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HERRAMIENTAS

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Rubén Dri
"Unir al campo popular es la tarea fundamental"
Por Gabriel Martin y Aníbal Libonati
Publicado digitalmente: 25 de enero de 2005

Integrante del histórico Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, allá por la década del ’60, como resultado de una práctica sacerdotal que lo llevó a vivir cerca de los más humildes; militante de diversas orgánicas (como Montoneros y el Peronismo de Base), motivo por el cual sufriera primero la cárcel, y más tarde el exilio, Rubén Dri es en la actualidad profesor de Filosofía en la Facultad de Ciencias Sociales de la U.B.A. Autor de varios ensayos, entre los que destacamos La utopía de Jesús, Teología y dominación, Revolución burguesa y nueva racionalidad, y muy recientemente El movimiento antiimperial de Jesús. La entrevista se centra sobre su último libro publicado, conocer sus experiencias, y saber de su parecer sobre cuestiones más coyunturales.

¿Podría decirnos de qué modo se dio en Ud. el proceso por el cual, de las posturas dogmáticas que recibiera a lo largo de su formación sacerdotal, pasó a expresar su fe a través del compromiso con los más pobres, con los más desposeídos?
Somos seres históricos, y como tales, nos vamos transformando, evolucionamos. En mi caso particular, el compromiso con el Pueblo, mi militancia en las décadas del ’60 y del ’70, en Resistencia, Chaco, mi participación en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), en el peronismo (primero en Montoneros y luego en el Peronismo de Base), han sido elementos que me fueron cuestionando la teología que adquirí a través de una formación tradicional, una contradicción entre la teología que había recibido, con la práctica, lo que me lleva a revisar, junto a otros compañeros nuestra teología, nuestra base doctrinaria y hacemos un análisis crítico. La militancia me lleva a la cárcel (en la época de Lanusse), a la clandestinidad en el año ’74, y posteriormente, al exilio. Este proceso de revisión no se detuvo en aquella época, sino que ha proseguido. Jesús sigue siendo la figura central, forma parte de mi identidad y de la vida de mi Pueblo. Yo me siento en la necesidad y en el deber de devolverle a mi Pueblo un Jesús que esté más en consonancia con sus luchas, por cuanto se ha transmitido demasiado el mensaje de un Cristo que predica la conformidad, que legitima la dominación.

¿Ha habido algún hecho que le haya provocado un quiebre, un momento a partir del cual haya comenzado a sentir la necesidad de ese replanteo del que nos estaba hablando?
Cuando me encontraba en la Villa Mariano Moreno de Resistencia. Estaba trabajando en el barrio y una de las familias tenía una nenita subalimentada. Se fueron a trabajar en la cosecha de algodón y cuando regresan no veo a la nenita. El padre me dijo: “Dios se la llevó”. Resignadamente, decía que había sido designio de Dios. Esa respuesta, significaba cierta catequización dada por la Iglesia sobre las duras condiciones de vida de toda aquella gente, que debían ser aceptadas como una imposición divina, como algo inevitable. El otro fue en una falsa cesión de tierras a los habitantes de aquel barrio. La ceremonia se realizó con toda la pompa, y en este hecho tomaron parte el Obispado, el gobernador y el ejército. Aprovechándose del analfabetismo se les hizo firmar un documento en el que en realidad se dejaba asentado que los terrenos tendrían que ser devueltos cuando el Ejército los precisara. Todo era una farsa. La participación del obispado en esta maniobra era algo indignante. Éstos, fueron dos hechos que poco a poco, hicieron que fuese realizando un análisis más crítico del rol de la Iglesia de cara al Pueblo.

¿En qué momento abandona los hábitos?
Al pasar a la clandestinidad, en 1974, termina mi vida sacerdotal, y ese hecho no fue existencialmente traumático. Para ese entonces, no tenía dudas, por cuanto el proceso de transformación ya se había iniciado. El quiebre había sido antes, y había sido muy profundo. Después inicio un proceso de enfrentamiento con la cúpula eclesiástica. Esto implicó una ruptura muy profunda, por el compromiso que había asumido con los más desposeídos. Hay ciertas conversiones de las que ya no se puede volver hacia atrás. Los quince años de sacerdocio, del ’60 al ’74, fueron un período muy vital, de mucho entusiasmo, de mucha lucha, un período en el que creíamos que todo era posible.

Las reformas propuestas por el Concilio Vaticano II, ¿tuvieron en cuenta las particularidades que vivían los sacerdotes que asumieron un elevado compromiso con los pobres?
Quienes con posterioridad vertebraríamos el MSTM, ya nos reuníamos y trabajábamos en equipo, debatiendo sobre las problemáticas que nos tocaban vivir. Ya comenzábamos a tomar partido por los problemas sociales.

En el libro que recientemente ha publicado, queda planteado el paralelismo que se puede realizar -salvando las diferencias- entre la militancia de Jesús y la lucha antiimperialista de los pueblos Latinoamericanos. Incluso llega usted a hablar de la construcción por parte de Jesús, de un poder contra hegemónico. ¿Puede profundizar sobre esta cuestión?
Lo que me impactó mucho, fue descubrir la forma en que Jesús construyó su movimiento religioso. Yo fui parte de la reconstrucción de la Juventud Peronista de Resistencia. Después me sumé a Montoneros, orgánica de la que me alejé porque consideraba que había que realizar un trabajo más de base. Me impactó descubrir cómo la práctica de Jesús estuvo estrechamente ligada con el campesinado. Al mismo tiempo, los va organizando en grupos de 50, de 100 aldeanos, lo cual era una forma de organización tradicional de las milicias campesinas. Analógicamente, esto lo puedo traspolar a la actualidad, sólo que ahora no es en la aldea, sino en los barrios. Hay analogías, paralelismos para hacer. El movimiento encabezado por Jesús tiene proyectos concretos: el proyecto económico aparece muy claro.

¿Cómo puede explicitar tal proyecto económico?
Tal proyecto económico se basaba en una economía de solidaridad. En ese proyecto económico el valor fundamental es la solidaridad, es el don. Tanto es así, que en el proyecto profético de Jesús no puede haber pobres y por lo que no puede haber deudas. Las deudas no se cobran. Por eso, en el Padre Nuestro, antes de que fuera modificado algunos años atrás, el “perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, tenía que ver con la deuda real, y no con el pecado. Las narraciones de la multiplicación de los panes, son narraciones simbólicas que tienen que tienen que ver con el problema económico. Si se compartiera todo lo que se produce, la humanidad no sufriría el flagelo del hambre. Aquel proyecto de Jesús de una economía de la solidaridad, en la que todo se comparte, en contra de una economía de acumulación. Después, a partir del siglo IV, comienza la estructuración dogmática de la Iglesia. Se empieza a traicionar el mensaje de Jesús en lo medular. Se lo traiciona, pero contradictoriamente, porque en la Iglesia siempre va a existir ese movimiento pendular que le permitirá sobrevivir a tantos avatares políticos.

Acerca del proyecto político, ¿qué es lo que puede señalarnos?
Lo que hay que tener presente es que, en aquella época, cuando se profesaba la fe, era la fe en un determinado proyecto político. La política y la religión se hallaban estrechamente unidas, no se las podía separar de ninguna manera. El proyecto de Jesús es un proyecto político que desplaza a la monarquía como sistema. Esta discusión acerca del poder -que atraviesa toda la historia, y más fuertemente desde el siglo pasado, con los movimientos revolucionarios, hasta el presente, fue motivo de discusión entra quienes lo seguían a Jesús. Hoy día, se discute si hay que “tomar el poder”, si hay que “construir poder”, desde dónde se construye poder, si desde “abajo hacia arriba” o en sentido contrario. Cuando se dirige a Jerusalén es cuando se discute acerca del poder y surgen dos posturas contrapuestas, una la de los discípulos (N. de la R.: de posturas radicales y partidario de la lucha armada), para quienes el poder es dominación, unos mandan y quienes están debajo, obedecen. Jesús va en contra de esta concepción, e insta a los discípulos a abrazar la idea del poder como servicio. Para él, el poder es servicio e implica ejercer funciones de servicio. Lo que él pretende es una nueva sociedad.

En su libro también se hace mención a la relación que debía existir entre el movimiento liderado por Jesús, y el uso de las armas. ¿Podría profundizar sobre este aspecto? En relación a la lucha armada, podemos señalar que en el movimiento profético de Jesús, también se dio este debate acerca de cómo debía encararse la lucha, como estrategia el enfrentamiento directo con el poder imperial. La estrategia de Jesús es diferente: no está en contra de la lucha armada, sino del enfrentamiento directo con el imperio. El está construyendo organización, creando conciencia, y necesariamente debió contar con el apoyo de grupos que permanecían en la clandestinidad, que se encontraban armados para la autodefensa. Tanto es así que, cuando Jesús fue aprehendido, se originó una pelea, una lucha. Lo que tenía bien presente Jesús eran las circunstancias: en Galilea, al enviar a sus discípulos a evangelizar a las aldeas, les recomendó que no llevaran alforjas, espadas, ni nada; en tanto que en Jerusalén, donde existía otro clima político, les dice que “aquél que no tenga espada, venda su manto y se compre una”.

Esto puede llegar a escandalizar a muchos, y puede llegar a ser tomado como un mensaje discordante con el que, supuestamente, Jesús transmitió.
A mí no me interesa escandalizar a la gente. Me preocupa que muchas veces se lo utilice a Jesús para “bajar” un mensaje idiotizante, desmovilizador, y que se esconda lo que veníamos apuntando acerca de lo que pensaba Jesús sobre el poder, la autodefensa y demás cuestiones.

Sobre la tergiversación del mensaje de Jesús, también se puede afirmar que se ha malinterpretado aquello de “poner la otra mejilla”, tal como usted lo señala en su libro.
Jesús diferencia las relaciones que se dan a nivel de la sociedad civil o las relaciones que se dan entre vecinos, donde sí hay que “poner la otra mejilla”. Es decir, en las diferencias que surgen entre pobres -diferencias que no hay que fomentar- se debe tratar de llevar la paz. Pero cuando él se dirige a la autoridad, de ninguna manera evidencia la actitud de “poner la otra mejilla”. Este es un mensaje que podemos rescatar para apuntalar la unidad popular; entre compañeros hay que tratar de solucionar los problemas hablando. Si hubiésemos llevado a cabo esto, habríamos solucionado problemas fundamentales para reconstruir el movimiento popular. Puesto que uno de los problemas más graves que tenemos, es el fraccionamiento del campo popular. Unir al campo popular es la tarea fundamental a realizar. Aplicado a nuestra realidad, significa articular las prácticas de todos los grupos del campo popular. Ahí es donde podemos poner en práctica lo de “poner la otra mejilla”, porque siempre van a existir las contradicciones. Pero éstas deben ser superadas resaltando los puntos en los que hay acuerdos, con el fin de alcanzar una conclusión superadora. En aquel entonces es interesante destacar que había dos líderes, Jesús y Barrabás, por ello es que el poder del Imperio Romano, va a poder trabajar sobre las contradicciones existentes en el seno del campo popular.

Qué nos puede decir acerca de las teorías que hablan de la no existencia del Imperio, que a grandes trazos podemos atribuir a Negri y Holloway?
Estas teorías han tenido una influencia sumamente negativa en nuestra realidad. Se han destruido y/o demorado trabajos, se han perdido militantes.. Holloway propone no sólo no tomar el poder, sino construir al anti-poder. Lo cual constituye una contradicción de los términos: ¿cómo vas a luchar por el anti-poder desde el no poder? En tanto que Negri plantea que el pueblo es una construcción de la burguesía, y que la verdadera fuerza radica en la multitud; pero la multitud no tiene historia ni memoria. Estas ideas, tan en boga, conducen a un horizontalismo completo, que nos lleva a la derrota, por cuanto impide todo tipo de organización. Sin organización no se puede pelear ni construir poder.

A nivel de nuestro país, cómo visualiza la actual coyuntura; cómo podría definir las múltiples instancias de organización popular?
Por empezar, la década del ’90, tan desastrosa en sus resultados, fue la culminación de un proceso que comenzó en 1976. En este período se destruyó el entramado social que existía. Se impusieron la cultura de la competencia, el individualismo más exacerbado, lo que permitirá los elevados niveles de desocupación, la flexibilización laboral, la creciente brecha entre los más ricos y los más pobres. El Pueblo, de a poco, fue encontrándose con la posibilidad de recomponer aquel tejido social, a partir de los movimientos de trabajadores desocupados, de las asambleas populares surgidas en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, de los microemprendimientos productivos, de las fábricas recuperadas por los trabajadores. Fenómenos visualizables como un proceso de renacimiento popular, que viene desde abajo, con todas las contradicciones que se puedan dar en ellos, y expuestos a peligros importantes. Entre estos últimos, podemos mencionar la posibilidad de que sean cooptados desde arriba, el clientelismo y todos aquellos factores que tienden a quitarle dinámica a tales fenómenos. Lo que necesitamos es mucho trabajo para ir creando verdadero poder popular.

¿Cómo analiza el proceso que atraviesa Latinoamérica confluyendo regionalmente e intentando dejar atrás el neoliberalismo?
Se abre una nueva etapa en Latinoamérica. Para nosotros, las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, implicaron un quiebre muy profundo. Hasta ese momento, el neoliberalismo había contado con un consenso muy extendido en una buena parte de todos los sectores que conforman nuestra sociedad. Se está viendo una recomposición latinoamericana: lo de Venezuela me entusiasma mucho, está lo de Lula en Brasil -aun con sus contradicciones-, está el Frente Amplio en Uruguay, en Bolivia vemos lo de Evo Morales liderando a los campesinos, y aquí está lo de Kirchner, también con todas las características que uno pueda entender como criticables. El proyecto norteamericano de imponer el ALCA para el 2005 no va a ser plasmado, por ahora. Me parece que hay que poner todo en su debido contexto histórico. No estamos ni en la década del ’60, ni en la del ’70. Para mí, asistimos a una etapa de recomposición latinoamericana, y me parece muy positivo que haya cierta conciencia entre los argentinos de que solos, no podemos salir de la crisis.

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