno estadounidense. Apenas son tres de las decenas de empresas beneficiadas con semejante barbarie, que hicieron llegar a Lyndon Jhonson a la presidencia de Estados Unidos luego de que un “loco suelto” (que era de la CIA) lograra con una bala hacerle ocho agujeros a Kennedy.

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Bill Gates, figurita de todos los Foros de Davos

Cuando en nuestro continente la democracia podía estar, en contadas ocasiones, para el bien popular, los mismos gobernantes, llamados populistas, debían enfrentar a oligarquías patricias, con sus raíces únicamente en el país y ante la correlación de fuerzas estas debían al menos, ceder.

Desde el neoliberalismo de comienzos de los ’70, y la exportación de capital desde los países centrales a la periferia que comenzaba a endeudarse, las oligarquías fueron reemplazadas por el capital extranjero, primero, también de oligarquías de países centrales, y ahora ya ni siquiera esto. En la mayoría de los casos ni se sabe quién está detrás de la montaña de dinero. Lo cierto es que ahora si vez a la montaña venir hacia ti, corré rápido, no seas boludo.

“La fuerza de la política emana de la punta de un fusil”, dijo Mao en plena revolución China, escribiendo en oro una máxima. Los bolcheviques tomaron el Palacio de Invierno y acabaron con la semilla real para la toma del poder, luego degenerado pero con una Unión Soviética diametralmente opuesta a la opresión zarista de una Rusia ahora controlada por la mafia de la ex KGB.

Es obvio que ningún sistema de gobierno es perfecto. Pero entonces ¿por qué no se cuestiona a la democracia? “La democracia es el más justo de los sistemas que tenemos” dice el latiguillo, para hacerla blindada. Cuestionar, vale la aclaración para cualquier despistado, no quiere decir apoyar a las dictaduras genocidas, cipayas y entreguistas que tuvo Argentina y el resto de Sudamérica.

Pero mientras más se desarrolló la democracia participativa en Argentina, menos referéndums populares. De hecho, la única consulta popular que se hizo fue al comienzo del gobierno de Raúl Alfonsín sobre si Argentina debía ceder el Canal de Beagle o ir a la guerra con Chile. No hubo referendo alguno sobre las leyes de Obediencia Debida, Punto Final, Indulto, privatizaciones, toma de deuda, o cancelación de deuda como hizo Kirchner hace poco.

Con la democracia, creemos, se come, se educa, se cura y se participa. Cuando no es más que una pantomima de ir a poner un papel en una urna cada determinada cantidad de meses para cambiar todo para que todo siga igual.

Ya no tenemos convertibilidad 1 a 1, ni las valijas de Amira Yoma, aparentemente tampoco hay “yabranes”, ni hijos presidenciales; pero mientras el “crecimiento” bate récords históricos, el reparto de la riqueza en la Argentina es el más desigual de la historia. Y lo mismo acontece en el Brasil de Lula, la chile de la socialista Bachellet y en la Uruguay pseudorevolucionaria de Tabaré Vázquez, marioneta de apenas dos empresas papeleras de segunda línea que son capaces de romper el supuesto Mercosur y movilizar al ejército uruguayo hacia la frontera con Argentina, luego que un periódico “independiente” de Estados Unidos les diera motivos suficientes al decir que una mujer de Gualeguaychú iba a inmolarse contra Botnia como un muyaidín palestino.

La democracia tal como la conocemos, en los países periféricos, en su estadío actual debe ser como mínimo replanteada, cuestionada y debatida. Miles de latinoamericanos dieron la vida por la democracia ante las dictaduras. Ahora la democracia no es garantía de defensa de los derechos populares sino todo lo contrario, los controla en beneficio del capital concentrado. Como dicen los mexicanos, “¿Quién gobierna, Fox o Coca Cola?”, aludiendo a que el ex presidente era gerente de la empresa yanqui.

Por eso es la hora de un Robespierre, parido de las villas, barrios y favelas de la América Latina desangrada.

Gabriel Martin
Periodista
Buenos Aires, 3 de noviembre de 2006.


© (2006) Gabriel Martin
Todos los derechos reservados.
Para reproducir citar la fuente.

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