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HERRAMIENTAS

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Sólo lloran Henry y Maggie
Por Gabriel Martin
Publicado digitalmente: 10 de diciembre de 2006

Dicen los que cuentas que vieron a una protestante rezar al teléfono con un judío, pidiendo por la salvación del alma de un viejo y querido amigo de hace demasiado tiempo.

Dicen los que dicen, que en su rostro de hierro cayó una lágrima de desconsuelo mientras su amigo Henry, recordaba con triste angustia aquellos años más felices.

Las cosas no cambiaron tanto desde entonces, pero un amigo es un amigo, y el hueco de su ausencia nadie lo puede ocupar. Ya, geronte y cenil, estuvo a punto de partir al más allá. Pero esta vez parece que no se salva. Henry y Maggie lo lloran, lo extrañan, porque no sólo fue un gran amigo que estuvo en las horas que lo necesitaron, sino que su lealtad fue inquebrantable a lo largo de su vida.

Para ellos fue un presidente ejemplar, así lo recordaran ambos. Maggie quiso nombrarlo Sir, pero la máxima victoriana dice que lo más importante es aparentar la honestidad, y su majestad Elizabeth II le negó el honor, pese a haber prestado servicios para Inglaterra en guerra.

Henry, en cambio, fue más pragmático y agradeció los servicios prestados llevando inversiones para el “desarrollo” del país, que luego derivaron en “atenciones” de las empresas a cuentas secretas en Suiza y Estados Unidos.

Y bueno, el hombre tenía sus tentaciones. Recién ahora, hace bien poco, se manchó su buen nombre.

Sí, había sido dictador y gobernó con mano férrea, pero no había robado. Luego aparecieron decenas de cuentas secretas y ya no era tan puro.

Pero los amigos no juzgan, al contrario. Un día, el dictador fue detenido cuando fue a pasear por Londres, cruzando el Atlántico años después que sus aviones se dirigieran al Pacífico para arrojar los cuerpos de más de 1000 desaparecidos. Y los amigos se ven en las malas: Maggie movió todos sus hilos para blindar al anciano amigo y hacerlo pasar por médicos que curiosamente le encontraron “demencia senil”, aunque a su retorno a la patria por el forjada a sangre y fuego, diera una conferencia de prensa.

Así y todo, el augusto amigo de Henry y Maggie, no se consideró nunca un dictador. De hecho, explicaba a la prensa internacional que la Justicia funcionaba con total libertad y hasta le revocaban decretos. Otros miles, tenían revocado el derecho a vivir en su país y tuvieron que iniciar un forzado exilio.

Como a tantos, el fin justificaba los medios, y para colmo, un Cóndor sobrevolaba los Andes. Un tipo había llegado a la presidencia y había que hacer lo necesario para frenar el ingreso del comunismo a un país occidental y cristiano. No importaba si había que bombardear la casa de gobierno y matar al presidente. Fue un 11 de septiembre, y Bin Laden recién gateaba en Arabia.

Convirtió a su país en un modelo, mediático, a imitar. Fue un visionario: lo que Argentina, Perú, Brasil y Uruguay vivieron en los ’90, él ya lo tenía claro en los albores de los ’70, y tres años más tarde Henry le dio el título honoris causa. Todo sea por la prosperidad, aunque sea apenas del 6 por ciento de la población, y más de la mitad viviera, hasta el día de hoy, en la pobreza.

Aún hoy en día, se habla en los medios del milagro del “modelo chileno”. Marco Antonio, su hijo, declaró luego que el domingo pasado ingresara al Hospital Militar de Santiago de Chile con un severo infarto que lo tiene contra las cuerdas, que “papá está en manos de Dios”, aunque siempre caminó toda su vida de la mano del Diablo.

Encabezó el sangriento golpe de estado contra el Presidente Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973, violó la Constitución y todas las normas democráticas y es culpable de violaciones de derechos humanos, crímenes de lesa humanidad y delitos de corrupción. Algunos ya piden que su entierro sea con todos los honores de un General Militar y también de ex mandatario que recuerdan los años dorados de su gobierno 1973-1990, aunque siguió en el poder tras unas sombras no tan oscuras.

Si hay algo cierto, es que Augusto Pinochet no está en manos de Dios, y apenas debemos conformarnos con la suave justicia del tiempo que a todos nos llega y lo deposite en su morada final, aunque nadie sabe, porque como se sabe, yerba mala nunca muere. Nadie se desgarra las vestiduras por él, salvo sus seguidores. Margaret Thatcher, Maggie, reza en una iglesia anglicana por él, tan fiel amigo que prestara su país a los británicos como base en la guerra de las Malvinas.

Henry Kissinger, pide por su salvación en una sinagoga de Nueva York, mientras recuerda entre amigos cuando le ordenaba dar el ataque contra el gobierno, pidiendo la muerte de Allende, mientras había hecho desplegar una cuadrilla de buques de guerra norteamericanos del Pacífico Sur para apoyar a su amigo, alzado en armas para salvar a Chile del marxismo. Hoy ya no rezan más. Maggie sólo atinó a decir: "Estoy muy apenada".

Todos estuvieron pendientes de que acontecería con su miserable vida, que nunca debió tener y finalizó de una vez, pese a algún milagro satánico lo mantuvo respirando unos días más.

Pero a Pinochet, con toda certeza, lo lloran Henry y Maggie, junto a su familia, porque en realidad, son parte de la misma.

Gabriel Martin
Periodista
Buenos Aires, 10 de diciembre de 2006.



© (2006) Gabriel Martin
Todos los derechos reservados.
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