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HERRAMIENTAS

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Los suicidados en cárceles y comisarias
Morir en soledad
Por José Luis Zamora
Publicado digitalmente: 16 de febrero de 2005
El hecho ocurrió en la comisaría 40 trascendiendo la noticia una semana más tarde. Un menor de 18 años, el último 31 de diciembre, había decidido en su celda “morir en soledad”. Ahorcándose. Una historia repetida hasta el cansancio, respaldada generalmente en una única versión oficial por los responsables de su cuidado, que siempre dejan serias dudas sobre el manejo empleado en Institutos de Menores, comisarías o Penales. Cuando se trata de menores, el escarnio y la tragedia, siempre es doble. El “alojamiento” de los menores en las comisarías, traducido, no es otra cosa que, lisa y llanamente, la privación ilegítima de la libertad de los mismos. Con esto queda claro que, desde hace ya muchos años, se están violando pactos que la República Argentina ha suscripto en materia de derechos humanos. Para dar un solo ejemplo de la situación de desamparo Estatal al que se llegó en todos los niveles y criterios empleado hacia la senda judicial de la criminilización de la pobreza y sus consecuencias, en noviembre de 2004, un Comité de las Naciones Unidas, preocupadas y alertadas por innumerables denuncias de casos de torturas y tratos infrahumanos registrados sobre detenidos menores y pobres de la Argentina, emplazaron y recomendaron sostener la “prohibición” de detención permanente en calabozos de las comisarías. En mayo último, se calculaba que en comisarías solamente del Gran Buenos Aires, se encontraban encarcelados unos 360 menores, de los cuales el 11% llevaba más de 50 días en situación o condición de vida de total hacinamiento, con la consabida práctica de parte de sus celadores respecto a vejámenes y torturas infringidas a los detenidos. Por ahora, para hablar sólo de casos de personas privadas de su libertad que “eligieron” como método de suicidio: el ahorcamiento en la soledad de las celdas. Es llamativo que generalmente usen elementos que van desde un cordón de zapatilla, una remera, una sábana (¿) o en el mejor de los casos, una gruesa frazada (¿). Estos dos últimos elementos, difícilmente, por no decir imposible, es provisto a los detenidos. Si no se los provee de agua, comida, camas o colchones, ¿De qué están hablando? Ni que fuera cierto. En los últimos años el muestrario de “melancólicos” buscadores de su libertad, cueste lo que cueste, hasta perder la vida si es posible, es el siguiente: En 2001, en la cría de Villa Tessei, un menor de 16 años se “encariñó” demasiado con su frazada. En 2002, en la cría 1° de San Martín, otro joven de 21 años, se “obsesionó” con el cordón de sus zapatillas, que por un “descuido” de sus guardias no le había sido retirado al momento del encierro. Se llamaba: Maximiliano Miño. En septiembre del mismo año, en Melchor Romero, Juan Carlos Acuña Troche, apareció ahorcado en su celda “provisto” de múltiples traumatismos en su cuerpo. En la Cárcel de Devoto, Jorge Contreras, no quiso ser la excepción a la regla y se ahorcó en el hospital del Penal, cuando sus enfermeros estaban dados vuelta y no lo vieron, seguramente. Había denunciado una red de drogas dentro de la cárcel. Aparentemente se arrepintió y quiso “narcotizar sus culpas”. En agosto de 2003, Lucas Ricardo Carrizo, de 21 años, fue encontrado ahorcado en una celda de el Penal de Ezeiza. Su muerte no había sido registrada, “por otro descuido” en dicha unidad carcelaria. Parece que la “melancolía” fue ingobernable y motivo suficiente como para no poder resistir a la tentación de elegir a morir en soledad antes de salir en libertad condicional, ya que le restaban tan sólo, 20 días para que ello tuviera lugar. También había sido testigo de la muerte por aplicación de 36 puntazos a su compañero, Carlos Sández Tejada y acababa de denunciar apremios ilegales durante una requisa. Hasta en la provincia del Chubut llega el síndrome tan temido de “melancolía” o muerte por ahorcamiento. Por el mes de septiembre, aprovechando la llegada de la primavera se puso melancólico, tomó una tira de goma que habría extraído de un elástico del catre y sucumbió a la tentación de morir en la soledad de su celda. Se ve que no pudo seguir soportando ver sobre su humanidad como día a día se multiplicaban las marcas de borceguíes y quemaduras que producen las colillas de los cigarrillos que alguien deja tirados por ahí. La misma epidemia llegó a Entre Ríos en el mes de Octubre. S e coló en la Comisaría del Menor de Paraná, donde se encontraba un menor detenido de 17 años, en la popular figura engrosa-estadísticas: “Averiguación de antecedentes”. No los tenía. Por lo tanto no existieron razones para que se encontrara privado de su libertad. Esta vez, al menor lo tentó una gruesa frazada que lo dejó partir sin poder enterarse el motivo de su detención. En noviembre, otro menor de 16 años, detenido en la cría. 4° de Bahía Blanca, fue hallado muerto en una celda ahorcado con una sábana. Llevaba un mes y medio preso. Mientras tanto, otro menor de 18 años moría por el mismo motivo, utilizando el mismo elemento, en una celda del Penal de Ezeiza. Esta última escena se desarrolló bajo una ventana que decía no tener la culpa ya que se ubicaba a “un metro y medio” del piso. Esto es sólo un resumidísimo muestreo de la situación por la que atraviesan las personas que por diferentes motivos son privados de su libertad o en cumplimiento de una condena, más allá de haber cometido algún acto delictivo, sean mayores o menores. Lo que queda claro es que para que existan o tengan lugar estos hechos, evidentemente, detrás de toda esa trama hay una cadena de complicidades que sólo puede otorgarla el consentimiento político y los pactos corporativos policiales. Estas estructuras que dicen combatir el delito, dado la impunidad de la que gozan, muy fácilmente se intuye, y hasta se prueba, cruzan esa delgada línea roja que los separa de una tentación obscena, para cometerlos.
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