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HERRAMIENTAS

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El Cuervo
Alfredo Astiz: el cuervo de los ángeles
Por José Luis Zamora
Publicado digitalmente: 12 de julio de 2003
¿Por qué habría de seguir llamándoselo, cuando nos referimos al exrepresor Astiz: “Angel” cuando, entre otros alias, figura en la memoria de los testimonios del horror de exdetenidos en la ESMA, el de “cuervo”? Mención tenebrosa para el común de los mortales. Un ángel, como todos imaginamos, por más terrible que fuere su proceder, seguramente, es poseedor de ciertos reparos a la hora de actuar, un cuervo, por el contrario, lo conocemos como ave de rapiña, que en éste caso se aproxima mucho más a la persona de Astiz, con el perdón del pobre bicho negro. Pero está el dicho: cría cuervos y te sacarán los ojos. De ahí, tal vez, la mala fama del animal. En el caso de Astiz viene a colación dado que supo infiltrarse con documentación falsa como hermano de un desaparecido en el grupo de, entre su mayoría mujeres, que se reunían con el apoyo del padre Mateo Perdía en la parroquia de la iglesia Santa Cruz, en el barrio de San Cristóbal, en busca de una acción que tuviera como respuesta dar a conocer el paradero de sus hijos, de los cuales no poseían respuestas que las satisfaga. El cuervo desplegó sus alas de maldad y en operativos realizados entre el 8 y 10 de diciembre de 1977 por el grupo de tareas que él integraba, 3.3.2 de la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), secuestró a doce personas, las cuales nunca más aparecieron con vida. Lo habían tratado en dicho grupo como a un hijo más, le rogaron en los momentos de más peligroso que se fuera, que lo podían agarrar, temiendo ingenuamente por su integridad física. Y así les pagó, como un verdadero “cuervo” arrancándoles los ojos o como se prefiera, como un miserable “judas” ya que el 8 de diciembre, Día de la Inmaculada Concepción, se retiró antes de la reunión con un beso en la mejilla de Nélida Chidichimo. La acción del genocida era que estaba “marcando” las madres a los agentes infiltrados dentro de la iglesia. Nélida se salvó por puro milagro, fue testigo de los secuestros de Esther de Careaga y de María Ponce de Bianco producidos esa misma noche. También se llevaron a la monja francesa Alice Domon, arrastrándola con sus manos maniatadas. El sábado 10 en la avenida Mitre de Sarandi a pocos metros de su domicilio particular, tres hombres del grupo de tareas de la ESMA secuestraron a la primera presidenta de las Madres: Azucena Villaflor de De Vincenti. Ese mismo día, pero lejos de allí, en la capilla Santa Rosa de Ramos Mejía también era secuestrada otra monja francesa Leonie Duquet. En los días en los que se llevó a cabo la barbarie fueron secuestradas, además de las personas anteriormente mencionadas, otras siete: Patricia Oviedo, Eduardo G. Horano, Raquel Bulit, Ángela Auad, Remo Berardo, Julio Fondovila y Horacio Elbert. Doce en total, doce desaparecidos, doce vidas que se fueron y que aún reclaman justicia. Paradójicamente, el infiltrado, el número trece, el judas, el cuervo permanece en libertad. ¿Por qué? Gracias al amparo que le brindan, en éste caso y tantos otros, las leyes argentinas de obediencia debida y punto final. El gobierno de Francia solicitó la extradición de Astiz por los casos de las monjas Domon y Duquet en el año 2001, le fue denegada por una resolución firmada por el entonces ministro de Defensa, Horacio Jaunarena, que, curiosamente, reemplazaba al canciller Adalberto Rodríguez Giavarini, de viaje por Australia. Decidieron actuar rápidamente ya que una notificación de la jueza federal María Servini de Cubría los ponía en “conocimiento” sobre el vencimiento del plazo para contestar el requerimiento de países extranjeros en torno a extradiciones. De alguna manera la jueza les pedía: hagan algo urgentemente, no me pasen a mí ésta papa caliente. De ahí el apuro por decidir rápidamente en lugar de la jueza y beneficiar al represor por parte del Poder Ejecutivo optando no enviar los pedidos de extradición a la Justicia. Per Saltum. Otros “personajes” civiles en acción y resguardo de los exrepresores fueron Ricardo Gil Lavedra y Jorge de la Rúa quienes fundamentaron la necesidad de preservar el principio de territorialidad, todos unos patriotas. El mismo principio “ético”, la misma actitud con el que se floreó, en 1990 el gobierno de Carlos Menem, cuando rechazó el primer reclamo francés. Idéntica situación corrió el gobierno de Italia, en virtud de otro pedido de extradición para el “cuervo.” Debía responder por los crímenes cometidos sobre las personas de Ángela María Aieta, madre del dirigente peronista Dante Gullo, en 1976, Giovanni Pegoraro, Susana Pegoraro, hija del anterior, quien en el momento de su secuestro se encontraba embarazada de Evelyn, bebé apropiada, después de su nacimiento en cautiverio, por el exsuboficial naval Policarpo Vázquez, en 1977, según confesó él mismo. De lo que se conoce del “cuervo” también se debe recordar y no olvidar, la tarde del 25 de marzo de 1977, cuando en una emboscada artera, en la avenida San Juan entre Humberto Primo y Entre Ríos, al periodista y escritor Rodolfo Walsh y mientras depositaba en diversos buzones el entrañable e inigualable informe sobre el accionar de la Junta Militar, fue asesinado, para posteriormente, pasar a engrosar las filas de desaparecidos por la ESMA. Entre los ocho o diez represores que actuaron, se encontraba el “cuervo” Astiz. Con la certeza de quien, al menos en éste punto de la historia argentina, se detuvo largos veinte años en tratar de comprender el porqué del comportamiento irracional, inhumano de todo aquel represor que actuó en la última dictadura militar, se puede de manera simple explicar que todos esos actos de barbarie no hubieran sido posibles sin la complicidad de los actores civiles que los acompañaban y avalaban en esos años como así también de la plena certeza que poseían y vislumbraban sosteniendo que en el futuro también serían dueños de otra complicidad mayor con nuevos actores, pero de igual o peor calaña. Los primeros no tuvieron empacho en darse a conocer junto a los represores, los segundos aguardaron solapados con un discurso al revés de lo que después obrarían en consecuencia. La impunidad estaba asegurada de antemano para el futuro y el tiempo dio la razón de ello. Primero fue Raúl Alfonsín con sus consabidas leyes de obediencia debida y punto final. La excusa reconocida como “ética de la necesidad” fue en virtud de aprietes militares encabezados por Aldo Rico. Luego, le llegó el turno al riojano Carlos Menem con sus decretos de indultos. Más tarde, velocidad De La Rúa, que para ello sí la sabía aplicar, se despachó con otro decreto, el n° 1581/01. Instrumento que imposibilita la extradición de represores al exterior por petición de jueces, como el español Baltasar Garzón, para un juzgamiento por delitos de lesa humanidad, dado que en la Argentina por todo lo expuesto es cosa juzgada. De la Rúa antes de asumir como presidente había asegurado que se diferenciaría en las acciones de gobierno de su antecesor Carlos Menem, no cumplió. ¿Se atreverá, ahora, el “Dr. K”? Por ahora y, a pesar de “las supuestas purgas” realizadas pomposamente en el ámbito castrense, los coqueteos entre Defensa y Cancillería no huelen muy bien que digamos, sinceramente. Me refiero, expresamente, a la modificación que se le realizaría al decreto 1581/01. Dicha modificación o eventual derogación, según decidan, ¿permitiría, al fin, el juzgamiento, no sólo de Astiz, sino de tantos otros genocidas reclamados en el exterior? Me refiero, al punto más importante de todos para que ello suceda, lo que debería ser la declaración sin atenuantes, por parte de la Corte Suprema de Justicia, hablo de la urgente necesidad de declarar la inconstitucionalidad de las leyes de obediencia debida y punto final. ¿O van tan de la mano que marchan camino al olvido en contrario a lo que se espera que se haga de una vez por todas?
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