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HERRAMIENTAS

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La incomprensible doble moral estadounidense
Por Jorge Santibáñez Romellón
Publicado digitalmente: 21 de diciembre de 2004

El pasado 10 de diciembre Bernard Kirk, propuesto por el presidente Bush para hacerse cargo del poderoso Departamento de Seguridad Interna, presentó su renuncia a un cargo que oficialmente ni siquiera había ocupado, el cual surgió a consecuencia de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y cuyas funciones más importantes son la vigilancia de las fronteras, y evitar el ingreso y estancia en el país vecino de emigrantes indocumentados. La razón o, por lo menos, una de las más importantes, según el dicho de Kirk, fue que se dio cuenta de que hacía unos meses una empleada indocumentada había trabajado en su domicilio. No es ésta la primera ocasión que algo así ocurre. Al mismo Bush ya le había pasado con otra secretaría de Estado y al presidente Clinton le ocurrió por lo menos en tres o cuatro ocasiones, también con funcionarios de ese nivel.

El asunto pone en la mesa dos asuntos que quisiera compartir con ustedes: la doble moral de nuestros vecinos y la percepción que se tiene de la migración indocumentada.

En Estados Unidos residen casi 12 millones de trabajadores indocumentados, es decir, poco más de cuatro de cada 100 personas que viven en ese país, y seis de cada 100 trabajadores son indocumentados. Sorprenderse de que una trabajadora doméstica sea indocumentada raya en lo inverosímil, pero que, además de eso, el hecho tenga repercusiones del tamaño descrito, llega a lo absurdo.

En Estados Unidos los jóvenes de 18 años pueden ir a la guerra, pero no tomar cerveza en un bar. La sociedad estadunidense, el Senado o el propio presidente no despiden a un secretario de la Defensa en cuya administración se cometieron (y grabaron) atrocidades y violaciones de todo tipo con prisioneros iraquíes. Religen a un presidente que casi reconoce haberles mentido o, por lo menos, haberse equivocado, en las razones que lo llevaron a declararle la guerra a Irak y provocar con ello miles de muertes tanto de iraquíes como de estadunidenses, y un presidente estuvo a punto de dejar de serlo por un acto de infidelidad matrimonial no declarado (como si existieran los que sí se declaran).

No sólo es que no comparta la moral de nuestros vecinos, sino que aún no entiendo cómo una sociedad que permite, tolera y hasta propicia estas acciones y contradicciones se dice sorprendida y ofendida porque alguien contrató a un indocumentado. Estuvieron a punto de elegir presidente a un candidato que declaró haber consumido drogas ilícitas, pero no ratificarían a un funcionario que contrató a una indocumentada. Con esa moral, por ejemplo, no deberían consumir prácticamente en ningún restaurante, ya que en casi todos trabajan o han trabajado inmigrantes indocumentados.

Tampoco podrían consumir alimento alguno, pues en la cosecha, procesamiento, distribución o venta de cualquier alimento que circula en Estados Unidos está presente la mano de obra indocumentada, y al consumir dichos alimentos se está dando empleo a indocumentados. No podrían habitar ninguna de sus viviendas, ya que todas fueron construidas con mano de obra indocumentada. Así, en la renuncia del casi secretario de Estado o nos mienten y las verdaderas razones son otras -algo que parece poco probable-, o la doble moral de nuestros vecinos verdaderamente les permite todo.

La segunda lectura que debemos derivar del hecho descrito es el papel que se da a la presencia indocumentada en Estados Unidos, equivalente -en síntesis- a un delito, no a una realidad social o laboral, y pensar que ese gobierno, ese Senado que no hubiera ratificado a un funcionario de alto nivel porque contrató temporalmente, en su casa, a una indocumentada, es el mismo que va a promover un acuerdo migratorio con México, va a regularizar a esos millones de indocumentados que viven y trabajan en ese país, va a pensar en sus derechos o va a vigilar la frontera de otra forma para que no sigan falleciendo en su intento de cruce indocumentado es, en el mejor de los casos, ingenuo.

Hay por lo menos dos lecciones: la primera es que resulta importante e impostergable que hagamos nuestra tarea frente al tema migratorio, por la sencilla razón de que ellos no la van a hacer por nosotros ni nos van a ayudar a hacerla, y la segunda es que si realmente queremos obtener algo de nuestros vecinos en este espinoso tema o en otros, en vez de juzgarlos, alejarnos de ellos o burlarnos, debemos hacer un esfuerzo por conocerlos mejor, entender mejor la lógica desde la cual reaccionan, aunque no la compartamos.


* El autor es presidente de El Colegio de la Frontera Norte
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