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HERRAMIENTAS

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Los días en que la Historia ocupó la calle
Por Hugo Presman
Publicado digitalmente: 2 de enero de 2007

El país marchaba hacia el precipicio. El modelo de rentabilidad financiera, apertura indiscriminada, política anti-industrial privatizaciones obscenas, demolición de la legislación laboral, estado en retirada, con su viga maestra, la convertibilidad, estallaba en manos de un presidente autista que incumplía todas las promesas, menos una: con él, un peso seguiría siempre valiendo un dólar.

El proyecto implementado el 1 de abril de 1991, era el intento más serio de liquidar el modelo de sustitución de importaciones jaqueado y atacado desde septiembre de 1955. La resistencia de los sectores sociales que lo integraban habían soportado hasta la política de arrasamiento del Plan Martínez de Hoz implementado mediante el terrorismo de estado. Los sectores populares habían padecido desde la hiperinflación al terror. La penetración de las ideas neoliberales que exaltaban al mercado como deidad distribuidora y arrinconaba al Estado a la tarea de levantarle la mano a los ganadores mientras subsidiaba a los poderosos, fueron abonando el terreno para el menemismo.

El modelo tenía 59 años, nueve más que el primario exportador al que sustituyó, aquel de la pretendida arcadía rural que iniciado en 1880 sucumbió en la crisis de 1930.

La “modernidad” se levantaba sobre un gigantesco cementerio sin tumbas.

El esquema de valorización financiera asoció en su época de esplendor a los extremos de la pirámide social, que junto a extensas franjas de clase media “compro” el ingreso al primer mundo, la fortaleza de un sistema bancario basado en la ilusión del empate monetario.

El sueño terminó en 1998, cuando la recesión se inició. La devaluación de Brasil, en enero de 1999, inició el tiempo de descuento.

Menem concluyó su década infame dejando una bomba neutrónica.

La inercia impedía ver los nubarrones.

Se profundizó el endeudamiento.

La Alianza unía las debilidades discursivas del “progresismo” con el quietismo visceral de los sectores más conservadores de los radicales. Asumieron con la bandera de la ética que enterraron en la infame ley de la flexibilización laboral. Álvarez, que conocía la necesidad de romper con la soga al cuello de la convertibilidad, decidió convertirse en un inclaudicable defensor del suicidio. Su alejamiento a lo Hamlet, rompió la endeble estructura política. La profunda derrota del gobierno en las elecciones de octubre del 2000, con un notable ausentismo y votos invalidados, anticipaban el futuro.

Domingo Cavallo, con un apoyó social mayoritario y con el impulso de Chacho Álvarez, volvió al ministerio de economía, con el mendaz argumento que el que había creado el problema, era el capacitado para resolverlo.

La fuga de capitales realizada por los grandes ganadores de la década, financiada por los organismos internacionales, dejó el país en cesación de pagos.

Endeudamiento y vaciamiento, una receta explosiva.

El corralito intento retener las monedas. La plata grande se había fugado

Los bancos, las catedrales del Dios mercado, se mostraron insolventes.

El hambre atravesaba los barrios pobres del conurbano, de la Capital Federal, del gran Rosario, de buena parte de la geografía nacional.

Los fieles que dejaron sus ahorros en las catedrales del modelo se sintieron defraudados en la religión económica en que habían confiado y se enfurecieron.

Hambre y desocupación abajo, ahorros congelados en los sectores medios, desmoronamiento en las creencias compradas, horizonte desvanecido, seguridad evaporada, incertidumbre generalizada, futuro hipotecado, caída vertiginosa en la escalera social.

Fragmentación política, implosión de las representaciones, descreimiento profundo en la política.

El terreno estaba preparado. Sólo faltaba el fósforo que incendiara la pradera. Los saqueos en la Provincia de Buenos Aires, el discurso del Presidente De la Rúa anunciando el estado de sitio, actuaron de detonantes.

La historia dejó las veredas y empezó a caminar por las avenidas.

Los pies escriben la Historia

Como convocados por un llamado implícito, miles y miles de compatriotas ocuparon las calles y se dirigieron a Plaza de Mayo.

La ciudad fue tomada.

Las ollas fueron la música para los pies.

Un profundo desprecio hacia la política y los políticos se mezclaba con el humo de los neumáticos incendiados.

Sólo una consigna unificaba a la multitud: “ Que se vayan todos”

La renuncia de Cavallo fue el momento culminante de la jornada.

La clase media protagonizaba esa noche del 19 de diciembre su 17 de octubre.

Al día siguiente, la plaza cambió su composición social. Sectores plebeyos y franjas militantes confrontaron con una bestial represión ordenada por el gobierno para desalojar la plaza de Mayo. Sólo el vacío, el espacio desierto, garantizaba para el presidente, la gobernabilidad. Había hecho del aislamiento un ejercicio. El vacío y soledad lo acompañarían en su fuga en helicóptero. En su conciencia quedarán 37 muertos. La justicia no lo alcanzará. Ante la jueza afirmó: “No vi. televisión en todo el día ni tampoco me asomé al ventanal de la Casa de Gobierno, estaba absorbido por la crisis institucional. La Cámara confirmó la falta de mérito que dictó la jueza Servini de Cubría, bajo el argumento de “que no está probado que De la Rúa estuviera la tanto de lo que pasaba en las calles”.

Un razonamiento surrealista.

Tarde, muy tarde fueron los intentos finales de negociar con el peronismo, de que Eduardo Duhalde fuera jefe de gabinete, o que Julio María Sanguinetti, el ex presidente uruguayo y Felipe González, ex jefe del gobierno español fueran los garantes de una tregua política y social. Esto explica la insólita presencia del dirigente español en la Casa de Gobierno en la que se encontró con De la Rúa, como último acto político, luego de irse en helicóptero el día anterior, saliendo por los techos de la Casa Rosada.

Luego vinieron tres presidentes y dos encargados del Poder Ejecutivo en una semana. Rodríguez Saá proclamó la cesación de pagos en el Congreso, aplaudido por muchos de los mismos que consintieron parte del endeudamiento.

Eduardo Duhalde, el derrotado en las elecciones de 1999, senador desde diciembre del 2001, asumió la presidencia.

La devaluación fue la llave y la estrategia. Se produjo una gigantesca distribución de ingresos. Muchos triunfadores volvieron a ganar. Los cartoneros y familias revolviendo los tachos de basura fueron postales del estallido de la crisis más profunda de la historia argentina

Empezó una etapa hacía la salida, acelerada por el asesinato de dos militantes sociales, Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. La economía empezó a crecer, se volvieron abrir algunas fábricas, las economías regionales que vegetaban se recuperaron. Pero como decía Chesterton, eso, eso es otra historia.

Fotos Amarillas

Asambleas barriales, cartoneros, piqueteros y clase media intercambiando experiencias bajo la consigna “la lucha es una sola”. Ahorristas destrozando bancos. El trueque como alternativa económica. Comedores en la calle. Vecinos intentando en democracia directa resolver problemas. Dos millones de planes jefes y jefas de hogar. Fábricas recuperadas por sus obreros, ante la huida de sus antiguos dueños. La restricción a la circulación monetaria es sustituida por bonos que hacen la función de papel moneda.

De todo el mundo se arrimaban cineastas, sociólogos, analistas para observar el inmenso taller de forja de un país descendido al séptimo círculo del infierno.

Miserias competitivas, jóvenes militantes que confundieron las Asambleas con los Soviet, vecinos bien intencionados que empiezan a sentir la fatiga de la compasión. La recuperación económica, el reintegro de los ahorros, merman, erosionan la alianza plebeya forjada en las calles.

Los pies vuelven a transitar por las veredas.

Las ollas volvieron a la cocina.

Los piquetes se separaron de las cacerolas.

Franjas importantes de clase media, alejadas ahora del abismo de la pobreza, prefieren que le oculten la miseria que padecen millones de argentinos.

El 19 y 20 de diciembre se eclipsa, pero su gigantesca energía atraviesa el país y se propaga por América Latina.

Lo que el lustro no se llevó

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La fuga de Fernando De la Ruina

Carente de estructura, con un profundo rasgo antipolítico, el 19 y 20 de diciembre es un hito como límite y advertencia.

Careció de un beneficiario político directo como el 17 de octubre o las sólidas organizaciones sindicales , políticas y universitarias como el cordobazo. Este último no se realizó como el primero en nombre de Perón, pero las energías sociales desatadas confluyeron para concretar lo que por entonces era un imposible: el regreso del líder exiliado.

Los idus de diciembre no podían lograr una victoria, pero si oxigenar y cambiar el lenguaje político. Fue el rugido de un país, según la psicoanalista Silvia Bleichmar.

Los aspectos positivos del gobierno de Kirchner, los resultados de las elecciones de Misiones hubieran sido imposibles sin estos días históricos.

Es preciso señalar que las facetas contradictorias y dialécticas del 19 y 20 de diciembre se proyectó a las elecciones del 27 de abril del 2003, donde en primera vuelta el 41% votó por los emblemas de la debacle como Menem y López Murphy. El viento de aquellas jornadas se iba a cristalizar en el ballotage abortado, donde el repudio a la larga noche infame se estimaba alcanzaría a un 80%.

Si se quiere analizar un hecho de esta magnitud, desmenuzando sólo y aisladamente los móviles mezquinos que confluyeron, los ahorristas timados, algunos saqueos inducidos, se omite que todo fresco histórico tiene una suma de ingredientes en que los ideales y los intereses económicos se entrelazan promiscuamente. En ese caso se incurre en la humorada de Borges mirando un partido de fútbol. Sólo se aprecian 22 jugadores corriendo tras una pelota.

El 19 y 20 de diciembre fue un NO estruendoso. Una oxigenación del aire viciado por la extensa década de menemismo y delarruismo. Un clivaje sobre el cual se puede identificar las movilizaciones posteriores con sus desmesuras, de los familiares de Cromañon a los asambleístas de Gualeguaychú.

Recorre el mismo camino la reivindicación del papel del estado, hoy reclamado incluso hipócritamente por quienes lo desguasaron y se lo llevaron a la casa.

“El temor a la presencia latente de la movilización y las protestas populares, según el politólogo Edgardo Mocca, han jugado y juegan un enorme papel en nuestra vida política”

En definitiva, se produjo un viraje en que conviven la continuidad y la ruptura con la década del noventa.

Sólo la creciente participación popular, puede acentuar la ruptura sobre la continuidad. En esa difícil convivencia están exteriorizados los matices, los claros oscuros de los días en que la historia ocupó la calle.

Hugo Presman
Periodista
Buenos Aires, 21 de diciembre de 2006.


© (2006) Hugo Presman
Todos los derechos reservados.
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