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HERRAMIENTAS

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Estados Unidos
 
Gabriel Martin   
La simbología nazi del Imperio
Por Gabriel Martin
(¿Quién es Gabriel Martin?)
Publicado digitalmente: 11 de abril de 2005
A casi un año de la inauguración del World War II Memorial en Washington DC.

La arquitectura de una ciudad suele decir mucho de ella, de su derrumbada decadencia, de su bohemia, hasta de su concepción política. Así lo expresaba Roma en la Antigüedad, con edificaciones que aterrarían a cualquier esclavo capturado en los márgenes del Imperio. Dos milenios más tarde, Washington no escapa a esta lógica. Desde el Capitolio hasta los suntuosos parques y el Monumento Lincoln, todo muy a la romana, expresan la concepción imperialista y el Destino Manifiesto (el de únicos portadores de la civilización que debían llevar a los bárbaros del mundo) que mantienen desde su independencia.

En los últimos dos siglos, imperialistas conservadores y sus pares liberales, finalmente corporativizados en el Partido Republicano y Demócrata, han surtido al mundo de una ideología irreconociblemente racista, y fascista. Y Bush II, para no estar al margen de la historia, llegó mucho más lejos. No sólo patenta la ideología del senador Albert Beveridge, de que los presidentes de ese país “son hombres de Dios puestos a gobernar” (discurso de 1901), sino que su nazismo familiar, tal vez legado del abuelo Bush pro Tercer Reich, este Bush demencial que padece el planeta entero decidió legar a la capital del Imperio, del más grande monumento dedicado a la guerra, con una arquitectura que ni Joseph Goebbels ni los diseñadores de Mussolini hubiesen alcanzado con tal perfección.

El 29 de mayo de 2004, Bush II inauguró el monumento a los soldados de la Segunda Guerra Mundial, frente a los pálidos ojos del mármol de Lincoln que durante décadas contemplaba el amplio piletón que culminaba en el mega obelisco de esa capital. Pulcras columnas, una por Estado formal (las colonias, por supuesto, al margen) de la Unión, dos fuentes frente a los dos Arcos del Triunfo, de trece metros dedicados, al frente Atlántico-europeo, y otro a la guerra del Pacífico. Arcos del Triunfo que poco tienen que ver con los ornamentados precursores romanos y franceses, estas versiones son impolutas figuras geométricas de la clásica estructura de concreto y bronce nazifascista. Del acto participaron cientos de miles de ex soldados sobrevivientes a la Segunda Guerra, y al tiempo, y esto no es más que una anécdota.

Lo importante de esto, es el para qué de esta maniobra que culminó el 6 de junio con la presencia de Bush en las playas de Normandía para conmemorar las seis décadas del desembarco al norte de Francia, abriendo el frente occidental contra sus predecesores en el nazismo. Bush II, y su equipo de fundamentalistas nazitalibanes, recurre a la conmemoración y exaltación de esa guerra para elevar la moral de una sociedad que acaba de descubrir finalmente, que sus Semper Fidelis marines, son tan torturadores como las Legiones Extranjeras de Francia en Argelia, o como los bananeros dictadores que alguna vez escucharon nombrar que imponían el terror en puntos demasiado alejados del Imperio como para preocuparse, si es que lo hubiesen hecho.

Todo esto conjugado con el “vietcong” musulmán con el que deben lidiar en Irak. El “honorable” U.S. Army, debe remontarse cinco décadas para destacar una supuesta honorabilidad. No pueden recurrir a la Guerra de Corea (1950-1953), de la que se fueron como llegaron, aunque obviamente, dejando una terrible destrucción a espaldas de su retirada, y mucho menos de la vergüenza que aún acarrea la vergüenza de Vietnam (1960-1975, incluye Laos y Camboya) y la última imagen de aquellos gringos que empujados al mar, se colgaban del último helicóptero que partía desde el techo de la embajada yanqui en Saigón. De ahí en adelante, sólo protagonizaron guerras encubiertas en Centroamérica y Asia, y los poco honorables pero redituables golpes de Estado. Hasta el momento, donde el ejército más bestial del planeta iba sólo -es decir, sin el apoyo de una coalición- se retiraban a patadas. Y la última guerra, protagonizada por Bush I en el Golfo Pérsico, poco éxito tuvo en 1991 cuando “la madre de todas las batallas” se libró para erradicar a Saddam Hussein de Bagdad, materia pendiente que lograría su hijo 12 años más tarde...aunque al mundo muestra como vuelven los Hércules con los cajones embanderados de barras y estrellas gracias a la disciplinada producción fordista de la Resistencia iraquí, más, las torturas festivas que sus ejemplares soldados infligen en las prisiones militares. Todo lo que protagonizaron en el medio, hasta para ellos es vergonzoso nombrar, como el caso de Granada o el bombardeo a media ciudad de Panamá para deponer al agente de la CIA que ejercía la presidencia, Manuel Noriega, el 15 de diciembre de 1989, con más de 600 víctimas mortales admitidas por los invasores.

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Infografía. Agencia AP.

Entonces, la Segunda Guerra, es presentada como la “guerra buena”, todos eran soldados blancos (todavía no era política de la Casa Blanca mandar a negros y latinos como carne de cañón) y se luchaba por el bien, contra el mal corporizado en la Alemania Nazi, la fascista Italia y los fanáticos japoneses en el Pacífico. Por supuesto, obviando pequeños detalles como las dos bombas atómicas arrojadas sobre poblaciones civiles y las ¿delirantes? ideas del “Gran” General George Patton, que propuso a la Casa Blanca, una vez terminada la Segunda Guerra, dotar de armamento a los 500 mil oficiales de la SS detenidos, indicarles hacia donde quedaba Moscú, y terminar con el problema comunista soviético; todo esto ante el pedido del presidente Harry Truman de consejos al generalato sobre qué hacer con los rojos.

Guardados bajo pocas llaves estos detalles, más toda la industria cultural programada por el Estado, la sociedad yanqui terminó convencida que fue su país quien irrumpió en Berlín y libró al mundo del satánico Adolf, genéticamente compatible con Bush II.

Por eso, Bush convoca a los héroes de la Segunda Guerra Mundial, y en absolutamente todos los discursos oficiales sobre el 11 de Septiembre, cuidadosamente se habla de “héroes” y no de víctimas de los atentados. Qué es lo que tiene de heroico ser reventado por un avión, es todo un misterio, salvo para la Casa Blanca. El otro punto de contacto entre el mayor conflicto mundial y los “atentados” de Al Qaeda, es que el primer “día de la infamia” en que los japoneses bombardearon Pearl Harbor y el 11 de Septiembre, es que los servicios de inteligencia habían avisado con anterioridad a la presidencia que ocurrirían, y serían el pretexto para poner en marcha el complejo militar-industrial que tantos réditos deja al monopólico capitalismo estadounidense.

De Irak, sólo pueden mostrar que no aplican la “Obediencia Debida” argentina, ni nada parecido, las torturas fueron producto de un par de soldados descarrilados y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, viaja clandestinamente a Irak para no decir nada al respecto, y palmear en las sombras a los picaneadores carceleros. El problema que no podrán solucionar, hasta que alguien asuma la vergonzosa derrota en Oriente Medio, monumentos y dialécticas mediante, es que la Segunda Guerra, tenía un objetivo específico, con fecha de vencimiento más temprana o tardía. En cambio, Bush II desató con su inédita teoría la “Guerra Infinita”, contra ningún país y todos (sospechosos), contra ningún ejército, contra nada que este nazismo imperante del Imperio pueda poner fin. Hasta que se repita la foto de los últimos pretores trepando a un helicóptero en retirada de Bagdad, Kabul o donde sea que las hordas bárbaras del terrorismo determinados por ellos (aunque sean ejércitos de liberación). Ante este IV Reich, vive sumergido Afganistán, Irak, todos aquellos que no estén borrachos de belicosidad proyanqui convertidos en ecuación simple como “enemigos”, Corea del Norte, Siria, Venezuela y la siempre amenazada Cuba. En definitiva, el águila era emblema de los romanos, de la Alemania Nazi, y de Estados Unidos.

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