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HERRAMIENTAS

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Los fantasmas del hambre.
Ilusiones rotas por promesas que no aparecen.
Por José Luis Zamora
Publicado digitalmente: 17 de febrero de 2005
Los fantasmas del hambre. Miguel, peregrina por las calles de Capital, concentrado en la misión que se impone él mismo, por su familia con cinco chicos y “por sus vecinos”, como le sale decir. Me traslada subrepticiamente, casi obligado a tener que asemejarlo en lo opuesto, al personaje de un cuento de Kafka. Su héroe, ayunaba por convicción, Miguel, está obligado a sufrirlo en carne propia. En uno, los espectadores lo ven como atracción de circo, y en el circo actual que es ésta sociedad, al otro, (Miguel) lo ven ya no como espectáculo, porque se ha vuelto tan cotidiano que les moviliza una sensación de molestia, como se difunde ahora, no de curiosidad. Existe una contemplación sin interés para esos ojos que miran de reojo el paso de la columna. Y cuando esto sucede, sus protagonistas se vuelven fantasmas, no se ven, no los quieren ver y se les niega. Mas, si no provocaran el ruido necesario con el que acompasan sus bombos, redoblantes y cánticos, se podría afirmar que serían unos perfectos fantasmas. Y ahí está. De a pie con todo su agotamiento a cuestas. Por éstas horas a emprendido, junto a otros miles más como él, una larga marcha de protesta desde su barrio “La Colorada” en Fcio. Varela hasta el momento en que lo encuentro. Lo veo y denoto, a pesar de todo, una sonrisa franca, amplia en su rostro. Esas sonrisas de las cuales solemos decir: son de una buena persona. Y no me equivoco. Su historia, puede ser de muchos. Que de hecho lo es. Pero, sabemos que cada uno vive sus experiencias como únicas e irrepetibles. Y tal vez lo sea, aún siendo idénticas a otras. Por la manera en que me cuenta sus vivencias en éstos últimos años, ese hombre humilde de golpe se vuelve descarnado en su relato. Por su sinceridad, por su dolor y la contemplación de la miseria que lo rodea, paga un costo demasiado caro, que es lo que va carcomiendo con desaliento, en definitiva, desde los cimientos su por-venir. Esa oportunidad que nunca llega. “Quiero un trabajo para poder llevar el sueldo a mi casa, pagar la luz, gas, lo que sea, porque hoy por hoy no puedo.” ¿Cómo hace entonces? Se ríe. No puede explicar lo imposible. En pocos metros no se cansa de repetir que “esos planes de mierda que da el gobierno no alcanza para nada y encima - me dice - están manejados por los municipios, como los de Fcio Varela, por Pereyra, esa crema, esa mafia, que les dieron a tipos que están bien.” Y me revela: “como en mi barrio a Elsa M, que tiene cinco o siete planes en su casa y es dueña de un corralón y así también a otros que tienen negocios.” Sigue: “uno que tiene cinco o siete chicos no puede acceder a ni un solo plan.” “Además, - recalca - en Varela, la policía está matando a pibes y se lavan las manos alegando que son chorros, pero no, no son chorros.” Hilvanando el afano con el trabajo, dice con orgullo que toda su vida laburó. “Fui mozo del ferrocarril, haciendo charters de Mar del Plata a Bariloche, también colectivero en casi todas las líneas de aquí, Capital.” - “¿Sabés qué pasa? Que cuando renuncias y te ofreces en otro, la Cámara de Comercio de los colectiveros te escarchan y no tenés oportunidad a otra empresa de micros.” Es así nomás. Mucha burocracia, por no decir mafia, hay que esperar por lo menos dos años. ¿De qué vivís todo ese tiempo de vacío laboral? Si tenés suerte, de changas, me cuenta. Recuerda que como excusas alegaban mal compañerismo, incumplimiento en las tareas y el caballito de batalla, el preferido, era tratarnos de “chiveros” ¿Chiveros? “Por supuesto, cuando cortábamos boletos le choreábamos a los empresarios, ese es el famoso “chivero”. Y nos reímos. Bueno, no está mal, los Macri, manejan el grupo Plaza, y de afano saben, sólo que potenciado por millones. Lo último fue un trabajo en negro, hablando de poderosos, en el medio del “Impenetrable” en el Chaco. Una pista para aviones de mil ochocientos metros, de cuarenta centímetros de concreto puro para su espesor necesario, con iluminación, balizamiento. A sus dueños no los conoció, ni siquiera los vio de lejos. Sí, vio el avión Lear, del que eran dueños los patrones de la estancia que pagaban por su trabajo, pero no se mostraban. ¿Serán amigos del Gdor. Rosas?, me pregunto pensativo. Y... sí, seguro, me alcanzo a contestar mientras me cuenta sobre una máquina barredora para la pista y otras “minucias”. Ese trabajo a Miguel le gusta y conoce de él a la perfección, pero de quienes lo generan también. Relata, que especialmente en la Prov. de Bs. As. donde los grandes magnates de Argentina, me aclara, en sus estancias poseen hasta tres pistas de aterrizaje. En Miramar, uno las tenía, afirma. “Son gente que no las conocés”, salvo a Eduardo Duhalde que siempre está preocupado por la manutención de sus pistas de Miramar, para él y sus amigos veraneantes, cerca en Pinamar o Villa Gessel. “Bien utilizadas” por ellos. Entre medio, acá estoy, me dice, dependiendo de ésta porquería, de éstas migajas que me da el Estado. ¿Éste nuevo gobierno? “Muchos dirán que es duro, pero no lo veo. Están mostrando recién ahora la “barra” (léase funcionarios). “Pero es como hacen todos.” “Mirá Lula, no ha cumplido.” “Kirchner, para mí, va a ser lo mismo, con la mafia de D’Elía y todos esos.” ¿Chicos al colegio? ¡No! ¿Cómo? “Si tuve que pedir un par de zapatillas de mierda, que te las da la mesa de delegados, no tenía para comprárselas a mi hijo.” “Mirá lo último que hemos llegado a hacer no tiene nombre, Mi Sra. a llegado a verse en la necesidad y apuro de cortar una de mis remeras, que conjuntamente a una bolsa de nylon le ha fabricado un pañal al bebé. ¿Te imaginás? Dicho esto, las facciones de su cara, especialmente sus ojos, pasan en contados segundos a reflejar la diferencia que existe y no se puede disimular y se confunden... de la tristeza a la rabia. Esa desesperanza que nace desde lo más profundo de nosotros, desde la indignación, cuando nos hace rebelarnos y no se da más. ¡No creo en nada! ¡No creo en nada! Ya dije ¡basta! ¡Hasta cuando ésta dilatación perversa de tener que “manejar” el hambre? ¿Cuál es el plazo para los ayunadores de mi país? Basta de mentiras, de engaños, que sepan que aquí estamos, existimos, no somos fantasmas del hambre, es en definitiva lo que quiere decirle Miguel a todo aquel que creemos que los tiempos que vienen deberían enseñarnos a ser piadosos, a pesar de todas las ilusiones quebradas
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