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Ediciones - Hachea [Serie: "Peronismo y Socialismo"]
Peronismo y Socialismo
Buenos Aires - 2da Edición - Ejemplar Nº 0215
Por Juan José Hernández Arregui
Publicado digitalmente: 13 de octubre de 2007
Todos los ejemplares de esta edición van numerados. Queda hecho el depósito que previene la ley Nº 11.723.
Copyright by Ediciones Hachea, Buenos Aires, 1972.

ÍNDICE

  • Prólogo
  • Introducción
  • Primera parte
    • Capítulo I: El imperialismo y la América latina.
    • Capítulo II: La Argentina, el colonialismo y los sindicatos.
    • Capítulo III: La clase media, el ejército y la universidad.
  • Segunda Parte
    • Capítulo IV: Dos sisitemas: capitalismo y socialismo
    • Capítulo V: La actual realidad argentina

Capítulo III

LA CLASE MEDIA, EL EJÉRCITO Y LA UNIVERSIDAD

En la Argentina de hoy, el colonialismo ha promo­vido la nacionalización de amplios sectores de la cla­se media. La clase media posibilitó la contrarrevolu­ción de 1955. Fue la base social de los gobiernos de Lonardi, Aramburu y Rojas, Frondizi e Illia. Recién con el autocratismo clerical del Gral. Juan Carlos Onganía, y el desgaste del Ejército como poder polí­tico, agravado con los sucesores, también militares, Roberto M. Levingston y Alejandro Lanusse, la clase media ha entrado en estado de desorientación crítica.

La clase media, aunque en proceso de cambio, no debe ser idealizada. Sus prejuicios sociales conviven con sus transtornos económicos. La ideología de la pequeñoburguesía no es coherente. En ella se mez­clan un tibio reconocimiento del peronismo como mo­vimiento de masas, un izquierdismo -en sus capas más avanzadas- más o menos inspirado en la Revo­lución Cubana y en Mao-Tse-Tung, que conserva algo de ese rasgo, típico de la intelectualidad de izquier­da, que es la inclinación hacia todo lo que venga de afuera.

La posición de la clase media en general ofrece una peculiaridad. Adopta una actitud crítica -que en la práctica es un rechazo- hacia la figura de Perón, conductor del movimiento obrero argentino. Esta contradición es explicable. La clase media, en sus tendencias de izquierda, al negar a Perón, se opone mediante un rodeo, al proletariado nacional, al que por otra parte se acerca con la intención de darle una "ideología" que, según tales grupos, le faltaría al pe­ronismo. En el fondo, está convencida que su destino es conducir al proletariado, substituir a Perón. En esta posición, a través de la cual la pequeñoburguesía vela sus propias contradicciones, su separación de las masas y sus abstracciones inútiles, sigue sin entender bien la complejidad de la lucha anticolo­nialista.

El acercamiento de estos grupos a la clase obrera es real, pero contra lo que sus miembros piensan, no son los trabajadores los destinados a ser dirigi­dos por la clase media, sino ésta la que ha variado en su ideología, bajo la presión de las masas peronis­tas. En medio del descrédito del P. Comunista, las figuras de Ernesto Guevara, Fidel Castro o Mao no son desechables. Más bien, esta adhesión, prueba que la pequeña burguesía ha descubierto la cuestión co­lonial. Pero no todavía desde un ángulo nacional ple­no. También, estos pequeños partidos y grupos, ha­blan de socialismo, pero no lo ligan al peronismo, si­no viniendo no se sabe de donde. Es la conocida inte-lectualización de la realidad de la clase media. El propio Perón ha tocado esta ambigüedad de los me­jores exponentes de la clase media intelectual, y ha señalado, en qué medida, la resistencia al peronismo es el residuo de la conciencia de clase colonizada:

"La dispersión -ha escrito Perón- es la única arma que le queda a la oligarquía. Nuestros enemigos lo saben muy bien. Sus instrumentos son los ’neoperonistas’ de adentro y los pueriles movimientos de libera­ción de afuera. Estos últimos no son mala gente; han leído demasiado rápido y creen ingenuamente que las revoluciones vienen hechas en los libros como los tra­jes de confección. Están rodeados de un verdadero movimiento de liberación y no lo ven. El árbol les im­pide ver el bosque."
Estos grupos de izquierda no leen a Perón. Con­viene, pues, recurrir a otras fuentes. Mao es una de ellas. Aunque la anécdota, que responde a un hecho real, es conocida, conviene repetirla. Hace algún tiempo, una delegación de estudiantes argentinos visitó China. Mao los recibió. En el transcurso de la entrevista, uno de los estudiantes, encandilado por la presencia del conductor de China, y ante una pre­gunta de Mao, contestó con fervor místico: "¡Yo soy maoísta!". "¿Cómo?" -inquirió Mao, simulando no haber oído bien. "¡Yo soy maoísta!" repitió con én­fasis el joven revolucionario. A lo que Mao contestó con paternal afecto, pensando quizá en su larga lucha como nacionalista y caudillo de las masas chi­nas: "Yo de ser argentino sería peronista". Conoce­dor de su pueblo, pero sabedor también de sus tradi­ciones culturales intransferibles, interpretaba me­jor a las masas argentinas que los estudiantes ar­gentinos, que, como dice Perón "creen ingenuamente que las revoluciones vienen hechas de afuera como los trajes de confección". Son conocidas las relacio­nes amistosas entre Perón y Mao. Como también con Fidel Castro. Pero los corrillos de izquierda son tes­tarudos. Y es probable que apelen a Lenin. Pero Le­nin no les daría la razón. También Lenin juzgó a los estudiantes de su época. Y en Rusia: "Permitidme una pregunta, -escribió alguna vez Lenin que tocó este tema en múltiples ocasiones- ¿Cómo han esti­mulado nuestros estudiantes hasta el presente a nuestros obreros? Únicamente aportando las briz­nas de aquellas ideas socialistas que han podido adquirir en los libros (pues el principal alimento espi­ritual del estudiante de nuestros días el marxismo legal) no ha podido darle algo más que el abecedario, no ha podido darle más que briznas". Hay una nota­ble analogía entre estas observaciones de Lenin y Perón respecto a los grupos estudiantiles alistados en la izquierda. Se proclaman revolucionarios. Pero en la teoría desconectada de la práctica. Y si bien la teoría sin la práctica es vacía, la práctica sin la teoría es ciega. La práctica, en otras palabras, son las masas. Las masas tal cual son. Y las masas son peronistas. No masas maoístas o castristas. Y menos rusas. No se trata aquí de zaherir a estos estudian­tes. Antes bien, lo deseable es hacerles comprender el país. Esta abstracción ideológica de los minúscu­los grupos de izquierda, esta manera de pensar sin raíz en la práctica, y que tales grupos toman como superioridad teórica y capacidad de conducción, debe ser más modesta, más ajustada a la realidad argen­tina, más identificada con la vida. Los centros estu­diantiles que los agrupan, recién entonces estarán preparados para aportar algo a la revolución, luego de haber comprendido al pueblo y sus pasiones. O mejor dicho, de haber aprendido de las masas. Cuan­do estos grupitos dicen: "Perón ha sido superado" muestran el lastre que les queda del propio pasado familiar o personal antiperonista. Y al negar a Pe­rón desprecian a los obreros. A las masas peronistas. Todavía no se han superado a sí mismos como clase media, cualesquiera sean la pureza de sus ideales y su arrojo personal. Los ejemplos de China, Cuba, Argel, etc., son aprovechables. Pero más aprovecha­ble, mucho más aprovechable, es la experiencia ini­ciada el 17 de octubre de 1945. Pongamos otro ejem­plo. Ernesto Guevara fue un prominente revolucio­nario. Pero su presencia en la Argentina no hubiese desatado una revolución. En cambio Perón sí. Por eso, en 1964, todas las fuerzas antinacionales, todo el imperialismo, incluso el aparato sindical vandorista, interrumpieron en Brasil su viaje de retorno a la Argentina.

La superación ideológica del peronismo no se al­canzará con críticas en los pasillos de las facultades, o en reuniones selectas, sino batallando dentro del movimiento de masas. Si Perón, a través de los años transcurridos desde su alejamiento del país no ha po­dido retornar ¿no es acaso ésta la demostración palpa­ble de que lo que temen en Perón es a las masas traba­jadoras argentinas? O se acepta a Perón o se niega a las masas. No hay otra alternativa. De otro modo, es­tos grupos se cierran el camino del pueblo. No enten­der esto es no entender nada. Y no entender nada es negar la revolución encarnada en las masas. Tales grupos de izquierda siguen siendo residuos del colona­to mental, del revolucionarismo libresco. Carecen de fe en el pueblo. Y, por tanto, de la fe del pueblo. De esa fe que Perón moviliza. No los grupos de izquierda. Las masas, ven con simpatía a Fidel Castro. Esto es indudable. También a Mao. Pero no son cubanas. Y tampoco chinas. En cambio saben bien quién es Bra-den y quien Perón. Quién Pedro E. Aramburu y quien Juan José Valle. El pueblo -todos los pueblos-tienen sus símbolos nacionales. Estos símbolos per­sonifican y condensan una tremenda potencia emo­cional. Son pasiones colectivas de clase. Y sin pasio­nes colectivas no hay revolución.

IZQUIERDA Y PERONISMO

Sólo un análisis de la conciencia de clase de la pequeñoburguesía puede descifrar estas contradicciones. La clase media, en especial los estudiantes, en una posición que no tenía ni antes ni durante los gobiernos de Perón, aunque con vacilaciones, es hoy anticolonialista, tercermundista, nacionalista y socialista. Todo lo que es Perón. Pero aún, determinados sectores, llaman a las nacionalizaciones ejecutadas por Perón, al ascenso y participación de los obreros en el Poder, "bonapartismo", o "nacionalismo burgués", a la resistencia de las masas peronistas después de 1955, "espontaneísmo", al nacionalismo de esas masas "totalitarismo". En cambio, el nacionalismo de las masas chinas o cubanas, argelinas o rusas, es "socialista". No puede negarse que las masas; requieren una ideología avanzada. Pero mas cierto aún, es que son las capas pequeñoburguesas las que necesitan experiencia política, contacto con el pueblo. No basta que los grupos de izquierda, aún peronistas, cada uno por su lado, se proclamen "vanguardia del proletariado" y que haya tantas "vanguardias" como grupos. Es decir, ninguna vanguardia. Partiditos obreros que la clase obrera no reconoce. Más bien, esos partidos y grupitos se mueven a la zaga de los trabajadores. Los programas de estos grupos tienen el inconveniente de funcionar bien en el paraíso de la imaginación, no en la pesada tierra. Otro rasgo de estas peñas de izquierda, es su desconocimiento de la obra de Perón. Tales grupos postulan —y estamos completamente de acuerdo— un programa socialista. Pero ignoran —y la ignorancia, como decía Spinoza, no es un argumento— que sin el antecedente de Perón, que fue un paso efectivo hacia la socialización, las masas argentinas carecerían de la conciencia de clase que hoy las define. Una conciencia de clase superior a la de la pequeñoburguesía. Y la conciencia de clase del proletariado, con relación al socialismo, es más importante que el socialismo aprendido rápido y mal en los libros.

Perón ha dicho, en muchas oportunidades que de haber llegado al poder, no en 1946, sino en 1959, el hubiese sido el primer Fidel Castro de la América latina. Entre los quince años que mediaron entre el triunfo de Perón y el de Fidel Castro, el tablero de la política mundial se tornó excepcionalmente favorable para la aparición del socialismo en Cuba. Perón llegó al poder al término de la II Guerra Mundial. Las condiciones para un régimen socialista en Iberoamérica, no existían. Además Perón asumió el mando por vías constitucionales. Esto es, coartado por un sistema legalista nada fácil de remover. La Constitución de 1949, era ya, en muchos aspectos presocialista. Por eso fue derogada de cuajo al caer Perón. Suplantada, con el aplauso exaltado de la clase media por la Constitución de 1853. Restauración conservadora que esa clase media festejó con delirio patriótico. Desde entonces, mientras el país retrocedía, la clase media, a fuerza de porrazos, volvía a la realidad. Y las masas argentinas, avanzaban en las calles, no en los libros, mientras en el plano ideológico Perón ahondaba cada vez más en la revolución. A comienzos de 1972 se publicaron declaraciones del ex-presidente Perón cuyos pasajes salientes reproducimos:

- ¿Cuál seria para usted, el programa de fuerza revolucionaria peronista; programa práctico a aplicar desde ya?

- En el mundo, actualmente, se está luchando poruna revolución. Indudablemente, esa revolución está captando una serie de inquietudes, desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial. Las guerras, normalmente paralizan la evolución; pero como pasa con los diques, el agua sube, al terminar la guerra saca usted la pantalla del dique y entonces invade el torrente. Esa revolución mundial va hacia formas socialistas. Los imperialistas, por su lado, llegan a una reflexión muy lógica: el mundo actual, con 3.500 millones de habitantes, tiene a la mitad hambrientos. ¿Qué sucederá, se preguntan ellos, en el año 2000, cuando la Tierra tenga 7.000 millones de habitantes? Cuando en la tierra ha habido superpoblación, los remedios han sido siempre dos: la supresión biológica (de lo que se encargan la guerra, el hambre y sus consecuencias) o el reordenamiento geopolítico, una mayor producción y mejor distribución de los medios de subsistencia. Los imperialismos saben que su ciclo es como el del hombre: crecen, dominan, decaen, envejecen y mueren. Piensan que su solución está, en estos momentos criticos de la humanidad, en ser los salvadores: en programas donde ellos sean imprescindibles. Uno de esos programas consiste en controlar los procesos de liberación y de independencia. Llega McNamara a Bs. As. y dice: "Argentina debe ser como un país de pastores y agricultores". Claro, están defendiendo la comida y la materia prima del futuro. La comida, mediante el control de la natalidad, la materia prima, mediante el acopio de todos los bienes.

- ¿Cómo se refleja eso en el caso argentino?

- Por lo que le digo, es que ocurre esa penetración intensa, desde la Segunda Guerra Mundial, en nuestro continente, en todos los países: por las buenas o por las malas. Cuando los países no se entregan, o no los pueden penetrar, dan un golpe de estado o ponen un gobierno obediente. La gran virtud que yo veo en la Revolución Cubana y en la acción de Fidel es precisamente eso: les puso allí un dique que no han podido pasar. ¿Qué eso ha sido a costa de asociarse con Rusia? No importa. Con el diablo, con tal de no caer. Porque el diablo, ¿sabe? además es un poco etéreo. En cambio estos son reales.

- Es interesante su referencia a Cuba, por las posibles analogías. En Cuba, Fidel se apoyó en una superpotencia para combatir a la otra. Usted considera que ese recurso puede utilizarse en el caso de otros movimientos latinoamericanos de liberación.

- Completamente. Y quizás si, en 1955 los rusos hubiesen estado en condiciones de apoyarnos, yo hubiera sido el primer Fidel Castro del continente.

- ¿Usted tuvo posibilidades, en 1955, de haberse apoyado en el Tercer Mundo o en el bloque soviético, para salir adelante?

- Bueno, en esa época, ninguno de los dos estaba en condiciones, y el Tercer mundo no existía. Fuimos nosotros, hace veinticinco años, los que lanzamos por primera vez la Tercera Posición. Claro, aparentemente cayó en el vacío. No estaba el horno para bollos. Y no pudimos hacer nada. Porque a nosotros no nos volteó el pueblo argentino; nos voltearon los yanquis. Y quién sabe, si hubiéramos tomado otras medidas, tal vez hubiese venido otra invasión como la de santo Domingo.

- ¿Qué salidas ve a la situación?

- Ningún pueblo puede entregarse; si hay algo en que el pueblo está claro, es en que no se puede entregar al imperialismo. Porque lo viene sufriendo desde hace un siglo por el estómago, o por el bolsillo, que también es una víscera suficientemente sensible. Liberar al país como lo ha hecho Fidel, esa es la solución. Y como pienso que lo están por hacer Perú y Bolivia [1]. No se sabe en qué condiciones, pero vienen intentándolo.

Estos juicios de Perón están relacionados con las medidas que tomó durante su gobierno. Tales medidas, a pesar del momento histórico, muy desfavorable, fueron socializadoras. Más aún, ningún país socialista ha logrado éxito, sin tomar decisiones graduales, adapatadas al desarrollo de cada país. Estas medidas, en los países socialistas actuales, en los comienzos y en todos los casos, han sido similares a las tomadas pos Perón. No decimos que Perón haya instaurado el socialismo en la Argentina. Esto sería una mentira. Pero sostenemos que muchas de sus reformas abrían el camino al socialismo. Uno de los excesos del pensamiento de izquierda, mezcla de fantasía y lecturas desordenadas, es pensar que el tránsito al socialismo es automático a la toma del poder. Es un grave error pensar así. La Historia enseña que la victoria del socialismo es antecedida por una serie de etapas intermedias entre el capitalismo y las nuevas formas sociales, e incluso, de ensayos y errores, de éxitos y fracasos. Ni Rusia, ni China son enteramente socialistas. Y la Revolución Rusa se produjo en 1917 y la China en 1949. La experiencia de estos países y otros, indica que durante un período más o menos largo, el capitalismo y el socialismo siguen yuxtapuestos.

¿Cuáles han sido, en tales países, considerando siempre el desarrollo desigual de los mismos, las medidas peparatorias del socialismo? En primer lugar, lograr la confianza de las masas. Perón obtuvo esa confianza que le permitió resistir la agresiva resistencia interna y exterior. Perón fue destituido no por un burgués, sino por la dirección proletaria de su política social. La Confederación General del Trabajo contaba con 6 millones de afiliados. Visto en su proyección histórica, Perón estaba en condiciones, por la base obrera del peronismo, y lo hizo, de imponer reformas básicas a la economía, pero no podía ir más allá de los límites que le marcaba el momento histórico, los enemigos internos e internacionales, y la propia estructura del movimiento, que junto a los trabajadores albergaba a otras clases sociales con sus representantes moderados cuando no decididamente conservadores. A pesar de estas contradicciones y de la resistencia política muy unitaria y combativa que lo acosó, Perón cumplió una obra de excepcional contenido social y nacional.

En un país colonizado, no hay socialización posible, aunque sea parcial, sin una ruptura con la dependencia exterior. Inglaterra, al producirse la revolución de junio de 1943, era dueña del país. De su economía y su política. Antes de 1943, casi la mitad de nuestras exportaciones, en buena parte acaparadas por Gran Bretaña, se dedicaba al pago de los servicios de la deuda externa. Con las reservas en oro y divisas, acumuladas por la coyuntura, favorable para la Argentina, de la II Guerra Mundial, la deuda externa fue totalmente repatriada. La Argentina entró en la independencia económica. Los empréstitos extranjeros, pulpos de la economía nacional, e instrumentos del dominio político, fueron cancelados. La Argentina, por primera vez en toda su historia, fue una nación soberana. Estas medidas impulsaron el desarrollo industrial. Cabe preguntar si fue una industrialización burguesa o socialista. Fue ambas cosas y ninguna de las dos. Es decir, grandes ramas de la producción industrial fueron dirigidas por el Estado, y otras aunque permanecieron en manos de capitales privados, estos eran argentinos, y en algunos casos extranjeros pero sometidos a una legislación proteccionista y, al mismo tiempo, estrictamente controlada por el Estado. Vale decir, se dio el paso primario y fundamental en toda marcha hacia la socialización: la estatización de los resortes más importantes de la economía nacional. Estos recaudos, no sólo acrecentaron la producción, sino que, caso único en la historia argentina, se alcanzó la plena ocupación y la participación del proletariado en la conducción política. Todos los ejercicios financieros terminaron con superávit. Al abandonar Perón el país, las reservas en oro y divisas, se calculaban en 1500 millones de dólares. El capital extranjero, sujeto a una legislación nacional, cumplió una función útil. En algunas ramas de la industria, la automotriz por ejemplo, el Estado se valió de ellos. También lo había hecho Rusia en las primeras etapas de la revolución. China lo mismo. Cuba, Argelia, Egipto, también. Pero los giros al exterior, en concepto de dividendos, eran fijados por el Estado y las ganancias de las empresas debían reinvertirse, por cuotas establecidas, y se reinvirtieron, en el país. Una prosperidad jamás conocida benefició a todas las clases sociales. La legislación laboral fue una de las más avanzadas del mundo. La educación pública dio un salto espectacular. Millares de obreros recibieron en todo el país, en todas las provincias, enseñanza técnica gratuita. En 1943, la Universidad tenía algo más de 60 mil alumnos. Con Perón llegó a 260 mil. La enseñanza universitaria era gratuita, comedores estudiantiles, apuntes sin cargo impresos en la Fundación Eva Perón, privilegios para los estudiantes que trabajaban, colonias, supresión de exámenes de ingreso, mesas examinadoras mensuales, acortamiento de las carreras, etc. Tal cual lo había reclamado la Reforma del 18, en la Argentina, la enseñanza media y superior dejó de ser una prerrogativa de clase. La salud pública, bajo la dirección de un patriota, Ramón Carrillo, que murió perseguido y pobre en Brasil, insumió 350 millones contra 11 millones en 1943. Nadie ignora que uno de los objetivos del socialismo es la salud de la población. Otro de los objetivos del socialismo es la nacionalización de los servicios públicos. Los servicios públicos nacionalizados no sólo son exigencia de la independencia económica, sino la base de toda soberanía real. Se adquirieron los ferrocarriles británicos. O como dijo Scalabrini Ortiz se compró soberanía. La oposición, en una cerrada acometida, atacó esta brillante operación financiera y política ejecutada por otro patriota, Miguel Miranda. Se dijo que Perón había comprado hierro viejo. Que los ferrocarriles daban pérdidas. Es cierto, daban pérdidas. Lo que no se dijo —hoy tampoco— es que los ferrocarriles dan pérdidas en todos los países del mundo por la simple razón que su misión es de fomento de la economía nacional, o sea, que tales pérdidas son ampliamente compensadas por el desarrollo de regiones, ciudades, plantas industriales, etc., próximas a las redes ferroviarias.

El único país del mundo cuyos ferrocarriles han producido ganancias es EE.UU. Pero en 1970, el mayor sistema ferroviario de EE.UU., el Pen Central Transportation Company se declaró en bancarrota. Durante Perón, se nacionalizaron los puertos. La marina mercante llegó a ser una de las mayores del mundo, adelante incluso, de Rusia. Cosa que pocos argentinos conocen. La casi totalidad de la producción nacional fue transportada por buques argentinos con una capacidad de 1.700.000 toneladas. El comercio exterior —otra disposición inicial y básica de todo país socialista— pasó a ser fiscalizado por el Estado a través del IAPI, la institución más resistida por la oligarquía y las naciones imperiales. Raúl Prebisch, asesor de Lonardi, entre las primeras resoluciones, anunció el aniquilamiento de esta institución. El gas, los teléfonos, las usinas eléctricas existentes y las que se crearon pasaron a dominio del Estado. Los servicios de transportes en su totalidad, fueron nacionalizados. Cuando nacionalizaciones de este tipo fueron aplicadas en Inglaterra por gobiernos laboristas, los izquierdistas cipayos aplaudieron. Cuando las tomó Perón vociferaron: "¡Totalitarismo!" Demás está agregar que en los países socialistas las comunicaciones están nacionalizadas. El consumo de energía, otra de las bases de la socialización de la economía, aumentó en un 69 %, Y.P.F. creció en un 161,5 %. Pero el desarrollo industrial pedía más energía eléctrica, más petróleo, más máquinas. Problemas que han afrontado todos los países socialistas del mundo. Decenas de diques, centrales hidroeléctricas, termoeléctricas, obras fluviales, etc., fueron construidos, o estaban en construcción al caer Perón. Entre 1943 y 1954, la producción de petróleo se triplicó, la de gas se duplicó, la de carbón se multiplicó por nueve. Es falso que la situación del campo empeorase. Raúl Prebisch, un enemigo, en 1949 reconoció que la economía agropecuaria se había fortalecido. Las carnes de exportación, gracias a un negociador enérgico, Miguel Miranda, obtuvieron precios beneficiosos al país y no decretados, como hasta entonces, por Inglaterra. El campo fue tecnificado en amplitudes desconocidas hasta entonces. El valor de las exportaciones giró de 451 millones en 1943 a 3039 millones en 1947. Millares de medianos y pequeños agricultores entraron en posesión de sus tierras. Los peones rurales ascendieron a una vida digna; 50.000 chacareros lograron la posesión de sus campos. La renta nacional aumentó en un 55 %. La independencia económica permitió al país comerciar, en contratos bilaterales, con los países comunistas. La Argentina fue el país que alcanzó, en toda Iberoamérica, el mayor volumen de comercio con Rusia. Pero el P. Comunista gritaba "¡Fascismo!". El analfabetismo, con millares de escuelas construidas, se redujo al 3 %. Hoy, agremiaciones docentes estiman que la Argentina tiene un índice del 40 % de analfabetos o semianalfabetos. Se construyeron 500.000 viviendas para 5 millones de personas; 8.000 escuelas, más que en toda la historia de la Argentina. Y 70.000 obras públicas hoy se levantan a lo largo del país como testigos de aquellos días de grandeza nacional. El II Plan Quinquenal, que destinaba $ 35.000 millones de moneda de entonces, estaba financiado y en plena ejecución. Las bases de la industria pesada colocadas. Un argentino insospechable comparaba la política de Perón con la de los países comunistas. Este escritor nacional se llamaba Raúl Scalabrini Ortiz. No insistiremos en cifras. Hechemos una ojeada sobre los gobiernos que sucedieron a Perón.

LA ARGENTINA RECOLONIZADA

A fines de 1955, con Aramburu, la Argentina entró de nuevo en la dependencia colonial. La Argentina, que había rescatado la onerosa deuda externa, contraída por la oligarquía, ingresó en el Fondo Monetario Internacional de acuerdo a las disposiciones de Bretton Woods en 1944. Con Aramburu empieza la sistemática catástrofe económica, industrial y financiera que actualmente descalabra al país. Desde entonces, la Argentina es crónicamente deudora, con una economía estancada, una bajísima tasa de crecimiento demográfico, una inflación incontenible y una moneda sucesivamente devaluada, asociado este conjunto de efectos, a una redistribución de los ingresos que han contraído el mercado interno y reducido el poder adquisitivo de las masas trabajadoras y a la clase media de menos entradas a límites intolerables.

Centenares de empresas argentinas han sido traspasadas —mediante las devaluaciones— a capitales extranjeros. El endeudamiento exterior, correlativa-mente, ha llegado a extremos vejatorios. A las sucesivas devaluaciones siguieron emisiones incontrola­das de papel moneda, con la subsecuente baja del salario real y la resección general de las transacciones comerciales, quebrantos en masa, etc., asociado este retroceso económico a la crisis de la mediana y pequeña industria, consecuencia de esta desnacionalización de la economía. Grandes complejos como el DINIE (Dirección de Industrias del Estado) fueron desmantelados, lo mismo el que IMIN (Instituto Movilizador de Inversiones Mobiliarias) que eliminó la especulación bursátil y la acción de los agiotistas. El capital financiero imperialista arrasaba con todo. El sistema bancario del Banco Central, los bancos nacionalizados depositarios del ahorro nacional, fueron sustituidos por la apropiación y extranjerización de todas las instituciones de crédito. Esta política tuvo por finalidad derogar el sistema proteccionista del período peronista. Las ganancias fueron giradas libremente al exterior y se suprimieron los controles a las inversiones extranjeras.

Derribado Perón se inició, con ritmo vertiginoso, el traspaso de la industria nacional. La sustitución de importaciones, operada durante el peronismo, es de­cir, la prioridad de artículos de fabricación nacional sobre los similares extranjeros, fue suplida por un régimen increíblemente adverso al interés nacional. Los privilegios al capital extranjero volvieron en tren de conquista. Todas las defensas fueron derri­badas. Nuevas franquicias aduaneras en favor de las importaciones foráneas, incluso favorecedoras del "dumping", es decir de la competencia desleal, el dislocamiento del vigoroso mercado interno, etc., aca­baron pronto con la independencia económica y la soberanía política.

Los sectores básicos de la riqueza argentina -electricidad, petroquímica, automotores, maquinaria in­dustrial y eléctrica- pasaron, con la obsecuente gra­cia de los gobiernos militares y civiles que se inicia­ron con Lonardi, a posesión extranjera. El proceso continúa hoy día sin pausa. El 60 % de la industria argentina no nos pertenece. Las llamadas "inversio­nes extranjeras" no han beneficiado al país. El obje­to han sido las ganancias rápidas en un mercado con­sumidor, el más denso demográficamente del país, que ocupa sólo el 15 % del territorio nacional, con el abandono y ruina progresivos de las provincias redu­cidas de la prosperidad y el apoyo federalista de la época de Perón, a la indigencia, al empantanamiento y la despoblación. Como en Tucumán. En todas las provincias ha retumbado este cimbronazo de la pene­tración insultante: "En la actualidad, desde el punto de vista económico financiero, se acumula más de la mitad de la Argentina, a menos de 100 kilómetros del puerto de Buenos Aires. En efecto, en esa pequeña área -relacionada directamente con los intereses ex­portadores tradicionales- se encuentra el 60 % del consumo del acero, el 73 % de la producción auto­motriz, el 54 % del consumo de electricidad, el 95 % de la industria naval; el 70 % de las cuentas bancarias y el 72 % de los préstamos bancarios otorgados en prueba de lo que evidencia ser un total desinterés por las enormes potencialidades del interior de nues­tro país" (Guillermo Martorel: Las Inversiones Ex­tranjeras en la Argentina). Un solo ejemplo, ex­traído de la CEPAL, bastará para dar una idea de es­te atraco a la economía de toda la América latina incluida la Argentina. En tiempos de Perón, la mari­na mercante nacional transportaba el 90 % de la pro­ducción nacional. En la actualidad, según datos de la CEPAL, menos del 10 % del comercio exterior fue transportado por la flota mercante argentina y recíbió el 12 % del total pagado por fletes. El 90 % de la riqueza del hemisferio —comprendida la Argen­tina—, fue trasladada por buques de bandera ex­tranjera y el 80 % por fletes pasó a las arcas de las compañías navieras de ultramar, particularmentíe yanquis.

El problema del petróleo es conocido por todos. Las empresas norteamericanas aumentaron sus ventas mientras la industria nacional languidece. No sólo EE.UU. saquea a la Argentina. En forma menos pro­vocativa y silenciosa, nuestra dependencia de Ingla­terra sigue, y no de un modo exclusivo a través de las carnes. Recuperada de la IIª Guerra Mundial, el re­torno de Gran Bretaña a la Argentina, se ha expan­dido en otros sectores de la economía nacional. La Exposición Británica, realizada en setiembre de 1970, no es más que el anticipo de esta invasión. Una inte­ligente campaña allana el avance inglés. Nuevos em­préstitos se gestan auspiciados por bancos británi­cos, el Banker Truts Company, Crédito Lionés, Lazard Freres, Banca Loeb, etc., Todos vinculados, aun­que con sede en diversos países de Europa, a los in­tereses británicos en sus relaciones con el mercado común europeo.

El 98 % de nuestro comercio exterior ha denuncia­do el secretario general de marina mercante, Alberto Albornoz, se hace por vía marítima. Pero no somos dueños de ese comercio exterior. Y no lo seremos, mientras no seamos propietarios de los medios que transportan esa riqueza. En 1969, en concepto de fle­tes se pagaron 336.146.000 dólares. Lá Argentina sólo aprovechó de esa cantidad 63.000.000 de dóla­res. En productos cerealísticos, los barcos argentinos apenas transportaron el 2 % de la exportación total. De este modo, el drenaje de divisas es una sangría en todas las ramas conexas de la producción, la comercialización y la exportación. Éstos son meros datos ais­lados de una situación de recolonización absoluta. Las causas no están en la Argentina, sino en la su­peditación de la América latina a EE.UU. El Gene­ral Robert Porter, ha hablado como militar del Pen­tágono, en estos términos:

"La importancia estratégica de la América latina abarca consideraciones de tipo geográfico, económico, político y militar. América latina es nuestro gran flanco defensivo sur. El área provee muchos materiales es­tratégicos y contiene importantes arterias de tránsito del canal de Panamá y las rutas marítimas asociadas con el cono sur de América latina. América latina es uno de nuestros más grandes asociados de comercio -7.000 millones de dólares en 1967- y después de Canadá y Europa Occidental es el área más grande para las inversiones privadas de los EE.UU. que ahora totalizan casi 13.000 millones de dólares. Durante la II Guerra Mundial, EE. UU. ha podido contar, tra-dicionalmente, con el alineamiento latinoamericano jun­to a los EE. UU. en cuestiones internacionales. El continuado apoyo de América latina a EE. UU. en reuniones mundiales y regionales es de significativa importancia."
Estas palabras de un alto jefe del Pentágono, re­quieren algunas acotaciones. América latina es la retaguardia geopolítica y militar del financierismo supranacional de EE.UU. Es la zona de influencia que rinde a EE.UU. mayores beneficios. Por cada dólar invertido, y esta es la ganancia más notable de todas las inversiones en el mundo, EE.UU. extrae tres dólares. Estas utilidades provienen de la explotación más inhumana de la mano de obra. Las reinversio­nes de estas ganancias no alcanzan al 15 %, es decir, el 85 % de las mismas pasan a las empresas metropolitanas. Los beneficios importan varías veces las inversiones. No hay ayuda financiera de las metrópolis. Es América latina la que ayuda, a costa de su propio endeudamiento y retraso, a mantener la eco­nomía de las naciones inversoras, en especial de los EE.UU. Esta sin igual exacción cubre a toda Ibero­américa. Con técnicas contables fraudulentas, los países del hemisferio son vaciados mediante evasión de impuestos, ganancias no declaradas por los mono­polios, etc., y como procedimiento colateral, con el soborno de funcionarios. Además, las materias pri­mas no son reelaboradas en los países de origen, sino en las metrópolis industriales que a su vez, venden productos manufacturados a los dependientes a pre­cios sin competencia. Los contratos, con cláusulas leoninas impuestas por regla general por los mono­polios, consignan una parte exigua de las ganancias para los países productores que no va más allá del 15 %. Es decir, que si una empresa concesionaria nor­teamericana gana 1.000 millones de dólares, reinvierte en el país colonial 150.000 dólares y se apropia de 850.000. Con este agregado: cuando una materia prima es elaborada en el país dependiente, las com­pañías extranjeras, mediante el sistema de patentes, de producción bajo licencia, etc., someten al país pro­ductor a un doble pillaje. La industria norteamerica­na electrónica, militar, automotriz, se abastece con el petróleo, los minerales estratégicos, cupríferos, etc., de nuestros países. Las armas que sirven a la repre­sión en las colonias, son fabricadas con materiales básicos de esos mismos países. Las masas colonia­les, no sólo trabajan en condiciones de animalidad, sino que producen, indirectamente, los armamentos que han de masacrarlas con el subterfugio de la conspiración mundial del comunismo.

La subordinación de América latina no es relativa sino absoluta. El Gral. Roberto Porter, ya citado, habla de los 7.000 millones invertidos por EE.UU. en la América latina en 1967 -hoy la suma es conside­rablemente mayor- pero omite un detalle: las ga­nancias por ese capital ascendieron a más de 16.800 millones de dólares. Por otra parte, los préstamos internacionales obligan al país deudor a comprar en la nación prestamista, o en las áreas metropolitanas acreedoras, que fijan los precios bajos de las mate­rias primas y altos de los productos importados por el país de monocultivo. En las últimas décadas, los productos naturales del área latinoamericana aumentaron su precio en un 3 %, en tanto los impor­tados en un 24 %. No es necesario extremar los argumentos para comprender los movimientos nacionalistas de la región. Tampoco es difícil entender por qué regímenes como el de Perón fueron derribados. Estimaciones fidedignas, comprueban que la economía argentina -y en otros países latinoamericanos la situación es aún peor- el 60 % está en posesión de extranjeros. Ya Lenin había previsto que los monopolios internacio­nales son la antecámara del socialismo y que la in­surrección de las colonias anticipa la desaparición del imperialismo. El desplome del sistema implica el nacimiento de un nuevo orden mundial. Un orden so­cialista.

EJÉRCITO Y COLONIALISMO

La política del Ejército es compleja. En los países coloniales no responde a reglas uniformes. Por eso es arriesgada una posición antimilitarista excluyente. De un lado, negar el papel reaccionario de los mili­tares es una inconsecuencia. Bastan los ejemplos de Argentina, Brasil, Bolivia, etc. Pero descartar el anticolonialismo de los ejércitos, en determinadas coyunturas, es igualmente dogmático. Al respecto, es suficiente la mención de Egipto, Argelia, Siria, Li­bia, ciertos países del África, etc. surgidos a la vida independiente con la participación decisiva del ejér­cito. La posición de los militares argentinos se presta a interpretaciones adversas, por la actitud decidida­mente colonialista y antiobrera que desde 1955 han asumido las fuerzas armadas. Empero, de ese mismo Ejército -junto a la visión patriótica de soldados como Baldrich, Mosconi, Savio y otros- han procedi­do conductores nacionales de la talla de Perón.

La ideología de los militares es confusa, con ten­siones políticas y mentales peculiares, y que según las coacciones internas y externas condicionantes puede orientarse en diversas direcciones. Este inestable comportamiento de los militares argentinos debe ex­plicarse mediante el análisis del colonialismo. Las naciones imperiales, en efecto, no pueden prever con exactitud la disposición de los ejércitos coloniales. En la última década, en Iberoamérica, han apareci­do regímenes militares antinacionales. Pero otras variantes preocupan por su significado inverso a las grandes metrópolis. En ciertos países, los militares son hostiles al imperialismo. En otros, sus aliados. Así se comprende que en EE.UU. -a medida que se debilita su hegemonía mundial- se alcen voces que, indistintamente, apoyan o temen el rol de los ejércitos nativos en las áreas coloniales. Tal el juicio del sena­dor norteamericano Frank Church. Para Church, EE.UU. debe precaverse de todo nacionalismo liderado por los militares de la América latina. Church, reconoce que el sentimiento antiyanqui de estos pueblos -lo que es mentar la cuerda en casa del ahor­cado- tiene sus causas en los procedimientos de EE.UU. No serían las izquierdas, según Church, las verdaderas opositoras al yanquismo, sino los ejér­citos: "Nosotros mismos -dice Church- nos desorientaríamos gravemente si las atribuyéramos a la propaganda comunista o a la propaganda del castrismo". A continuación reactualiza como propia la tesis del "nasserismo" -debida al ensayista polí­tico argentino Rogelio García Lupo- como un mol­de nuevo, en América latina, del pensamiento de los militares. Cabe acotar, contra lo que supone Church, que el "nasserismo" no es reciente en Ibe­roamérica, si por tal se entiende la resistencia a la penetración extranjera en los países del hemisfe­rio. Son muestras Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas, Villarroel en Bolivia, Velasco Alvarado, Perón en la Argentina. Pero interesa la observación de Church, especialista en asuntos continentales, sobre la misión que en determinados países los gobiernos han cum­plido en defensa de la soberanía y de las fuentes de riqueza, en particular del petróleo. Al referirse a esta cuestión comenta: "seguramente esto debería revelarnos algo sobre la política del pasado. El ver­dadero peligro para nuestros intereses nacionales en la América latina no viene de La Habana, ni tampoco de Moscú, y tampoco, como debería ser absoluta­mente claro, son los militares latinoamericanos un instrumento digno de fiar para proteger o preservar nuestros intereses". Esta fórmula cínica encuadra la cuestión de los militares y el colonialismo.

LAS GUERRAS DE LIBERACIÓN

Es necesario, antes de seguir, una caracterización genérica de las guerras de liberación en las colonias. Estas guerras son típicas de nuestra época. Las gue­rras de liberación son justas. Las guerras de con­quista injustas. Unas, las guerras de las metrópolis, se apoyan en un impresionante material bélico. Las guerras de liberación en un potencial colectivo aún más formidable. Pero no tecnológico sino patriótico. Las guerras del imperialismo son profesionales y las tropas invasoras no tienen fe en su lucha. Las gue­rras anticolonialistas, a la inversa, conglomeran a todo un pueblo y las guía la resistencia heroica al invasor. Los ejércitos agresores carecen de moral. Los ejércitos coloniales, profesionales o milicianos, pelean por la patria. Esto es sencillo. Los ejércitos imperiales, a pesar de su gigantismo técnico, son dé­biles. Los pueblos coloniales, compelidos a la guerra, son fuertes, capaces de milagros de abnegación y sacrificio. No debe olvidarse que, aunque en las gue­rras de liberación puede darse una conjunción cir­cunstancial de todas las clases, la columna de esta resistencia nacional son las masas más explotadas. A medida que crece la conciencia antiimperialista, el odio patriótico, la cruzada difamatoria del impe­rialismo contra el nacionalismo de las colonias, an­tecede a la intervención militar, ya sea a través de los ejércitos metropolitanos, o bien nativos que asu­men la defensa del colonialismo contra su propio pueblo. Empero, los ejércitos de las colonias pueden cumplir un papel liberador. En el primer caso, la propaganda tiende a presentar la resistencia popu­lar como subversiva. Y en nombre de las "libertades democráticas" se oprimen ferozmente los anhelos de libertad del pueblo.

Pero la decadencia del imperialismo corroe tam­bién a los ejércitos nativos.

Cuando un ejército, en un país dependiente, ocupa el sitio de asociado del imperialismo está rodeado por un cerco invisible que lo aisla y trastorna, en determinadas circunstancias, los principios clásicos de la guerra, con la aparición de organizaciones po­pulares armadas que, con su retaguardia en la po­blación, son formas iniciales de la guerra patriótica. Un ejército de espaldas a su propio pueblo está mi­nado por el país. El asesor militar yanqui H. Kissinger, ya en 1957, planteó la cuestión en términos estrictos: "Las revoluciones en las colonias no pue­den aplastarse con los medios y métodos anteriores". La función de los ejércitos en las colonias debe exa­minarse, pues, sin preconceptos, vale decir, de acuer­do al contexto de cada país. Hay casos en que el ejército cumple una misión nacionalizadora. En otros desnacionalizadora. Todo ejército colonial, en rigor, contiene ambas tendencias en su seno. Y el predo­minio de una sobre otra es inevitable al vaivén del agravamiento de la cuestión colonial y las oposicio­nes de las clases sociales enfrentadas en pro o en contra de la liberación nacional. O sea, los militares entran a deliberar. Y de hecho se dividen. Unos pro­ponen endurecer el orden tradicional. Otros, ante el vasallaje colonialista, oscilan entre un nacionalismo defensista y el temor a las masas. Debe señalarse aquí un hecho significativo. En aquellos países don­de los militares han abrazado la alternativa nacional, las tendencias conservadoras han sido desplazadas y el Ejército, al radicalizarse, ha ampliado su base social y reconquistado la adhesión del pueblo. A la recíproca, en aquellos otros en los que los ejércitos se han segregado de la liberación nacional, el resul­tado ha sido la descomposición de los cuadros de oficiales, asociada a una ruptura generacional ape­nas disimulada por la disciplina y las normas jerár­quicas cristalizadas, con el subsecuente ablandamien­to del espíritu de cuerpo. Esta inestabilidad del Ejér­cito, pese a su relativo apartamiento de la sociedad civil, responde al influjo del país entero sobre la institución. El ejército no es un compartimiento es­tanco, y aunque poco elástico, es la caja de resonan­cia con ecos retardados de la crisis del colonialismo. La situación nacional envolvente se expresa, enton­ces, en un quebradizo estado interno donde los man­dos más antiguos se abroquelan en los valores y la defensa de la sociedad tradicional, y los más jóvenes, con conciencia un tanto ambivalente del problema, dados los mitos consagrados por la oligarquía colo­nial educadora, muestran síntomas de descontento y una mejor predisposición para interpretar la situa­ción general. No es de extrañar que los movimientos militares de nuestro tiempo contra el colonialismo hayan sido acaudillados por oficiales jóvenes en opo­sición a los viejos. En estos períodos críticos, la mentalidad conservadora rayana en la ultraderecha de los jefes más antiguos los mueve a la violencia institucionalizada bajo la mediación oculta de la clase alta.

Este conservadurismo ha sido modelado por la oli­garquía educadora, cuyo resplandor mortecino, pese a la pérdida del poder político, aún encandila a los militares. Por su origen social, en la Argentina, la oficialidad no pertenece a la clase encumbrada sino a la clase media. No obstante, como grupo profesio­nal no aristocrático, pero con cierto "status" de cas­ta, la oficialidad, por falta de brillo social propio, se siente atraída por los formulismos sociales y có­digos de etiqueta de la oligarquía que, por su parte, sabe atraerse con diversos procedimientos a los oficiales, aunque sin admitirlos en la alta sociedad. Ha­lagados de esta manera distante, cortés y calculada por la aristocracia colonial, dueños de ciertos pri­vilegios de grupo y un vago prestigio mundano pres­tado por la propia oligarquía, los militares fluctúan entre el pueblo, de cuyas capas medias provienen, y la clase alta que los deslumhra por sus formas de vida, y a las que, aunque no tienen acceso perma­nente, imitan en las recepciones, tertulias y compor­tamientos sociales estereotipados de estilo castrense. Sin embargo, esta caparazón artificial, esta distin­ción un tanto acartonada que confiere el uniforme, no es rígida, o al menos, no tanto como aparenta serlo, y la homogeneidad de la vida militar, con la crisis del país y sus antagonismos sociales, se revela bastante amorfa. Lo que en épocas normales era aceptado como una pirámide monolítica de grados, títulos y conductas, ahora es enjuiciado como un encastillamiento reaccionario de los altos mandos. Esta situación -en parte condicionada por las rup­turas generacionales comunes a todo grupo social institucionalizado- hace que la joven oficialidad se torne permeable a la penetración de las ideologías. Ahora, la joven oficialidad, al escalar los peldaños de la conciencia crítica, se formula interrogantes, y el ejército es experimentado no como una institución sólida e inexpugnable, sino como una profesión ce­rrada, con estrechos horizontes mentales, y que desde afuera es vista con antipatía por el pueblo. Educa­dos, como se ha dicho, los oficiales, en los valores decrépitos de la oligarquía, es decir, del colonialis­mo, los mismos conocimientos adquiridos, sobre todo con relación a la historia nacional, dejan de ser sagrados. Al militar la oligarquía le ha agregado, como una segunda naturaleza, una formación his­tórica falsificada. Esta imagen congelada del antiguo país también es enjuiciada. O sea, el mitrismo ideológico es confrontado con el revisionismo his­tórico, que no alcanza, sin embargo, a definirse como ideología revolucionaria, por las extorsiones invisi­bles que la oligarquía y los grupos dirigentes siguen ejerciendo mediante conferencistas, ministros, eco­nomistas, etc., y que en realidad son los recaderos encubiertos del coloniaje encargados de enredar a los militares.

DESARROLLISMO Y EJÉRCITO

Estas presiones externas de los civiles crean en los militares ilusiones profesionales sustitutivas que pueden expresarse así: por una parte, los militares se inclinan hacia un programa progresista de desa­rrollo nacional con la creación de la industria pe­sada. Un nacionalismo sin bases teóricas y el senti­miento de la grandeza de la Argentina se unen, pues, en la conciencia de los militares. Por otra parte, una hábil propaganda organizada por los grupos econó­micos dominantes ligados a potestades extranjeras les hace razonar de una manera primaria y falsa, aunque lógica a su manera, que puede reseñarse así: 1º) Desarrollar el país es nacionalismo. 2º) Para desarrollar al país hay que recurrir a la ayuda ex­terior. 3º) Esta ayuda la ofrece EE.UU. 4º) EE.UU. es una potencia democrática y anticomunista. Por tanto, "nacionalismo", "desarrollismo" y "anticomu­nismo" -en una terrible esquematización- se iden­tifican en el pensamiento de los militares a través de un sofisma sin crítica que los lleva a una posición antinacional experimentada como "nacionalista", es decir, a un "desarrollismo" que es la negación de una verdadera política nacional, pues depende de planes financieros y estrategias militares internacionales, que implican, de hecho, el sojuzgamiento del país, con su secuela de desarreglos sociales, brotes revo­lucionarios, etc. El "desarrollismo" debe interpre­tarse como un estado oscuro, fluido y transitorio de la ideología de los militares.

Tal desorientación estimula la pugna de tenden­cias, el enquistamiento clasista obsesivo de los mi­litares conservadores, y en contraposición, la crítica de camadas de oficiales que, no sin reservas, intentan ligarse a las masas. En verdad, son las masas las que desatan estas incertidumbres del ejército y el sentimiento, en los militares, de su desconexión con el país. De este modo, el ejército está desgarrado por dentro como el colonialismo mismo, y los militares, en tales momentos críticos, se abocan irresolutos a proyectos políticos que apuntan a regímenes de fuerza conservadores, o bien, con más realismo, apo­yados en las masas.

Este desconcierto de los militares se origina tanto en la necesidad de la industrialización del país, como en los efectos que la industrialización desata al for­talecer a un proletariado industrial avanzado. El Ejército, al declararse partidario de la industriali­zación pone los basamentos de una economía moder­na, no tradicional. En tal sentido, toda industriali­zación, apareja cambios contrarios a la educación política conservadora recibida por los militares. La industria pesada, necesita obreros, modifica las relaciones entre las clases sociales, y el antiguo país agropecuario entra en contradicción con la trans­formación industrial, con la nueva Argentina. Así, en la mentalidad de los militares, las necesidades industriales, en sí mismas progresistas, no logran separarse del pensamiento conservador adquirido. A pesar de todo, la industrialización produce cambios psicológicos en los militares. Los oficiales jóvenes por ejemplo, están en contacto con los soldados, que en buena proporción, pertenecen al proletariado, y cuyo material humano alimenta al Ejército tanto como al desarrollo industrial, y por ende, condiciona toda la política del país. Esta disyuntiva, entre otras causas, aclara, en parte, las vacilaciones del Ejército ante la represión armada. Los militares comprueban la reacción antimilitarista del pueblo, e incluso, no están seguros de las tropas desde el punto de vista disciplinario y político.

En tales períodos, rayanos en el desorden, el Ejér­cito intenta volver al "apoliticismo" controlado por los propios militares. Esto confirma que no hay Ejér­cito "apolítico", del mismo modo que no hay sindi­calismo apolítico. El Ejército, o se alista en defensa del orden "constitucional" que representa la codifi­cación de los intereses de la clase dirigente y los inversores extranjeros, o se pone al lado de las cla­ses sociales opuestas al imperialismo. En el primer caso, és el partido armado del viejo país. En el otro, el instrumento de la liberación nacional. Esta última opción, es siempre antecedida por un trastorno ge­neral del Ejército, ya analizado y comprobable en la Argentina actual.

La resolución final depende de la correlación de fuerzas dentro y fuera del propio Ejército. Un po­der militar reaccionario, no es más que la expresión de intereses antinacionales invisibles que manejan el país. Un poder militar revolucionario, es el pro­ducto del peso y empuje nacionalista de las masas. El paso del Ejército de la concepción conservadora de ultraderecha, o "constitucionalista" no menos con­servadora, a otra anticolonialista, de su adhesión a la clase alta o su identificación con el pueblo, no es fácil. Las presiones externas sobre los militares son tenaces y unilaterales. El resultado, a menudo, cuan­do el descontento nacional madura, es la aparición de líderes que cambian la ideología del mismo Ejér­cito: Perón, Nasser, Boumedienne, etc., ejemplifican esta revolución interna del Ejército, con jefes pro­fesionales, pero normalmente sin líderes políticos. Los cambios mentales de los militares, no exterio­rizados, dada la estructura del Ejército, en circuns­tancias propicias afloran con decisión inusitada. Ta­les reacciones del Ejército, por lo general, toman desprevenidos a los partidos políticos, que por una parte adulan y por el otro desprecian a los militares. Es entonces cuando irrumpe un estado de conciencia hasta entonces más o menos oculto, en la vida del cuartel y los casinos de oficiales. La oficialidad jo­ven, que siente también, como clase media, el em­pobrecimiento del país colonizado, de la protesta subjetiva pasa a la comprensión de la sociedad glo­bal. La configuración del Ejército, por más mecánica que parezca, no suprime las desigualdades sociales entre los oficiales, muy similares a las existentes en la clase media en sus diversos niveles económi­cos. El sentimiento, muy arraigado en el Ejército, de pertenecer sus miembros a una casta privilegia­da, sufre fracturas. Estos desacomodos equiparan al Ejército, a un espejo que reproduce en imagen par­ticular, pero no esencialmente distinta, las desar­monías de la sociedad entera. La desconexión del pueblo de parte de los jefes de alta graduación, muestra un paralelismo con la diferenciación y re­pulsa social de la clase dirigente hacia el pueblo, del mismo modo que la crítica de los cuadros jóvenes a los más antiguos, se asemeja a los acercamientos indecisos de la clase media al movimiento obrero.

El Ejército, en tales períodos críticos, se mueve entre las contrapuestas corrientes conservadoras y revolucionarias que dividen al país, en la exacta me­dida que el Ejército, con rasgos propios, es parte de ese país.

EL EJÉRCITO Y LA IGLESIA

Debe mencionarse, en forma rápida, la influencia de la Iglesia en la formación de los militares argen­tinos. El Ejército es formalmente católico. Pero a su vez, la Iglesia soporta una crisis histórica mun­dial que se expresa en las encíclicas papales, poco coherentes en su ideología, intermedias casuística­mente entre el conservatismo y el cambio, y con variantes que van desde el liberalismo de la más alta jerarquía eclesiástica, caro a la oligarquía, hasta el reformismo de los sacerdotes tercermundistas, que buscan, en la ciudad y el campo, acercarse al mo­vimiento obrero. Esta escisión de la Iglesia, con to­das las escalas ideológicas intermedias, es aparente, y refleja la política pluralista del Vaticano que la lleva a la gradual adaptación a un mundo que mar­cha hacia el socialismo. La Iglesia, por definición conservadora, representa bajo ropaje espiritual, los intereses del capitalismo, y por tanto, en estos países, al neocolonialismo. Pero la Iglesia percibe la crisis histórica. No hay, pues, una división de la Iglesia, sino una política eclesiástica múltiple -pluralista como se acaba de decir- abierta hacia todas las clases sociales. Esta política de la Iglesia se proyecta también al Ejército.

La oligarquía ha educado a la oficialidad dentro de los esquemas del liberalismo colonial durante lar­gas décadas de predominio conservador, que aún pesa en los cuadros superiores del Ejército, cuya bandera es el "constitucionalismo" puramente verbal de la oligarquía. Un ejemplo de este tipo de milita­res, sobre el antecedente de Mitre y Roca, puede encontrarse en el pasado anterior a Perón, en Agus­tín P. Justo. Y en el período posterior a 1955, en Pedro E. Aramburu, o en otro general de origen aristocrático, Alejandro Lanusse. Pero la Iglesia in­fluye también, cubriendo todas las gamas políticas posibles, en otro tipo de militares autoritarios. En el pasado, por ejemplo en el general J. F. Uriburu que derrocó en 1930 al presidene popular H. Yrigoyen sobre moldes anacrónicos calcados del fascismo europeo, o en Juan Carlos Onganía, más reciente­mente, con el antecedente de otro general, Eduardo Lonardi, que derribó a Perón. La Iglesia, según los hitos históricos, ha apelado a uno u otro tipo de militares "democráticos" o "ultramontanos", pero en ambos casos, sobre la tesis de una "élite" militar in­transigente, capaz de revitalizar la anemia política de la oligarquía terrateniente.

El Ejército ha sido, salvo con Perón, una carta supletoria de la oligarquía. Cuando la clase terrate­niente, mediante el "fraude patriótico", se sintió fuerte todavía para gobernar el país, ya caído Yrigoyen, el Ejército se refugió en los cuarteles bajo la neutralidad de los militares "constitucionalistas", apartados de la política. Pero la extrema derecha militar siempre se mantuvo a la expectativa en apa­rente oposición con el "constitucionalismo" liberal, apoyada en posiciones católicas dogmáticas.

En ambos casos, la Iglesia ha maniobrado como mediadora de la oligarquía en el pensamiento de los militares. La Iglesia se volcó, en los inicios, junto al general Perón, en la esperanza de consolidar las tradiciones conservadoras con un control militar so­bre las masas, sin caer empero, en los excesos cla­sistas de la oligarquía política. Pero cuando Perón aceleró la participación obrera en el poder, la Igle­sia arracimó, con plena conciencia conservadora de los intereses de clase que representaba, la oposición "democrática" contra Perón, rodeando a un jefe mi­litar católico puramente decorativo, el general Lonardi, que pronto se derrumbó, con su elenco de nacionalistas de derecha, desplazado por el ala liberal, proimperialista y por igual probritánica del Ejército. Fue un fenómeno similar a lo acontecido con Yrigoyen, que desplazado por el "fascista" Uriburu, fue suplido por el "liberal" Justo. La Iglesia, al ser defenestrado Lonardi, sostuvo sin vacilaciones a P. E. Aramburu, que era el lado "justista" del país, de la oligarquía y Gran Bretaña. Más tarde, ante el fra­caso de esa política tardía, a contrapelo de la His­toria, pues la Argentina había entrado en el proceso de la industrialización, prestó su anuencia a otro general católico antiobrero de ultraderecha, Juan Carlos Onganía, quien a su vez, buscó ampliar su escasa base política, recostándose en la Iglesia. Pero la Iglesia tiene la virtud de no ser beata. Pronto comprendió la debilidad política de Onganía. Los cambios operados en la estrategia mundial del Va­ticano, hacían inútil un entendimiento con Onganía, un militar sin visión histórica, en momentos de des­arreglos sociales inadecuados para una política cle­rical. Las ideas post-conciliares de la Iglesia, pene­traron en el Ejército, y reclutaron simpatizantes, bastante tibios por lo demás, sobre todo en la ofi­cialidad joven. Tales hechos, aparentemente casua­les, aclaran tanto el ascendiente de la Iglesia en el Ejército, como las mutaciones, en la escena mundial, de la Iglesia misma, que acomoda su acción, en una Argentina convulsionada, en tres direcciones posibles con militares de recambio para cualesquiera de es­tos eventos: 1º) Una tendencia católica liberal y "constitucionalista". 2º) Una tendencia católica "tradicionalista" -en el sentido teológico- de extrema derecha en sus fines políticos. 3º) Una tendencia post-conciliar, cuyo peso real es difícil de evaluar, y que más bien se mantiene a la expectativa, inspi­rada en el reformismo moderado de las encíclicas y que puede derivar, en un ensayo social cristiano a fin de frenar el avance de las masas.

En suma, el fracaso de los militares frente al co­lonialismo, no sólo deteriora la imagen del Ejército sino que centra en su contra a todo el pueblo. No debe olvidarse que la patria es el factor más poderoso en la lucha de las masas trabajadoras. Los militares se encuentran aislados en una sociedad que hierve a su alrededor. Tienen las armas pero no la razón para matar compatriotas. En tanto, las masas mues­tran una voluntad cada vez más organizada, ante la cual el Ejército organizado se siente moralmente im­potente, es decir, desorganizado. Esta situación di­lucida por qué el Ejército carece de una ideología propia, salvo la creencia fanática y aberrante en los militares de ser los defensores del orden contra el comunismo, en el cual engloban al peronismo, esto es, a las masas argentinas. El fracaso del Ejército como poder político muestra la contradicción des­nuda entre el colonialismo y el Estado-Nación a cons­truir. Hasta hoy, el Ejército ha aceptado la política dictada por EE.UU. De ahí su crisis.

DICTADURA Y REVOLUCIÓN

Ante esta realidad, muy compleja y variable, el Ejército deberá elegir entre una dictadura san­grienta contra la clase obrera, una farsa electoral "constitucionalista", o un acuerdo con las masas tra­bajadoras. El primer ensayo desataría contradiccio­nes dentro del propio Ejército y la posibilidad cierta de una insurrección nacional del pueblo argentino. La salida electoral, no haría más que postergar, y a la postre, agravar el problema. Un régimen dic­tatorial -a diferencia del Brasil-, dada la politi­zación de las masas argentinas, torna la empresa muy riesgosa. Frente a esta disyuntiva, el Ejército tiene sólo una opción: el pacto con Perón, es decir, con la clase obrera, y la iniciación de una política nacionalista de masas con la defensa de la soberanía en el plano internacional, contra los monopolios ex­tranjeros, y por la organización socialista de la eco­nomía y la industria nacionales. De lo contrario, a la larga o a la corta, si el Ejército sigue enfrentado a los trabajadores y los sectores populares, puede anticiparse que no sobrevivirá como institución bajo su forma actual. Al Ejército mismo le corresponde resolver este problema, que en última instancia, es el de la Argentina.

UNIVERSIDAD Y COLONIALISMO

En la crisis del colonialismo, al igual que el resto de las instituciones, la Universidad es precipitada al caos general. La Universidad, en los períodos de alteración histórica, es la manifestación más revol­tosa del descontento social. Jamás la Argentina ha conocido una conmoción universitaria tan profunda como la actual. Huelgas estudiantiles, tomas de Fa­cultades, rectores, decanos y profesores mediocres desautorizados por los estudiantes, planes ministe­riales inaplicables, restricciones con criterio excluyente de clase al ingreso de estudiantes, revueltas en los claustros, revolución ideológica de la juventud, cátedras dictadas en las calles, repudio al sistema de enseñanza oficial, conferencistas como Alsogaray, Frondizi, Frigerio, Borda, agredidos de palabra y de hecho, desjerarquización de la enseñanza superior, asambleas de padres, barricadas, bombas, hacen de las Universidades estatales y privadas verdaderos campos de batalla, de anatemas y rupturas gene­racionales entre profesores y alumnos, entre padres e hijos. El colonialismo ha alborotado la Universidad reducto sagrado de la clase media. Y prendido otro foco de la resistencia nacional.

Ya se ha explicado este proceso de nacionalización de la clase media. En la Argentina el imperialismo, después de 1955, le ha clausurado a la clase media toda perspectiva económica. Dañada en su precario pero orgulloso "status social", desinflados sus mitos culturales, sin oportunidades de ascenso material, desencantada y sin oportunidades, la clase media que siempre ha jugado en la Argentina un papel estabilizador, se ha visto forzada a la defensa de sus intereses sociales. Uno de los baluartes -y de los más estrepitosos- de la oposición a Perón, fue la Universidad. Desde 1945, y aun antes, pero sobre todo a raíz del 17 de octubre de 1945, los estudiantes combatieron sin tregua al gobierno nacionalista, de­mocrático y de masas, que rompió con el imperialis­mo. La clase media nada vio. Y lo que es peor, imaginó fantasmas: fascismo, tiranía, plebeyismo, odio a la cultura. Endiosó a los catedráticos de la entrega, a los profesores "democráticos", desenterró el gorro frigio. Para aquella generación estudiantil la cultura había sido profanada por la negritud provinciana, por la "barbarie" sarmientina resucitada. Nunca es­tuvieron tan unidas las capas medias universitarias como contra Perón. Aún más que contra Yrigoyen. Y este paralelismo no es fortuito. En ambos casos, la libertad aparecía ante la clase media, ultrajada por el ascenso del pueblo. Millares de estudiantes, utilizados como un rebaño, al caer Perón ondearon banderas argentinas en la Plaza de Mayo. Aquella tarde luctuosa para el pueblo fue un día de gloria para la antipatria. El estudiantado, brigada de cho­que generacional movida por la antinación fue anti­peronista en su casi totalidad. Educado en las fá­bulas europeas del colonialismo, en la veneración de la Constitución de 1853, en la adoración a lo extran­jero, en el odio religioso al nazismo, en el rastacuerismo de los padres, militó con las grandes mentiras a cuestas contra el pueblo. Un pueblo que no admi­raba a Europa ni era nazi y que, simplemente, en su ostracismo colectivo de décadas, pedía una Argen­tina para los argentinos.

El estudiantado se alzó airado contra ese nacio­nalismo de las masas. Poco duró el idilio "democrá­tico". A partir de 1955, la acometida imperialista derribó las ilusiones estudiantiles, arrancó a esa ju­ventud del sueño democrático. Desde 1956 en ade­lante, la Universidad ha sido testimonio de frago­rosas batallas en Buenos Aires, Córdoba, Corrientes, Tucumán, Mendoza, Chaco. En todo el país. Se trata de una rebelión nacional de la juventud. Aquella clase media de 1955, hoy lanza a todos los vientos, consignas que trágica e irónicamente, son las mismas que combatió: unión con los obreros y retorno de Perón. Con este añadido: el peronismo, que jamás pudo hacer pie en la Universidad, desde hace pocos años, en un repunte sorprendente, ha irrumpido en las casas de estudios, e incluso, centros de estudian­tes que no se declaran partidarios de Perón, en es­pecial los comunistas, marchan junto con el peronis­mo y contra el imperialismo.

La actual generación estudiantil ha dado un paso resuelto hacia la toma de la conciencia nacional. Los jóvenes, junto a su transformación política, que es la negación más agresiva de las posiciones asumidas por las promociones anteriores de 1945-1955, han abjurado de sus padres, en gran parte, por desen­cuentros que giran alrededor de Perón. Del "tirano sangriento" de ayer transfigurado en el patriota de hoy. Educados de niños en ambientes adversos al peronismo, al entrar en la edad juvenil, aquellas en­señanza de los padres, aquellas vanidades estúpi­das de la clase media, aquellas metáforas "libertad", "demagogia", "chusmas", "cabecitas negras", han demostrado, como sucede en los países coloniales, que debían deletrearse al revés. O sea que "libertad" era opresión imperialista; "democracia" fusilamientos y proscripciones; "totalitarismo peronista" un experi­mento sin par de independencia nacional; "chusmas" las masas obreras; "cabecitas negras" nuestros pro­vincianos montoneros de ayer; "demagogia" partici­pación de los trabajadores en la historia del país y nacionalismo contra la oligarquía sin nacionalidad, sin patria. En suma, liberación nacional.

Conviene recordar estas desventuras. De cualquier modo, si la Universidad se resquebraja es porque la clase media se nacionaliza. De esa clase media pro­ceden mártires del pueblo, torturados o muertos por la patria. La Universidad representa todavía "al colonialismo, pero ya el estudiantado pertenece al país. Ha sido, sin duda, una experiencia escarmentadora. Esa clase media, vive ahora lo que el peronismo de­nunció y combatió mucho antes: la ferocidad repre­siva del colonialismo. Hora era ya que el estudiantado argentino se afirmase en el país. Que renegase de una historia falsificada, de una enseñanza falsifi­cada, de una Universidad falsificada. De la violencia imperialista ha nacido la joven generación argentina. El símbolo de la Universidad sacramentada se ha partido como una estatua de yeso. No hay Univer­sidad Nacional en un país colonial. Tampoco Uni­versidad autónoma en país alguno. Ni en los capita­listas o socialistas. La cuestión debe plantearse en términos rigurosos. Sólo la abolición revolucionaria del colonialismo devolverá a la Universidad no su autonomía sino su misión nacional. Es decir, su au­tonomía real frente a la servidumbre extranjera. Esa es la única autonomía por la que hay que luchar. La autonomía del país. La Universidad, en los países coloniales, no es autónoma. Es una repartición administrativa sostenida por el Estado, con profesores pagados por el Estado, con planes de estudio ema­nados del Estado. La Universidad es un disfraz del imperialismo cultural. Desarraigar al estudiante ame­ricano de la tierra, transformarlo en europeo o nor­teamericano, esa ha sido la tarea no autónoma, sino servil, de la Universidad. La Universidad es el manto espiritual de la factoría. Esa Universidad formó a millares de argentinos en el consentimiento de la incapacidad de nuestros pueblos. Y por tanto de los iberoamericanos y del hombre argentino. Durante décadas, esa política de desplante cultural, se afincó como parte indivisa del esplendor oligárquico. El resultado fue una clase media intelectual sin fe en el país. La Argentina prefirió lo europeo universal que no existe a lo argentino singular que existe. Una cultura europea que fue un traumatismo espiri­tual, que miró a Europa, admiró lo extranjero, fue obsequiosa con lo extraño y avergonzada de lo au­tóctono. Una Universidad colonizada. Como la clase social que la fundó. Y una Argentina sometida sólo podía prohijar argentinos sometidos. La Universidad, en un país colonial, no tiene por norte la cultura nacional sino su enroscamiento a la filosofía de los colonizadores. Cuyos pregoneros nativos, aún hoy, alegan las tesis de Sarmiento "civilización y barba­rie". Y en esta trampa cayó la clase media argentina.

LA REFORMA DEL 18

La Reforma Universitaria, nacida en Córdoba en 1918, significó un progreso contra el dogmatismo eclesiástico que enrarecía la Universidad oligárquica. O como dijeran los hombres del 18, la aprisionaban en una "inmovilidad senil". La concepción teológica de la Iglesia concordaba con el conservadorismo li­beral de la oligarquía. Esto no es una paradoja. Li­beralismo y conservatismo, en un país colonial, son la misma cosa. La Reforma del 18 proclamó la ver­dad americana pero fue europeísta y olvidó lo prin­cipal, que la Reforma fue posible por el triunfo de H. Yrigoyen, un gobernante de raigambre nacional, y dentro de las restricciones de su tiempo y los in­tereses sociales que representaba, antioligárquico y antiliberal. La Reforma del 18 intuyó el hecho ame­ricano pero no tuvo conciencia del hecho nacional. Terminó como enemiga de Yrigoyen. Un gobernante americano. La Reforma del 18 fue un impulso renovador a medias. Habló a los obreros. Pero no en­tendió al pueblo, a las masas rurales y urbanas que seguían al esfumado pero auténtico caudillo federal. Tampoco, la generación del 18, entendió a ese pueblo provinciano que, junto a la primera generación in­migrante -que por otra parte reivindicaba otros derechos-, yacía aplastado bajo las ruinas de las guerras intestinas del federalismo y las montoneras, de la resistencia vencida del interior contra Buenos Aires. La Reforma expresó su justificado repudio al orden eclesiástico, pero cayó en otro dogmatismo, la cultura europea de corteza. Aplaudió a la Revo­lución Rusa de 1917. Pero no entendió, no miró, no creyó en lo argentino. Esta manera de pensar pro­gresista en la forma, antinacional en los hechos, no libró de sus ataduras espirituales a los estudiantes. Fue universal cuando hacía falta un ideario nacio­nalista. Y en tanto clase social oriunda de una inmigración reciente, siguió identificada con Europa y no con el país. Tuvo, la Reforma del 18, concien­cia de la prepotencia imperialista. Pero sólo vio a EE.UU. Y no a Inglaterra. De este modo permaneció congelada en el esquema político y cultural de la oli­garquía. El Manifiesto de 1918 no alude una sola vez a Gran Bretaña. Con ideas de vanguardia, como la misma inmigración de la que provenía, no fue más allá, aquella generación del 18, de las libertades abstractas de la Constitución de 1853 de la oligar­quía, o de los partidos políticos de izquierda que esa misma oligarquía tuvo siempre a su vera como bas­tardos consentidos y a un mismo tiempo desestima­dos. Al atacar a la Iglesia, la factoría británica, fue desde Roca, formalmente anticlerical pero conser­vadora en materia religiosa.

Explícase así que el rector propiciado por los es­tudiantes, perteneciese a una familia cordobesa aristocrática, unitaria, roquista, liberal y católica. En efecto, Enrique Martínez Paz, representaba las ten­dencias liberales de la Iglesia. De la Iglesia de León XIII. El régimen supo amansar las insurgencias reformistas y ponerlas a su servicio. Primero contra Yrigoyen. Después contra Perón. Una vez lanzada contra Yrigoyen, la FUÁ, acusada de "marxista" poco después de ser utilizada por la Revolución de 1930, varias décadas más tarde, fue aprovechada contra Perón por la Revolución Libertadora. Y otra vez se la vapuleó por "comunista". Una Federación Universitaria reformista que fue el impulso juvenil de la Unión Democrática en 1945. De Braden contra Perón. Del mismo modo que aclamó al ultracatólico Lonardi y a los "libertadores" Rojas y Aramburu. Defensora de la Universidad moderna, al desplomar­se Perón, exigió una educación científica. Y tuvo éxito. Una Universidad científica norteamericana. Después de Perón, el reformismo recibió el golpe de gracia por parte de un reformista. El presidente Frondizi que auspició las universidades privadas ca­tólicas. Y, al mismo tiempo, la Universidad estatal, bajo los subsidios norteamericanos, entró en el círcu­lo de EE.UU., por decisión del mismo Frondizi.

Pero la FUA, que ya asistía a la crisis de su ideo­logía de importación, seguía antiperonista. O sea, antinacional. Había combatido con petardismo panfletario a EE.UU. y al mismo tiempo a un gober­nante antiyanqui y antibritánico. A Perón. No en­tendió al pueblo. Se enardeció cuando ese pueblo, frente a la traición de los universitarios, de los rectores, decanos y profesores de la "década infa­me", opuso la alpargata a la cultura. No por des­pecho hacia la cultura sino a la oligarquía argentina vendida al imperialismo. Era un pueblo sin libros pero enraizado en la tierra. En la Argentina de aquí. No en la Argentina cultural que nos imponían en préstamo desde afuera. Y la enseñanza "científica" resultó ser la Universidad "apolítica" ordenada por el coloniaje.

Este plan ha fracasado. El estudiantado argentino, desengañado del reformismo, empuña otras bande­ras. Pero ese estudiantado ha debido transitar pri­mero por la experiencia de la Comisión Nacional de Apoyo al Desarrollo Económico (CAFADE). La forma analógica y gemela del "sindicalismo libre" de la APL-CIO en el campo gremial. ¿Qué se pro­puso EE.UU. con CAFADE? Los estudiantes hoy lo saben. CAFADE tuvo por meta la formación de téc­nicos argentinos para empresas extranjeras. Técni­cos agrarios, atómicos, militares, etc. Además, la preparación y difusión de planes "desarrollistas" norteamericanos. Un buen ejemplo de esta ciencia "apolítica" fue Gino Germani, campeón de una so­ciología neutral. Y hoy profesor en EE.UU. Una sociología subvencionada por la Alianza para el Pro­greso. La Universidad, pues, no es nacional. Es una oficina de funcionarios administrativos y técnicos de las empresas extranjeras. De becados en EE.UU. por fundaciones privadas. Esto es, por los monopo­lios norteamericanos. Una enseñanza correlativa a los planes de EE.UU. Por contraste, el estudiantado se ha nacionalizado. A la arremetida del imperialis­mo responde con huelgas y motines populares. En 1966, los conflictos estudiantiles adquirieron tal vi­rulencia, que la autonomía universitaria, una come­dia en la que todavía los estudiantes creen, fue su­primida por la ley 16.912 que prohibía la actividad política en los claustros. A raíz de esta medida, la militancia de los estudiantes se enardeció. La desig­nación de autoridades y profesores, provenientes de le derecha liberal, liados a las empresas extranjeras y grupos económicos afines, ha agravado la situa­ción. Con el gobierno de Onganía se tornó más nítido el contenido clasista de la Universidad a través del plan oficial enfilado a hacer inaccesibles los estu­dios a las capas de pocos recursos. Estas medidas, asociadas a otras accesorias, tuvieron un efecto no previsto por el ministro Borda. Por primera vez, el estudiantado, desde 1955, miró hacia el peronismo. La clase media descubrió a los trabajadores argen­tinos. La penetración imperialista, en resumen, que­bró económica y mentalmente a la clase media, puso en tela de juicio los valores culturales en que la nueva generación había sido educada. Esa genera­ción, crecida en medio del desencanto de una de­mocracia prostituida, se afirmó en el país. La com­prensión del fenómeno colonial se proyectó, ya no como radiofotos que venían del Asia con sus esca­parates de hambrientos amarillos, sino como indig­nación ante el espectáculo de parias más cercanos, niños provincianos, obreros sin trabajo, militantes picaneados. La deshuesada verdad de la Universidad, filial del imperialismo, fusionó al estudiantado con el pueblo. Y este avizoramiento del país, contra los prejuicios de los padres y la propaganda, se llamó peronismo. En lugar de arrancarlos de la política, de apartarlos de la Argentina, la Universidad los arremolinó contra la colonización. Nada quedó -y esto el estudiantado lo vivió en la realidad- de la iconografía "democrática" de la generación de 1955. La autonomía universitaria era una ficción. El gobierno tripartito, la libertad de cátedra, mostraron su falencia. Y el rostro de una Universidad reaccio­naria, clasista, antinacional, destiñó aún más los ajados emblemas de la Reforma del 18. No sólo el liberalismo colonial, después de Perón, mostró su esencia de clase, su colaboración y dependencia hu­millantes. La Universidad apareció en su naturaleza real a la luz del día.

El año 1966 fue culminante. El gobierno demostró que su finalidad era integrar la Universidad dentro del diagrama extranjero. Y el despotismo de los mi­litares en el poder no fue otra cosa que la presencia y dominación de EE.UU. El fruto de esta confirma­ción fue el reencuentro obrero estudiantil. La libe­ración nacional convirtió a la Universidad neutral en beligerante. Este oleaje puso también al desnudo a la Iglesia. Las Universidades privadas aparecieron como lo que eran, otro de los medios utilizados por el imperialismo para dividir a los estudiantes. Mu­chos jóvenes católicos viraron decepcionados de las Universidades privadas a la estatal. Y de la Universidad oficial a las barricadas. La mejor juventud argentina ha recobrado, por estas vías entrecruza­das, no la autonomía universitaria, sino la autono­mía frente a sus padres y las instituciones oficiales o privadas de la Argentina muerta. No se trata de una rebeldía "comunista" sino de la quiebra del colonialismo en el campo de la educación. Es una subversión nacionalista con orientación de izquierda. Incierta sin duda. Pero ya argentina y america­na. La misma FUÁ se ha fraccionado rebalsada por las tendencias nacionalistas del estudiantado. En el Congreso Extraordinario realizado en el año 1970, predominaron las corrientes internas nacionales, que demuestran, asimismo, una nacionalización de las izquierdas universitarias, ligadas desde hace déca­das al P. Comunista, cuya férrea disciplina no logra ya imponer sus consignas vacías de contenido na­cional. Es una juventud que resiste al Ejército, se acerca al pueblo. Si en 1918, la juventud combatió al escolasticismo universitario, ahora desarticula al oscurantismo colonial presentado como cientifismo puro o humanismo cristiano. Esa juventud no cree en sus profesores. Los denuncia como cómplices del sistema y enemigos del país. El profesorado uni­versitario ha vuelto a ser lo que siempre fue. Una casta gris. Una inteligencia donde el colonialismo puro se une a la más pura indignidad de la cátedra. El estado colonial determina a la Universidad, la refrigera en la mentalidad de la factoría, la seg­menta de la realidad en fermentación. Sólo la trans­formación del Estado puede reformar la Universi­dad e incorporarla a la proeza de la independencia nacional. No es posible concertar la autoridad del magisterio con su culpabilidad política. Por el solo hecho de acercarse al peronismo el estudiantado hoy comprende al país. En el profesorado se encofra la desnacionalización de la inteligencia argentina. Aho­ra el estudiante aprende lo que el obrero sabe de memoria. Que ellos como estudiantes, como media­dores intelectuales del sistema, como futuros egre­sados, están también condenados a la explotación, a la competencia en el mercado intelectual, a la su­misión al gerente extranjero, a la aceptación del país derrotado.

En la Universidad la libertad de la cultura es un fraude. La enseñanza impartida desde la Universi­dad choca con la dependencia al imperialismo. Todo estudiante sabe, de algún modo, que la educación que recibe no coincide con el país. Con sus exigencias históricas. Le han puesto como ideal la Universidad norteamericana. Y en los hechos comprueba la falta de libertad frente a EE.UU. Le hablan del "apoliticismo" de la enseñanza académica, pero se encuen­tra con un país removido por la violencia política.

La Universidad -como el Ejército- es parte del país. Y el colonialismo a todos descentra y afecta. El estudiante se ve ante el dilema de elegir entre el trabajo sin título y el título sin trabajo o mal remunerado. Sólo la clase alta y las capas medias acomodadas defienden esa Universidad. Una carrera universitaria es un lujo económico y una distinción social. El estudiante lo verifica todos los días. La deserción estudiantil tiene por principal causa el empobrecimiento de la clase media. Los que termi­nan sus carreras, si tienen suerte, son contratados como tecnócratas en compañías extranjeras que les imponen una disciplina de autómatas bajo el espí­ritu capitalista de empresa. Empresas en las que, por lo general, los egresados argentinos desempeñan a bajo costo tareas inferiores a los conocimientos adquiridos. Si tienen talento son contratados en el extranjero. Por EE.UU., en particular. El imperia­lismo no sólo succiona las riquezas del país colonial sino que expropia sus mejores inteligencias. Que es otra manera de extenuar al país. De hacer extran­jeros a los técnicos argentinos obligados a emigrar. Pero el sentido verdadero de la Universidad está en que la enseñanza no la recibe el más apto sino el más pudiente. El sistema educativo tiende a que la mayoría de los argentinos no traspase la escuela primaria o estudios medios elementales. La Univer­sidad, por eso, exige una reforma total, que no es tarea, como ya se ha dicho, de la Universidad sino del Estado-Nación libre de las ataduras coloniales, o sea de los préstamos internacionales que afloran en los planes de estudios.

Un diario de Buenos Aires, en 1972, publicó el si­guiente comentario acompañado de cifras estadís­ticas:

LA DISTRIBUCIÓN DEL CRÉDITO DEL BID EN LOS CENTROS DE EDUCACIÓN SUPERIOR

Un crédito del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) por 40 millones de dólares, será el tema central de la reunión del Consejo de Rectores de Universidades Nacionales, que comenzará el jueves próximo.
El crédito comprende a nuevas casas de altos estu­dios. No interviene la Universidad de Buenos Aires, pues gestiona ante el organismo internacional un prés­tamo exclusivo.
Las asignaciones del BID han sido cuestionadas en lo que se refiere a intereses y áreas de equipamiento, por varios rectores. El contrato definitivo se firmará en octubre.
Los créditos del BID han sido también atacados por el estudiantado. La crítica se centra en el hecho de que el gobierno argentino tiene que destinar -según el régimen crediticio- una suma idéntica a la entre­gada por el organismo internacional.
Según algunos sectores estudiantiles, los programas universitarios que se favorecen son los que aprueba el Banco y no los que sirven al desarrollo nacional.

EL CRÉDITO ANTERIOR

Este es el segundo crédito del BID. El anterior fue otorgado en 1962. La Universidad más beneficiada re­sultó la de Buenos Aires, a la que correspondió enton­ces, un total de 1.810.000 dólares, que fueron acom­pañados por una contrapartida del Gobierno Nacional.
Las inversiones realizadas en este rubro, en los tres últimos años son las siguientes:
1967: 3.681.500; 1968: 3.564.800; 1969: 4.508.400 pe­sos ley 18.188; lo que equivale al 3,4 %, 2,9 % y 3,4 % del presupuesto total de la Universidad.
Hasta el 31 de julio de 1970 se había invertido to­talmente la asignación correspondiente al BID, inte­grando el Gobierno Nacional, hasta esa fecha, la suma de 3.499.079 pesos ley 18.188. Este monto se ha utili­zado desde 1962 a 1970, cargándose en el presupuesto de los años respectivos.
La Universidad Nacional de Buenos Aires ha pre­parado, para obtener un nuevo préstamo, un relevamiento total de los recursos humanos y físicos. Ese tra­bajo provocó la objeción de algunos organismos de se­guridad que, considerando a la educación como reserva estratégica, opinaban no era conveniente que esos da­tos fueran conocidos por un organismo internacional.
El equipo de planeamiento de la Universidad, que preparó los antecedentes para obtener el nuevo prés­tamo del Banco, propuso -de ser éste otorgado- dis­tribuir las asignaciones de la siguiente forma: 53 % para edificios; 16 % para proyectos del rectorado, ad­ministración y bibliotecas; 26 % para equipamiento y 5 % para ayuda externa.

Inversiones efectuadas en equipamiento con el préstamo BID y con contrapartida del Gobierno Nacional al 31/7/70

Facultades B.I.D. Gobierno Nacional
(u$s) (Pesos Ley 18.188)
Agronomía y Veter. 194.454.51 268.876
Arquit. y Urbanismo 19.400
Ciencias Económicas 11.010.50 13.069
Cieñe. Exact. y Nat. 657.238.46 820.362
Derecho y C. Social. 9.215
Farmacia y Bioquím. 77.494.57 503.110
Filosofía y Letras 17.999.04 21.301
Ingeniería 823.143.94 889.802
Inst. Biolog. Marina 28.743.53 39.415
Inst. Invest. Medie. 122.849
Medicina 723.178
Odontología 68.502
Total 1.810.084.45 3.499.079
("La Opinión")
Una de las negaciones de la Universidad es la ausencia de estudios sistemáticos sobre las potencia­lidades del país. Este potencial geográfico, es mejor conocido por naciones extranjeras que por los argentinos. Y no por falta de capacidad de los técnicos nativos sino por la orientación de la enseñanza su­perior. Los planificadores y asesores científicos de la Universidad, después de 1955, han sido extran­jeros. Los profesores argentinos, o bien medran en empresas foráneas, en estudios jurídicos y contables conexos a monopolios extranjeros, o bien reciben las migajas de viajes al exterior, con lo cual se los ads­cribe al orden colonial. De este modo, la Universidad es un mercado de intelectuales del área periférica del imperialismo. Los planes educativos lo son para toda la América latina e interesan más que al país, a las naciones imperiales que ejercen su supervisión mediante expertos y conferencistas extranjeros, "desarrollistas", "libreempresistas", o en la esfera de la cultura "humanista", como la llaman, a través de filósofos como Julián Marías, un visitante son­riente y parlanchín, filósofo de la vida interior, intelectual dúplice que predica el refugio de la "libertad" en la conciencia solitaria, como resignación estoica frente a un mundo desatinado. Filósofos que como Julián Marías, vuelven a Diógenes: "No hay más que una manera de ser libre, esto es, la de estar siempre dispuesto para la muerte". Para conocer las ideas de los filósofos y científicos que nos visitan hay que saber quién los paga. A Julián Marías la Universidad norteamericana en que dicta cátedras y conferencias. Para este tipo de intelectuales, como Julián Marías, especialista en autógrafos para da­mas, "hay que decir la verdad que se puede, no la que se debe". Son palabras textuales.

El fin de la Universidad es formar intelectuales que hablen español y piensen en inglés. O mejor aún, moldear universitarios en los valores del "mun­do libre", en la justificación de la guerra contra el comunismo, en la discriminación racial. Todo en nombre de la civilización occidental y cristiana. En tanto, soldados norteamericanos mueren sin saber por qué matan y por qué mueren. Ante esta montaña de desperdicios la revolución mundial acosa a esa civilización rubia, cretinizada y abyecta. No es de extrañar que en Iberoamérica, las guerrillas se recluten entre egresados y estudiantes universitarios. Por eso, en la Argentina, la rebelión estudiantil ex­plota en Facultades hasta hace poco anodinas, como la de Filosofía y Letras, que por la índole de sus disciplinas -filosóficas, sociológicas, psicológicas, antropológicas, históricas- ponen en contacto al es­tudiante de una manera más directa, contradictoria y real con la cuestión nacional, de la cual esas disci­plinas, tal cual se imparten en forma oficial, están vacías.

Las drogas culturales de un país socavado por el descontento de las masas, genera un efecto inverso al deseado, vale decir, la farsa de la Universidad in­flama los elementos teóricos de la liberación nacional, no los estupefacientes de la sociología norteameri­cana. No es la Universidad la formadora de la con­ciencia histórica sino el colonialismo como historia viva descarnada de lirismo el fundador de la con­ciencia histórica. Los especialistas del BID, de la UNESCO, la OEA, de las Fundaciones Ford y Rockefeller, subsidiarias del F.B.I. y la C.I.A., no se sien­ten seguros. Tienen ante sí el cadáver de Dan Mitrione.

Hoy se sabe que las investigaciones científicas, realizadas en los Departamentos especializados de las Facultades latinoamericanas, son formas del es­pionaje internacional, y que tales trabajos, previa­mente planeados por expertos extranjeros, son pro­cesados en EE.UU. Así, la Universidad se vuelve contra la Argentina y ejecuta con investigadores argentinos, estudios altamente valiosos no para el país sino para EE.UU., donde los datos son compi­lados e interpretados en institutos universitarios nor­teamericanos. Tales los casos, bien conocidos, de Max Millikan, asesor de la CÍA en Venezuela y director de un organismo universitario, el Instituto Tecno­lógico de Massachusetts. En la Argentina, por medio del Instituto Torcuato Di Telia, o del equipo de co­laboradores de Gino Germani actualmente en Har­vard; en Chile con el Plan Camelot. Lo mismo en México, Brasil, etc. Los estudiantes argentinos co­nocen hoy estas cosas. La clase educadora que du­rante más de un siglo se sintió aplomada en su obra hoy es víctima del pánico. De su engendro cultural mayor, la Universidad, parte el enjuiciamiento a la Argentina colonial. Después de Perón, aquella Uni­versidad europea que parecía sólida y magnífica se desmorona sin gloria en medio de un estudiantado que ingresa a la Revolución Nacional bajo el ocaso ceniciento de la cultura del imperialismo y el rojo vivo de las barricadas callejeras.

INTELECTUALES Y COLONIALISMO

Esto plantea el problema de los intelectuales en los países coloniales. En general, los intelectuales forman una capa social admitida y palmoteada mien­tras cortejan con su palabra o su anuencia a la clase dirigente.

Este es un fenómeno típico de los países depen­dientes, en los que la subordinación económica crea a su vez, intelectuales subsidiarios de las oligarquías nativas, y en la Argentina actual, de los grupos económicos dóciles al imperialismo yanqui. O mejor, anglosajón. Pues el poder de Inglaterra en la Ar­gentina sigue en pie. En tal orden, la "libertad" de la inteligencia es una ficción escandalosa, o sea, la "libertad" para consentir en forma manifiesta o encubierta la dependencia del exterior. Y en esto reside la infidencia de los intelectuales al país que sufre la opresión extranjera. No pueden hablar de "libertad" aquellos que dependen de diarios, revistas, cátedras, pagadas directa o indirectamente por el colonialismo, y por ende, controlados por la censura oficial. En los países coloniales -y la Argentina lo es- la libertad únicamente alienta en individuos incorporados en la carne y el espíritu al pueblo na­cional. Pues el pueblo es la libertad por la cual lucha en tanto pueblo sin pedir un mendrugo de gloria.

La mayoría de los intelectuales, se refugian en la abstención política, que es una forma del someti­miento. Tales intelectuales son parte del espectáculo colonial. Dígase cuanto se quiera, la realidad que circunda al intelectual es política y su silencio es político. El silencio de los intelectuales se llama trai­ción al país. Para ellos, ser escritor es lograr pu­blicidad a costa de cualquier prevaricato. Por eso, en tanto masajistas del éxito social, no son más que fugaces pasajeros del prestigio sin honra. Y el pue­blo los ignora. Hablan de libertad, pero medran a la sombra del sistema que deroga la libertad del pueblo. Si los intelectuales se apartan de la política no es por superioridad del espíritu, sino por cobardía y adhesión, tácita o explícita, al colonialismo. Por eso, tales intelectuales, en los programas de radio o televisión, se expresan con palabras a medias, triviales, conformistas, alejadas de los problemas candentes del país.

La dependencia colonial no sólo es económica, es una mediatización innoble de la inteligencia. Un in­telectual que calla las causas, la vergüenza y el ho­rror del colonialismo, es un mercenario que sirve a las potestades que paralizan al país. El intelectual que no usa sus conocimientos como militancia, de hecho acepta al régimen colonial que paga la exis­tencia de una inteligencia incolora y adicta.

La clase dirigente, en efecto, tiene sus escribas a sueldo, cuya tarea, entre otras no menos despreciables, es mantener vivas las mentiras del colonialismo que, en substancia, revelan un profundo odio al pueblo. Son escritores que por excepción pertenecen a la clase alta y, en tal sentido, la clase media intelectual abastece a la oligarquía. Esto es visible en la Argentina. Tales trepadores, que la oligarquía gratifica abriéndoles las páginas de sus diarios, revistas, editoriales, las cáte­dras y otras sinecuras, son a los que mencionamos. La Universidad es el escalón más alto de la servidumbre de esta gente. Tienen por tarea deificar al sistema, la historia oficial, difamar los símbolos colectivos del pueblo. Lo hacen en nombre de la democracia, de la "civilización" de Sarmiento contra la "barbarie" de los caudillos. De Mitre contra el interior. En "La Nación", órgano de la clase oligárquica, estos chupatintas encuentran acogida destacada, y alquilan sus nombres agrandados por la dádiva publicitaria de esa prensa de una Argentina habitada por rumiantes. Aunque no ejerzan ninguna influencia en el pueblo -fracaso que los lleva a la ridicula autoposición de "élites"-, gra­vitan en determinados sectores medios. La oligarquía sabe lo que hace cuando periódicamente mezcla los os­curos apellidos de la inmigración con algunos escritores del patriciado venido a menos. Es el único ascenso so­cial que les permite codearse con la clase alta. Pero nada más que en la firma de manifiestos y comuni­cados en los diarios. He aquí un botón aparecido en "La Nación", en la que junto a algunos nombres de la oligarquía, navegan los corifantes de la clase media intelectual. Los firmantes están mesturados como una manera de probar que en el Olimpo de la literatura no hay jerarquías, que todos los ángeles tienen la misma anatomía gaseosa. El suelto se titula ’’Declaración sobre los caudillos y Montoneros". Napoleón no exageraba cuando comparaba a estos intelectuales con pulgas a las que había que sacudir de la ropa. He aquí el texto:
Un grupo de escritores dio a conocer una declaración que dice así:
"Los escritores que firman esta declaración han ad­vertido con justificado estupor la creciente glorifica­ción de las montoneras, de los caudillos que las capi­taneaban, y el nombre de Rosas. Tales apologías con­tradicen todo el proceso democrático de la historia ar­gentina y presuponen una extraña nostalgia de la barbarie, del despotismo y de la crueldad. No es di­fícil adivinar, detrás de estos anacrónicos arrebatos, el designio de instaurar, ahora y aquí, sistemas no menos opresivos e inicuos." [2]
El valor de una obra se mide por su posición crí­tica frente a la época en que nace, por la postulación de los problemas que agitan a la comunidad, y esa misión de los intelectuales, sólo es posible cuando se desafía sin renuncias a los poderes que velan, a través de las trabas culturales del imperialismo y sus aliados nativos, las cuestiones nacionales irre­sueltas. En un país colonizado la labor del escritor es militancia política. De lo contrario es pura mi­seria de la inteligencia pura. ¿Cuándo la Universidad ha alzado su voz contra el colonialismo? ¿No prueba esto que la Universidad, en tanto institución, es el asilo cultural del coloniaje? ¿Cuándo los escritores agremiados en la SADE han denunciado la entrega del país, los fusilamientos de 1956, las torturas, las proscripciones políticas de millones de argentinos? ¿Cuándo? Los trabajadores hacen bien en recelar de los intelectuales. De una "inteligentzia" que no osa decir su nombre mientras la Argentina se debate en la violencia, en la lucha por la liberación nacional.

Mas junto a estos escritores hay otros. Una mi­noría, que abraza la causa de las mayorías nacio­nales sin libros pero con conciencia colectiva de la nacionalidad allanada. Son argentinos que no se resignan ante el estado de cosas imperante y mues­tran tanto los mecanismos y las lacras pestíferas del colonialismo, como el papel subalterno de esos intelectuales y políticos que mientras el pueblo lucha en las fábricas y en las calles, aparecen en las pan­tallas de televisión, y de este modo, son partes de los avisos comerciales, el lado culto de la servidum­bre imperialista.

Los escritores auténticos saben soportar el silencio y prefieren darle forma a las intuiciones y heroís­mos colectivos convirtiéndose así en testigos, y sobre todo actores, de la época que les toca vivir. A esta raza de escritores nacionales perteneció Raúl Scalabrini Ortiz, prototipo del intelectual que hizo del pensamiento argentino beligerancia política y no de la política algo negable de antemano por una inte­ligencia amordazada por la mole de falseamientos, mitos y cancelaciones canallas de la antipatria.


NOTAS:

[1] Estas declaraciones fueron hechas antes del golpe derechista proyanqui que derribó al general Juan José Torres

[2] Firman la declaración Horacio Armani, Carlos Avellaneda Huergo, José Bianco, Adolfo Bioy Casares. Susana Bombal, Jorge Luis Borges, Jorge Calvetti, José S. Campobassi, José Edmundo Clemente, Nicolás Cócaro, Jorge Cruz, Bettina Edelberg, Luis de Elizalde, Fermín Estrella Gutiérrez, Enrique Fernández Latour, Patricio Gannon, Jorge L. García Venturini, Juan Carlos Ghiano, Roberto Giusti, Joaquín Gómez Bas, Bernardo González Arrili, Adela Grondona, Alicia Jurado, Bernardo Ezequiel Korenblit, José Luía Lanuza, Mario A. Lancelotti, Carlos Mastronardi, Manuel Mujioa Láinez, Silvina Ocampo, Manuel Peyrou, Jaime Potenze, Ricardo Sáenz-Hayes, Leónidas de Vedia, Osear Hermes Villordo, David Vogelman, Orlando Williams Alzaga y Andrés Romeo.

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