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HERRAMIENTAS

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Ahora Kerry puede rescatar a EEUU
Por Robin Cook
Publicado digitalmente: 3 de agosto de 2004

Mucho antes de que John Kerry pusiera un pie en el escenario de la Convención Nacional Demócrata, el ánimo de los delegados era claro: ninguna reserva iba a interponerse a su determinación de que su candidato sea electo. El aspirante presidencial se portó a la altura de la ocasión con una bien pensada y montada gira de campaña en el horizonte. Se mostró racional, lúcido. Algunos podrán quejarse por su falta de bombo, pero esto es, más bien, alentador: un contraste bienvenido con tantos otros políticos a ambos lados del Atlántico.

Al llamar a la contienda de noviembre próximo "la más importante elección de nuestras vidas", habló convincentemente de la necesidad de un presidente que pueda poner fin al aislacionismo de Estados Unidos y recuperar el respeto del mundo. Aquí estaba un hombre íntegro preparándose pa-ra gobernar a una superpotencia mundial con un discurso en el que pesó mucho el tema de la seguridad nacional, pero que también mencionó la necesidad de justicia social en un país dividido.

En honor a la verdad, sin embargo, no es él quien puede adjudicarse el crédito por el formidable sentimiento de fin común que marcó la convención. Quien ha forjado la unidad dentro del Partido Demócrata es George W. Bush. La política estadunidense se ha visto polarizada por Bush, un presidente tan reaccionario que junto a él Margaret Thatcher parece una liberal idealista.

Ni siquiera ella se hubiera atrevido a aplicar recortes de impuestos tan descarados como los que favorecen a los que ya son multimillonarios. Esta esplendidez es doblemente resentida pues ocurre en una era en la que el ingreso del estadunidense promedio se ha estancado. Bajo sel gobierno de Bush, la proporción de personas que se describen como "los que no tienen" se ha disparado: equivale a la cuarta parte de los blancos y a la mitad de todos los afroamericanos.

Las profundas divisiones políticas y sociales del Estados Unidos contemporáneo no hacen viable para el futuro a las políticas de la tercera vía, que ahora están fuera de moda. La triangulación no es una estrategia para los demócratas de hoy, que no ven a Bush como alguien que haya logrado éxitos que ellos quisieran robar.

John Edwards cautivó al espíritu de la convención cuando él y su compañero prometieron mejorar el sistema de salud pública, ampliar el cuidado a niños cuyos padres trabajan y aumentar el acceso a la educación en universidades, y que estas medidas se financiarían incrementando los impuestos que paga el 2 por ciento más rico de la población. Está por verse si el nuevo laborismo, que hasta ahora ha insistido en americanizar en todo su política, se atreverá a copiar esta receta para la justicia social.

Igualmente populares en la convención fueron las promesas de desviar fondos que hoy se vierten sobre Irak hacia el sistema de seguridad social estadunidense. Cada vez que un orador preguntó desde el podio por qué Estados Unidos tiene fondos suficientes para construir un sistema de salud gratuito en Irak pero no para dar cuidado médico a sus pobres, la respuesta fue un prolongado y atronador aplauso.

Esto nos lleva a la motivación principal de los delegados para derrotar a Bush: su convicción de que le ha mentido al país en sus razones para ir a la guerra. Como dijo Bill Clinton, "no se puede liderar al mundo si se le miente a Estados Unidos". El único debate en torno a Irak dentro de los caucus y en las reuniones paralelas versó sobre qué tan pronto pueden salir de ahí, y con dignidad, las tropas estadunidenses. No escuché a nadie, ni dentro de la convención ni en otros actos celebrados en Boston, dispuesto a defender la decisión de enviar al ejército.

No es que los activistas demócratas estén entreteniendo un interés en política exterior que el público no comparte. En todas las elecciones presidenciales anteriores, sólo entre 2 y 3 por ciento del electorado ha dicho que la política exterior es tema al que da mayor importancia. Pero en esta ocasión, quienes consideran dicho asunto de la máxima importancia es un sorprendente 40 por ciento de los votantes.

Existe un agradable elemento de justicia en el predicamento que vive la administración Bush. Después de haber presentado falsamente la invasión como una respuesta al 11-S, la Casa Blanca ahora descubre que su lucha contra el terrorismo corre el riesgo de ser juzgada a partir de su fracaso en Irak y de aislarse del resto del mundo. El veredicto que los demócratas esperan del país es que su nación estaría más segura si se hubieran mantenido las alianzas con el extranjero y si tuvieran un presidente que entendiera que cultivar estas alianzas no es un signo de de-bilidad sino de fortaleza. El mensaje de que la seguridad está en el número de nexos con otros estados se proclamó repetidamente en uno de los lemas de la convención: “Fuertes en casa. Respetados en el exterior”.

Es un buen tema para diferenciar a los demócratas de los neoconservadores que llevan las riendas de la administración Bush y que han hecho un principio de su unilateralismo. También resalta las fortalezas de John Kerry, quien tiene auténticas dotes de internacionalista. Es hijo de un diplomático y pasó buena parte de su niñez en Europa, y gracias a su curul en el Senado ha participado el Comité de Relaciones Exteriores. Ya ha hecho público su compromiso con el multilateralismo al prometer que se dirigirá a Naciones Unidas dentro de los primeros cien días de su gobierno.

Pero el Atlántico se ha ensanchado bajo el gobierno de Bush y tender un puente será más complicado. Fue notable que cuando hablaron de reconstruir alianzas, tanto Kerry como Bush señalaron como objetivo del país que la OTAN desplegara a sus fuerzas en Irak. Se dejó a los patriarcas del partido, como Bill Clinton, explicar que el multilateralismo implicará demandas para Estados Unidos como firmar un acuerdo para frenar el calentamiento global.

Downing Street tendrá sus propias reservas ante una victoria de Kerry, quien ya afirmó que la prioridad en materia de política exterior será restablecer relaciones con Francia y Alemania. Después de hablar de sus nexos con ambos países con tal de apoyar a Bush, Blair no está en posición de ofrecerle ayuda a Kerry en dicha empresa.

No es que Kerry necesite dicha ayuda. El es fuera de lo común no sólo en Washington sino en Westminster, en el sentido en que puede hablarles en su propio idioma tanto al presidente Jacques Chirac como al canciller federal Gerhard Schroeder. Teresa Heinz-Kerry es portuguesa de nacimiento y en su discurso a la convención demócrata demostró su fluidez en cuatro idiomas europeos. Tendremos una familia en la Casa Blanca que se sentirá en casa tanto en París como en Berlín o Londres.

No tengo dudas de que John Kerry querrá establecer relaciones correctas con cualquier primer ministro británico, pero no querrá, ni tendrá necesidad alguna, de esas intensas conspiraciones personales a las que Bush arrastró a Blair, y ambas naciones serán más sanas por ello.

Afuera del cavernoso acto de convenciones, los comentaristas pontificaron sobre si Kerry tiene o no personalidad para ganar en noviembre. La especulación es terriblemente injusta tratándose de un candidato cuya vida ha sido mucho más interesante que la mayoría de los políticos. Esto consta en una foto de Kerry al lado de John Lennon, en una protesta contra la guerra de Vietnam colocada en la zona de circulación de la convención. ¿Cuántos políticos se han retratado junto a John Lennon? ¿Cuántos de ellos han quitado esa misma foto de sus paredes, ahora que Blair nos informó que los años 60 son la causa de que hoy se emborrache la gente?

La plataforma demócrata decidía si sentirse más orgulloso por el Kerry héroe de guerra o por el activista antibélico. Finalmente la convención optó por enorgullecerse de ambos. Las paredes del salón de actos se encontraban tapizadas con recuerdos de sus días de protesta, incluida la grabación del desafío que lanzó en una audiencia del Senado: "¿Cómo se le pide a un hombre que sea el último en morir por una equivocación?" Eso tiene una increíble resonancia ante el Irak actual.

El aspecto más impresionante del servicio en la guerra de Kerry es, simplemente, que lo haya hecho, dada la facilidad con la que su clase privilegiada ha encontrado formas de eludirlos. Es perturbador, sin embargo, que el Partido Demócrata se ha sentido con la obligación de promover a su candidato con estos méritos militares.

La noche del jueves, nueve generales retirados y almirantes fueron hechos desfilar por el escenario en un nutrido despliegue de shock y pavor. Los delegados, en pleno fervor patriótico corearon "U-S-A, U-S-A". Detrás de este acto hubo un cálculo de estrategia electoral ya que actualmente uno de cada ocho electores es veterano del ejército, pero también revela una realidad del Estados Unidos moderno. Gary Hart aseguró en la convención que ningún país puede tratar de adoptar un papel de imperio en el extranjero sin que esto tenga impacto en su carácter a nivel doméstico.

En Estados Unidos, la consecuencia de que su intenso patriotismo actualmente se ve satisfecho gracias a su imponente poderío militar. Las intensas divisiones en estas elecciones no perturban el consenso de que el país debe conservar sus capacidades de hiperpoder. Una de las pocas promesas es-pecíficas de Kerry es que va a duplicar el número de fuerzas especiales. Entonces, ¿logrará la derrota de Bush? Las encuestas indican que 80 por ciento del electorado ya ha decidido su voto y no cambiará de opinión antes de las elecciones. Los votantes se encuentran divididos justo a la mitad, dejando además en equilibrio a los indecisos.

La estrategia de Kerry es no decir nada que asuste a estos votantes y hacer todo lo que asegure que el elector demócrata no exija que se apoye a una posición demasiado cuestionada. Los miembros de su partido comprenden perfectamente lo que está ha-ciendo; no escuché a ningún delegado que repitiera la queja de los comentaristas, de que el candidato presidencial no está defendiendo una plataforma distintiva o radical.

En diciembre anterior le pregunté a un encuestador clave el porcentaje de oportunidad de triunfo del Partido Demócrata. "Ce-ro", me respondió. Pero esta semana el mismo experto me aseguró que la probabilidad de victoria es de 60 por ciento. Durante nueve meses Bush se ha estado hundiendo consistentemente en las encuestas, y ahora tiene un nivel de aprobación que en el pasado ha implicado la derrota de otros políticos. Es difícil pronosticar cambios en Irak o en cualquier otro asunto que pudieran salvarlo en los próximos tres meses.

El mensaje desde Boston es que los de-mócratas están decididos a que de su parte no haya algún error que rescate a esa mayoritariamente derechista administración de la derrota que, están convencidos, se merece.


© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca / La Jornada
Robin Cook fue ministro del Exterior de Gran Bretaña y el año pasado renunció a su puesto como presidente de la Cámara de los Comunes en protesta por el apoyo que el gobierno de su país dio a la guerra contra Irak.
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