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HERRAMIENTAS

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Aníbal Ibarra y la catástrofe
La estupidez sin límites
Por Gabriel Martin
Publicado digitalmente: 5 de enero de 2005

Resulta complicado comprender cuan lejos puede llegar la estupidez humana. Máxime cuando se combinan una serie de factores que no tienen otro destino que el desastre. Es una suma inevitable: falta de educación + inescrúpulo empresarial + incapacidad gobernante = 186 vidas truncadas. Todo esto pasó el jueves 30 de diciembre.

Aunque sea momento de luto, sigue siendo llamativo el comportamiento, ya no de los menores que fueron a disfrutar de una noche festiva, sino de los adultos, madres que dejaban a sus bebés en un baño femenino convertido en improvisada guardería. Algunas pautas evidentemente cambiaron para mal, y esto dicho totalmente apartado de cualquier moralina eclesiástica. El pasado jueves, en República Cromañon había una infinidad de menores de edad, sin control alguno. Y no hay justificativo alguno para que una madre y/o padre deje a su bebé en un baño. Menos aún, que un demente haga del mismo una guardería.

Luego está el villano. El impresentanble “empresario de la noche”, Omar Chabán, que en un local habilitado para 950 personas, metiera a más de 4000 para un recital, en este caso de Callejeros. En una entrevista que le hizo Clarín en diciembre de 2003, este deleznable personaje afirmó que “hay algo perverso del sistema y es que cada tanto revienten muchos jóvenes”. Mayor sincericidio imposible. A confesión de partes, relevo de pruebas.

Dos días antes, en unos de los recitales de Callejeros en Cromañón se habían arrojado 300 bengalas. De milagro no aconteció la tragedia. Según testigos, las bengalas se habrían vendido entre los concurrentes, como parte del decorado que hace al clima del show. En el penúltimo día del 2004, bastó tan sólo una bengala para la tragedia. Los miles de asistentes trataron de escapar con las puertas de emergencias trabadas con candados porque al Sr. Chabán, empresario, quería evitar que se colasen al recital. Obviamente hoy sería lo de menos, pero suponiendo que esas bengalas no las hayan vendido dentro del local, no deja de ser llamativo el hecho en sí. A esta altura debería darse por descontado la venta de alcohol y demás asuntos a los menores, si 300 personas pueden pasar con bengalas y otras pirotecnias cuando en una final de Copa Libertadores a lo sumo pueden verse en las tribunas tres o cuatro. Sumado esto a que el local era un polvorín esperando la chispa, es un milagro que el desastre no haya pasado antes.

Y por último, o primero, la idiotez. El jefe de Gobierno porteño, Aníbal Ibarra., ha salvado milagrosamente su pellejo, físico y político, este último el que más le interesa.

Ibarra es un milagro político de una sociedad inexplicable (la porteña). Mientras la ciudad reventaba la cacerolas y frente al Congreso y Plaza de Mayo se pedía la cabeza de Domingo Cavallo y Fernando De la Rúa, que debió huir en helicóptero en medio de gases, balazos y palos por todas partes, el gobierno de Ibarra insistía con la campaña “Tu perro tu caca”.

De forma inexplicable, en una de las ciudades con mayor ingreso per cápita de América Latina, por lo tanto una de las que más recauda en proporción a sus habitantes, Ibarra fue reelecto sin haber hecho nada, salvo caniles en los parques para pasear perros, siguiendo la gestión delarruista de la ciudad de enrejar todo espacio verde. La ciudad bacheada contará con 5 estaciones nuevas de subte y una línea, la H, en construcción, para cuando finalicen los ocho años de gobierno de Ibarra. La Muralla China se construyó en diez años.

Una de las “cajas” de recaudación turbia, son los inspectores. En un gesto de “limpieza”, Ibarra echó a unos 200 de estos, supuestamente por “corrupción”, pero no los repuso por lo que la ciudad quedó incontrolada por otros tantos de inspectores que permanecieron en sus puestos. A esta falta de inspectores, y a una inexplicable culpa de los bomberos a los que no se les paga ni el teléfono de la estación, Ibarra tira gran parte de las culpas de las muertes de Cromañón.

El máximo responsable por los que hace (o en realidad, no hace) el gobierno porteño fue, es y será, Aníbal Ibarra mientras dure milagrosamente en su cargo. Milagrosamente, porque si bien llamó la atención el silencio del presidente Néstor Kirchner, hubo sobrados gestos de la Casa Rosada para este incompetente Jefe de Gobierno. Si hoy Ibarra percibirá su sueldo como gobernante, es porque Kirchner actuó en silencio para no “fusilarlo” como se apresta todo el arco político opositor de Buenos Aires. El fusilamiento político, es una consecuencia natural, más allá del oportunismo.

Las sogas que la Rosada tiró a Ibarra fueron varias y de lo más efectivas. Kirchner envió al secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde a hacer acto de presencia en la tragedia, el juez de la Corte Suprema Eugenio Zafaroni. Pero especialmente, la orden directa de Aníbal Fernández, ministro del Interior, de que la Policía Federal de lo antes posible. Mientras Chabán, abogados mediante, negociaba una entrega excarcelable, se libró la captura nacional e internacional y a media tarde del viernes fue apresado por la Policía (que cuando quiere, actúa).

No obstante, la cabeza de Ibarra no está exenta de la guillotina. Sobre el pesa la irresponsabilidad del no control del asunto. O, peor aún, de controlar y no hacer nada porque en la mañana de la noche siguiente de la tragedia todos los medios tuvieron acceso al “censo” de que apenas 85 boliches se encuentran en regla sobre unos 360 de la ciudad de Buenos Aires. Más claro imposible: en algún momento se revisaron todos los locales, y apenas menos de un cuarto cumple con las normas elementales de seguridad, y en 6 años de gestión Ibarra no hizo nada. Las 400.000 personas que salen los fines de semana, concurren a lugares riesgosos sin saberlo, aunque la dirigencia de la ciudad lo conozca.

Chabán es culpable de no haber contratado personal de seguridad para que vigile las puertas en vez de encadenarlas, como de contratar a una arquitecta que no habría diseñado las vías de salida de emergencia, y también de no disponer de los detectores de humo y los rociadores de agua cenital. Pero alguien del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires permitió que ese local funcione en esas condiciones.

En semejante cuadro, Ibarra pretende echar culpas a los bomberos, que tuvieron que forzar las puertas sobre una pila de cadáveres asfixiados. Culpa a estos de falta de experiencia pero nada hizo como máximo responsable. Alega que Chabán realizó cambios en la construcción, poniendo material inflamable, pero es responsabilidad del gobierno controlar periódicamente, avise o no el dueño responsable o irresponsable del mismo.

Y la sacó barata Ibarra teniendo en cuenta el estrato de clase de quienes murieron en la tragedia, ya que ninguno es hijo de industrial que va a colegio alemán en la zona norte del GBA. Si esto hubiese ocurrido en Pachá o cualquier otro boliche de “chicos bien”, Ibarra preferiría refugiarse en Bagdad.

Pensar que De la Rúa debió renunciar con 20 muertos. Ibarra lleva 186 y se hace el ofendido.

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