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HERRAMIENTAS

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Nota de Actualidad
Caballo de Troya
Por Hugo Presman
Publicado digitalmente: 16 de enero de 2005

El sistema periódico de elecciones y el ejercicio de algunas libertades civiles iniciados a partir del 30 de Octubre de 1983 fueron posibles por el deterioro que sufrió la coalición económica-militar al exteriorizarse los horrores que se perpetraron en la implementación de un plan criminal para desarticular un modelo económico y reemplazarlo por otro. El otro motivo fue la derrota bélica de la Guerra de Malvinas. También hubo focos de resistencia interna capaces de debilitar y horadar el poder omnímodo pero imposibilitados por si mismos de derrotar a la concentración de fuerzas dominante.

Los militares fueron el brazo ejecutor de los actores económicos y abandonados con posterioridad, parcialmente, cuando fueron justamente juzgados.

El sistema periódico de elecciones y el ejercicio de algunas libertades civiles llevaba en su interior un caballo de Troya. Era la continuidad de las políticas económicas iniciadas el 4 de junio de 1975 con el Rodrigazo y potenciada a partir del 24 de marzo de 1976. Tal vez, con mayor precisión, podría afirmarse que estas fechas implican la intensificación de posiciones ideológicas implícitas, con algunas interrupciones, desde el 16 de septiembre de 1955.

Luego de dos años de una resistencia defensiva, el gobierno de Alfonsín decidió adoptar el pragmatismo coordinador. Los restos del modelo de sustitución de importaciones le estallaron sobre el final de su mandato fomentado por los grupos económicos contratistas que chuparon como garrapatas del Estado al que condujeron a una profunda anemia y una progresiva ineficiencia, con la pasividad y complicidad de varias dirigencias sindicales. La hiperinflación fue su exteriorización y sus efectos traumáticos abonaron el terreno para que la política quedara definitivamente rehén de la economía.

El contexto internacional de implosión del modelo soviético facilitó la propagación del discurso neoliberal. Sobre esa superficie operaron los sectores concentrados que encontraron en la conversión de Carlos Menem, un ejecutor que permitió redondear con intensidad, popularidad y elecciones, las etapas inconclusas del modelo de apertura económica, desindustrialización, privatizaciones, arrasamiento de la legislación laboral, jibarización de las estructuras sindicales y militares, desmembramiento del Estado. No resulta ocioso precisar que casi toda la “renovación peronista” se pasó con entusiasmo al credo “libertador”.

El carácter depredador del modelo implementado, su enorme poder de complicidad y exclusión simultáneo, con la viga maestra de la convertibilidad duró una década que cambió totalmente la estructura social de la Argentina.

El 19 y 20 de diciembre del 2001 representó el quiebre y estallido del modelo de economía abierta. En la explosión se pulverizó el modelo de representación política, los partidos políticos y la política partidaria. La percepción que la política en lugar de ser utilizada para acceder a una relación de fuerzas más favorable para las mayorías era una forma implementada para concentrar la riqueza y enriquecer a los que la posibilitaban, identificando delito y política, se manifestó anárquicamente en la consigna “ que se vayan todos”.

Néstor Kirchner recogió embrionariamente lo que los pies marchando multitudinariamente expresaban y liberó a la política de su cancerbero, la economía.

Se recuperó un mensaje cercano a la sensibilidad de la gente que retornaba de las ilusiones absurdas derrumbadas. El discurso blanqueó a la totalidad de los sectores políticos y las vallas que separaban a los representantes de los representados se fueron desvaneciendo. Volvieron hasta los más conspicuos impresentables, tal vez saboreando una segunda oportunidad que no merecían. Pero como siempre, los que escriben el libreto y se quedan con las grandes ganancias no quedaron en el ojo de la tormenta. Los militares en la dictadura criminal, los políticos en el sistema periódico de elecciones parecen ser los únicos y exclusivos responsables. Y una cuota inmensa de responsabilidad han tenido como ejecutores los militares ayer, los políticos ayer y hoy. Pero como decía Antonio Machado: “Si has dicho media verdad/ dirán que mientes dos veces/ si cuentas la otra verdad”. Y el poder detrás del trono, inspirador intelectual de los crímenes y de la devastación posterior es pocas veces denunciado por el periodismo y alcanzado por las críticas de la población.

Es cierto también que el clima sin ser absolutamente adverso ha cambiado significativamente hacia las privatizadas y los bancos. La prédica a favor de la ausencia del Estado resulta hoy insostenible. Incluso eleva sus lágrimas de cocodrilo Joaquín Morales Sola, nada menos que desde las páginas de La Nación, la tribuna de doctrina que contribuyó con un elevado entusiasmo con aquello de “Achicar el estado, es agrandar la nación”

República de Cromañón

El lento y traumático proceso de zurcir las heridas entre representantes y representados sufrió un nuevo traspié con los ciento noventa muertos de la trágica noche del 30 de diciembre. Cuando suceden acontecimientos como el de la disco se supone que los que deben organizar el salvataje, acudir en apoyo de los afectados son en primer lugar el gobierno local, el nacional con todos sus organismos y los militantes de todos los partidos políticos. Pero si el oficialismo se distrae viendo a quién responsabilizar, la oposición se regodea como las aves de rapiña carroñeras con aprovechar la situación para desplazar al gobierno, los militantes se quedan en su casa mirando la tragedia por televisión y los grupos de izquierda sacan sus banderas y consignas para concurrir a las manifestaciones bajando su discurso impenetrable y revelado y sus análisis acorazados sobre las condiciones prerrevolucionarias, la política se degrada al límite que las víctimas terminan rechazando al mismo tiempo la indiferencia y la bajada de línea.

Si un militante político no es capaz de sentir el dolor del otro como propio, ha equivocado su vocación. Si un político ante la muerte de compatriotas ocurrida por una concatenación de errores que lo implican, mira las encuestas para saber lo que debe hacer o decir, es que el sistema lo ha atrapado al punto de resultarle desconocida su propia imagen cuando la necesidad de mejorar la sociedad lo llevó a ingresar a algo tan noble como debería ser la política. Un corazón sin cerebro es un sentimiento sin rumbo. Pero un cerebro sin corazón es un monstruo.

Basta como ejemplo lo ocurrido en la Legislatura de la Capital Federal. Macri y sectores de izquierda fueron por la cabeza de Ibarra. La responsabilidad del jefe de gobierno es innegable en la vigilancia y control anterior a la tragedia y en la falta de coordinación una vez desatada la catástrofe. Por otra parte resulta éticamente equivocado no concurrir a la Legislatura a dar explicaciones. Tan desubicado como recibir al presidente de la Cámara de Boliches antes que a las víctimas. O tan revelador como la asociación de política y poder. Pero ser funcional a los intereses de Mauricio Macri para ubicarlo en reemplazo de Ibarra resulta tan grotesco como solucionar los problemas de transparencia y seguridad poniendo a un clon de Omar Chabán al frente del ejecutivo de la Capital.

El escritor mejicano Octavio Paz afirmaba: “Las sociedades de libre mercado producen sociedades injustas y muy estúpidas. No creo que la producción y consumo de cosas sea el significado de la vida humana... No podemos reducir nuestras vidas a la economía”

La necesidad de reivindicar una nueva forma de hacer política resulta imprescindible. Por eso resultó conmovedor el discurso de Milcíades Peña. Claro que lo hizo más como familiar de una víctima que como legislador. Dijo: “¿Qué mierda estamos especulando? Decidí entrar a la política a los diez años para cambiar el mundo y de repente me encontré abriendo bolsas con cadáveres de pibes que tenían en el rostro una expresión de horror de la que no me voy a olvidar nunca. Mientras revolvía esas malditas bolsas, sentí vergüenza de mi mismo y creí que de aquél pibe de 10 años ya no quedaba nada, pero luego pensé: lo tengo que recuperar. Si no somos capaces de meter en cana a los hijos de puta de esa ratonera que fue República de Cromañón y a más de un funcionario ¿Como vamos a cambiar el mundo?”

Cuando el político sea el representante de las víctimas, su intérprete para cambiar la relación de fuerzas, la política, los políticos, y los partidos recuperarán un espacio que han cedido como rehenes del poder económico.

La Vida no pasa por los Partidos Políticos

Las madres dando vuelta alrededor de la Pirámide de Mayo, gastando las suelas y el alma, las abuelas emprendiendo su epopeya de recuperación de los nietos tomados como botín de guerra, las madres del dolor, victimas de la represión policial, social y de la delincuencia, los familiares de los asesinados en la AMIA, los de las víctimas del atentado de Río Tercero, Marta Pelloni y los padres y amigos de María Soledad, los familiares de los jóvenes muertos en la discoteca Kheyvis, Juan Carlos Blumberg, las movilizaciones por las chicas asesinadas en Santiago del Estero, las marchas por lo ocurrido en el boliche República de Cromañón, se hicieron sin la participación de los partidos políticos, de los políticos y muchas veces en contra de ellos. Lejos de las tragedias, cerca del consentimiento o de la ejecución de políticas que dejaron afuera a la mitad de la población, los políticos y los partidos políticos principales cabalgaron sobre el Caballo de Troya que fue la continuación de las políticas económicas de la dictadura criminal y sobre la cultura que devino.
Fueron simultáneamente rehenes y victimarios. Hoy están desnudos como malos actores que sobreactúan un dolor que durante tanto tiempo les resultó ajeno. Cada vez que falten a la cita, el denuesto del 19 y 20 de diciembre aparecerá en su camino. Es imprescindible que la política abone el terreno entre representantes y representados. En caso contrario los espasmos sociales no encontrarán el cauce para potenciar su energía transformadora.

El Caballo de Troya y los valores de su cultura, vacío el intento de consolidar una democracia y desprestigió a sus instrumentadores, los políticos, mientras los beneficiarios económicos sonríen detrás de uniformes y urnas, de cadáveres, de guerras pérdidas, de un país devastado.

Como decía el político francés León Blum: “Toda sociedad que pretende asegurar a los hombres la libertad, debe empezar por garantizarles la existencia”.

O nuestro más cercano Nelson Mandela: “Si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan Parlamento”.

No hay que prescindir de la cáscara, sino desarrollar el fruto.

13/01/2005


© Hugo Presman
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