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HERRAMIENTAS

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Rodolfo Panfilio   
Historia Universal de la infamia
Por Rodolfo Panfilio
(¿Quién es Rodolfo Panfilio?)
Publicado digitalmente: 23 de febrero de 2005

Cartago, fue la gran obsesión para Roma, a lo largo de una próspera época de su historia. Roma avanzaba, formaba el núcleo de su futuro Imperio, colonizaba, explotaba y esclavizaba, y Cartago permanecía, no sólo resistente a la dominación, sino hostigante activa de las líneas de comunicación en el Mare Nostrum. Pues bien, bastó que Roma acumulara la fuerza suficiente para organizar la expedición militar más grande que se recordara, para que Cartago fuera finalmente abatida, arrasada, y sus habitantes muertos o vendidos como esclavos. Todo realizado con la especial saña de quien no sólo pretende vencer a un enemigo, sino borrarlo definitivamente de la memoria de la Tierra. Hoy de Cartago sólo quedan las ruinas que sobrevivieron a los romanos. Nunca más regresó al antiguo esplendor, en la memoria sólo quedaron durante siglos, sus victorias parciales, y su estruendosa, final, derrota. El Senado del Imperio mandó no tener piedad por los vencidos, pero en especial, no tener compasión por la memoria de uno de los pueblos que dejaba un ejemplo imposible de resistencia a la dominación, que de ninguna manera debía difundirse entre los otros sojuzgados. Muchos otros ejemplos de estas características hay en la Historia, y en la del mismo Imperio Romano. Pero este arrasamiento por pertenecer a una época muy especial del propio desarrollo del Dominus, y por estar tan documentado por el propio Senado romano -que contenía contradicciones importantes, aunque por el momento las resolviera con victorias militares - es un paradigma. Un ejemplo que luego han continuado más o menos por el mismo camino, otros imperialismos, incipientes, poderosos o decadentes, da igual.

El sistema de conquista, sea cual sea, siempre conlleva violencia sobre los conquistados. Algunas veces los imperios de turno realizan alianzas transitorias y vergonzantes con parte o partes de los pueblos conquistados - generalmente las élites dominantes de cada lugar, que tratan de mantener privilegios aún en el desastre - para establecer cabezas de puente que luego serán modificadas según las circunstancias (recordar la variante relación de los yanquis con la Junta Militar argentina, aliada para asesinar a su propio pueblo, enemiga cuando se trataba de luchar contra Gran Bretaña, o aun mejor: el auge y caída de Noriega en Panamá, primero usado para liquidar el Torrijismo, luego juzgado y encarcelado por un tribunal yanqui!). Hoy es fácil ver la violencia ejercida por Roma sobre Grecia o Cartago, por caso, pero en el momento, el terror es matizado por distintos tipos de coberturas ideológicas: el S.XIX fué el del ”progreso y civilización”, consigna metida a sangre y fuego en la India, el continente africano o el propio Oeste norteamericano. Por supuesto, el genocidio sistemático -aplicado en todos los casos - eran los ”daños laterales” de la época, que se denominaban ”sacrificios en beneficio de la Humanidad”. Los métodos de conquista están siempre en relación directa con el desarrollo al momento de las fuerzas productivas de la sociedad. En otras palabras: el modo de saqueo está ligado al modo de producción de la sociedad. Así, el dominio político, también; - aquí tendrá mucho que ver como se utilizan las armas y ejércitos de su tiempo (su forma de organización) para aplastar, matar, y eventualmente administrar, los pueblos y territorios conquistados -.

Bien, si la Conquista siempre es violencia sobre seres humanos, ésta debe ser siempre justificada jurídica, religiosa, moralmente. Y las razones ideológicas deben funcionar en todos los casos, primero, hacia quienes actuan como agentes de la Conquista: no deben sentir la menor repugnancia hacia la sangre humana. Segundo, hacia los conquistados, los que quedan vivos, deben ser reconfortados y aterrorizados (en este caso, los términos no son contradictorios), pues deben ponerse a trabajar. Como en Cartago, el pasado inmediato, el más comprometedor-esclarecedor, deberá quedar sepultado, y la responsabilidad, (la culpa), quedar sobre el espíritu de los perdedores. Esto último, que parece una compleja maniobra, sin embargo, es la siembra más importante desde el punto de vista propagandístico, al efecto de lograr confusión y división entre los conquistados, - la división (la ausencia de unidad de criterios, y de organizacion, es decir, de confianza), es un objetivo político- militar de primer orden en toda Conquista. Este instrumento actúa en combinación con otro, tan importante como éste: la ocultación de la verdad, la liquidación de la memoria, dos caras de la misma moneda. Goebbels, (el ministro de Propaganda nazi), decía que una mentira repetida muchas veces, se transforma en verdad. Es una exposición cruda del método de alienación de las masas, pero es verdad. Los nazis ejercían una Dictadura, con un riguroso monopolio de la difusión de la palabra. Más, cuando éste no es total, se debe acudir a otras formas. El ocultamiento, la falsificación, la re-escritura de la Historia, entonces, se vuelven eficaces armas de lucha contra la razón. Razón en su doble sentido: como justa explicación de las cosas y fenómenos del mundo, y, como corolario de razonamiento, definición y concepto, como sinónimo de inteligencia, entendimiento y conciencia. Aquí es cuando emerge - tanto entre los opresores como los oprimidos, aunque sea distinta en cada caso - la locura, o mejor dicho, el enloquecimiento como evasión obligada a una situación, que de ser explicada, develada, produce dolor. El testigo y víctima de Treblinka, sentado en el banquillo de los acusadores, a medida que relata su penuria, revive el horror y llora a gritos. Los pueblos que no se organizan para extraer una síntesis, -o que no poseen ya una teoría dónde enmarcarla, porque no pueden, o el opresor se los impide-, del episodio histórico de la derrota momentánea que conduce al sojuzgamiento, no podrán realizarla, ya que es siempre un resultado colectivo. Y porque, como muy bien ha sido explicado por diversos autores a lo largo de la Historia, el acceso individual está clausurado por el horror. Pues bien, mientras no se realiza una revisión histórica distinta de la del conquistador, la única versión que poseen los conquistados es la de aquél. En tanto que otro pensamiento les está prohibido, deben tratar de tener acceso a los hechos pasados, y actuales, a través de lo que el opresor les explica. En cualquier caso resulta en enormes contradicciones internas, que son absorbidas por el individuo como tal, cuya estructura mental no es capaz de soportar la disparidad entre lo que ve y siente, y lo que le imponen como interpretación, (en otras palabras, la explicación oficial del fenómeno). Desde que salimos de la Era Arcaica, y el supuesto Comunismo Primitivo, hemos asistido a la constante determinación de unos pueblos para invadir, sojuzgar y explotar a otros. El motivo principal ha sido siempre explotar a otros hombres - los que estan allí viviendo, o los que se importan para esclavizar, en los territorios tomados-. El invasor siempre cumple etapas, que a lo largo de la Historia, se parecieron bastante en uno u otro caso. Hay que destruir toda resistencia. Primero la militar, armada, que podría hacer mucho daño al ocupante. Luego las resistencias más o menos organizadas - o idem. espontáneas, que se encuentren en el seno del pueblo. En siglos anteriores, bastaba con atacar los núcleos principales de agrupamiento y vías de conexión (ciudades, villas, oasis, puertos o corrientes de agua, abrevaderos principales), y entonces, se tendría control al menos, sobre los nexos internos. Hoy día, el desarrollo de todos los medios de comunicación, hace que el control de los invadidos sea muy costoso. Aquí también se aplican criterios de empresa, y el invasor no puede invertir más que lo que produce el pillaje del territorio invadido. No se trata sólo de costos materiales directos, sino también de aquellos que en una coyuntura podrían calificarse como subjetivos, o relativamente invisibles. Son los costos políticos, o ideológicos-culturales, (hacia adentro y hacia afuera del Imperio), los que se vuelven materiales cuando se transforman en más y más resistencia, interna o externa. Esto es importante. Se debe cumplir con el doble carácter de la ideología: debe legitimar los actos a los ojos del oprimido, y también a los del opresor y todos aquellos que son sus beneficiarios (los habitantes de la metrópoli, las élites vernáculas). Bien, por debajo dela estructura psicológica del ser humano, hay características culturales que se transmiten de generación en generación desde los comienzos de la humanidad, que pertenecen a la identidad última, básica, del individuo. Cada pueblo las posee, y se corresponden con su desarrollo colectivo, más allá de las diferencias de clase, más o menos acentuadas, según el desarrollo de la sociedad. Se sabe que si se ataca ese núcleo, - la identidad cultural, la certeza de pertenecer a esa Comunidad y no a otra -, los individuos se desorientan, aumentando sus dificultades para tomar resoluciones en común (ej: organizarse para resistir). Para el Imperio dominante, se trata de sustraer este factor, disolviéndolo mediante manipulación propagandística. El fantástico adelanto de los medios electrónicos de comunicación de masas, ha logrado que ésta última forma de control resulte cada vez más accesible al conquistador: adónde se instala, trata de imponer en primer lugar pautas culturales que actúen de puente para lo que después resultará en la exigencia de modificar la conducta. Esa es la tarea cultural primaria, para las fuerzas invasoras: crear realidades virtuales, falsarias, modelos conductuales, hábitos más o menos conscientes, en fin, paradigmas afines a los ideales del opresor. Si éste paquete se torna creíble y predomina sobre toda otra explicación (a nivel de masas), la primera parte del trabajo está hecha. Por las brechas abiertas en la psicología del oprimido, luego será muy fácil penetrar con la versión que el opresor tiene de los hechos, se crea o no se crea, pues está avalada por las raíces echadas previamente. Y todo esto se ha vuelto muy barato, en tanto que se tenga el monopolio de los medios de comunicación. En América Latina cuesta mucho menos tener acceso a 48 canales, que en Suecia a 7, lo cual muestra muy claro cuales son las prioridades a nivel mundial, en lo que refiere a ”vender versiones”. Sin embargo, no es óbice para todas las otras políticas de control. Por el contrario, unas no serían efectivas sin las otras. Si estudiamos las últimas cinco intervenciones armadas (lo cual no haremos aquí) realizadas por EEUU en América Latina, veremos que lo que se utilizó como estrategia luego que los paracaidistas recogieron sus paracaídas, fué la combinación de todos los métodos: destrucción de toda resistencia armada, aplastamiento de las organizaciones políticas, sindicales, sociales, persecución de las élites intelectuales (los que pueden pensar y difundir lo que piensan), asesinatos selectivos a líderes, y aún, posibles líderes de la resistencia. Un modelo conocido.
Un Modelo conocido - Algunas consecuencias de ésta política imperial Los nazis tenían parte de esto solucionado a priori cuando invadieron Polonia, ya que habían calmado a sus propias masas descontentas con la promesa del botín de la conquista, habían logrado en la coyuntura una especie de ”neutralidad” de todos los posibles defensores de los polacos ( URSS y Reino Unido), y por último, pero no menos importante, estaban atacando a un régimen político y a un ejército totalmente aislados del pueblo. Pero cuando los nazis llegaron a Varsovia, liquidaron a 300.000 intelectuales, o posibles líderes de la resistencia (bastaba con saber leer y escribir para ser peligroso). Las masas estaban destinadas a ser esclavos del III Reich - sin eufemismos ni cortapisas, el trabajo esclavo se instauró de inmediato en los territorios ocupados.- El resto fue neutralizado mediante el terror y la represión, la contra-información (la propaganda estaba considerada un pilar del régimen por los nazis), o el embrutecimiento directo de los trabajos forzados en los campos de concentración, o fuera de ellos. El Ciudadano Perfecto de los territorios anexados por los nazis, - para los propios nazis - es el campesino polaco, al que luego que terminó la guerra, le preguntan si sabía lo que pasaba en ese lugar que se divisaba desde la ventana de su casa, (ese lugar era Auschwitz, el mayor campo de exterminio de todos los tiempos). El campesino respondió que era una fábrica, que largaba una humareda fétida. Mas, buena parte de los habitantes del Cono Sur (Argentina, Chile, Uruguay), también responden a ésta característica: ignoraban muchas veces lo que sucedía en el garage de la esquina donde funcionaba un campo de concentración clandestino, y sus compatriotas eran torturados y asesinados clandestinamente.

Cuando la resistencia armada de una nación a las políticas imperiales, se encuentra más o menos enraizada en el seno de su pueblo, y además, ha logrado aliados fuera de los límites de su propio territorio, la situación se vuelve compleja para el invasor. Tendrá que cubrir todos los frentes, combatiendo con las armas y generando a la vez, suficiente cobertura ideológica como para que la situación no se vuelque en su contra, pues necesita quedarse allí, al costo que sea. La táctica de resistencia, ataque y expulsión por parte de los invadidos, cualquiera esta sea, es considerada inmediatamente como sedición, subversión, o terrorismo por parte de los invasores. Allí comienza la campaña contra la resistencia. Toda teoría, toda denominación, estará sujeta a las necesidades tácticas del momento. Mao, el gran general de la revolución china decía, sintetizando, que un revolucionario debe moverse en el pueblo como pez en el agua.Y que si el enemigo ataca, nos retiramos, si el enemigo acampa, lo hostigamos, si huye, lo perseguimos. Los yanquis a ésto, le llamaron Guerra Revolucionaria o Guerra Subversiva o, lo que después se denominaría la Guerra de la Pulga (pica, y salta para cambiar de lugar, y salvarse). Mao la llamó, simplemente, guerra popular. Es la guerra de guerrillas trasladada a un escenario analizado, radiografiado, desde un punto de vista materialista, y de esta forma, elevada a la categoría de arte. Es muy difícil luchar contra esto. Por ello, los EEUU han aplicado masivamente controles que incluyen desde las políticas sociales en Filipinas (astutamente combinadas con asesinatos selectivos y persecuciones a ciertos movimientos y partidos considerados peligrosos), hasta las políticas de exterminio selectivo y combinado aplicadas en la recolonización de América Latina, a lo largo del período 64-85 del s.XX. Y a esta etapa queremos referirnos específicamente. La Guerra en los ’70 Quizá ahora hemos logrado una perspectiva histórica imposible de alcanzar hace apenas 15 años atrás. La gran represión de los años ’70, fue cuidadosamente planificada. Se utilizaron, para llevarla a la práctica, todas las experiencias acumuladas en guerras contra Movimientos de Liberación los 20 años anteriores, por los EEUU, y por los otros imperios saqueadores que entraron en la pugna luego de la 2a. Guerra mundial. Y se utilizaron las experiencias recogidas en guerras perdidas y ganadas. Lo que al interior de los países invadidos por sus propios ejércitos, se presentó como una guerra para reprimir a los revolucionarios, era en realidad un gambito estratégico en un tablero mundial que se tornaba asfixiante para las naciones capitalistas, luego de la estrepitosa pérdida de VietNam. Se trataba de poner en marcha la maquinaria que actuaría destruyendo militarmente toda resistencia. Destruyendo a los elementos armados, y también a los desarmados: aquellos que podían ser peligrosos por su capacidad de liderazgo en la Resistencia o, que simplemente, pudieran explicarles a sus compatriotas la realidad de lo que sucedía. El esquema general no se diferencia para nada, en su metodología, de la aplicación práctica realizada por los nazis en Polonia. Pero tampoco se diferencia en su esencia. Los nazis eran cuidadosos estrategas. Buenos empresarios de la muerte, planificaron qué pueblos europeos iban a ser esclavizados luego de conquistados, para trabajar en las tareas para las que fueran necesitados, y qué otras funciones cumplirían territorios y poblaciones invadidas. Bien, Polonia, junto a toda la nación eslava, estaba destinada a proveer esclavos y siervos campesinos para el nuevo imperio. Un proyecto sencillo, con un aire antiguo, tanto, que se parece por sus resultados materiales directos, a cualquier proyecto del Senado Romano, salvando las distancias. Pues bien, en América Latina, han coexistido imperios e imperialistas - esclavistas de toda laya, luchando entre sí por territorios, pero siempre uniéndose para masacrar y explotar a sus habitantes. En todo caso, las masacres nos son una novedad en el continente verde. Pero lo que sí resultaba novedoso, es que los nuevos invasores se animaran a utilizar recursos tan extremos como los que ellos mismos denunciaron hasta el hartazgo en ”la barbarie nazi”, o en el ”gulag Soviético”. No se atacaban pueblos indefensos en medio de la selva, o aislados territorios desérticos. Se trataba de controlar enormes sociedades, con el más alto desarrollo cultural logrado en América Latina, así como gobiernos más o menos legítimos, y todos los territorios contenidos en los espacios inter-ciudades, y las ciudades mismas, con todo su complejo entramado social. Todo esto en medio de los ecos del agudo debate ideológico proveniente de la explosión del ’68, y de los movimientos pacifistas y de los propios militantes negros, dentro de la misma sociedad norteamericana: la metrópoli. Un audaz proyecto, que era imprescindible realizar. Se inventó, luego de diversos ensayos de distinto tipo, el falseamiento y el ocultamiento de la realidad, sin ninguna excepción. Por momentos el manto de secreto que se echó sobre las operaciones fue tan opaco, que el vecindario de un ejecutado no creía que fuera el ejército que lo hubiera hecho, puesto que era convencido colectivamente de que los revolucionarios ajustaban cuentas entre ellos de esa manera: se vestían de militares, y se ejecutaban unos a otros. Se montaron enormes escenarios (y complejos) de cobertura, como en una ópera trágica y sangrienta. El costo no importaba, puesto que lo pagaban los que iban a morir, o sea los propios reprimidos, los invadidos. La conjura se puso de moda, no ya para matar a algún político molesto, sino para asesinar y torturar masivamente. Ningún medio quedó librado al azar, y todos los instrumentos utilizados (dentro y fuera del estado) quedaron tan comprometidos, que no se filtraba información por miedo, por parte de los integrantes de los cuerpos represivos, a ser asesinados por sus compañeros.Los servicios de inteligencia y contrainformación jugaron un rol fundamental en esta etapa. Se aplicó el monopolio absoluto de la información y la propaganda. Toda la infra y superestructura del Estado quedó a merced de un sólo objetivo: destruir la resistencia al invasor. Luego de realizada la tarea más sucia, la de pelear en el frente, vinieron las más finas: destruir los núcleos político-ideológicos, identificar y destruir a la resistencia en el plano de las ideas y sus portadores. Hubo distintas etapas en esta batalla, hasta que la situación declinó en favor de los imperialistas. Esta fue una larga lucha -y compleja-, puesto que se trataba no sólo de destruir, sino que de construir una nueva concepción, dónde primara la visión del imperio. Se crearon nuevos líderes, nuevas formas de liderazgo. Se falseó la realidad, y, de esta forma, se motivó la conducta. La propaganda se hizo más subliminal, eliminando de los programas comunes de primaria y secundaria, el sembrado de inquietudes, o la apertura a comprensiones globales. La educación se ensimismó, premiando la sumisión, y los intereses particulares. La gestión pública quedó sacralizada en dictadura, para, de esa forma, denostar la gestión de los gobiernos previos, y la de todos los que pudieran venir luego. Cualquier comentario sobre la realidad real, sufrida por todos, de forma materialmente constante, estaba considerado subversivo. Y “todo lo que no está expresamente autorizado, está absolutamente prohibido”, consigna principal de un fascismo controlado por servicios de inteligencia infiltrados en el pueblo, dispuestos a eliminar de raíz toda tentativa de razonar. Esta fué una inversión fuerte de parte del invasor, puesto que estaban jugando a largo plazo. En este caso, ya no importan los costos, puesto que, como en un casino, la banca siempre gana. Si se producían ”daños colaterales” no importaba, se eliminaban los testigos, se guardaba silencio, se conjuraba la verdad. Esta situación se repitió una y otra vez, todas las que fueron necesarias, hasta que cedió la intensidad de la resistencia, no ya militar, sino también político-ideológica. La razón, es decir, la realidad hecha conciencia, pasó a la clandestinidad, y se transformó en un objeto difícil de reconocer, en posesión de unos pocos. Si alguien moría, se entregaba el cajón cerrado a sus familiares con prohibición expresa para ver al muerto. Nadie podría recordar ya su rostro en el féretro, no podría saber ya con que expresión recibió su final. Tampoco tendría la seguridad de que se trataba de su familiar, de su amigo o conocido. El entramado social, con todo su bagaje de hábitos y costumbres, también se trasformó en rehén de la dictadura del imperio. Las pautas culturales, las bases de la sociedad, el contrato social reconocido, los derechos básicos, quedaron conculcados especialmente el más importante: el derecho a saber, conocer, entender, y vivir de acuerdo a este conocimiento. La Historia personal y colectiva, entonces, queda expropiada. Esto, tambien, y sobre todo, por lo que siguió: la desaparición forzada, la tortura indiscriminada, los robos y exclusiones masivas. Una política de agresión y destrucción perfecta: se destruye a la oposición conciente, y se le expropia al pueblo el conocimiento de ello. Luego, la esclavitud, una sumisión resultado de todas estas líneas de acción descriptas previamente, más los mecanismos de mantenimiento y sostén de la táctica y estrategia imperialista. En la década de los ochenta, se puso en marcha la segunda parte del plan, que consistía en legitimar la conquista, o, en otras palabras, abaratar costos políticos, que no es ni más ni menos que la función de la “democracia” en América Latina, en ésta etapa. Se buscaron los modelos adecuados a la coyuntura, y se aplicó el español, que tan buen resultado había dado en finales de los “70, como apertura luego del negro período franquista. Del mismo modo que allí, en América Latina se buscó a las personas o persona adecuadas para liderar procesos, y, en todos los casos, fue un hombre de confianza del Imperio: Alfonsín, Sanguinetti, Aylwin o Frei, da lo mismo. Bien, de esa forma quedó instalado el Modelo más o menos definitivo, que es sumamente dinámico, no sólo por la existencia de una permanente resistencia por parte de las clases más perjudicadas, sino porque el imperialismo modifica también el modelo adecuándolo a las necesidades que surgen: es necesario crear la cobertura ideológica que convenza de las bondades del sistema a los que lo sufren, pero aun más importante, crear la certeza de que no existe ninguna opción más que vivir dentro del sistema, y en las condiciones que fueron dictadas luego que los militares terminaron de volver a los cuarteles. Aquí entra a jugar un importante rol, básico diríamos, el terror subyacente, que, en una compleja operación combinada, de propaganda subliminal, de inteligencia y contrainteligencia, se vuelve velada amenaza de que todo puede recomenzar, de que la tortura, la desaparición, el fusilamiento y la represión callejera pueden volver si no se respetan las reglas negociadas con los militares para que éstos se fueran. Éste terror residual se seguirá utilizando mientras sus efectos estén vigentes, al igual que una vacuna inmunológica, (la Guerra Psicológica ha sido una esfera de actividades muy importante por parte del imperio en la guerra de los “70, ya que evitaron les pasara una vez más el terrible fracaso propagandístico de Vietnam) en continuación de la línea de acción: “guerra secreta” o “guerra sucia”. El complemento, la pieza que encastra perfecta con el conjunto de estas políticas es la Política de Impunidad, que es un complejo frente psico-político, que comprende e incluye directo o indirectamente a toda la sociedad, su pasado, es decir su Historia, el presente, es decir, el conocimiento de la coyuntura política y su valoración, y el futuro, es decir, la audacia y valentía para poner en práctica un proyecto distinto, mejor, de sociedad. La importancia estratégica en el plano ideológico de la impunidad de los crímenes de la guerra de los “70, amerita un trabajo que profundice en éste solo aspecto, ya que sus efectos están absolutamente vigentes, y no hay en toda la política imperial, aspecto más cuidado, trinchera más defendida: pertenece al complejo orden de los acuerdos estratégicos realizados con las élites dominantes de cada país y sus asesinos a sueldo, acuerdos que deben ser respetados mientras éstos factores vernáculos de poder sean necesarios, y se adapten a las necesidades de la Metrópoli: la ley de la mafia. Y esto es así a pesar de que algunos personeros de las exdictaduras militares están resultando finalmente juzgados y encarcelados en bellas prisiones fundadas a los efectos: la política imperial sobre esto siempre ha sido la de entregar ciertos efectivos, ciertas fuerzas, para conservar el núcleo fuerte. Pero también la defensa a ultranza de los militares y su impunidad está dejando de ser prioridad para la metrópoli: asistimos a esos momentos en que el ejército imperial mismo va a realizar las tareas sucias en vivo y en directo, ya no interesa defender más que a sus propios soldados. Por eso la insistencia permanente de EEUU para que los países acepten que los tribunales de crímenes de guerra no actúen contra sus fuerzas militares y policiales. El proyecto es eliminar buena parte del ejército de mano de obra desocupada ubicándola en las Fuerzas Armadas, y además, en esta etapa los yanquis no confían en la dirección militar de nadie más que ellos mismos, al fin y al cabo se trata de dominar el mundo. Los pueblos tienen siempre quienes son capaces, por carácter, o conciencia, de ponerse al frente de la resistencia. Los propios pueblos, por el método de ensayo y error o por el desarrollo teórico avanzado, generan la autodefensa de éstos núcleos de Resistencia, que se harán más importantes de acuerdo a cómo interpreten las necesidades o deseos, inquietudes, exigencias, de los que han sido históricamente perjudicados por el imperialismo. No siempre queda clara la división de tareas en el campo de los invadidos y oprimidos, y muchas veces las disputas sobre los límites de estas divisiones, ocultan al verdadero enemigo. Mientras, el imperio tiene muy claro que debe registrar, controlar, y eventualmente, eliminar a quienes son líderes naturales o erigidos en esta lucha de resistencia. Los planes para el área de influencia directa de EEUU, son casi los mismos, salvando la distancia, que tenía Hitler para los eslavos. La tarea es hacerles creer a los oprimidos que no valen nada, que no son nada, que sus hijos son carne condenada por haber nacido. Que su Historia como pueblo tampoco vale nada, que fueron torturados, encarcelados y asesinados, para nada, puesto que los causantes no sólo estan impunes, sino que dirigen directa, o solapadamente, las sociedades en las que viven, y hacen gala de su impunidad. Y esto es necesario, también, por su efecto disuasorio: lo que pasó, puede volver a pasar. Los últimos tiempos en América Latina han estado marcados por la búsqueda de salidas a las crisis estructurales, económicas, políticas e ideológicas, provocadas por las agudas contradicciones de clases traídas por el proyecto concentrador de la riqueza. Como siempre, veremos desplegar en este a veces grotesco escenario de nuestro continente toda la parafernalia necesaria para encubrir la compleja operación de “cambio de rumbo político”.

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