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HERRAMIENTAS

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Walsh, Indignado y Veraz
Por Gabriel Fernández
Publicado digitalmente: 20 de julio de 2004

Somos náufragos en el Triángulo de las Bermudas del periodismo

Independiente y subjetivo. Rodolfo Walsh funciona como un faro sólido y abarcador. Nos recuerda que Independiente es un club de fútbol y que subjetivas son las pasiones que definen rumbos vitales. Y nos devuelve en lo mejor de su accionar periodístico la confianza en el caracter cognoscible de la realidad; una certeza nada ingenua aunque incluya la mirada azorada, una convicción democrática que evade la narración cerrada.

En 1956, al recibir la primera noticia sobre fusilamientos clandestinos, Walsh era nacionalista; ni peronista ni revolucionario. Desde que se pone en marcha para ahondar en la cuestión, desde que inicia la colosal tarea que desembocará en la serie «Operación Masacre», va demostrando hasta dónde puede llegar un periodista (y una investigación) si logra afirmar y encauzar una virtud rara, habitualmente estimada menor, sutilmente devaluada por creadores ampulosos: la honestidad intelectual.

«Operación Masacre», como «Quién mató a Rosendo» y «El caso Satanovsky», tensa el cable y arrincona a la prensa seria con argumentos fundamentales y complejos: lo que pasó, pasó, y existieron razones para ello.

Ni materialismo vulgar ni amarillismo. Escandalicemos a los intelectuales con mentalidad jerárquica que estudian la sociedad con parámetros aparentemente despojados pero confían en Clarín: otros temas pero el mismo sentido (una similar intencionalidad, una equivalente rigurosidad) al esbozado por Carlos Marx «periodista» en el 18 Brumario. La realidad existe; es difícil de aprehender, complicada, enmarañada y multifacética. Pero existe.

 «Esa es la historia que escribo en caliente y de un tirón, para que no me ganen de mano, pero que después se me va arrugando día a día en un bolsillo porque la paseo por todo Buenos Aires y nadie me la quiere publicar, y casi ni enterarse. Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas. En cambio se encuentra con un multitudinario esquive de bulto.

 Es cosa de reírse, a doce años de distancia, porque se pueden revisar las colecciones de los diarios, y esta historia no existió ni existe».

Acusación ilevantable para la que Walsh llamaba, no sin bronca como trasfondo de la ironía, prensa seria. Acusación ilevantable todavía hoy para los multimedia, aún cuando - y especialmente - intentan integrar al periodista rionegrino como si nada hubiera sucedido en la comunicación social argentina; como si nada tuvieran que ver con el ocultamiento de algunas de las mejores investigaciones de la historia del periodismo.

En cada constatación, en cada nombre corroborado, en cada suceso develado, Walsh denuncia a través de los años: ustedes no cumplen la función básica de un medio, que es informar; no son objetivos, no son independientes, no trazan hipótesis, ni investigan, ni comprueban; no dicen que la realidad incluye a los hechos, a las personas y a las relaciones que los combinan. Están mucho más posicionados socialmente de lo que admiten.

Es todo un desafío transmitir a los jóvenes estudiantes de periodismo (y a muchos militantes populares que diseñan política como si los medios fueran neutros), que algunos de los hitos más trascendentes de nuestro oficio/profesión fueron publicados por lo que hoy llamaríamos «medios alternativos», de bajas tiradas y llegada relativa. Mencionemos dos, por ejemplificar: «Operación Masacre» en Revolución Nacional, y «Política Británica en el Río de la Plata», de Raúl Scalabrini Ortiz, en Cuadernos de Forja.

Y es todo un desafío porque hoy Walsh aparece «grande», reconocido, semilavado, despegado de la indignación que lo motoriza y lo emparenta definitivamente con el pueblo/víctima, hasta donde llega desde el caso puntual, como un Familiar, cual pariente y amigo de un tal Livraga. El hombre camina los barrios de la periferia bonaerense y bucea en los datos oficiales: su sombrerito se va tornando blanco y su voz se va afirmando hasta convertirse en referencia ineludible, aceptada por los que no aparecen en los diarios.

¿Cómo explicar eso a un pibe que quiere hacerse amigo de Lanata, que admira la «ecuanimidad» de Grondona o que anhela un puesto jerárquico en Clarín? ¿Cómo narrar con credibilidad que el mejor periodista argentino era despreciado/ninguneado por los «mejores» medios argentinos? ¿Cómo decirlo a quien invierte pequeñas fortunas en futuros contactos y recubre ese gesto con programas de estudio serios, independientes y lo suficientemente adultos como para incluír la subjetividad?

Pobre Walsh. Grande Walsh. Se lo reivindica sin decir que la subjetividad - en el área comunicacional - es la artimaña emocional suprema para desplegar el engaño como línea editorial. Que alguien pruebe que Desiderio Argentino Fernández Suarez no hizo lo que Walsh dijo que hizo. Basta leer las coberturas actuales para enterarse que los herederos del «coronel» siguen siendo inocentes para las empresas que controlan el mercado. Empresas que 20 años después reivindican al periodista-militante...pero mantienen el mismo estilo para abordar las cuestiones vigentes. A pesar de todo. Postura democrática incluída.

La dictadura que comenzó en 1976 lo secuestró y lo asesinó; no «sólo» por estar orgullosamente enrolado en la Tendencia Revolucionaria del peronismo, más precisamente en Montoneros, no «sólo» por haber colaborado con Cuba, sino también por haber indagado, tanto tiempo antes, sobre un fusilado que vive y haber demostrado que el poder en la Argentina no respeta las normas constitucionales, pero tampoco - siquiera, sobre todo - las disposiciones extraordinarias que decreta periódicamente.

Se sabe ¿se sabe?: «Operación Masacre» es una disección del procedimiento ilegal militar que preanuncia o predenuncia lo ocurrido desde el 76. Lo que en un momento pareció «detallismo» periodístico exento de análisis político pasó a constituírse en sagaz advertencia sobre el huevo de la serpiente del Terrorismo de Estado. Vale recordarlo hoy, cuando los dislates institucionales siguen ocurriendo sin que el periodismo político argentino - con honrosas excepciones - ni las dirigencias políticas tomen nota. Digámoslo con sencillez: a derecha, se barre bajo la alfombra y cuando no, se justifica; a izquierda, se estima que todo es problema de «ellos» y da lo mismo que la legalidad burguesa sea quebrantada pues «siempre hay opresión».

¿Pobre Walsh? Pero qué grande Walsh. Vamos entonces hacia la digresión subjetiva. Para que no digan. Porque el amor no es más fuerte, pero también es. Y mucho.

 «Hubiera querido ser algo en la vida Vicente Rodríguez. Está lleno de grandes ideas, de grandes ademanes, de grandes palabras, Pero la vida es feroz con gente como él. Solamente ganarla será un permanente cuesta arriba. Y perderla, un interminable trámite»

Pues la indignación que lo lleva al profesionalismo más exacto está sostenida por la ternura. Tanta ingerencia parece tener este sentimiento en su obra, que lejos de envolverla con una bruma irracional, la determina y la reorienta, le tacha adjetivos y le añade datos, le coloca márgenes y la contiene. ¿Walsh llora a Rodríguez? Tal vez, en una cocina, en un cuarto poco iluminado. Pero enseguida se acomoda el sombrero-pañuelo y dice-escribe:

 «Si las personas que tienen en sus manos el Poder no facilitan el esclarecimiento del caso, NOSOTROS NO TENDREMOS OTRA ALTERNATIVA QUE PROBARLO PERIODISTICAMENTE (...)

 Nuestros objetivos son muy claros. Lucharemos a muerte por conseguir estas dos cosas:

 1) castigo ejemplar para el culpable;
2) rehabilitación pública de las víctimas.
» 

Allí nace un posicionamiento vital, una definición social de fondo; el tipo supo que su corazón estaría ligado por siempre a Livraga, a Rodríguez, a Lizaso. El tipo supo también, que lo mejor que podía ofrecerles era un trabajo riguroso y coherente. Y entendió rápido que semejante opción lo alejaba irremediablemente del prestigio reaccionario ofrecido a las expresiones «cumbre» de la cultura argentina. Opción fácil de elogiar a la distancia, pero sólo homenajeada cabalmente cuando se emula día a día, en tiempo presente.

Hoy, cuando la palabra independiente es colocada con oropel en las solapas de los empresarios periodísticos que participan del proceso de concentración junto a los grandes grupos económicos, vale recordar a un periodista que se sabía orgánicamente dependiente de la clase trabajadora argentina. Hoy, cuando el ultraconservadorismo hegemónico contempla la relatividad de situaciones, causas y responsabilidades, vale recordar a un periodista que investigaba y analizaba con objetividad los hechos y los procesos de su tiempo.

Vale recordar, en serio, a Rodolfo Walsh, indignado y veraz.


Originalmente publicado por El Mate, en «Cuaderno de homenaje a Walsh»
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