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HERRAMIENTAS

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¿Redistribución de la riqueza?
Y todo sigue igual
Por Gabriel Martin
Publicado digitalmente: 27 de diciembre de 2004
Los índices macroeconómicos, como en la fatídica década de los ’90 que el gobierno de Kirchner dice haber puesto bajo una lápida, siguen mostrando un índice positivo, mientras abajo, al igual que en el plan Martínez de Hoz-Cavallo (1976-2001) sigue cayendo como avión con las turbinas en llamas. Empresas como Repsol-YPF, por citar uno de los oligopolios encolumnados detrás del proyecto patagónico muestran un crecimiento del 40% en un año y el PBI sube al 7%, desde el Gabinete nacional descorchan champagne por la soñada “reactivación”. En determinado punto, no hacen mal en emborracharse luego de la implosión económica y es cierto que se ha dado una mejora en el consumo, pero los índices navideños del mismo dan cuenta de cómo se sigue repartiendo la torta: en los shoppings creció el consumo respecto a la navidad del año pasado en un 30%, mientras que en los comercios del Once (de consumo popular), cayeron el 30%. Esta ecuación cuasi binaria, Lavagna la respondería con que ese porcentaje que compraba regalos a $5 decidió ir por los regalos al recoleto Patio Bullrich. Pero siguiendo la historia, parece una vez más que en un año, los más ricos duplicaron su billetera, mientras que los más pobres vieron mermadas las suyas en casi la mitad. A casi dos años de gobierno, Néstor Kirchner debería preocuparse de la situación de la pobreza del mismo modo en que gesticula para la tribuna contra el Fondo Monetario Internacional. El modelo de acumulación con la potencia central en guerra de ocupación cambió bruscamente. Hasta hace un par de años, las deudas de los países de la región crecían constantemente a la par que recibían préstamos que nunca llegaban en efectivo sino que eran sentados en un libro contable en Washington, como repago de intereses y deuda. Por primera vez desde el cancelamiento del empréstito Baring, la Argentina está poniendo dinero en efectivo en las bóvedas de un avión que aterrizará en el Kennedy Airport de Nueva York. Según el propio INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censo), a noviembre del 2004 el gobierno envió pagos por $32 mil millones de dólares. En tal modelo reacomodado de una Europa sobrevaluada y Estados Unidos con el déficit más grande de la historia, es entendible que Bush y su banda necesiten dinero en efectivo para costear el saqueo en Oriente Medio. Se puede entender entonces que no es casualidad que tanto Argentina como Brasil, los dos mayores deudores del continente, elaboren planes de cancelación de deuda con el FMI. En el caso Argentino, el Estado no movería ni un centavo de las reservas del Banco Central sino del excedente de los presupuestos de 2004 que tuvo cada ministerio, secretaría y todo rincón del Estado nacional y provinciales, superior a los 20 mil millones de dólares. Con este monto, se estima que el Estado podría recomprar al menos el 60% de los bonos en default a precio de ganga, pero todo podría explicarse en parte por la visita de Domingo Felipe Cavallo hace dos meses a la Casa Rosada, la que nadie desmintió (y llamativamente ningún multimedio preguntó, quizá porque se vieron beneficiados por Duhalde en la pesificación de sus deudas), para terminar de anudar la llegada al Banco Central de su otrora “golden boy”, Martín Redrado. Se sabe que el Mingo es amigo de consulta semanal de Néstor Kirchner. ¿No era que se iban todos? Por ahora, lo que se va es el capital producto de un Estado amarrete, que usa lo justo y necesario para que explote todo en llamas, y si se apura a pagarle más todavía al Fondo, no sea cosa que también presenten a Kirchner como gobernante “ejemplar”. Así las cosas, con Cavallo de paseo, Redrado en el BCRA y el afiebrado proyecto de cancelación con el FMI, la única lápida existente pesa sobre el pueblo argentino, y esta “dirigencia de mierda”, a decir de Eduardo Duhalde, baila y zapatea sobre la misma. Una parte del país, la más concentrada, la más oligárquica, crece. La otra sigue rodando barranca abajo. El 44.3% de la población (16.3 millones de almas con nombre, apellido, alma y ya sin sueños) vive por debajo de la línea de la pobreza, mientras que el 17% de la población vive bajo la línea de la indigencia (estos 6.3 millones de humanos ya sin nombre, alma ni atisbo de sueños), es decir, no pueden cubrir sus necesidades más elementales de alimentación. Dentro de estos índices que constan en el INDEC, durante la primer mitad del 2004, el 60% de niños y adolescentes vive en la pobreza, unos 6.1 millones de jóvenes que deberían protagonizar el futuro de la Nación, mientras que 2.6 millones se encuentra indigente. En la Argentina siguen viviendo 4 millones de analfabetos. Más de 20 millones de argentinos, no tiene acceso a la medicina prepaga (parte de la cual deja mucho que desear) ni obra social, por estar desempleado o por tener empleo en negro, y la única alternativa es el derrumbado sistema de salud pública, al cual obligatoriamente deberían concurrir desde el último integrante del Estado hasta el Presidente de la Nación. Es decir, hoy el 55% de la población no tiene cobertura médica, y el gobierno reflotaría la excusa de la nefasta década noventista que tan sólo los encontró rifando acciones de oro, pero en el año de la implosión nacional, los registros del 2001 dan cuenta que era el 48.1% de la población sin acceso a la Salud. Es decir, que desde que se tocó fondo a la fecha del despegue, el 7% de la población quedó al descubierto. En la Argentina post noventista, a causa de bajos ingresos, tiene 6.3 millones de personas subnutridas, de las cuales la mitad puede caer en desnutrición grave. Todos estos datos, por grave que puedan sonar, son los más optimistas dado que los releva el propio Estado. Por ejemplo, uno de los “logros” es el crecimiento del empleo. La tasa de desocupación cayó este año al 14.8% y el subempleo al 15.2%, pero no se computan a los que perciben asistencia social (Plan Jefas y Jefes de Hogar) ni aquellos desempleados que desalentados que ya no buscan trabajo. Y todo aquel argentino que trabaje dos horas por semana, es considerado “trabajador activo”. Es decir, que si el Estado se sincerara por una vez, asumiría que uno de cada dos argentinos (o el 50% en otras palabras) tiene problemas de empleo, está desocupado, subocupado o trabaja en negro (es decir, sin prestaciones de salud y jubilación). Y que el “boom” del Gabinete Nacional que vino a sepultar el saqueo de los ’90, sigue sin aceptar que el 80% de los puestos de trabajo que se crearon con la gestión Kirchner son en negro, y que el ingreso promedio del asalariado es de $590 por mes, siendo un piso de $780 el mínimo indispensable (según el Estado) para que una familia tipo cubra sus necesidades de alimentos y servicios. En la Ciudad de Buenos Aires, el 10% más rico gana 50 veces que el mismo segmento más pobre. A nivel nacional, la brecha entre ricos y pobres subió a 31.7 veces, siendo el 10% más rico del país, el que concentra el 38.6% del PBI. Como siempre, “la riqueza se privatiza, la pobreza se socializa”.
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