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HERRAMIENTAS

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El Santo
Por Rodolfo Walsh
Publicado digitalmente: 16 de julio de 2004

El santo está en el fondo de un nicho, en el rincón más sombrío de la capilla. Dicen que no siempre fue así, como ahora es. El imaginero que lo talló hízolo en madera roja, sangrante, lo sometió a inacabables torturas entre sus manos alucinadas, afligióle el semblante con cortaplumas feroces, contorsionó brazos y piernas, , y por fin lo dejó como testimonio de quién sabe qué ignorados procedimientos. Quizá deseoso de olvidarlo él mismo, lo entregó a una orden religiosa. El prior se quedó sobrecogido de espanto al verlo: más que una imagen sagrada, parecía la representación de algún pasado desconocido, tan temible que jamás lo oyera en confesión. Y no atreviéndose a rechazar el donativo -pues el artista era célebre e influyente, y además, había tallado antes para el templo de la orden varias esculturas apacibles y hermosísimas-, lo regaló otra congregación.

A partir de entonces fue larguísimo el peregrinaje de la inquietante figura. Pasó de congregación en congregación ante el asombro, la zozobra y aun la indignación de los buenos padres, ninguno de los cuales, sin embargo, se avino jamás a destruirla. Y después de recorrer los caminos sinuosos de una interesada y temerosa claridad, fue a parar a la capilla de una orden tan ínfima importancia, y tan pobre que, al cabo de algunos días de afligida meditación , no halló el superior nadie a quien adjudicarla. Por un instante, pensó él también, el buen siervo de Dios, destruirla o rehacerla, pero había algo en la imagen -tal golpe maestro de escolpo, tal detalle soberbiamente terminado- que infundía temor y respeto. Se contentó pues, con ponerla donde ahora está, casi oculta a la vista de los feligreses, haciéndole añadir un halo omitido; imaginaba así, ingenuamente, darle algo de la santidad que carecía.

Después transcurrieron siglos, y el tiempo mismo, la gran quietud, el ambiente embalsamado de plegarias y rogativas -tal vez un poco de gratitud por parte de la efigie al encontrar, por fin, seguro paradero- consumaron lentísimamente lo que imaginara el prior, alisando el esguince violento de la boca, desmesurando la frente, absortando los ojos, cubriendo la figura de una suave pátina amarillenta, concediéndole ese estarse en paz de las penas y esmerando el pliegue simplísimo de las vestiduras. A tal punto que no hay en la capilla otra imagen que trasciende tanta beatitud y mansedumbre. Ahora bien, cuando la última rogadora se marcha, haciendo sonar sobre las lozas las cuentas de su rosario, porque ha venido la noche igualando los vitrales -la anunciación a María y la adoración de los Reyes-, y el hermano compañero se duerme sobre el último banco, masticando aún borrosos padrenuestros, las doradas lenguas de la lamparilla alumbran una escena de asombro.

El santo vuelve a su forma primitiva, la que el artista quiso. Lo recorren entrañables estremecimientos, lo agitan recónditas penurias, su faz luminosa se apaga y enjuta, sus manos se crispan estrujando afligentes memorias.

El hermano oye un grito, despierta entonces, piensa que ha comido mucho, que eso es malo pues tare pesadillas, se sacude con un vigoroso cabezazo las dos nubecitas de sueño que aún tiene adheridas a los ojos, y al pasar frente a la imagen del santo se demora, como tiene costumbre, admirando una vez más la dulzura sublime de la cara, las manos en paz y la suave caída del ropaje.

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