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HERRAMIENTAS

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El violento oficio de escribir
Por Rosa Gutierrez
Publicado digitalmente: 30 de julio de 2004

«Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba» Rodolfo Walsh [1].

Es posible que los oficios desempeñados a lo largo de la vida sean los que definen a un hombre.
En el caso de Walsh, fueron tantos que es difícil abordar su personalidad sin tener en cuenta al cuentista, al periodista, al criptógrafo, al militante, al escritor de cartas, al novelista, al traductor, al corrector de pruebas, al clandestino, al dramaturgo.
En 1944, Rodolfo Walsh trabajaba en la Editorial Hachette de Buenos Aires como corrector de pruebas y traductor de cuentos policiales. Allí comienza su fascinación por el género y en 1953 publica “Diez cuentos policiales argentinos”, una antología pionera en su tipo y “Variaciones en rojo” (Premio Municipal de Literatura de ese año) que reúne tres cuentos que, (a pesar de que luego el mismo autor renegaría de ellos) no sólo son piezas fundamentales de la literatura policial argentina, sino que anticiparán lo que será su gran obsesión: la investigación del crimen. En este caso se trata del crimen individual, pero más adelante esa obsesión se transformará en la investigación de crímenes sociales, dando paso a la invención de un género: el de la novela verídica, ese mismo al que Truman Capote consagró con “A sangre fría”, sólo que tres años después de la publicación de “Operación Masacre”, la primera novela de Walsh.
En “Variaciones...”, Walsh, escudado en el personaje de Daniel Hernández, se convierte en un magnífico descifrador de enigmas, al estilo de la novela británica, como una suerte de Sherlock Holmes.
«Creo que nunca se ha intentado el elogio del corrector de imprenta y quizá no sea necesario. Pero seguramente todas las facultades que han servido a Daniel Hernández en la investigación de los casos criminales, eran facultades desarrolladas al máximo en el ejercicio diario de su trabajo: la observación, la minuciosidad, la fantasía (tan necesarias para interpretar ciertas traducciones y obras originales), y por sobre todo esa rara capacidad para situarse en planos distintos, que ejerce el corrector avezado cuando va atendiendo, en la lectura, a la limpieza tipográfica, a la bondad de la sintaxis y a la fidelidad de la versión» [2].
Rodolfo Walsh nació en Choele-Choel, provincia de Río Negro, la puerta norte de la patagonia argentina y uno de los mejores ejemplos de, como la mano del hombre puede llegar a convertir una tierra estéril en un valle productivo.
No fue un sitio próspero, sin embargo para Dora Gil y Eduardo Walsh, padres de Rodolfo y tres hermanos más. La familia Walsh, descendiente de irlandeses supo de miserias tempranamente y cuando la situación económica se hizo insostenible, no hubo más remedio que el reparto de hijos: unos, a casa de una abuela en Buenos Aires; Rodolfo, a un colegio irlandés para huérfanos y pobres, en Capilla del Señor. Allí permaneció tres años como alumno pupilo, y como producto de esta experiencia, surgirían, muchos años después los relatos “Irlandeses detrás de un gato”, “Los oficios terrestres” y “Un oscuro día de justicia”.
En 1950 se casa con Elina Tejerina, quien será la madre de sus dos únicas hijas: María Victoria (muerta luego de un combate con las Fuerzas Armadas en 1976) y Patricia, actual dirigente política.
«De pronto -dice el soldado- hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase, en realidad no me deja dormir. -Ustedes no nos matan -dijo-, nosotros elegimos morir. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros.» [3].
Hasta el 56’, la vida de Walsh podría resumirse entre un pasar relajado en la ciudad de La Plata, su afición por el ajedrez, la literatura y la vida familiar, sumándole a esto sus publicaciones en medios como “Leoplán” y “Vea y Lea”, y más adelante en “Panorama”, “Primera Plana” y en el diario “Noticias”.
Pero el año 56’ marca un punto de inflexión en su vida. En el mes de junio recibe la noticia de los fusilamientos clandestinos en un basural de José León Suárez, en el marco de una insurrección comandada por el Gral. Valle, adepto al peronismo, contra el gobierno de facto de Aramburu. Al enterarse, posteriormente, de que había sobrevivientes, la obsesión vuelve con toda su fuerza y comienza a seguir las pistas que desentrañen esa historia inexplicable, teniendo que, para ello, cambiar su identidad y recluirse en una isla del Tigre. El producto de esas investigaciones fue “Operación Masacre”.
“...Ahora, durante casi un año no pensaré en otra cosa, abandonaré mi casa y mi trabajo, me llamaré Francisco Freyre, tendré una cédula falsa con ese nombre, un amigo me prestará una casa en el Tigre, durante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, llevaré conmigo un revolver y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente...” [4].
Casi como aquella mañana de noviembre del 59’ en que Capote, hojeando el New York Times se enteró de los asesinatos de un poderoso agricultor y tres de sus familiares y encontró la oportunidad perfecta para escribir el libro que no sólo lo haría célebre a él, sino también al género.
Pero a Walsh no le fue tan simple, ya que “Operación Masacre” fue publicándose por partes, como se pudo, según los tiempos que corrían y con la “Revolución Libertadora” (de la mano de los generales Aramburu y Rojas), como amenaza permanente.
Durante más de un año, fueron publicándose notas sobre los fusilamientos de José León Suárez en “Propósitos”, de Leónidas Barletta, “Revolución Nacional”, “Azul y Blanco” y “Mayoría”, de Bruno y Tulio Jacobella (entre mayo y junio de 1957).
Siguiendo el mismo método de investigación, publicaría años más adelante “¿Quién mató a Rosendo?”, que fue en sus inicios una serie de notas publicadas en el semanario CGT, del cual fue director luego de su viaje a Madrid donde se entrevistó con Perón y de ese encuentro nació el cuento “Ese hombre”.
«El guardia civil pregunta el nombre, consulta su lista, abre la puerta del parque. El tenue sol madrileño quita de las rodillas la lluvia de París, funde la nieve de Praga. En la casa me recibe el secretario discreto, urgido por irradiación cotidiana. Yo sé que debería estar observando los detalles pero no veo más que la alfombra, el artesonado, la penumbra de la sala donde enseguida aparece el Viejo, su voz tranquila. Me estaba esperando. Sigue alto y erguido, indestructible. Se agacha un poco para darme la mano. -Lo estaba esperando “dice...”» [5].
En esa oportunidad, además conoció a Raimundo Ongaro, el principal dirigente de la línea sindical más combativa, quien le ofreció la conducción del diario de la C.G.T. (Confederación General de los Argentinos).
En la novela “¿Quién mató a Rosendo?”, publicada en 1968, Walsh toma como excusa la muerte de un pintoresco matón y capitalista de juego llamado Rosendo García, para desentrañar los años del “vandorismo” y la crisis sindical peronista desde el año 55’ en adelante.
Luego, en 1973, y siguiendo la misma línea publicará “El caso Satanowsky”, basado en la muerte del abogado Marcos Satanowsky, como punto de partida para destejer los hilos del poder de los grandes diarios y los servicios de información, que anticiparían la complicidad de la prensa con el genocidio del 76’.
A mediados de 1959 viaja a Cuba donde funda, junto al argentino Jorge Masetti, la agencia de noticias Prensa Latina. Desde allí es donde surge el criptógrafo, sin tener demasiado conocimiento en el oficio, más que el propio instinto y su habilidad como “develador de enigmas”, logra descifrar un cable noticioso, dirigido al gobierno de Estados Unidos, donde agentes de la CIA en Guatemala, rebelaban detalles de lo que luego fuera el desembarco a “Playa Girón”.
«Fue Rodolfo Walsh quien descubrió que los Estados Unidos estaban entrenando exiliados cubanos en Guatemala para invadir a Cuba por Playa Girón en abril de 1961. Walsh era en esa época el jefe de Servicios Especiales de Prensa Latina, en la oficina central de La Habana. Su compatriota, Jorge Ricardo Masetti, había instalado una sala especial de teletipos para captar y luego analizar en juntas de redacción el material informativo de las agencias rivales. Una noche, por un accidente mecánico, Masetti se encontró en su oficina con un rollo de teletipo que no tenía noticias sino un mensaje largo en clave muy intrincado.
(...) Rodolfo Walsh, se empeñó en descifrar el mensaje con la ayuda de unos manuales de criptografía recreativa, lo consiguió al cabo de muchas noches insomnes, sin haberlo hecho nunca y sin ningún entrenamiento en la materia, y lo que encontró dentro no sólo fue una noticia sensacional para un periodista militante, sino una información providencial para el gobierno revolucionario de Cuba. (...)» [6].
Luego de dos años, regresa a Buenos Aires donde publica dos obras de teatro “La Batalla” (1964), y “La Granada” (1965), donde satiriza la ineptitud de los militares.
«La Granada irá recién en mayo o en junio. Es mejor porque eso significa el apogeo de la temporada, cuando todos están en Buenos Aires. No sé si les conté lo que pasó en Canal 13. Además de tres premios en efectivo, dieron treinta menciones, y la primera mención era la mía, pero eso no significa dinero, sino solamente la “posibilidad” de que la pasen este año. (...) Si se tiene en cuenta que en el jurado estaban los dos mismos tipos que me sonaron el Comedia, se explica. Lo ocurrido aquí demuestra que están equivocados quienes creen que me bastaría escribir "cosas inofensivas" para que me llovieran los premios. Aquí hay todo un sector de la cultura “oficial”, del periodismo “serio”, que nunca me va a perdonar que haya escrito “Operación Masacre” y “El caso Satanowsky”, y que haya estado en Cuba. (...) Confío en que, con el tiempo comprenderán que las cosas contra las que yo lucho son cosas vergonzosas, y que los que luchamos contra ellas somos pocos...» [7].
Entre 1965 y 1967 se editan “Los oficios terrestres” y “Un kilo de oro”, donde figuran relatos como “Un oscuro día de justicia” y el maravilloso cuento “Esa mujer”, que merece párrafos aparte.
Se trata de uno de los mejores cuentos de la literatura argentina: no solo por el minucioso trabajo de investigación que lleva por detrás, ni por que trata de un personaje y una tragedia fundamental en la historia del país, sino por su forma (al modo de entrevista entre el periodista y el Coronel Moori Koenig), y en la excepcional generación de climas y descripción de imágenes de ese encuentro. Representa más que un cuento. Es casi un símbolo perfecto del sentimiento que años después, sufrirían muchos familiares de desaparecidos, de la impotencia ante las explicaciones que no se tuvieron, de la ausencia de duelo. Esa misma sensación que experimentó todo un pueblo al no saber que había sido del cadáver de su conductora espiritual: Eva Perón.
«...La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad. Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la canal, remedios, cigarrillos, vida, muerte. -Llueve -dice su voz extraña...» [8].
Luego vino la militancia: entre el ‘70 y el ‘73 en el Peronismo de Base y después en la agrupación Montoneros. Esos fueron los tiempos de enseñar periodismo en villas miseria y de la edición del "Semanario Villero", de la enorme cantidad de cintas grabadas a los “compañeros” de la Villa 31 para escribir el boletín. De seguir investigando, de seguir escuchando. Porque si en algo se centró el trabajo de Walh fue en eso, en escuchar, para poder luego decir, y que se escuche.
Finalmente la clandestinidad, la vida del intelectual comprometido, escondido... y las cartas... , única manera de comunicar.
La última de ellas, es sin dudas una obra maestra del periodismo y el coraje. Fue la “Carta de un escritor a la Junta Militar”, iniciada tres meses antes de su asesinato y enviada en diez copias dactilografiadas con carbónico a diferentes medios y organismos de su país e internacionales, el mismo día en que el Grupo de Tareas 3 de la nefastamente célebre Escuela de Mecánica de la Armada, lo estaba esperando.
Alfredo Astiz era el encargado de tacklearlo. Rodolfo pasó frente a ellos camuflado con su “traje de jubilado” y en un principio no lo vieron. Hasta que uno de ellos lo reconoció y, ante el ridículo: -¡Alto, policía!, Walsh intentó escapar. Un subcomisario al que llamaban “220”, por el voltaje de su picana, empezó a disparar errando todos los tiros.
Y Rodolfo, seguramente con el mismo pensamiento de su hija Vicki, antes de su muerte, sacó su pequeña pistola de calibre 22 y se unió al fuego, hasta que finalmente cayó.
Rodolfo Walsh, llegó muerto a la ESMA y aún no se sabe que fue de su cuerpo acribillado, aunque se presume pasó a integrar parte de las aguas del Río de la Plata.
"...Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles». [9].
El 25 de Marzo de 1977, a un año del golpe militar, Rodolfo Walsh tenía 50 años.
El 9 de Enero de este año cumpliría 74 y es posible que hubiese terminado esa novela de la que siempre hablaba, esa gran novela que la militancia y las cuestiones urgentes no le permitían escribir, la que decía, se debía.
Lo que nosotros sabemos, es que no existe deuda alguna. Que lo que nos dejó es mucho más que eso.


NOTAS:

[1] "Rodolfo Walsh por Rodólf Fowólsh" breve relato autobiográfico incluido en "Ese hombre" de Rodolfo Walsh. 1996 Seix Barral.

[2] De el Prólogo a "Variaciones en Rojo", Rodolfo Walsh, Editorial Hachete-1953.

[3] Testimonio de uno de los conscriptos que disparó contra María Victoria Walsh (figura en "Carta a mis amigos", R. Walsh, 1976.

[4] Del prólogo de la tercera edición de "Operación Masacre", 1972. Ediciones de la Flor.

[5] Fragmento del cuento "Ese hombre" recopilado en "Ese hombre", de Rodolfo Walsh. 1996 Seix Barral.

[6] “Rodolfo Walsh, el hombre que se adelantó a la CIA”, Gabriel García Márquez - Publicado en la Revista Alternativa, Nro 124, Bogotá -1974.

[7] Fragmento de la carta dirigida a su hija María victoria, con motivo del estreno de la obra teatral “La Granada”, 1965.

[8] Fragmento de “Esa Mujer”, publicado en el libro “Los oficios terrestres” Ediciones De la Flor, 1986.

[9] Fragmento de "Carta abierta de un escritor a la Junta Militar", 1977.


Publicado en Babab.com / Enero 2001
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