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HERRAMIENTAS

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La caja de Pandora chiíta
Por Editorial
Publicado digitalmente: 23 de febrero de 2005
El triunfo en las elecciones del 30 de enero de la coalición de fuerzas políticas que representan a la comunidad religiosa mayoritaria en Irak ha generado recelo y un mar de dudas en los países árabes y en Estados Unidos.
Por obra y gracia de Estados Unidos, la comunidad chiíta iraquí se encamina por estos días a ver cumplido uno de sus sueños más añorados: ejercer y controlar el poder político por primera vez en la historia moderna de Irak.
Este viejo anhelo comenzó a erigirse a partir de las elecciones del pasado 30 de enero, que dieron un resonante triunfo a las formaciones chiítas, el cual quedó asegurado gracias a una coalición de partidos islámicos y laicos ensamblada entre bambalinas por la principal figura religiosa iraquí, el gran ayatolá Alí al-Sistani, que tiene estrechos vínculos con Irán.
Según los resultados oficiales anunciados por el Consejo Electoral de Irak, los chiítas, aglutinados en la integrista Alianza Unida Iraquí (AUI) se llevaron 140 de los 275 escaños en la Asamblea Nacional Transitoria. En segundo lugar se ubicó el bloque kurdo -formado por la Unión Patriótica del Kurdistán y el Partido Democrático del Kurdistán-, con 75 asientos, seguido por el grupo liderado por el actual Primer Ministro chiíta laico, Iyad Allawi, con 40.
Con esto, los chiítas (que constituyen un 60% de los 26 millones de iraquíes) se convirtieron en la primera fuerza política en Irak al contar con la mayoría absoluta en la Asamblea, posición que les permitirá sacar adelante proyectos que necesiten quórum simple.
La victoria chiíta a nivel nacional también tuvo su correlato en el ámbito regional, ya que se quedaron con 11 de los 18 consejos provinciales del país.
Estos resultados constituyen un gigantesco avance para esta comunidad que vivió una historia de marginación y represión durante los 24 años de mandato de Saddam Hussein.
Paralelamente, marcan el fin de la hegemonía en el poder de los musulmanes sunnitas, grupo que constituye el 20% de la población y que dirigieron el país por más de 80 años.
DESAFÍO Y NEGOCIACIÓN
El primer desafío que deberá enfrentar el liderazgo político chiíta es conformar una mayoría de dos tercios en la Asamblea para definir el nombramiento de un nuevo Presidente de Irak y de dos vicepresidentes, así como la elaboración de un proyecto de nueva Constitución.
Para tal efecto, los negociadores chiítas ya han comenzado las conversaciones con el bloque kurdo para conformar la mayoría legislativa con miras a un futuro gobierno de coalición.
Sin embargo, el puesto clave en el futuro Ejecutivo es el de Primer Ministro. Y los chiítas, por supuesto, desean elegir a uno de los suyos. Para este cargo, los dos principales partidos religiosos que integran la Alianza Unida Iraquí -Dawa y el Consejo Revolucionario para la Revolución Islámica en Irak- han presentado sus respectivos candidatos: el moderado Ibrahim Yafari, actual vicepresidente del país, y Ahmad Chalabi, ex colaborador del Pentágono y la CIA antes de que Washington le retirara su apoyo a causa de falsas informaciones que permitieron lanzar la guerra contra Saddam.
Debido a que en Irak se da prácticamente por descontado una alianza entre chiítas y kurdos, los analistas políticos dan por hecho que el cargo de Premier quedará en manos de un chiíta, mientras que el puesto de Presidente será para un representante del pueblo kurdo (9% de los iraquíes) que, casi con toda seguridad, será Jalal Talaban, líder de la Unión Patriótica del Kurdistán.
INQUIETUD A GRANEL
Precisamente esto último le quita el sueño al gobierno de Estados Unidos. Y es que si bien la Casa Blanca manifestó públicamente su satisfacción por el desarrollo del proceso electoral en Irak, su resultado estuvo muy lejos de ser “ideal” para Washington, que hubiera visto con simpatía un triunfo de los partidos chiítas laicos.
Es que una alianza entre los partidos chiítas islámicos y los kurdos pro iraníes encabezados por Yalal Talabani podría facilitar una alianza entre Bagdad y el régimen teocrático de Teherán, una posibilidad que históricamente ha sido una pesadilla para los sucesivos gobiernos de EE.UU. que han considerado a Irán su principal enemigo en la zona de Medio Oriente.
“En lo que respecta a la geopolítica regional, una coalición entre los chiítas islámicos y los kurdos de Talabani no es el resultado que Estados Unidos quería, ya que sería un gobierno que tendrá muy buenas relaciones con Irán”, asegura el cuentista político de la Universidad de Michigan, Juan Cole, quien subraya que el nuevo escenario político que se abre en Irak coincide con un aumento de la tensión entre Washington e Irán, al que acusa de querer fabricar armas nucleares y de patrocinar el terrorismo internacional.
Otro aspecto que complica los planes estadounidenses para el futuro del país árabe radica en que los partidos chiítas Dawa y el Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak ya han deslizado su intención de que la nueva Constitución contemple como ley fundamental al Islam, algo que el gobierno del Presidente norteamericano George W. Bush rechaza de plano.
Pero no sólo el gobierno estadounidense está inquieto por el triunfo electoral de la alianza chiíta islámica. Jordania, Arabia Saudita y Egipto (países árabes con mayoría sunnita) también se muestran preocupados ante la posibilidad de que sus minorías chiítas tomen como “espejo” el caso iraquí.
Fahmi Howeidi, un especialista del Islam y autor de varios estudios sobre la Revolución Islámica iraní desde 1979, afirma que “existe el temor de que la victoria chiíta en Irak conduzca al surgimiento en los países de la región de una oposición chiíta más fuerte contra los regímenes existentes”.
Esta visión es compartida por Mohamed Said Iddriss, analista del centro Al Ahram, quien estima que la victoria chiíta en Irak “estimulará las reivindicaciones de las comunidades chiítas oprimidas en varios países del Golfo, como en Bahrein y Arabia Saudita, llevándolas a reclamar derechos”.
Sin embargo, la gran incógnita a resolver antes de aventurar cualquier futuro escenario es conocer cual de las dos vertientes de los chiítas prevalecerá: la laica moderada o la religiosa, proclive al establecimiento de un régimen teocrático al estilo iraní.

La Nación de Chile - 19 de febrero de 2005
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