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HERRAMIENTAS

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Entrevista a Mónica Sánchez Lázaro
"El plan de Lula contra el hambre no pasó del papel"
Por Núria Navarro
Publicado digitalmente: 21 de diciembre de 2004
La autora de ’Memorias del Mato Grosso’ no ve salida a los desesperados de Brasil.

Sánchez Lázaro se internó en el Mato Grosso para digitalizar el archivo del obispo Pere Casaldàliga y el Mato Grosso la subyugó. Fue tomando notas, las puso febrilmente en orden y moldeó un libro de travesía que ha ganado el Premio Grandes Viajeros 2004 de Ediciones B.

— ¿Al Mato Grosso?
— Sí. Al acabar Periodismo sentí la necesidad de irme muy lejos. Mi vida aquí ya no me servía. Quería una experiencia que me sacudiera por dentro. Unos colaboradores de Pere Casaldàliga me ofrecieron ir al Mato Grosso y acepté, aun sin saber ubicarlo en el mapa de Brasil.

— Aceptó una empresa bien rara, en plan Fitzcarraldo...
— Fui a digitalizar el archivo de Casaldàliga, que constituye la memoria histórica de la región. Trabajaba con los escáneres en una casa en la que merodeaban todo tipo de anfibios, murciélagos, viudas negras.

— El primer impacto fue conradiano.
— Llegué a Sao Félix do Araguaia después de 36 horas en autobús. A medida que me adentraba en el centro del país me pareció un mundo viscoso. Anochecía a las seis y hacía un calor asfixiante. Y no me relacionaba con nadie. Tardé dos meses en asimilar. Parecía mudita, en un rincón, observando. Pero había decidido resistir. Me ayudó la escritura, que es otra forma de resistencia.

— ¿Qué le permitió adueñarse del espacio?
— El poder ir con alguien a tomar algo a un chiringuito del río, pero también la música brasileña. Llevo un año en España y no he conseguido escuchar otra música.

— Dejó de ser la joven urbana y agnóstica que decía ser.
— Antes creía que Dios era inasequible al entendimiento humano, pero he descubierto que eso era una estupidez. A Dios no hay que entenderlo. Brasil me ha ayudado a ser menos racionalista. Es un país de sensaciones. No es un mundo cartesiano. Y dejé que eso me empapara. Me quité la costra de inhibición. Ahora sé que no hay que comprenderlo todo.

— Casaldàliga debió ayudar.
— ¡Es de una coherencia total! Tiene dos pantalones y dos camisas que él mismo lava. Va con unas chanclas gastadas. Sólo escribe con un boli Bic ("la única multinacional que acepto", dice). Y su cuarto es el único de la casa que no tiene puerta. A veces impone. Su afectividad es comedida y su humor, socarrón, muy catalán.

— ¿Le ha ganado para la causa?
— Llegó un momento en que me preocuparon los indios karajá. Quería entender por qué se gastan cada real en alcohol, acumulan basura y conviven con perros enfermos de manera promiscua.

— ¿Alguna conclusión?
— Me parece chocante la existencia de un órgano gubernamental de protección al indio. Me impresionó muchísimo los carteles de los bares que decían: "Prohibido la venta de alcohol a menores de 16 años y a indios". Les consideran menores de edad. Alguien me explicó que asimilaban mal el alcohol y que incluso uno acababa de asesinar a su mujer de una pedrada. Y yo le respondí que nosotros, eventualmente, asesinamos a nuestros cónyuges.

— ¿Lula no ha logrado mejorar la situación?
— Yo asistí al triunfo de Lula entre lulistas. Pasé de ver a personas esperanzadas a, en sólo dos meses, ver a los históricos de PT darse cuenta de que Lula no iba a poder hacer lo prometido. El Proyecto Hambre Cero nunca pasó del papel. Se quedó en un eslogan. Hubo alguna intención, pero no matará el hambre de los 50 millones de desamparados.

— Usted ha mitigado la suya. El jurado del premio le ha lanzado flores.
— Sí. Sus elogios me abruman. Me dijeron que, pese a hablar de cosas muy crudas, lo hago sin herir la dignidad de las personas, sin juzgar. Dijeron que no salgo en la foto.

— Ya la veo volviendo a por más material literario.
— Brasil ha marcado un antes y un después. Ha sido una experiencia muy nutritiva. Ya no puedo resignarme a vivir sin Brasil. En el 2006 me gustaría trabajar en un programa de ayuda en Río de Janeiro.

— Sabe qué es la saudade, ¿eh?
— Es una manera de resistir el desarraigo. Pero la mía es una saudade dulce, que me lleva a tener un recuerdo feliz, y que no tiene que ver con la melancolía de Baudelaire, Benjamin, Adorno o Sábato. Para mí la saudade es un negro de Bahía cantando una samba.

— ¿Ese anillo negro que se le enrosca en el dedo le ata a aquello?
— Me ata al paisaje y a Casaldàliga. Cuando fue consagrado obispo, en 1971, Roma le mandó el anillo de oro y piedras. Él lo rechazó y se puso el anillo que hacen los indígenas karajá. La gente que se identifica con su compromiso lleva ese anillo y las chanclas de goma brasileñas.


El Periódico de Catalunya - 7 de diciembre de 2004
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