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HERRAMIENTAS

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De la conspiración como política
Por Enrique Lacolla
Publicado digitalmente: 19 de julio de 2007
La manipulación de la opinión y las operaciones encubiertas son hoy factor principal en los desarrollos de la política internacional.

¿Es tan inadecuada, grosera o elemental la interpretación conspirativa de la historia, como quieren hacérnoslo creer? La formulación de la pregunta podría hacer suponer que nosotros contestamos por la afirmativa al interrogante, puesto que estaría insinuando que hay quienes intentan hacernos creer algo para embaucarnos en cierto modo.

No compartimos la creencia vulgar de que todos los desarrollos históricos se cocinan en gabinetes supersecretos. La propensión a imaginar que los desarrollos históricos están presididos por la vigencia de entramados conspirativos que manipulan intrigas y utilizan a los hombres desde una penumbra bajo la cual se concentran fuerzas súper inteligentes y preferiblemente malignas, no es muy resistente al análisis. Las tendencias objetivas del desarrollo histórico surgen de fuentes genuinas y, a la larga, tienen razón de las fuerzas que intentan contenerlas.

Pero, en tiempos como los actuales, cuando se han enturbiado las fuentes del pensamiento crítico y las masas han perdido protagonismo como participantes de movimientos provistos de objetivos e ideología claros, la siempre presente dimensión conspirativa del acontecer se acrece y hoy está convirtiendo al planeta en un acertijo en el cual es preciso casi siempre formular la pregunta latina quid prodest, a quien beneficia, para encontrar algún tipo de orientación en el laberinto.

El libro del historiador brasileño Luiz Alberto Moniz Bandeira, La formación del imperio americano, de reciente aparición, induce a plantear el problema. El libro de Bandeira es un excelentísimo relato de la gestación y configuración del imperio norteamericano desde la guerra contra España en 1898, que significó el punto de partida para la proyección del dinamismo imperialista estadounidense hacia ultramar, hasta el presente. Pero los subterfugios a que ese desarrollo da lugar, ocupan un lugar preponderante en la obra de Bandeira y demuestran de forma categórica la irradiación que tienen el secretismo, la hipocresía y el cinismo en la definición de las coordenadas que gobiernan nuestro tiempo.

En el volumen desfilan, desde luego, hechos y figuras que atañen al mundo entero, dada la irradiación universal que ejerce Estados Unidos, pero el enfoque narrativo se centra en lo operado por el gobierno y los núcleos de poder de esa superpotencia, en el ámbito externo e interno, en competencia con adversarios que, a veces, no vacilan en apelar a expedientes iguales o parecidos para contrarrestar esas operaciones, aunque nunca en semejante escala y con una hipocresía tan arraigada.

Sin tener un propósito deliberado de configurar su ensayo como una inquisición en torno de las intrigas de los servicios de inteligencia, la obra de Moniz Bandeira se nos ofrece como el retrato de una época. Tiempo en el cual la clandestinidad y las operaciones encubiertas se han transformado en los instrumentos favoritos del poder, envueltos en una nube de distracción mediática que convierte a los medios de comunicación en complementos indispensables del accionar de las fuerzas del establishment, conjugadas en una complicada madeja que combina la superestructura visible del Estado con las redes del complejo militar-industrial, con la difusión tentacular de los negocios y con los proyectos estratégicos dirigidos a diseñar el futuro de acuerdo a los intereses de la constelación de poderes predominante.

Un caso emblemático. Entre la multitud de hechos que han venido conformando la historia de nuestros días no es muy fácil sacar el ejemplo más característico de manipulación de la opinión. Sin embargo, desde nuestra óptica, el más grande de ellos por las características que revistió, por la generación de versiones y contra versiones que se produjeron a su alrededor y por el alcance que en definitiva tuvo, fue el ataque japonés a Pearl Harbor.

Incluso la exageración de algunas estimaciones que se hicieron puede perfilarse como parte de un mismo tramado conspirativo, pues esa inflación desmesurada hasta el punto de resultar ridícula pudo ser favorecida por los poderes que fomentaron la intriga, como contraveneno que disiparía las legítimas sospechas que se derivaban de la simple lectura de los hechos que condujeron a esa catástrofe militar norteamericana. El episodio de Pearl Harbor constituyó, como la explosión del acorazado "Maine" en el puerto de La Habana en 1898 o el supuesto ataque de las cañoneras norvietnamitas contra un destructor norteamericano en la bahía de Tonkin o los episodios del 11 de setiembre de 2001, un argumento eficiente para meter a Estados Unidos de cabeza en un conflicto extranjero que sus estamentos dirigentes juzgaban oportuno acometer.

Se ha convertido en una creencia popular que el "autoataque" es una de las formas de la política exterior norteamericana para provocar un casus belli que permita a sus autoridades llevar al país a guerras que la gente no desea. La hipótesis es sólida y cabe rastrearla hasta en los elementos narrativos de mucho cine norteamericano. El mecanismo compensatorio que requiere de un ataque para liberar una pasión "justiciera", en efecto, es recurrente en esas tramas cinematográficas en las cuales nos toca asistir a las provocaciones del o los personajes negativos, soportados al principio con aparente paciencia o con tímido estupor por los personeros de la bondad. Esa continua agresión termina sin embargo suscitando la reacción arrasadora del o los personajes positivos, reacción de la que el público participa con placer, en una suerte de comunión con la violencia liberadora, autojustificada en su carácter aniquilador por la magnitud de la ofensa recibida.

La forma en que se articula este mecanismo en el ámbito de la política exterior norteamericana, no es mucho más sutil que esto. En el caso de Pearl Harbor, que significó el ingreso norteamericano a la segunda guerra, el "traicionero" ataque japonés del 7 de diciembre de 1941 constituyó la flagrante provocación que despertó la ira del pueblo de Estados Unidos y lo llevó unido a un conflicto mundial del cual el escenario del Pacífico era un teatro secundario, pero ideal para utilizarlo como trampolín para abalanzarse a resolver la contradicción principal que desgarraba al mundo en ese momento y que no era otra que la puesta en juego del balance de poder global.

El procedimiento puede ser seguido tomando en cuenta dos factores. Uno de ellos es el hecho de que el presidente Franklin Delano Roosevelt quería llevar a su nación al conflicto, pues percibía la naturaleza mortal y perversa de la amenaza nazi y la oportunidad que daba la guerra para proyectar a Estados Unidos al nivel hegemónico que según su entender y en el de sus asesores le correspondía. El segundo era la necesidad de movilizar psicológicamente una población norteamericana renuente a verse embarcada en una guerra en la cual creía que no se le había perdido nada.

A pesar de las provocaciones que la Unión llevó a cabo contra Alemania durante la batalla del Atlántico, Hitler no mordía el anzuelo y había decidido pasar por alto todas las ofensas, por lo menos hasta que hubiera quedado con las manos libres en el frente ruso. La opción norteamericana para entrar en la guerra contra Alemania era entonces indirecta: había que chocar con su aliado, Japón, cuya guerra de agresión contra China no sólo contrariaba los intereses de Estados Unidos sino que concitaba una gran antipatía de parte de la opinión pública norteamericana, para acceder al choque mayor que las autoridades de Washington querían.

El memorándum McCollum. El expediente para lograr esto fue un crescendo de exigencias a Japón, fríamente deliberadas desde octubre de 1940 a través del llamado memorándum McCollum. El capitán de corbeta Arthur McCollum se encontraba bien preparado para diseñar una política respecto de Japón: había nacido ahí y había aprendido japonés junto con el inglés. Conocía a la perfección la mentalidad japonesa y compuso un plan de acción que fue elevado al presidente. Tenía ocho puntos y concluía con una declaración de embargo económico y comercial con el Japón, simultánea a otra del Imperio Británico. Todos los apartados fueron cumplidos. Como Japón dependía para su defensa de las importaciones de petróleo y mineral de hierro, el paso final del memo, de concretarse y llevarse hasta las últimas consecuencias, representaba un casus belli imposible de ignorar. El último rubro del boletín McCollum se llenó en julio de 1941 y, cuando el ataque a Pearl Harbor se concretó el 7 de diciembre, la Armada nipona había consumido cuatro del total de 18 meses de las reservas de combustible de que disponía.

Una vez lanzado el embargo, la guerra era inevitable. El gobierno y los niveles más altos de las fuerzas armadas lo sabían muy bien, no sólo porque los datos objetivos así lo evidenciaban sino porque el desciframiento de las claves de los japoneses los tenían bien al tanto de sus movimientos y de su decisión de ir a la guerra a principios de diciembre. Sin embargo no se hizo nada para prevenir o anticipar ese ataque; al contrario, se difundieron directivas a las fuerzas en el Pacífico advirtiendo que aunque el ataque nipón era inminente, era importante que la apertura de las hostilidades fuera del enemigo.

Que la incompetencia o el inconcebible descuido de los mandos en las Hawai y las Filipinas haya hecho después más devastador el ataque japonés, no significa que haya existido una "sorpresa". Lo que hubo fue una deliberada provocación que invirtió con habilidad los términos del enfrentamiento. Tal como se lo suele presentar en las películas, el "malo" atacó, proveyendo del pretexto perfecto para desencadenar la ira justiciera del ofendido. El provocado apareció como el provocador, y se hizo merecedor a una respuesta 100 mil veces más poderosa, que culminaría en Hiroshima y Nagasaki.

La manipulación de la realidad y la trama conspirativa que envuelve al mundo es hoy mucho más intrincada que la que existía en 1941. De Randolph Hearst a la CNN, de Joseph Goebbels a las corporaciones de comunicación que modelan la mente del público, el camino ha sido largo y no se le ve un final. Sólo un compromiso popular con la historia podría arrojar un poco de luz en este laberinto, donde el mismo Maquiavelo se perdería.

Enrique Lacolla
Periodista
Ciudad de orígen, xx de xxxxxx de 2007.
Publicado por © La Voz del Interior



© (2007) Enrique Lacolla
Todos los derechos reservados.
Para reproducir citar la fuente.
Publicado originalmente por La Voz del Interior

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